la mentira como estructura mental

JesRICART
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la mentira como estructura mental

Mensajepor JesRICART » 28 Sep 2018, 13:47

La mentira como estructura de la representación mental. JesRICART
Lo peor de la mentira no es su intencionalidad sino su. Convicción. Tanto del lado de quien la expresa como del lado de quien se la cree pensando que se trata de una verdad.
En el análisis psicológico del impostor no se encuentra una personalidad excepcionalmente morbosa que disfruta levantándoles la camisa a los demás, la que se encuentra remite a un cuadro más o menos estándar. Los actos del mentir son un flujo continuo de la realidad (no solo de la realidad social, tambien de la realidad natural -esa estudiada por las etología y las ciencias naturales- está plagada de mentiras, que forman parte de la ley de supervivencia, sin ellas a las especies les resultaría más difícil sobrevivir).
Desantropologizada la mentira y tomada como un fenómeno natural se consigue desdramatizarla y despersonalizarla tomándola como algo propio de la vida. Eso llamado vida le debe mucho a la mentira, mucho más de lo que el humanismo y una construcción intelectual del ser humano honesto pueden aceptar.
La vida humana en particular y la vida animal en general necesitan pasar por lo que no son para apostar por su futuro. Los animales se hinchan o crean la apariencia de un tamaño mayor ante peligros inminentes para aparentar una fuerza que no tienen, los humanos se ufanan y envanece con promesas o records que no tienen para pasar por lo que no son. Ni se han quemado lo suficiente en su hoguera de las vanidades para aprender.
La mentira es una estructura biográfica en torno a ella, algo más decisivo que una o dos mentiras puntuales sobre el propio curriculum o sobre los índices de empresa.
Los estados políticos que mienten sobre sus índices de PIB , las empresas y organismos que no son transparentes o simulan sus curvas de beneficios, no es lo peor que le está pasando a una sociedad. Lo peor hay que buscarlo en la estructura psicológica dispositiva de los individuos que cursan sus ambiciones en sociedad pasando por ser lo que realmente no son. La integridad humana es una fábula en lo que se refiere a que uno puede integrar a la totalidad de los demás (y no morir en el intento).
Ni puede ni lo hace, y no puede porque nadie se conoce tanto a sí mismo como para entregarse del todo y no lo hace, tampoco, porque la realidad no es un jardín de rosas como para pensar que todos sus factores son aliados o tratables. Eso nos lleva a un cambio de dilema. La cuestión no es quién miente y quien no miente, sino quien hace de sus mentiras la conciencia de eslabones necesarios para llegar a verdades.
Cuando hablamos del mentir ¿de qué estamos hablando realmente? Es difícil hablar de ello con quien no se reconoce mentira alguna en su discurso, ya que las incoherencias elaborativas ya ocasionan esos efectos colaterales reetiquetados como mentiras. Siendo éstas toda producción falible que asi quedará demostrada antes o después. Por tanto, el enunciado de una verdad (una ley científica, un deseo personal, un anhelo colectivo, un cálculo numérico, una reacción química, una reacción literaria, un dato económico, un objetivo,..) la que sea también es el enunciado de una mentira a la espera de otra verdad posterior que ,la desbanque. Dicho esto, nos encontramos tanto en los tú a tú personales como en los marcos macro colectivos, con un impresionante caudal de materiales en los decires privados o públicos que corroboran procesos continuos de falsificación. Como decirlo es muy alentador preferimos dividir el mundo entre la gente falsa y la gente autentica. El mejor calificativo que se puede decir de alguien es que es auténtico, autoasignándose la pertenencia al segundo grupo, pero eso suena a mentira bien intencionada.
De unos años a esta parte todas las declaraciones verbales entre estadistas de una línea u otra o parlamentarios de un partidismo u otro discuten -si eso es discutir- sobre un pantano de arenas movedizas. El análisis de miles de titulares (o enunciados declarativos para justificarlos en prensa) son divisibles en dos grandes grupos: aquellos que hablan de leyes y aquellos que hablan de hechos.
Cada cual tiene su coherencia, pero la previsión del fracaso metodológico en quienes acuden a la norma por repetido es previsible, mientras que quienes acuden a la realidad tiene futuro para seguirlos escuchando, ya que la realidad es algo vivo mientras que los códigos están condenados a ser letra muerta con las variables de aquella. Elemental.
Esa evidencia no entra en las (des)entenderas cuyas molleras tienen una enorme función para aguantar sombreros o para ajardinar matas de pelo además de para llevar sus periscopios y no tropezarse en la calle cuando andan. Cumplidas esas funciones se encallan al entender la colisión permanentemente latente entre código y hecho, entre teoría y empiria, entre legalidad y realidad (que decía Suso del Toro). Puede que la realidad no sea legal pero sigue siendo la realidad. Hay absurdos de la legalidad , los que pretenden ser de obligado cumplimiento cuando una buena parte de ella ha evolucionado y se ha separado de los tiempos en que aquella fuera elaborada y/o decidida.
La mentira pública puede ser vergonzosa y no solo avergüenza a los mentirosos (políticos no inteligentes y otros demasiado listos pero tampoco tanto como para robar de la hucha de todos sin que los pillen) sino que también avergüenza a quienes no formamos parte de esos discursos del engaño. De todos modos, nadie escapa de su mentira personal, o mejor dicho, de la necesidad de fabricarla para poder seguir existiendo. Esa mentira pasa por esperanzas de futuro no fundamentadas científicamente, pasa por creer en el infinito potencial humano de superación, pasa por apostar por el otro como aliado a pesar de su maxi-ego y de su capillismo particular, pasa por creer en el valor de la confidencialidad a pesar de que nadie se conoce tanto a sí mismo como para entregarse totalmente, pasa por creer en las promesas de amor o en la condición de amistad de quienes nunca estuvieron a la altura de lo uno o de lo otro.
La mayor lucha contra la mentira no es tanto la lucha política para desenmascarar a los defraudadores de un país como la lucha por autentificarse en el campo de batalla de uno mismo. Para una autenticidad total uno estaría rompiendo constantemente las imágenes de sí mismo en repetidos espejos porque esa imagen jamás es uno mismo.

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