La violencia: un lenguaje público

JesRICART
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La violencia: un lenguaje público

Mensajepor JesRICART » 01 Jun 2009, 15:48

La violencia: un lenguaje público. JesRICART
La violencia sigue siendo el gran fenómeno envuelto de controversias y de una praxis recurrente en todos los ámbitos conocidos: violencia domestica, violencia militar, violencia represiva, persisten las torturas. La violencia se manifiesta forma de ataques directos, de agresiones corporales, de daños muy concretos y medibles en la integridad física. En las polémicas y en las investigaciones de su vasto campo se habla de los distintos tipos de violencias. Su regularidad y constante es de tal magnitud que basa su ausencia para notar sino el estruendo de la paz, la serenidad como un fundamento.
Para las conductas violentas el eslogan que está haciendo fortuna es el de tolerancia cero. Ninguna tolerancia a la violencia. Este eslogan como todos los de lectura inflexible y por tanto de traducción dogmática es cuestionable ya que ni la violencia es solo una i existe una sola definición de ella. La complejidad es mayor al saber que la violencia no empieza con el acto físico del golpe, el navajazo, el disparo, la picana o el explosivo, ha empezado antes con las agresiones verbales, el decurso lesivo, la injuria, la humillación y la mentira. Si diagramamos la violencia tomando un segmento para esquematizarla que vaya del verde brillante al rojo más estridente pasando por toda una gama de verdes atenuados y de rojos pálidos y de otros colores intermedios, apuntando distintos elementos verbales y posturales en cada fase del encuentro humano podremos apuntar formas sutiles de violencia que no utilizan el ataque ni la bofetada pero que pasan por el escarnecimiento y el daño psicológico. Lo que es más existe un tipo de violencias que se mantienen toda la vida en estas formas pre físicas que pueden llegar a ser muy dañinas; tanto, que personas vulnerables sometidas a la presión y a la crisis de confianza en sí misma son factores inductivos a la autodestrucción, al suicidio. A las conductas intencionales para producir daño psicológico y hacer entrar a las víctimas en procesos de erosión se las califica de perversas.
Vivimos inmersos en sociedades violentas, las distintas culturas avanzadas no han podido liquidar eso. Las formas estresantes de vida que predominan tanto en grandes como en pequeñas ciudades, el prisismo por objetivos prescindibles y el predominio del materialismo y territorialismo como suplantaciones a una filosofía de la concordia convierten a cada ciudadano en un sujeto fortificado frente a los demás. No es necesario que el país de uno entre en conflicto bélico con otro para participar en una guerra latente, una guerra social entre posiciones ideológicas distintas, entre hábitos mundanos. opuestos. Vivir con los demás e cualquier marco urbano es participar de una cierta cantidad de conflictos. No solo los o tan casuales como problemas por el uso del espacio peatonal o rodado. El enemigo puede ser el que vive al lado. A veces tratas con gente muy amable y un día te declaran su racismo o su condición nazifílica. El entorno en toda su predictibilidad incluye la de tener los principales problemas de tu vida con la gente más próxima, puede ser con los vecinos, con el propio Ayuntamiento, incluso con quienes compartiste juegos y sueños. Uno de los factores de los parapetos interindividuales es el reconocimiento de esa inmersión universalizada de todos en una sociedad de trampas y violencias sutiles. Es cierto que la sociedad e bloque esta polarizada por un tema crucial como es el de la seguridad ciudadana. El asaltante escondió, el secuestrado o el ladrón son conductas a las que se le teme. Vivimos biografías encerradas bajo siete llaves para que no nos dañen los posibles delincuentes. A la vez no podemos olvidar que las formas de robo legal, las prevaricaciones, las zancadillas burocráticas, la circulación de bulos y otras sutilidades de las culturas modernas pueden producir grades daños. La violencia es un leguaje público, está tan inscrito en las formas verbales ordinarias, en las poses, en los actos ciudadanos, en las maneras de comprar y de vender, en las formas de jugar que no resulta tan rápido de detectar. Ate el lenguaje violento están automatizadas las respuestas que también lo son.
Los enfoques interpretativos de la accidentabilidad y de la enfermedad paulatinamente deben ir dejando las posturas de la fatalidad y la presunción del catastrofismo para examinarlos a la luz de las responsabilidades humanas. La violencia látete también está en la forma de diseñar algo (un edificio, un puente…) que no aguantará ante el más ligero movimiento de la tierra y producirá muertes. Actualmente existe productos vigentes y ofertas plenamente legales que ya contemplan la posibilidad de su fallidla con los daños correspondientes. De acuerdo con el criterio preasumido de riesgo (todo lo es, es cierto) se justifican praxis que pasan por alto medidas preventivas, incluidas las legalmente estipuladas y exigibles.
El salto de la violencia verbal o pre física a la agresión corporal, la violencia física, es una cuestión de gradiente. Los niños de corta edad en sus ratos de recreo pueden acudir al golpe. Siempre se tuvo que vigilar a los niños especialmente a los inquietos para que no se dañaran con las cosas ni lo hicieran entre sí por error. Ahora las noticias de dañar a un compañero de colegio en primaria se integran en una especie de normalidad o nueva normalidad . Si la violencia, la física, empieza tan temprano, ¿qué se puede esperar de la sociedad del futuro? Siempre hubo violencia y la hubo en todas las edades, la educación es justamente para prevenirla y reconducir el deseo de hacer daño por su intelectualización. El leguaje de la violencia, tanto en el estadio de las frases lesivas como en el más explícitamente físico, cabe redefinirlo como aquel lenguaje sustitutorio a la incapacidad intelectual para interpretar situaciones, racionalizarla correctamente, procesarlas pues, y adoptar actitudes consecuentes con el respeto a la vida y a los ritmos. Cuando se acude al lenguaje simplista de los predicados taxativos y a las palabras insultantes y al instrumento con que golpear es un indicador de que algo no marcha en el proceso mental del agresor, por ende tampoco del centro escolar y del espacio protector que se ocupan de su educación y estreno para la vida.
Cada acto de violencia no puede quedar sin respuesta. Cada agresor tiene que ser puesto al descubierto, cada maltratador denunciado, cada policía que dispara un proyectil a la cara de un gamberro por poco margen de creatividad que tenga, razón de más para imputarlo, tiene que ser denunciado, cada malhechor enfrentado a impactos destructivos de sus actuaciones equivocadas. En las formas de hablar y en los dejes despreciativos ya está la violencia instaurada. En las adulteradas formas del ser según patrones dominantes que se instauran ya están grabados los códigos de la violencia.
Hay un largo trayecto de formas tribales de vida y de lucha contra el medio para la supervivencia que hicieron del ser humano un animal combativo. No ha dejado de serlo desde sus orígenes evolutivos. Tiene sus marcas genéticas y su anatomía preparada para la defesa y para el ataque. La cultura está en seguir disminuyendo la necesidad del ataque en cualquiera de sus variantes. Se suele atacar cuando no se tienen argumentos o palabras para seguir con la plática, el dialogo y la tentativa de entendimiento. Esto está detrás tanto de una gran potencia invadiendo a otra como de un niño incontenido que acude a la patada o al puñetazo antes que a la voz. La generalización de la violencia como lenguaje público es tal que el autoanálisis de las expresiones que se usan para concienciar en qué y cómo se cae en su trampa es un reto transcultural. Este autoanálisis se extenderá a los gestos, a las formas de hacer, a los consumos, al trato con todo y con todos.

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