anecdotario

Juan Antonio Rodriguez

anecdotario

Mensajepor Juan Antonio Rodriguez » 05 Ago 2009, 04:10

El short de Fin de Siglo.


La oficina, de construcción nueva, era pequeña, acristalada y tenía visión hacia todos los ángulos de las habitaciones que componían La Recepción de Detenidos del Departamento de Seguridad del Estado. Era la oficina del Asesor Jurídico de Guardia, el hombre que decidía de primera intención las acciones que se emprenderían ante un hecho contrarrevolucionario en la capital de Cuba. Este local estaba situado en la planta baja de la parte posterior de los límites de la sede oficial y pública de ese departamento de contrainteligencia, conocido por el nombre de Villa Marista por el pueblo, porque allí estuvo el centro de estudio, entrenamiento y residencia de los novicios religiosos católicos que posteriormente impartirían clases, al graduarse como maestros, en los colegios de esta hermandad en la isla de Cuba. Los autos patrulleros de ese departamento tenían acceso directo a La Recepción a través de una entrada, fuertemente custodiada, en la parte posterior del alto muro que rodeaba toda la edificación, que ocupaba una superficie apreciable en el barrio El Sevillano, en la ciudad de La Habana.

La medianoche transcurría apaciblemente en aquella primavera de 1963. Los teléfonos se mantenían silenciosos, señal de que la ciudad estaba tranquila en cuanto a hechos contrarrevolucionarios. Yo estaba solo en la oficina cumpliendo mi guardia nocturna mensual, aburrido y pensando que todavía tendría que estar allí ocho horas más, cuando sería relevado para ocuparme en la mañana de mi trabajo regular, Oficial Interrogador de Casos de Inteligencias Enemigas. Mis amigos me llamaban “El Aplastaespías”, una serie cinematográfica estadounidense que fue trasmitida por los canales de la televisión cubana en los años 40 y principio de los 50. Este Aplastaespías era un personaje espectacular que destruía las intrigas de los espías enemigos en territorio de los Estados Unidos. En ese momento esa serie luciria ridícula, por lo que lo tomaba como una burla amistosa. Mi auxiliar de oficina, Elisa, dormia plácidamente en uno de los tres locales acondicionados como habitaciones para instalar a las personas que vinieran arrestados mientras esperaban el trámite de ingreso en las cárceles internas. No tenía sentido que estuviera despierta cuando no había trabajo pendiente. No sabía todavía que esa bella mujer sería mi compañera por el resto de mi vida.

Uno de los cinco teléfonos negros que descansaban sobre una repisa posterior repiqueteó. Era el enlace con la Jefatura de la Policía Nacional Revolucionaria.

-Asesor de Guardia,-contesté.

-Le habla el Oficial de Guardia de la Sexta Estación, compañero.-

-Sí…-

-Tengo un caso muy extraño. Unos marineros soviéticos descubrieron a un sujeto nadando alrededor de su barco en la bahía. Nos informaron inmediatamente y lo detuvimos hace menos de una hora…-

-¿Estaba nadando en la bahía de La Habana?-

-Sí, compañero, en la bahía, en el sector dedicado a los barcos soviéticos.-

-¿Cuándo fue descubierto por los soviéticos?-

-Alrededor de las once de la noche, compañero.-

Reflexioné: habían transcurrido casi dos horas desde que este individuo fue descubierto hasta que fue capturado. Podría ser mucho o poco tiempo. Dependía de que hubiera estado haciendo.

-¿Se le ocupó algo?-

-Nada, absolutamente nada.-

-¿Qué declaró?-

-Que tenía calor y decidió darse un chapuzón…-

-Remítelo inmediatamente.-

-A sus órdenes, compañero.-

-Oye…Dame su nombre y su dirección.-Recibí la información y la anoté.-Gracias, compañero.-

Cogí un teléfono interior y hablé con el Oficial de Guardia de la Sección de Investigaciones para que enviaran a dos Oficiales a la dirección de residencia dada por el nocturno bañista a fin de comprobar la veracidad de la misma. Si así fuera, que confirmaran y continuaran averiguando quién era este hombre. Colgué y quedé pensativo por unos momentos. Tomé otro teléfono y llamé al Oficial de Guardia Nacional de la Seguridad del Estado, en aquel momento el mulato Diago. Como era habitual, Diago insistió en obtener más información, pero no la había. Al fin se cansó de preguntar y colgó el teléfono. A partir de ese momento, Diago evaluaría si debía informar a los altos mandos del país sobre este incidente, entre los que se encontraba el jefe de Villa Marista. Medité sobre el asunto y estuve tentado a salir de la oficina, a aspirar la noche fresca, pero tenía que atender los teléfonos o despertar a Elisa. Decidí quedarme dentro.



