De la soledad literaria

JesRICART
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De la soledad literaria

Mensajepor JesRICART » 01 Sep 2009, 14:39

De la soledad literaria abierta en canal. JesRICART
No necesito de un cálculo estadístico con el que dotar una retrospectiva de lo que ha sido la comunicación escrita, la mía, desde que me inicié en los afanes del escritor (definición de escritor/a: quien ocupa su tiempo en escribir recreando su existencialidad con ello) para saber que en buena parte ha estado empleada justamente para presentar la queja formal y psicoanalítica de las limitaciones de la comunicación humana. De lo que se escribe a menudo es de las soledades, de los límites y de las impotencias. Creía haber circulado por todo el arco de las soledades posibles: la del adolescente incomprendido, la del mánager, la del líder, la del marginal autoexcluso y la de ex amante sin consuelo sin saber que me esperaba, tal vez, una de las soledades mas insoportables, la literaria. La soledad literaria no hay que confundirla con la soledad del escritor que se recluye en su gabinete o rincón para no ser molestado y le dice a los papeles en los que escribe lo que no les dice a sus compañías presenciales. Eso es un atributo del oficio y una auto reclusión en horas de trabajo para luego volver a la vida coloquial. No, la soledad literaria es más sutil, todavía no sé hasta dónde me está afectando. Existe ¡y tanto que existe! Es una de las soledades más difíciles de entender. Es la imposibilidad de hacer entender el mismo rol literario al que uno se ha subido en la proximidad más íntima. Me sé solo cuando lo que escribo no puedo contarlo a quien quiero. No, no es que no lo entienda en su relato es que no me alcanza en mi elección creativa. Me resulta difícil explicar eso. Estoy merodeando el síntoma. Trataré de ilustrarlo anecdóticamente. Con mi compañera sentimental-convivencial a quien le debo innumerables ratos de conversaciones sugerentes y fructíferas en los que he volcado mis ideas y entusiasmos que han dado lugar motivos para escribir y reescribir temas me he sorprendido varias veces con su indisposición a contarme varias veces cosas para que no las pase al texto escrito. Me hace sentir como un irresponsable al que no se le puedan confiar noticias porque no perderá un minuto en irlas a divulgar. Por mi parte me defiendo en que todo es literatura y que el menor evento es literaturizable, es decir, se puede convertir en materia prima de la que extraer su jugosidad para integrar una fracción, aunque sea una línea dentro de un texto mayor. Repito: todo es literatura y para la toma de posición escritora, escribir significa valerse de todo lo que se sabe, de todo lo que contiene el cerebro y que en ese momento una lucecita lo saca a colación para ilustrar una idea. Ese terror a la mención de lo concreto –a pesar de que mi teoría emancipatoria pasa por la liberación del imperio de lo concreto- sobre todo si los protagonistas implicados son descintos o mencionados es más que extendido. Admito el valor del anonimato para vivir en paz pero no puedo admitir ninguna exigencia para silenciar lo que se sabe y que además es decible. Topar varias veces con esa disposición a la omisión disfrazada de discreción, propio de la subcultura de las clases altas, es decir de su hipocresía, lo aíslo como el factor que me crea esa sensación de soledad al no poder transmitir el sentido de mi texto. La sorpresa es mayúscula en quien habiéndome leído ensayo sabe, o debería saber, que lo más secundario de un hecho o de una conducta para la elaboración crítica es quien lo hizo, basta con comprender la estructura del hecho mismo. Otro asunto es para la pesquisa del detective o para el dictum de la justitia.
Dentro de las funciones escritoras es opción de quien escribe implicarse más o implicarse menos con la palabra escrita: puede acudir a l enmascaramiento de nombres y situaciones reales para evitarse líos o darlos con pelos y señales. La narrativa de ficción puede permitirse meter en sus historietas situaciones y personajes reales pero con la suficiente cosmética como para que ni siquiera los interesados, de leerlas, se reconozcan. El ensayo está obligado por su propia naturaleza a citar con exactitud nombres y datos como fechas o títulos. El periodismo, en particular el sensacionalista, maximiza su dedicación a los que dicen unos y otros de la farándula de nominados al famoseo, creando una cultura de la reproducción de la vulgaridad y la anticultura ante la que la inteligencia y la sensibilidad se sienten ultrajadas y acobardadas para defenderse. Episódicamente hay quien reconviene al terrorista verbal a que rectifique sus palabras pero todo suele quedar en un titular en forma de cachete . Para la literatura que no participa de la partida de titulares diarios le queda redituar sus ecos de forma sosegada en prosas de toda clase. Entiendo que es potestad de autor, auto acreditado en su capacidad de documentación y analiticidad, llevar hasta la cita de los nombres de verdad de individuos apuntados en el registro civil, su relación con los hechos aunque aquellos sean irrelevantes frente a estos. La necesidad de citarlos, los nombres digo, responde más a la investigación ya la denuncia, también puede serlo a la protesta que no faltara quien interprete como venganza, pero lo realmente importante es hacerse eco de los hechos. A un escritor no le puedes decir que escriba de todo lo que quiera menos de la vida. La forma de vivir literaria es una estructura psíquica, una disposición de personalidad determinada para captarlo todo. Depende, claro, de los campos acotados a los que se dedique el escritor, pero si se hace de toda escritura, antes o después las anécdotas más cotidianas van a terminar por ser recogidas en los relatos o en las pinceladas de anecdotización. Por supuesto que en las (auto)acotaciones de cada cual se pueden po0ner limites para no mencionar en absoluto temas o personas (de S.Zweig se cuenta que de toda su vida literaria no refirió en absoluto en parte alguna a su esposa).
