MADRID?---MADRID?

pablogarcia
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MADRID?---MADRID?

Mensajepor pablogarcia » 14 Nov 2007, 17:35

MADRID ?MADRID ?

Madrid, Madrid que bien tu nombre suena; rompeolas de la España. Madrid capital cultural y dinámica ? De Madrid al cielo, ¡diría el poeta!.
Madrid en pleno centro de la península Ibérica, en una gran extensión plana, que en 1561 Felipe II "el rey prudente" decide establecer la capital de España.
Con un sol de poniente y al fondo un cielo azul apenas intuido. Salí de Toledo en esos escasos momentos en que el día aún no es día y la noche ya no es y, tras dejar atrás esos campos un tanto desoladas de Castilla; entre en Madrid.
Recuerdo que al entrar en la capital, la mañana parecía primaveral, con ese cielo límpido y su sol de dulce tibieza y recuerdo que al atravesar el puente de Segovia, después de haber dejado atrás la carretera de Extremadura. Madrid vista desde allí, la población era monumental, soberbia. Pocas capitales parecían tan hermosas: ?De frente, se divisa la enorme masa del Palacio real, con sus pilastras salientes cortando negros filos de ventanas.?Al otro lado se halla, sobre las colinas del Príncipe Pío, la Rosaleda que corona el palacio de la Mongola y más a la derecha el famoso cuartel de la Montaña. ?Al extremo opuesto la cúpula de San Francisco el Grande y a su lado el seminario. ?Arriba el cielo sin una nube, limpiado como si su azul cielo lo hubieran lavado las ultimas lluvias. ?Abajo, en el declive que conduce al Manzanares, grandes masas de vegetación, que son las arboladas del campo del moro, de la Virgen del Puerto y de la Cuesta de la Vega. ?Al lado izquierdo de este corten era el Viaducto y más a la izquierda el llamado Rascacielos de la Plaza de España, orgullo de la dictadura. La verdad es que Madrid vista desde allí parecía una Capital portentosa, una imponente metrópoli con su enorme masa de gran ciudad.
Detrás dejamos la casa de campo con su vegetación intensa, y al fondo la sierra del Guadarrama, que obstruía el horizonte con su masa de rosa coronada de pirámides de sal, destacando su virginidad blancura, al brillar en las cumbres heridas por el sol un intenso azul cielo.
Después mi mirada se fija en la parte de acá del río, y es donde el cambio es enorme, con sus construcciones modernas y su gran estadio de fútbol. Esta parte en especial me hace recordar y, volver a penas treinta años a tras, para ver; grandes tejados rotos, con anchas brechas por las que se colaba el aire la lluvia. Eran caserones abandonados que servían de albergue a los miserables. Junto a ellos brillaban al sol las cubiertas de cinc herrumbradas y las latas viejas de las cabañas, de las llamadas chabolas. ?Al centro los charcos del Manzanares llenos de inmundicias a causa de los alcantarillados que desaguaban en él. ?Al fondo sobre el puente de Toledo, una muchedumbre de peatones invadían el camino y otros abarrotando el tranvía; Eran los vecinos de las barriadas obreras que marchaban hacia Madrid, con sus blusas azules y grises que salían de las casuchas de vecindad, todas ellas con sus puertas numeradas; míseras colmenas de la pobreza. Entre ellos los últimos emigrantes llegados de todos los puntos de la península; que los Madrileños llamarían los "paletos".
Pero para mi los recuerdos más lastimeros era el de los patios de las casas de vecindad de los barrios Madrileños, con esas paredes grasientas y sus continuas galerías, donde los muchachos, jugábamos entre las ropas tendidas con cuerdas mal atadas. En las galerías se hallaba una fila de puertas numeradas con esa horrible uniformidad que luego vi en los cuarteles y presidios a causa de mi desobediencia a la dictadura.
Me parece todavía aun ver sentadas ante las puertas cosiendo a corros de mujeres que mientras charlaban amistosamente, aunque otras veces discutian con un ruido de voces ensordecedoras, reñían como duras contendientes y fieras rabiosas.
