Rezando a San Unamuno. Capítulo I

malavito
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Rezando a San Unamuno. Capítulo I

Mensajepor malavito » 05 Ene 2011, 19:22

No exagero si digo que una de las figuras históricas que más impacto han causado en mi vida ha sido y es Miguel de Unamuno. Pocos como él han representado la cuestión que más congoja y admiración me causa, y que no es otra que la idea del combate interior. Para él, ésta fue lucha sin cuartel y que marcó su existencia entera, rompiendo cualquier frontera con sus propias contradicciones a la hora de cuestionarse las almas. ¿Las almas? Dos: la del pueblo, ya fuera el español, el europeo o, siempre, el esencialmente humano. Y la suya propia, en diálogo sincero, brutal y despiadado en torno a la existencia de Dios y la inmortalidad del yo tras la muerte corporal.

De ahí que, sin complejos, puesto que no pretendo (no sé) componer nada original, quiera iniciar aquí una serie de escritos sobre la figura del genio español. Sin orden ni concierto, sin tener por referencia órdenes cronológicos ni estructuras temáticas, de vez en cuando elevaré a la palestra de este espacio digital mi particular ofrenda a San Unamuno: recordaré uno de sus textos –frases o párrafos– y comentaré lo que siento ante él. Pudiera ser una meditación. Mas, puesto que no confío en la capacidad de engendrar novedades por mis entendederas, más bien serán oraciones. O diálogos susurrados con el mito, espero que viviente.

Inicio la serie con un breve poema que escribió en la Nochevieja de 1906. Esa misma fecha, exactamente treinta años después, marcaría la anotación en el calendario del día que tanto temía signar: la de su muerte. Y San Unamuno dijo así:

Es de noche, en mi estudio.
Profunda soledad; oigo el latido
de mi pecho agitado
–es que se siente solo,
y es que se siente blanco de mi mente–
y oigo a la sangre
cuyo leve susurro
llena el silencio.
(...)
Tiemblo de terminar estos renglones
que no parezcan
extraño testamento,
más bien presentimiento misterioso
del allende sombrío,
dictados por el ansia
de vida eterna.
Los terminé y aún vivo.


Seré breve en mi oración. Sólo diré que, más que por su armonía (que no es en exceso), estos versos son insuperables en cuanto que ejemplifican como pocos (y de un modo tan simbólico) su ansia de vida eterna. La escena: solo, en su escritorio, soñando, imaginando, temiendo. Le horrorizaba la muerte. Y, a la vez, creo que su sentido le parecía bello. Un alma, una vida para hacer muchas cosas. Cada hombre la suya. Con su alma a cuestas. ¿Y cuando lega el día del fin...? ¿Cómo? ¿Qué? ¿Y después...? Tal instante, íntimo y profundo como ningún otro, es bello en el sentido de que marca una pasión y un ansia espiritual insuperable. Yo, desde mi pequeñez, también he soñado y pensado muchas veces con ese momento único. Y, no me avergüenza decirlo, tengo mucho miedo. Me digo y siento cristiano. Como él. Sé que digo y siento creer en la vida eterna. Sé que digo y siento tener fe. Pero es complicado: es un combate. Infinito y personal. Y es que en ese cruzar de un abismo de eternidad, desde la conciencia de ser un simple individuo arrastrado y mundano, se hace difícil de tener certeza inmutable.

Cinco noches después de mi Nochevieja del 2010, rezo al hombre que compuso unos versos agónicos que, tras ser concluidos, no equivalían a su muerte sentida. Aunque en otra Nochevieja si fuera así. Sería 1936. Y en España se mataban los hunos y los hotros. Pero esa es otra historia.

Amén.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

PD. Los versos son recogidos del magnífico libro ‘Miguel de Unamuno. Biografía’, obra de los hispanistas franceses Colette y Jean-Claude Rabaté.

http://blogs.periodistadigital.com/laho ... capitulo-i

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