En el rol del anfitrión.

En el rol del anfitrión.

Notapor JesRICART » 30 Jun 2009, 07:01

En el rol del anfitrión. JesRICART
He compartido mi casa a lo largo de mi vida con distintas personas en calidad de transeúntes. Por “mi casa” aclaro que me refiero a los distintos domicilios repartidos por distintas geografías, unas veces con más espacio y comodidad y otras con menos. Declaro tener una cierta experiencia como anfitrión a la vez que confieso que hay algo de ese rol que no tiene nada que ver con la gentileza, el auxilio o la amistad sino con el hecho de sentirse bien con visitantes que vienen a romper un poco la monotonía cotidiana e introducen las novedades de sí mismos contando sus viajes o sus proyectos. En una época de mi pasado creí o quise engañarme creyendo que la casa de uno en particular no tendría que ser así sino debería ser la casa de todos. Un mensaje bohemio de la canción de Sisa (“…casa meva es casa vostra si es que hi ha casa d’ algú…”) entró en contradicción de pleno con un montonazo de gente que compartía y usaba el espacio sin ocuparse de las responsabilidades de mantenerlo. Fue el momento en que entendí que mucho de lo/s alternativo/s se desautorizaba a sí mismo no por la excelencia de su teoría sino por la incompetencia de sus adeptos.
En castellano rancio se dice que el mejor huésped apesta -creo que dice que es- al tercer día. Me gustaría saber quién inventó esta frase para invitarlo a unas copas, agasajarlo y que me contara sus tribulaciones. Lo cierto es que el de anfitrión es un rol perfectamente diferenciado del de huésped o invitado que por razones de amistad o vínculos familiares o por otras pasa unos días o semanas con aquel. Es épica la historia que protagonizan Walter Mathau y Jack Lemon en el film en que el personaje de aquel invita al personaje de este, recién separado de su esposa e hijos, para que supere los primeros momentos de crisis de ruptura de pareja. Tres semanas después lo echa de la casa por su neurosis de limpiarlo todo hasta extremos insostenibles. Es una historia que debería formar parte del manual de instrumentos formativos indispensables para todo quisqui que fuera de huésped en casa ajena sin por eso dar la razón al anfitrión de la película que va de dejado total. Sus diferencias pasan por la verbalización y por el texto lo que es una suerte ya que en la actualidad no todo se deja pasar por el texto para no herir susceptibilidades.
El visitante es por condición alguien que va de paso y esa sola contextualización preconfigura sus posibilidades. Estar en casa ajena significa acomodarse a lo que hay. Nadie comprendería que el recién llegado cambiara la ubicación del mobiliario del salón o impusiera el canal de televisión que le apeteciera u organizara sus guateques en tu casa sin consultarle. Evidentemente todo depende del grado de relación y de confianza, pero todo el mundo sabe que al recién llegado que se le dice: estás en tu casa, se está acudiendo a una frase de pega que ni se la cree quien la dice ni se la cree quien la escucha. El anfitrión quiere de su invitado que se sienta cómodo en su casa, por tanto que se pueda echar en el sofá, que abra la nevera y que coma cuando le apetezca, que use el ordenador para sus consultas de correo postal, que se acueste y se levante a la hora que quiera pero no se entenderá que ponga sus zapatos sucios en el sofá, que prepare su comida y coma aparte sin esperar a los demás, que desconfigure el ordenador o que se parapete en su dormitorio y no salga de él. Aunque no está escrito un código hay unas cuantas pautas que marcan el rol del anfitrión que sin duda se debe a su invitado para que se sienta cómodo y el de este para no inoportunar los ritmos de aquel y mucho menos descuajeringarle su casa. Si bien el anfitrión puede esperar, en el fondo, ese beneficio psicológico de tener gente que le acompañe a cambio de prestar su ayuda o su logística a su visitante, este por su parte suele ser utilitarista con una evidencia más rotunda. Es el que toma contacto para pedir esa logística. Hay que decir que es completamente diferente recibir en casa a alguien que necesita el alojamiento por unos días a proporcionarle otro recurso, otro apartamento si se tiene. En este segundo caso la covivencialidad disminuye notablemente. En el primero el día a día es lo que más en evidencia pone las diferentes personalidades. Además hay visitantes a los que se conoce por primera vez o con los que se tiene trato confidencial por primera vez, sea porque son enviados por la parentela o por solicitudes de intermediarios, sea porque se acogen al contacto de paso que se diera. En la vida del viajero hay un cuantioso número de ocasiones en que se pasa por el rito de proporcionarse las coordenadas mutuas. L mayoría de esos contactos no se van a usar pero unos pocos sí. Hay que medir mucho lo que se dice a quien se conoce de paso: una cosa es proporcionar el email y otra invitarlo a que venga a su casa. Para que haya una explicación para unas condiciones de acogida debe concurrir algo elemental, una amistad o una empatía previa. A juzgar por las experiencias que he vivido muchas veces se ofrece la acogida sin que concurra lo otro, con lo cual cuando sobre la marcha se averigua que es difícil que prospere el feeling ya es demasiado tarde.
