Vivir en una sociedad vigilada

JesRICART
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Vivir en una sociedad vigilada

Mensajepor JesRICART » 02 Mar 2009, 19:46

Con la introducción de las primeras cámaras de vigilancia pública se suscitó el debate sobre su legitimidad y la agresión que podía ocasionar a la privacía. Nunca se dijo que concurriera una aceptación unánime de esa tecnología no por ella misma si no por estar puesta al servicio del control, pero nos fuimos acostumbrando a ver las cámaras en las oficinas bancarias, en los recintos de empresas, en los metros, en las fronteras, en los restaurantes, en las carreteras y en las calles. Ahora están en todas partes. Reino Unido se lleva la palma con unos cuatro millones de unidades repartidas por el país. Se ha calculado que un ciudadano británico es filmado cientos de veces en un solo día por entrar en multitud de campos de filmación. Si bien el incremento de la inseguridad ciudadana sustenta el incremento de las medidas de seguridad, no deja de ser una justificación para la sofisticación de estas. No está claro que tantas cámaras reduzcan la violencia callejera, los tirones de bolsos o los atracos, pero sí que forman parte de un extraordinario plan de ir sometiendo a toda la sociedad a la vigilancia permanente.
Las imágenes están almacenadas en alguna parte y no hay control sobre ellas o el individuo no tiene al menos la garantía de ese control, es decir el control del control. En particular cuando las empresas que se ocupan de este asunto esta subcontratadas por las instituciones. El derecho constitucional a la imagen queda violado desde el momento en que no se pide permiso para tomarlas y archivarlas, a lo mucho se informa de ese hecho. En los puntos fronterizos de los USA un cartel informa que la gestión de control va a ser filmada. Determinadas consultas o llamadas a empresas de servicios informan que lo que se diga va a ser grabado. Dada la cantidad de malentendidos generado por el volumen de transacciones verbales que se hacen, negadas en sus términos por uno u otro hablante, grabar audio e imagen es un indicativo más de las creciente sociedad de la desconfianza, dado que ante lo es de la falsedad.
Salir a la calle se convierte en algo así como ir a pasear por la pasarela a la que los ojos de plateas que no se conocen van a chupar siluetas. No es claro que sirvan de mucho, son borrosas y su valor testifical parece ser mínimo por el momento, consiguiendo resolver un porcentaje menor de casos como pruebas testificales. También hay que decir que en otras ocasiones son decisivos para culpar o exculpar según los casos.
La sociedad vigilada se corresponde totalmente con la estructura del estado totalitario. En el último tercio del sigloXX la verdad democrática es decir la verdad de su no-democraticidad real ya se vio hace décadas cuando se tildó de huelgas salvajes todo aquello que no fuera pactado y recortado con acuerdos de fiscalización entre gobierno y oposición dócil sobre el tipo de protestas que se iban a consentir.
Los abusos de poder gotean periódicamente escenas que recuerdan la ficción democrática. La sociedad cree que vive en el mejor de los regímenes políticos porque la libertad privada es protegida y el derecho a expresión también o al menos lo es mientras la cacha de libertad personal no ponga en aprietos a ninguna figura indeseable de poder. Frecuentemente hay detalles que recuerdan que el individuo está en el total desamparo cuando alguien armado (uniformado o no) se sobrepasa en su abuso de poder (una simple arma de fuego mal usada, disponga o no de la autorización legal confiere ese poder). Basta que un simple policía (a un Mosso d’Esquadra se le pide 7 años de prisión y 11 de inhabilitación por reducir y detener alguien en su domicilio a propósito del incumplimiento de la ley de extranjería- equivocándose con un nativo español-que no creyó que lo fuera) quiera imponer su fuerza para que la victima compruebe en menos de un minuto que el estado de derecho es una mentira o para decirlo más, finamente su puesta en escena tiene tantos errores que pierde su credibilidad. La experiencia de victimidad injusta ante la bota prepotente desmorona instantáneamente el supuesto estado legítimo. Claro que depende de la cuota de ingenuidad de cada víctima si seguirá justificando al sistema personalizado las culpas en el borde que le ha tocado en disuerte no verá que un estado que acepta tipos violentos a su servicio es porque el estado tiende o favorece la ilegalidad.
Nos decían que vivir con honor y corrección dejaba a salvo de todo atropello. Nos engañaron. No hay nadie más vulnerable que aquél que confía incondicionalmente en el mundo, incluyendo los demás inmediatos. El honor, la dignidad, la integridad, la sinceridad y por consiguiente la lucha por la verdad han pasado a ser parámetros antisociales. El sistema no puede tolerar todo esto porque ese sistema está basado en una desvirtuación de los valores. El sistema que vigila a la sociedad solo está expresando con u despliegue técnico impresionante lo que ya viene sucediendo como síndrome generalizada de desconfianza, la vigilancia mutua.

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