Los juegos de verdad y sus tensiones

JesRICART
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Los juegos de verdad y sus tensiones

Mensajepor JesRICART » 05 Ago 2009, 11:24

Los juegos de verdad y las tensiones derivadas. JesRICART

¿Por qué razón platicar sobre la verdad genera tensión psicológica? Antes de tratar de responder a esto quiero precisar la pregunta haciendo otra anterior. ¿Siempre que se habla de la verdad se genera tensión o especialmente la genera aquella habla personalizadora que señala a otro presente el peso de esa verdad? He explorado que ambas situaciones generan tensión cuando hay desacuerdo en las verdades expuestas. Lo que varia es el índice de tensión. Hablar de verdades en generales, que es tanto como decir, hablar de temas externos no crea mayor conflicto que el de reconocer diferencias de pensar si esas resultan evidentes. La tensión resultante es mínima a no ser que esas discusiones derrapen al campo de lo personal porque el encontronazo ideológico sea severo. En cuanto a las verdades personales sobre lo que uno ha hecho, la sola perspectiva de tener que decirlas ya puede mover a nerviosismo o tensión anticipados ante una perspectiva que se puede conjeturar que va a ser dura. Hay algo de esa tensión que está conectada con la perspectiva de la intervención ante el otro y que se sospecha que encontrará una reacción negativa. Se puede comparar la tensión en la polémica (en particular en espacios grupales de habla directa en foros o congresos) por el solo hecho de intervenir ante el escrutinio y escucha ajenos a esa tensión prevista por tener que hacer una confrontación directa y personalizada. A la verdad no le gusta a nadie, tampoco a quienes hacemos apología sistemáticamente de ella creyendo, en vano claro, que al final triunfará en el mundo por la vía de la transculturalidad. Siempre hay algo vulnerable en nuestras personas que no deseamos que sea tocado. Es difícil poder estar satisfecho íntegramente de todos los actos que contienen una biografía. Son demasiados como para poder hacerlo. Las conclusiones maestras de los memorialistas que dicen al final de sus vidas que no se arrepienten de todo lo que hicieron y todo lo que hicieron fue lo único que pudieron hacer son además de incorrectas propias de fantoches que no admiten la comisión de sus errores.
Ante la perspectiva de tener que llamar la atención de alguien porque ha cometido un error flagrante hay que estar entrenado psicológicamente para cumplir con el rol crítico sin perder los papeles. Es difícil, bastante difícil, muy difícil, mucho más cuando el sujeto objetado interrumpe el tema o escapa de él acudiendo a terceras y cuartas cuestiones que no tienen nada que ver con la cuestión en curso. Este pequeño detalle de la evasión en la polémica no se puede pasar por alto. La interrupción verbal junto a las elevaciones de tono son la forma más popular de huida psicológica de un tema para que el responsable de una situación la leuda y su autoengaño lo ampare suficientemente. El problema de la verdad, de su evidencia, de su circunstancia no es tanto su hecho (la existencia pasa por la confrontación de innumerables hechos y certezas) como su negación. Lo que desencadena el conflicto es el disenso ante una verdad dada. Quien sigue acudiendo a la tesis de la verdad relativa en el fondo lo que pretende es la excusa para eludir la responsabilidad personal con la verdad de un hecho.
Todo eso configura un contexto. Se sabe/sabemos que al hablar los unos con los otros todo va sobre ruedas si los temas no nos implican en lo personal y no tocan nuestras intimidades. En cuanto un sujeto dado no asume su responsabilidad, la que sea y por lo que sea, es amonestado por otro que se lo señala, este tiene bastantes probabilidades de salir mal parado. La cosa debería ir al revés pero no es así. El crítico acaba recogiendo la reacción más rancia de los criticado aunque aquello que lo que señala sea cierto y el responsable de una calamidad lo sepa. El hecho de que esa calamidad haya perjudicado directa y personalmente al crítico no va a ser un atenuante para aceptar su razonamiento. Esto llena de detalles la casuística cotidiana de la vulgaridad. Más exactamente, una de las propiedades de la vulgaridad es la de manejar el lenguaje dándole la espalda al reconocimiento de los hechos y, lo que es más definitivo, al reconocimiento de la responsabilidad personal en ellos.
