EL ABUELO Y PETER STANDISH

antopealver
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EL ABUELO Y PETER STANDISH

Mensajepor antopealver » 31 Jul 2015, 18:17

Cuando llegué a la estación del pueblo, la emoción provocó en mi garganta un nudo que casi me hizo llorar. Eran las nueve de la mañana y el aterrador frío me producía un vaho que me hacía parecer un fumador empedernido. De pronto, se presentaron ante mí los fantasmas del pasado de aquellas personas entrañables de las que mi madre tanto me hablaba. Allí estaban en forma nebulosa mis abuelos. Comienzo a evocar aquel verano, el único que pasé con ellos siendo aún niño; eran ya ancianos. Se pasaban todo el tiempo pendientes de mí; querían que me llevara un buen recuerdo de mi estancia en aquella casona señorial, aunque algo descuidada por la desatención de unos ancianos ya faltos de ilusión, con un precioso jardín trasero repleto de gigantescas palmeras, aderezado de una intensa mezcla de los vivos colores de geranios, lilas, rosas, qué se yo..., situada en aquella larga calle que llevaba el nombre de un conocido aristócrata de finales del siglo XIX. Mi abuelo, se afanaba en enseñarme sus vivencias de juventud en el pueblo, así como en su amada Argentina, la que un lejanísimo día le acogió y le dio fortuna. También en transmitirme su legado intelectual que no era escaso; tenía guardados varios manuscritos sobre historias criollas y alguna que otra composición poética, siempre de inspiración marinera. La abuela, no hacía nada; permanecía sentada mirándome y sonriendo; solo abría la boca para decirme: ¿tienes hambre?, o ¿tienes sueño? ¡Qué recuerdo tan grato...!
Ahora, treinta y cuatro años después, me encuentro otra vez frente a la puerta de la casa donde pasé aquel inolvidable verano junto a mis abuelos de los que, tristemente, ya no recuerdo bien sus caras, aunque sí su aspecto entrañable de matrimonio bien avenido. Todo sigue igual; parece como si el tiempo se hubiera detenido en ese magnético marco rural donde el silencio es el verdadero dueño ya de la, otrora, agradable mansión clausurada desde 1.980.
Hurgo en mis bolsillos hasta dar con la formidable llave de hierro que mi madre me entregó y que debe abrir la pesada puerta marrón, raída ya por el paso de los años. La ansiedad por entrar azara mi mano hasta el extremo de no atinar a incrustar la llave en el agujero de la cerradura. Aspiro y espiro con fuerza hasta tres veces y, por fin, tres vueltas hacia la derecha y el portón de madera de cedro africano cede lentamente hacia dentro, invitándome con su chirrido a dar un nostálgico paseo a través del pasado.
La puerta de la cancela interior de azulejo árabe, me introduce en el salón central. ¡¡Santo cielo!!-exclamo-; todo está igual. El olor a aceite que conserva la madera de los muebles penetra hondamente en mis sentidos. Al fondo está la puerta del despacho de mi abuelo; parece como si él mismo me haya empujado a acceder en el majestuoso habitáculo de trabajo presidido por dos grandes cuadros con marco de idéntico repujado dorado; uno es de su padre, un señor de barba arreglada y bigotes engominados; el otro es de él, con su inconfundible calva y su rostro bondadoso; siempre luciendo su elegante terno negro. Confirmo que es la misma imagen que yo guardaba en la retina. Los libros llenan, desordenados, las paredes y muebles de caoba de la dependencia, dándole un color ocre y dotándola de solemnidad. Siento una irrefrenable necesidad de tocarlos y olerlos; cojo uno al azar, teniendo que soplar el polvo para poder leer su título. En el lomo reza "La plaza de Berkeley"; es el libreto de la adaptación al teatro de la obra escrita en 1.927 por John L. Balderston. Me siento apresuradamente en uno de los sillones victorianos que hay frente al escritorio y me dispongo, ávido, a ojearlo. Observo que hacia su mitad, hay un doblez en la esquina superior de la hoja; mi abuelo debió dejar su lectura en esa página cualquier desapacible tarde de invierno, con la intención de retomarla al día siguiente; tal vez ya nunca lo hizo. ¿Qué le impediría proseguir con la lectura de la intrigante obra del autor norteamericano? Tal vez lo estaba leyendo el día antes de morir de forma repentina sentado, precisamente, en su confortable sillón de cuarteada piel marrón. Sabe Dios.
Intrigado, decido leer desde donde él se quedó, devolviendo el doblez de la hoja a su estado natural. ¡Es maravilloso! Peter Standish, el personaje principal de la obra, vuelve a cobrar vida, como si el tiempo no hubiese transcurrido desde que mi abuelo doblo la hoja hasta hoy, después de tantos años inerte entre aquellas páginas amarillentas impresas en antigua letra bastardilla. El joven científico norteamericano narra al embajador-otro personaje-la melancolía en que está sumido por su convicción de la inexistencia del tiempo y su firme deseo de trasladarse a lo que llamamos "pasado" y enamorar a su bella prima Helen Pettigrew, a la que conoce a través de un majestuoso retrato sito en el gran salón de la casa que le tiene a mal traer, basándose en su teoría de "dimensiones coincidentes", donde el pasado y el presente coexisten de forma paralela. El embajador no da crédito a lo que oye; piensa que Peter está en estado de mente perturbada y, apesadumbrado, deja solo en el salón de la casa a Peter, fumando nerviosamente un cigarrillo americano sin boquilla.
Al rato salgo fuera, aturdido a causa de la atmósfera creada por la soledad de aquel lugar y la misteriosa historia de Berkeley Scuare, con la necesidad de respirar aire fresco, abrumado por el pensamiento de que Peter Standish acaba de demostrarme que bastante de verdad hay en su teoría sobre la inexistencia del tiempo. Él ha estado ahí, en actitud pasiva, paciente, esperando durante más de treinta años que alguien, yo, vuelva a tomar entre sus manos el pequeño libreto, siguiendo en su empeño de mostrar "su hermosa locura" a todo aquel que quiera leerlo.

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