Hay visitantes que se ponen en función del anfitrión. En cuanto un posible visitante que apenas conoces te pide visitarte te toca pesar por ti y por sus intereses, que como digo tampoco conoces tanto. Te toca describir a priori en qué situación se puede encontrar para que no se llame a engaño. Acabo de dejar en la estación local de tren a una senegalesa que ha estado por 10 días en casa. Vivimos en Barnápolis lo cual quiere decir que no estamos en el centro de Barcelona. El mayor parte de estos días se los ha pasado en casa sin mostrar interés por visitar por su cuenta lugares. Los pocos a los que ha ido ha sido acompañándola. Tal perfil de dependencia no es tan nuevo. En una ocasión unos árabes que estuvieron en casa tampoco mostraron muchos deseos de moverse solos por la ciudad. Sin duda hay choques culturales y detalles de una cultura que escapan a las formas habituales de otra. Cuanta más información a priori se proporcione menos confusiones a posteriori se darán. A menudo he oído de los africanos su pedido de que les ayudes, facilitándoles documentalmente la posibilidad de viajar a Europa o proporcionándoles un espacio de acogida. Si tratas de explicar modos alternativos para conseguir lo que buscan infieren que no quieres ayudarles y ahí acaba todo contacto. Si adoptas la posición anfitriona puede suceder que las diferencias vayan aflorando. ¿Qué hago yo –un ateo sin cruz a cuestas- invitando a una senegalesa pía y católica en casa que hace sus oracioncitas en susurros antes y después de las comidas? ¿Por qué me meto en el rol anfitrión cuando a priori puedo sospechar el decalage de mentalidades? No tengo respuestas y merezco un cero a no ser que apele al consabido principio de solidaridad internacional y de ayuda mutua, parámetros que son muy filantrópicos pero que en la práctica (sé y no oculto) tienen vías de agua que los hunden. El invitado que cruza el umbral de tu puerta puede venir además de con sus maletas o mochila con su forma de ser muy distinta. Muchos africanos desconocen el valor simbólico de la mesa y la comida comunitaria en torno a ella. También son muy amantes de no hacer nada (los africanos inventaron la horizontal y se instalaron en ella).
El proceso convivencial de los dos roles está perimetrado por un espacio con una inercia en su uso y con unas categorías de posesión y propiedad. El animal humano por más culto que sea no deja de ser territorialista. Es así que preserva su espacio domestico (el único en el que rige su soberanía como si de su reino se tratara) de toda incursión –incluso las puntuales de minutos- que pueda alterarlo. Muchas llamadas a la puerta de hecho no pasan de la puerta (la del cartero, la del mensajero o la de la agente del círculo de lectores el otro día que a pesar de insistirle que pasara para manejar mejor el paquete que llevaba usando una mesa prefirió valerse del suelo. Bueno). Según las culturas se vive con más celo la intimidad doméstica. En Europa la casa es un santuario. Dejar que entre alguien en ella es con los supuestos mínimos garantizados de un comportamiento correcto sobre-entendiendo que quien va a poner la definición de corrección encaso de desavenencia va a ser el anfitrión que por eso está en su casa. Para evitar conflictos y malentendimientos muchos anfitriones no se permiten el rol de serlo o lo son a cuentagotas, invitando a personas a comer y a cenar en ocasiones pero no a quedarse unos cuantos días. Lo más razonable y aconsejable es hacer convivencias puntuales de medio día o un día, o dos días antes de ofrecer la casa por 10,20 o 30 o más días. Pero aun garantizando la corrección eso no determina que haya feeling sentimental o coincidencia ideológica. No, no es que tus invitados tengan que pensar como tú, pero hay campos del pensamiento tan diametralmente opuestos que compartir un espacio de convivencia es una temeridad. Eso vuelve a remeter a la necesidad antes que nada de hacer una estimación de las posibilidades de coincidencia y de los eventos que van a suceder. De un lado como anfitrión me gusta que haya gente en casa; de otra he de contar que eso puede perturbar mis ritmos. Ir a buscar al visitante al aeropuerto o devolverlo o acompañarlo aquí y allá altera la agenda. Sucede –es humano- que se está más dispuesto o menos a hacer todo eso según como se enrolle este visitante. La convivencialidad es un test de relación pero también de personalidad que permite conjeturar muchos elementos comportamentales de las personas en juego. El mejor invitado o visitante es el que pasa sin dejar rastro en el sentido de impactos materiales en el espacio y el que deja mayor rastro sentimental. Cuando tras el invitado tienes que