El cuarto de interrogatorio era pequeño, muy iluminado, completamente cerrado y climatizado. Su uso no era extensivo, solamente para puntualizar alguna información. Yo estaba sentado detrás del buró, mientras que el nocturno bañista, que dijo nombrarse Eleuterio Pérez Cortez, ocupaba una silla enfrente, cubierto por una colcha. Solamente vestía un bañador, de los llamados “short”. Su piel color café y su castaño pelo ya estaban secos. Su físico era de “mulato adelantado”. Me miraba directamente, sin aparentar nerviosismo. Había repetido palabra por palabra la declaración que hizo en la Sexta Unidad de Policía.

-Tú vives en la calle Obispo, ¿no?-Eleuterio asintió.-Eso no está lejos del malecón. ¿Por qué bañarse entonces en la bahía, que tiene las aguas grasientas, sucias, con mal olor?-

-Na, me dio la idea.-

Le mire seriamente. Se abrió la puerta del cuarto de interrogatorio y Elisa asomó su cabeza, haciendo una seña. Me levanté y esperé a que entrara un custodio en el cuarto y se situara muy cerca de Eleuterio. Entonces salí del cuarto. Elisa me señaló un teléfono descolgado. Era uno de los Oficiales Investigadores enviados a comprobar la identificación y el domicilio de Eleuterio, el nocturno bañista. Este me informó que ese hombre no residía en la dirección que decía y que era totalmente desconocido en el barrio. En eso sonó el teléfono que comunicaba con Diago. Ni me molesté en contestar, indicándole a Elisa que le dijera que no había información nueva. Regresé al cuarto pero no me senté en su butacón, permaneciendo de pie, cerca de Eleuterio.

-Me cansé ya de tu jueguito, Eleuterio. Es hora de que hablemos seriamente, ¿eh?-Mi tono era extremadamente seco.-No vives en la dirección que diste…y posiblemente, no te llames Eleuterio.-

-¡Oiga, que yo me llamo Eleuterio!-

-¿Y dónde vives?-

-Ya se lo dije….-

-¡Oye, coño¡ ¿Hasta cuándo tengo que aguantarte?-Golpee fuertemente con la palma de mi mano el escritorio-¡Te voy a enviar para la celda ahora mismo a ver si te das cuenta del lío en que estás metido!-

Eleuterio se arrebujó en su colcha, mirándome con un poco de aprensión.-No se altere, Teniente, podemos hablar…-

-Pues empieza ya…-

-Bueno, pero no se altere…yo en realidad soy un hombre-rana.-No mostré sorpresa, aunque estaba sorprendido.-Sí, la verdad es esa…-

-¿Dónde está tu equipo de hombre-rana?-

-Cuando vi que me descubrieron, me lo quité y lo dejé en el fondo de la bahía.-

-¿Viniste tú solo?-

-No, somos un team de seis.-

-¿Donde están los otros?-

-Puede que estén en la bahía…aunque a lo mejor ya terminaron.-

-¿Terminaron qué?-

-Lo mismo que hacía yo: poner minas magnéticas en los barcos soviéticos.-

-¿Para detonar en cuánto tiempo?-

-Bueno, como no nos vienen a buscar hasta las 3 de la madrugada, las armamos para que exploten a las 4.-

-De la madrugada de hoy, ¿no?-

Asintió. Automáticamente miré mi reloj pulsera. Eran la una y veinte minutos.-¿Cómo los vienen a buscar?-

-Fácil, nadamos afuera, unas tres millas y allí estarán las balsas para recogernos y llevarnos al buque.-

-¿Hacia dónde tienen que nadar?-

-Recto desde la boca de la bahía, no hay pérdida. Tenemos luz infrarroja para ver a las balsas, además de un radio-faro que lo conectamos cuando nos retiramos para que ellos nos ubiquen.-

La una y veinte dos minutos. Me quedaban 2 horas y 38 minutos. Abrí la puerta para que regresara el custodio y fui hacia los teléfonos. Le conté a Diago lo dicho por Eleuterio. Diago gageó mucho más de lo normal. Ahora se desencadenaría los planes de emergencia para situaciones especiales. Las lanchas del puerto comenzarían a patrullar cada metro de la bahía. Los marineros de los barcos soviéticos arrojarían cada media hora granadas al agua para que la detonación submarina les rompiera las células cerebrales a los hombres-ranas. La cadena que sostiene una inmensa malla seria izada desde el fondo de la bahía en su extremo más angosto, a la salida, para evitar la fuga de los hombres-ranas. La Fuerza Aérea de La Habana sería puesta en máxima alerta para perseguir al barco madre de ser necesario. Las lanchas de Guardafronteras saldrían a patrullar todo el litoral capitalino. Las fuerzas de La Seguridad del Estado serian acuarteladas para ser usadas en caso de insurgencia masiva de los contrarrevolucionarios. Unidades especiales del Ministerio de las Fuerzas Armadas serian puesta en alerta máxima. Si los barcos soviéticos tenían carga explosiva, habría que evacuar la Habana Vieja para evitar muertes civiles. Los destrozos en esa parte de la ciudad serian terribles. De ser efectivo el sabotaje, Fidel se pondría en contacto con los máximos dirigentes soviéticos para conocer su postura ante este gran atentado. Podría desencadenarse una segunda Crisis de Octubre. Mire mi reloj: quedaban 2 horas y 32 minutos. Volví al pequeño cuarto de interrogatorio.