En el oficio de escribir se experimenta la soledad cuando se recogen detalles de desconfianza, prevenciones o miedos a proporcionar informaciones por temor a que estas encuentren eco en las páginas escritas. Se vuelve a experimentar la soledad cuando del otro emana una confusión ate el mismo hecho literario al no entender que se funde con el protagonismo existencial del escritor. Si de la literatura se hace oficio, la persona conviviente con el oficiante vive de muy cerca la particular singladura creativa de su compañero de letras pero de la que no estará al corriente al detalle salvo de aquellos textos que le dé a leer o le pida directamente que lo haga.
Después de los años de tratar con distintas parejas de aventuras y suertes he aceptado que no se le puede pedir a nadie por mucho que te quiera y le quieras que lea toda tu producción, en particular si su volumen le llevaría a dedicar un tiempo en contra de sus propios quehaceres. Eso es un detalle de respeto y de metodología convivencial pero que sin embargo lleva a una separación de los procesos intelectuales. La experiencia que sigo teniendo con la escritura es etérea. Es en lo más profano como volar en globo, todo el mundo lo ve pero salvo unos pasajeros muy selectos nadie más va a volar en él.
En la soledad literaria sigo con mi cejilla buscando el sonido que me haga vibrar. Una última e inexplicable razón lleva a la insistencia de los deseos y a la reorganización de las palabras. La literatura es una gran construcción en la que ir dejando nidos referenciales. No necesita de buldozers ni de fuerzas imperativas con que arrasar. Escribir es lo más parecido al vuelo de un pájaro. En lo que más se diferencian los pájaros del ser humano es en su capacidad de construir, pero dejando el paisaje como estaba dijo Robert Lynnd. El escritor al escribir se convierte en una muestra viviseccionada abierta en canal. Lo primero que se observa es su soledad. ¿Cuántas veces le habrán dicho durante toda su vida literaria que es raro, extraño, verborraico, enigmático o complejo? Para sobrevivir en sociedad haciéndolo en los espacios de la lenguaracidad tendrá un par de historietas a punto y callará en sus esencias o callará en aquello de lo que está seguro que no va a ser entendido. Admito que hablar con un escritor efervescente en su imaginario y dado a la metáfora pide una capacidad d interlocución fuera de los estándares. Tampoco pienso que eso sea aplicable a todos los plumíferos de titulares para consumos instantáneos.
Si la soledad es una propiedad inherente al ejercicio de la libertad de pensamiento y de ser, por tanto a la verdad de esa libertad, no lo puede ser menos en el caso del autor de literaturas que hace del oficio de escribir no una horario de gabinete o despacho sino su propio oficio de vivir. Una vez reconoce que su tesitura no es alcanzada emocional e identitariamente por sus relaciones más próximas le toca asumir que tendrá que vivir con eso. Seguirá dedicándose a su mundo contra el mundo y el mundo empieza al lado, a unos centímetros.
El caudal de las literaturas se inscribe en la cultura y, en principio, con planteamientos de progreso para la liberación de lastres e ideas inútiles. El temor atávico pero persistente a las verdades lleva a ocultar demasiado de todo. El peor de los errores es este auto silenciamiento pactado implícitamente de lo que se sabe haciendo de la realidad la performance de lo consentido. El arte escapa a eso pero tan pronto pone en evidencia verdades inconvenientes rugirá uno y otro a favor de su modo de entender la decencia, omitiendo los detalles. Al tratar de reconstruirnos como seres nuevos no podemos evitar equivocarnos. Es una verdadera lástima que se tenga que vivir en equivocaciones subsanables como la de sentir la soledad en lo que se hace por la ansiedad que produzca la capacidad de verdad contenida en un texto. Saber que de hombres es equivocarse y de locos es persistir en el error tal como dijo Cicerón no nos ayuda mucho para salir del enredo. Al decidir en un momento de mi vida que me haría escritor no sospeché el volumen de conflictos que esa decisión me llevaría con tanta gente, pero aun menos sospeche que tuviera que tener discusiones con las personas más cercanas en mi vida ante las que reivindicar mi derecho a la palabra. Los panoramas están muy revueltos para tener que sufrimiento ese tipo de soledad. Debería prevalecer el orgullo por activar la fluencia del discurso honesto y la transparentación de la realidad tal como es, no queriendo ignorar que la realidad la integra todos y cada uno de los millones de individuos humanos existentes aparte de todo lo que integra el medio ambiente.

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CK
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Mensajepor CK » 04 Sep 2009, 15:13

Bajo muchos estadios de silencio, una se para a leer escritos que pasan desapercibidos.

Hablas de soledades como si éllo fuera el trauma para poder expresar aquéllo que sientes, quizás porque no tiene la mimetización de tus más allegados. Aunque en cada libro que se lee, en cada texto que se plasma, el lector siente una especie de complicidad con el autor, salvo en escritos que deberían ser completamente honestos con la objetividad debido a su carácter cientifista (historia, física, matemáticas...........todas éllas reprobables ante un nuevo paradigma que las contradiga, pero no ante una pasión humana herida de subjetividad, pero de la que otros gozan con su complicidad e imaginación).

Escribir, no creo que sea de un ser solitario, sino de una expansión del pensamiento más profundo y universalizable, si la suerte te regalara un montón de padrinos para publicar en editoriales.

Escribir no es estar solo, sino compartir universalmente a los que tienen la suerte de poder llegar a través del comercio literario.

Saludos.
ImagenYo sería eremita pero no tengo dinero para pagar el Ibi de la choza.


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