Rigor con humor.

JesRICART
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Rigor con humor.

Mensajepor JesRICART » 21 Oct 2009, 18:26

Ante la realidad: del rigor analítico al humor irónico.JesRICART
Tras repasar historias y teorías, cuentos y cuentistas, y dadas las pruebas de coherencia no superadas el recurso al humor como talante de deportividad no está reñido con el rigor en el estudio de los temas y la observación de los hechos. Del humor no hay queja. Debe ser lo único que tiene el beneplácito de todas las corrientes y dogmas dada su popularidad. En su impacto menor la sonrisa consecuente pone un contrapunto a la cara de asco por no decir de terror y en su impacto mayor la franca risotada mueve el diafragma y masajea la organización digestiva. En caso extremo el afectado de paroxismo dice: “¡paso, paso, que me lo hago encima!” y es que todo está conectado. Solo recuerdo una escena -pasoliniana, por supuesto- en la que dos reos a morir en la horca lo hacen riendo tras la ultima historieta chistosa contada por uno de ellos. Y es que reír en determinadas circunstancias hay que tener muchas ganas.
La profesión-cantera por excelencia para proveedurías infinitas de materiales de los que reírse sin duda es la política. La clase política da mucha cancha para convertirse en el hazmerreír de los demás. Este doble verbo en tono imperativo: hacer reír no lo puede ejecutar cualquiera. Hay que entrar en contradicción continua y hacer de la vocación contradictorista una payasada continua. También es necesario el concurso del experto en el gesto, el mimetismo y el gag para sacarle partido a los materiales originarios de los que sacar la sustancia hilarante. Imagino al humorista profesional que empieza su día de trabajo leyendo periódicos o escuchando noticias mientras se parte de risa y pergeña en un papel ideas para recrear las novedades del día. El profesional del humor cobra por el placer de divertirse con aquello de lo que saca comicidad. Es el verdadero genio de las finanzas. Se dice que la risa alarga la vida y que el humor es la mejor terapia al infortunio. La risoterapia fue planteada como una disciplina antidepresiva. La invitación a reír surge espontáneamente: “…vente, al menos nos reiremos un rato” –nos dice el mejor amigo cuando nos nota fuera de punto-. Lo cierto es que reír en un espacio comunitario crea una especie de solidaridad humorística. Quien te lo hace pasar bien representa un patrón con qué tomarse las cosas. El humorista sería la versión del sabio moderno capaz de ponerse por encima de todos los avatares.
El esquema es simple: la existencia pasa por la tragedia y el enfrentamiento a ella recurre al análisis de su comicidad como factor decisivo. Desgraciadamente hay muchas biografías trágicas porque se viven a sí mismas así. Las tragedias no son tan objetivas o determinadas por los problemas externos, tienen cuando menos la mitad de responsabilidad en las subjetividades que se prestan ad hoc a hacer los roles trágicos correspondientes en el reparto. Hay tragedias que mueven a risa, tanto que solo se superan con la síntesis de la tragicomedia. El texto de Simone de Beauvoir, La mujer rota, adaptado y escenificado por Iraida Sardá. como monólogo de una esposa abandonada que entra en un proceso que le lleva al descuido, la depresión y el alcoholismo es de un contenido demodé asombroso para cuando lo vi. Seguido con una seriedad sepulcral por la sala y convencido, por mi parte, que el mismo guión representado en clave humorística hubiera producido la hilaridad por las pavadas de la protagonista echando a perder la felicidad del personaje por no ser la única mujer querida en exclusiva por su marido. Hay textos que por sí mismos son ambivalentes, mueven a la risa o a la seriedad según el tono en que son dichos. Otros que por sí mismos mueven unívocamente a tomarlos con la gravedad que se merecen o a tratarlos cómicamente según sea el tema.
Se alude a los contextos culturales para entender las distintas formas de reír. Es cierto que lo que provoca risa en algunas partes puede provocar llanto en otras y que un tema de aflicción de una persona no es para que otra se ría. El respeto exige el protocolo del semblante cariacontecido. Pero ¿hasta dónde mantenerlo? La existencia social con toda su complejidad no para de arrojar anécdotas con las que partirse de risa sin que al mismo tiempo se deje de reconocer la tragedia de acontecimientos colaterales. La seriedad en su versión más sombría: rictus rígido, labios pegados tirando a curvos, palabras de pocos amigos, frases precisas y no repetidas…no suele ser bien recibida. Recuero haber pasado por la picota de la crítica por ser serio desde edad prematura. No aprendí hasta mucho después que el protocolo relacional pasaba por la sonrisa. Sonríe y tendrás la mitad de las puertas abiertas –me aconsejaron- pero a mi no me salía sonreír por comentarios que no hacían la menor gracia o ante aspectos que tenían todo el aplomo de mercenarios. Necesité media vida para entender que la sonrisa tiene que ser un criterio incorporada al semblante. Tanto que