Al anochecer llegaban los hombres, tristes fatigados, parcos en palabras, sin otro deseo que de pedir la cena, a la vez que maldecían a los ricos. Más tarde muchos de ellos o sus hijos, continuarían la emigración; pero esta vez a otros países para huir de la miseria o de la dureza de la dictadura.
Los años pasaron, pero en mis recuerdo quedaron grabado aquellos años juveniles, cuando los domingos por la mañana solíamos bajar al Rastro. Al llegar a él, la Rivera de Curtidores, su declive era rudo que las últimas casas tenían sus tejados al nivel del arranque de la calle. En ambos lados, y bajo toldos de lienzo blanco o sacos oscuros, se asentaban los puestos de los chamarileros y en sus lonas viejas, se esparcían: ?espadas con fundas de terciopelo que habían servido en los teatros, machetes Cubanos, saleros sucios y vasos de porcelana. Otros puestos eran de genero nuevo; pero sin poder comprobar su verdadera procedencia.
Eramos muchos los que en aquellos años buscábamos con mucho interés, entre las montañas de libros, corroídos por el tiempo; las obras prohibidas por la dictadura. En aquella época se buscaba entre otros, "El Pricipe" de Maquiavelo, o el "Origen de las Especies" o el "Origen del Hombre" de Charles Darwin. Por el centro de la muchedumbre pasaban, los vendedores ambulantes con grandes cestos de quincallería, y algunos gritaban con voz de trueno:?¡aquí!,al tío que se ha vuelto loco y todo lo regala. Al final de la cuesta, se hallaban los charlatanes, o embaucadores, rodeado de curiosos en espera que lo que el charlatán ofrecía fuera de su agrado, pero dicho individuo hablaba tan de prisa que el que creía hacer una buena compra siempre resultaba timados.
De regreso a la entrada, en la Plazuela de Cascorro; se descansaba un instante apoyado en sus verjas que rodeaban su estatua. De aquí debido al declive tan pronunciado se divisaba las áridas cercanías de Madrid, que se embellecían con la llegada de la primavera; al cubrirse los cerros de la lejana carretera de Toledo de verde, al crecer las cabelleras de cebadas y trigos. En las cañadas los grupos de almendros se adornaban con flores: ?unas blancas como el nácar, y otras sonrosadas como el color de la carne femenil.
De vuelta a casa se esperaba la tarde con impaciencia y apenas comidos los mozos, nos maqueábamos con lo mejor y, se cogía el tranvía o el metro en busca de la prometida.
Una vez con ella, nos dirigíamos de la mano al Parque del Retiro, donde la brisa de la tarde estremecía los arboles de sus famosos paseos y, una nevada de pétalos caían. Todo aprecia bueno y natural y nos olvidábamos de la fatiga de la semana. Nos prometíamos ser novios, para después, más tarde marido y esposa, como las gentes que solo comprenden el amor con documentos y sellos.
Los amantes ultimábamos nuestros proyectos y nos deseábamos una nueva vida y siempre juntos. Después nos sentábamos en los rivazos cubiertos de hierba y al hablarnos arrancábamos las margaritas que crecían al alcance de las manos.
Así se esperaba la llegada del crepúsculo y las sombras nos sorprendían muchas veces en las inmediaciones del estanque silencioso y profundo, sin ningún murmullo con la bonachona complicidad de la luna, que contribuía a la comunicación primera del amor.
Los días de lluvia o frío las parejas terminábamos las tardes en los cines de barriada; donde al amparo de la oscuridad, se esparcían cientos de tentáculos, como pulpos dispersos en la gran sala. Se vivía la dulce somnolencia absortos por la felicidad y asombrados de que el mundo guardase oculto tanta delicia. Todo era bueno y nos abandonábamos con sublime impudor.
Adiós, Madrid! ?¡ Adiós recuerdos! ?¡Adiós juventud! ?¡Adiós ilusión, sirena encantadora de la existencia, que huyes para siempre!?
pablogarcia
Abril del 2005
Amar y ser amado

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