En todo tipo de círculo relacional, el de las amistades, el laboral, el de las aventuras, el de proyectos sociales,…se manejan dos grandes grupos de conversaciones: el que trae a colación temas externos (que si el fútbol, el espectáculo que se ha visto, la noticia del último accidente aéreo o de autobús, que si las drogas, los asesinatos, la falta de trabajo, el terrorismo y sigue la lista) y el que trae a colación temas que implican a los presentes (cómo se gana el dinero, el trato con la familia, los problemas de vecindario, cómo pautar a la doméstica, el reciclaje de basuras, la higiene del espacio, las opiniones personales de los demás). Mientras los comentarios del primer grupo funcionan como adhesivos y entretenimientos y difícilmente se visceralizan, los del segundo grupo es al contrario, difícilmente no se visceralizan cuando los pareceres son algo más que distintos y una todas la partes impone/n una negación de la evidencia o un trato injusto con la situación.
El conflicto es un conflicto de interpretación. Este es más grave que las diferencias mismas. Mientras el comportamiento activo con los hechos es distinto y es admisible la pluralidad de conductas lo que es inadmisible es la negación de la responsabilidad en ellos. En cuanto quien oculta lo que es, negando lo que hizo o demostrado una falta de conciencia en sus implicaciones queda expuesto, la tensión pugilística monta el cuadro. La parafernalia del griterío y de la escenificación no es lo más relevante sino la detección de las razones para las posiciones contrarias. Habitualmente lo que ve el observador es dos o más que se están discutiendo y que no se ponen de acuerdo. Si no afina el oído y hace el análisis de datos difícilmente va a poder tomar partido por uno o por otro. Desde la vulgaridad se pasa por alto los conflictos cuyos protagonismos no interesan. No deja de ser un espectáculo callejero. Cuando se interviene en disputas ajenas el interviniente puede salir mal parado. Una vez denuncié una situación callejera frente a casa de un tipo bloqueando el paso con su coche al de otra conductora entre otras cosas porque la violencia no fuera a más y el escándalo dejara de perturbarnos. El rol encadenado que me llevó eso en forma de gestiones fue de tal magnitud que reconocí haberme equivocado de tipo de intervención.
En cuanto a la acción directa de decirle a alguien lo que crees que es no solo porque lo crees sino porque lo demuestras puede ser apoyado por una razón logística elemental: ponerse a salvo de la negligencia de este alguien o por una razón más causalista por una causa no clara pero famosa, la de poner a salvo el mundo de tal conducta particular errónea inaceptable. La literatura oral tanto como la escrita sigue haciéndose eco de esas situaciones desentrañándolas como relato predominando el valor descriptivo del relato sin tratar de pontificar morales o curas alternativas. O me he podido librar de ese planteamiento ya que admito haber convertido el mundo en una fuente de literatura más que en un proyecto de paraíso aunque recuerdo perfectamente haber partido de una posición idealista de haber confiado en la evolución de ese mudo hacia su paradisiaca existencialidad. Este cambio de posición se nota mucho en el trato personalizado del tú a tú, en el que a diferencia de otros tiempos bajo la aureola kumbayá, aunque siga valorando el potencial de sujeto no olvido ni disculpo su realidad como tal, su autoría de hechos, su responsabilidad con las circunstancias dadas. Todo eso pasa a formar parte del almacén archivístico de los datos y, como digo, materiales empíricos para los ensayos y las novelas, pero aparte de eso cuando toca decirle a alguien lo que es porque lo es y te ha afectado directamente o afecta a alguien de tu vecindad, inevitablemente la tensión queda servida. Te das cuenta que tener la verdad de tu lado no la alivia aunque refuerce tu decisión en demostrarla.