-¿Dónde crees que estén ahora esos hombres-ranas?-

Eleuterio reflexionó.-Pueden que ya estén en camino hacia el punto de recogida. Tiempo tienen para haber puesto las minas imantadas en los barcos.-

-Dices que dejaste tu equipo de hombre-rana en el fondo de la bahía. ¿También las minas que debías poner?-

-Sí, todo está allá abajo.-

-¿Dónde?-

Eleuterio volvió a reflexionar.-Debajo del barco soviético que está cerca de Casablanca.-Se refería al poblado situado enfrente de la capital.-La verdad que no me descubrieron nada esos bolos. Siempre están comiendo de lo pica el pollo. La verdad es que deje todo allá abajo porque quise. Tenía que cuidarme de que no me viera mi compañero. Nosotros operamos en pareja, ¿sabe? Aproveché que él se fue al otro lado del barco y que el agua está muy sucia en esa parte. Me quité todo y nadé hacia los muelles.-

-¿Por qué?-

-Yo…bueno, total, que más da ya…mire, mi mamá está muy enferma. Ya está muy viejita. Y yo quiero verla antes de que se muera.-

-¿Cómo te irías después que vieras a tu mamá?-

-Bueno, eso lo pensaría después. La gente con la que trabajo son buena gente cantidad. Seguro que resolvería.-

No sabía yo que en la Oficina del Asesor de Guardia en ese momento el Capitán Joaquín Mirabal, Jefe de Villa Marista, hablaba con el Comandante Ramiro Valdés.
Faltaban 2 horas y 24 minutos para que las supuestas minas imantadas explotaran.

-¿Por qué estás tan seguro que resolverías?-

-Ya se lo dije, esa gente son dura. Tom, y sobretodo Orozquito, que es cubano, no me la van a dejar en la mano.-

Hacía poco más de un año que habíamos presentado a Miguel Ángel Orozco Crespo en televisión explicando los métodos operativos de la CIA en los Grupos Comandos que él dirigía. Tom era el Oficial Jefe del Grupo de la CIA que controlaba esos Grupos de Comandos. Orozquito era su hermano y segundo jefe de esos comandos. Eleuterio estuvo varios minutos describiendo su reclutamiento y entrenamiento. Esta era su primera misión. La información que aportaba coincidía con lo dicho por Orozco en la televisión. Faltaban 2 horas y 12 minutos para las supuestas explosiones. Salí a la Recepción. A Mirabal se le había unido el Capitán Figueredo, “El Chino”, ayudante personal del Comandante Ramiro Valdés. Les expliqué lo dicho por Eleuterio.

-¿Qué tú crees, Coqui?-

La temida pregunta. No tenia una convicción absoluta que Eleuterio estaba diciendo la verdad, pero tampoco tenía evidencia que mostrara que estaba diciendo mentiras. Y faltaban una hora y 53 minutos para que se efectuara el supuesto sabotaje.

-Hay que jugársela a que esté diciendo la verdad.-

Un teléfono sonó. Elisa respondió.-Para usted, Capitán, de Abrantes.-Señalaba a Mirabal con el auricular. Volví al pequeño cuarto de interrogatorio.

-¿Dónde se encuentra ahora tu mamá, Eleuterio?-

-No, teniente, no quiero que nadie la moleste.-

-¡Óye muy bien lo que te voy a decir, coño! ¡Necesito una prueba de que algo que dices sea verdad!-

-Pero no mi mamá, teniente, no mi mamá…-

Avancé un paso hacia él con muy mala cara cuando me fijé que la colcha se le había abierto, dejando ver un short carmelita claro muy parecido a uno que yo tenía.

-¡Desnúdate!-

-¿Qué?-

-¡Que te quites la ropa, coño!-

Eleuterio me miró unos instantes y musitando algo se despojó de la colcha y se quedó con su short en la mano. Se lo arrebaté y leí la etiqueta cosida en la parte posterior: Fin de Siglo. Era el nombre de una tienda muy popular de La Habana. Si un Servicio Especial Extranjero infiltraba agentes en Cuba, les proveían de documentación y vestuarios hechos en Cuba para enmascararlos correctamente. ¿Pero desde cuándo los hombres-ranas de la CIA usaban short fabricados en una tienda habanera si se suponía que nunca pisarían tierra cubana?

-¡Eres un mentiroso hijo de puta! ¿Cuándo compraste este short en Fin de Siglo?-

-¡Coño, ahora sí estoy seguro que esta Revolución es invencible! Yo no me llamo Eleuterio na…yo soy Manolo Lugo y vivo en Compostela número 62. Todo esto lo he hecho para comprobar si ustedes eran buenos de verdad. ¡Y ahora puedo afirmar que La Seguridad cubana es la mejor del mundo!-

Juan Antonio Rodríguez Menier.

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