incluso hay que dormir con una sonrisa esbozada en el labio para disimular que estás teniendo el mejor de los sueños en technicolor. Además así se va practicando para contrarrestar el rigor mortis cuando llegue la hora y darle menos trabajo al artesano-tanatorial. Sonreír, ésta es la cuestión. Sonríe y no mires a quien. Claro que este consejo tienes sus peligros. El soldado no puede sonreírle al sargento cuando le dice “¡Ar!” y el prisionero tampoco puede hacerlo al cabo de varas a no ser que quiera que le mande a recibir cien latigazos. La sonrisa es interpretada –para quien no sonríe ni puñetera ganas tiene- como un signo de prepotencia. Eso depende de cómo sea recibida. Una misma sonrisa tiene impactos diferentes según contextos y antagonistas. La risa abierta puede contagiar a otras poses cercanas menos inhibidas. He observado en salas de cine en las que nadie reía que la risa se extendió a partir de un espectador con la risa floja, fuera porque era la primera vez que veía aquellos gags o por su propio perfil del "dont’ t worry, ver happy". En esa extensión de la risa colectiva se podría discutir si el resto de personal se reía por la escena o por el risotante. Cuando uno ríe inconteniblemente sin que se sepa porque como mínimo produce un signo de admiración a los demás. Lo más probable es que quienes vean a alguien reírse sin que sepan porque terminen por hacer lo mismo o cuando menos sonrían. Propongo el siguiente ejercicio callejero para distracción general y goce del actuante, también para introducir nuevas variables a la calle sumadora de espectáculos: tómese un espejo grande suficientemente ancho y alto, dos metros por uno veinte bastará, y llévese con carretilla o porteadores a sueldo, al lugar de los hechos, la arteria ramblera o la plaza mayor. Ahí convenientemente asegurado en su verticalidad póngase el sujeto de prueba a reír ante su imagen. Es cuestión de poner caras, caritas, carotas. Hay que ser algo de caradura para el tema pero es cuestión de probar. Una cara es una topografía sobrada para tomarse el pelo. El auto-riente puede invitar a otros que se asomen a la escena a que hagan otro tanto de si mismos. Un rato de risa no viene mal a nadie, especialmente en esas horas punta en que el ajetreo domina las meninges y el plan de ruta para el éxito profesional pasa por el conflicto intrapsíquico, la úlcera estomacal y el accidente automovilístico. Inconveniente del ejercicio: acarrear con el espejo. Los gobiernos locales deberían poner algunos -.con el beneplácito de los gamberros- y repartirlos estratégicamente por la ciudad para invitar a la ciudadanía a reírse de si misma a modo de aparato de fettness diafragmático, dado que los escaparates atenúan las imágenes que se reflejan en ellos.
De hecho, no hay nadie ni nada que quede fuera del campo del escarnecimiento. Las ideologías que se tomaron como las más sagradas, pasado el tiempo también arrojan sus contribuciones a la tragicomedia general. El balance final de una vida ante el gran despegue de la materia conocida, el fin del propio cuerpo y el fin de todo contacto con los demás, no deja de ser un buen chiste: haber vivido ¿para qué? Para reproducir la vida humana para que los descendientes se pregunten este mismo ¿para qué? Pero incluso de tal fatalismo conceptual se puede hacer coña. La vida tampoco es elegida en todos sus factores, viene dada, por tanto impuesta. El que la vive inteligentemente trata de singularizarla pero su conciencia le llevará admitir el encierro laberíntico en el que se ha (o lo han) metido.
En el modo de escribir sobre temas densos introducir algunos detalles divertidos puede ayudar a remontar el interés por el mismo tema sin perder el valor de su verdad. La tragicomicidad es extensible a cuestiones tan serias como el dolor y la muerte. El Roto ventila en una sola frase todo un discurso de descrédito de las razones diplomáticas o militares cuando dice que enviamos tropas a Afganistán para proteger las tropas previamente enviadas. La causa justificada del primer envío y siguientes no existe.
La realidad arroja cada día datos sorprendentes. Para la mirada divertida nunca dejan de haber nuevas circunstancias que promuevan la risotada. El reto es el de reírse por lo que da motivos para esto con quien los da en lugar de reírse de ese procurador a la broma. En la práctica se mezclan las cosas y tampoco está tan mal reírse de las tontadas que salen por la tele en individuos que se prestan a hacer de hazmerreíres de cada momento. ¿Cómo sobrellevar si no una realidad llena de defraudadores, incluso los que ponen cara de buenos como Millet , y unos portavoces de la oposición política que hacen presumir tiempos futuros de mayor oscurantismo?
Cualquiera que sea el motivo de risa no desparece como tema de análisis en el que colocar el vocabulario correcto para convertirlo en moción o en propuesta científica. El resultado no va a ser distinto por el hecho de reírse con ganas en el proceso de interpretación de los sucesos tal como nos van viniendo –y victimizando-.

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