Todo este coloquio se puede ir al traste aludiendo al consabido teorema de la reconciliación de que la verdad absoluta no la tiene nadie, pero no es la de la verdad absoluta de lo hablado en este artículo sino de los reconocimientos concretos de los hechos. “¿Lo has hecho? ¿Sí o No?” Esa es la doble pregunta crucial de un magistrado para cuyo puesto tiene en su haber varios años de carrera y de oposiciones. No hace falta tanto para hacerla con convicción y no dejarse atrapar por explicaciones que se aparten de esto. El mundo es, desde luego, más complejo que la respuesta monosilábica pero sin esta todo lo demás viene a escaquear el reconocimiento de las responsabilidad individuales Todo esto, todo lo otro, los motivos causales, los agravantes y los atenuantes, no librará al responsable de algo de su responsabilidad fundamental. El problema de interpretación empieza cuando el actor de un acto acude a cualquier argumentación extra y externa para librarse de la acusación. Aparentemente el reconocimiento es una cuestión simple. Si es así ¿por qué razón genera tantas polémicas? Respuesta elemental: casi nadie cree ser lo que es ni admite sus conductas, en particular cuando ponen en evidencia su incapacidad o inmadurez, su incompetencia o sus consecuencias lesivas para otros. La historia de la humanidad es también la historia de sus engaños.
El memorándum de la psique recuerda los escenarios de la banalidad en los que las evidencias son marginadas y el imperio de la negatividad o la distorsión como una de sus maneras prevalece. La tensión aparece como un conjunto de reacciones psicofisiològicas en el sujeto físico tenso que tiene que pelear por la evidencia presuponiendo la negación o resistencia, También aparece por el lado del resistente en aceptar una verdad. Dado un cuadro de conflicto por conceptos o hechos las personas conflictuadas una de las razones para no entrar en confrontaciones e por el recuerdo de los malos momentos psicológicos que producen. El interés por la aquiescencia no es porque concurra una natural coincidencia en actos e ideas sino para evitarse problemas y malestares por las diferencias. Con algunas personas y situaciones antes de conocerlas o de asistir a ellas se predice a priori la alta probabilidad de conflicto. La autoexclusión de no asistencia a determinados espacios es una forma de elusión del desencuentro que haya sido ponderado.
La intertensionalidad está en otros campos. Se ha tenido que luchar e varios fretes para recolocar las cosas en su justo lugar o para no seguir permitiendo que formas discriminatorias o injustas dentro de la cultura siguieran insistiendo en su mal hacer. The Pittsburg Press no cambió su forma discriminatoria de las ofertas de trabajo en secciones diferenciadas para hombres y para mujeres hasta que una organización feminista no elevó su queja. Los tribunales fallaron a favor de la demanda con la contribución de la demostración matemática de Gerald Gardner de la discriminación usada en la prensa. La discusión fue entre la libertad de expresión aducida por esta y el derecho a la igualdad, un derecho superior.
En cada cita tensional por pareceres distintos, las justificaciones parciales para hacer o ser lo que se hace o quien se es ni son suficientes ni son lo fundamental. Hay razones objetivas de mayor peso para dirimir la vulgaridad de otras particulares. La discusión suele ser siempre en quién y cómo se demuestra la legitimidad de tales razones objetivas. A fuerza de palabras distorsionadoras la demagogia puede demostrar lo contrario a lo sucedido, por eso es crucial mantener el tema, cada tema, en la cancha de su concreción. Cualquier recurso verbal o factual no honesto en una polémica, es suficiente para deslegitimar al otro como interlocutor válido. Es entonces cuando se impone la autoridad de la fuerza ya que la oportunidad de la prosa ha concluido. En el modo de hablar también reside el modo preventivo para minimizar la tensión. Quererlo explicar todo para que quede una conducta clara tal vez consiga lo contrario. La mejor táctica es enfrentar a cada sujeto a la responsabilidad concreta de su acto. Claro que de esto se puede derivar mucho discurso, pero hay que volver a esa conexión primaria una y otra vez para no olvidar de lo que se está hablando. Esto proporcionará una performance posiblemente gélida o así interpretada. Tan gélida en todo caso como la geometría especial o la matemática de las relaciones. El autor de un hecho imperdonable no lo es menos por mucho que refiera lo mal que lo ha pasado en la infancia o que ha perdido transitoriamente la cabeza. La mejor ayuda que puede recibir es no engañar a ese individuo permitiéndole que se engañe por lo que hizo.

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