dedicar un rato de tu vida a recoger las sábanas que no ha hecho o recolocar los almohadones y la cobertura que tampoco ha puesto en el sofá, que no ha cosido las cremalleras de los respaldos dices subvocalizando: ¡mecachis! Cuando lo acompañas con tu coche y al irse se despide de un modo frio (sin mirar a los ojos, con un gracias inaudible y de expediente pero no sentido, sin un choque de manos o un beso) vuelves a decir: ¡mecachis! o incluso llegas a decir ¡ostia! Esto es algo que queda apuntado cuando menos en el inconsciente que convenientemente rebrotado a su debido momento la próxima vez notarás que tu deferencialidad habrá caído en picado con respecto a esa persona. La deferencialidad no es un principio inmutable sino el resultado logarítmico que calcula instintivamente variables y gestos en escenificación. Estaremos de acuerdo en que todo paso de alguien puede descolocar algunas cosas pero eso no es lo significativo sino cómo se circunstancia la corresponsividad. Y es que en el fondo el anfitrión espera si no un agradecimiento explicito, una dosis o un tentempié de entusiasmo. Un anfitrión anda perdido si su huésped pone mala cara, si está aburrido, si no sabe qué hacer pero por otra parte un anfitrión, (a no ser de que vaya de jubilado y no tenga vida propia y esté a la caza de los estímulos venidos de fuera o de los demás) tiene su propia vida, sus compromisos, su organización cotidiana, sus cosas por hacer o sus trabajos. No debo ser buen anfitrión ya que si bien estoy dispuesto a acompañar en sus primeros pasos por la ciudad al visitante no lo estoy para ser su sombra durante toda su estancia en la ciudad o en casa.
Todos sabemos que el visitante toma como recurso logístico el que ofrece el anfitrión. Este también lo sabe y se presta a ello. Por otra parte el anfitrión ha sido –o sigue siendo- también visitante, con lo cual tiene la doble experiencia ya que todos somos proclives a pasar en un momento u otro por los dos roles. Tanto en uno como en otro se es exclusivo: no se acepta a todo el mundo. Hay una demagogia boba que habla de esa aceptación universal pero que en la práctica no es así. Los límites cotidianos más evidentes con los que no nos paramos de encontraros son los límites de la privacía, es decir los que pone el otro acotando el terreno en el que no quiere que entres. Eso se lleva a tal extremo que incluso con relaciones duraderas y confiadas hay reductos de uno que no se dejan compartir. Personalmente no tengo problema en compartir mi cuarto de trabajo con mi huésped por unos días pero no todos los huéspedes esperan tanta familiaridad y cuentan al menos con una habitación y con una puerta. La puerta es el objeto simbólico además de material que separa los secretos personales de su socialización. Antes necesitaba cerrar la puerta de mi dormitorio, incluso en casa, debo haber evolucionando porque ya no necesito hacerlo. La puerta abierta simboliza la posibilidad de ser accesible en todo momento. Sea lo que sea lo que piense con respecto a esto seguimos viviendo en un mundo de puertas cerradas. Abrírselas al visitante es un acto de acogida y de solidaridad pero cuyo tiro puede salir por la culata. No siempre el anfitrión se siente correspondido, e particular cuando lo pone casi todo y el visitante casi nada. Y al revés no siempre el visitante está contento consigo mismo porque prioriza su interés logístico de uso de recursos que su interés humano por su anfitrión. Ese interés humano en todo momento es una hipótesis que va a ser confirmada o no durante la convivencia. ¿Y si no se confirma? No pasa nada, el visitante regresara a su lugar de pertenecía o continuará su camino donde sea y es posible que no haya un encuentro posterior el resto de vida. (¿Dónde deben estar las docenas o cientos de personas que ha pasado por casa a lo largo de mi vida? ¿Dónde las que fui como visitante a las suyas?).
Hay algo más del anfitrión que no puede ser olvidad: no está solo o tiene que contar con las otras personas con las que convive. De acuerdo con el principio universal según el cual todo el mundo tiene secretos que no comparte un anfitrión no tiene porque hacerlo con el resto de su grupo doméstico o familiar. Es así que muchas mamás esconden a sus visitantes masculinos en el armario para que sus hijos queden al margen de esa información o tengan que buscar lugares intermedios fuera de casa para sus citas. Y es que hay un punto de la acogida que siempre es sospechoso en un mundo donde el individualismo regente a puesto a perder las posibilidades de una sociedad sino perfecta al menos más hedónica, humanista y divertida.
JesRICART
 
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