Los Murmullos societarios

JesRICART
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Los Murmullos societarios

Mensajepor JesRICART » 11 Ene 2009, 18:34

El perfil del ciudadano moderno no puede ser otro que el de víctima. Lo es por partida múltiple y en distintos registros: como consumidor, como elector, como crítico, como usuario, como residente. Ates la victimidad quedaba limitada al ámbito del trabajo y de la explotación económica cuando las plusvalías generadas eran reconducidas por los dueños de los centros de trabajo. Ese argumento se fue quedando corto y dejaría de ser la condición de explotado el peor atributo de sujeto para pasar a ser su condición de servil lo que hipoteca su futuro y mete su biografía en un atolladero sin salida. La servilidad es el substrato psicológico que hace de un soldado un asesino, de un trabajador un explotado, de un consumidor un tonto si acepta la baja calidad de los productos que adquiere y de un urbanita un vecino rendido si deja que sus impuestos no se traduzcan en mejoras verdaderas para su comunidad. Mientras la condición de explotado proporcionaba una coartada mental perfecta a todos los pobres hombres y mujeres que no tenían otro remedio que vivir achantados ante el imperio de la supervivencia, la condición de servil los desnudaba de toda excusa y los enfrentaba a su destino uno a uno.
Siempre hubo una confusión un tanto deliberada entre sociedad y sistema. La sociedad era/es la expresión de todos y todas con nuestras sumas y restas, nuestras multiplicaciones y divisiones de los concursos contributivos hechos o no, mientras que el sistema se creía que era lo que estaba estructurado por una élite de poder que reglamentaba todas las conductas y se aprovechaba de la sociedad para beneficios privados o de casta. Esto reducía enormemente la complicación de una teoría sociológica para colocar la historia humana entre dos grandes grupos: uno, el minoritario, perverso y con estrategias de manipulación; otro, el mayoritario, victimario e inocente sometido a esas estrategias y con demasiado inconsciencia para rebelarse. Debe hacer décadas que esa tesis no es operativa y los pretextos de victimidad no sirven para solucionar gran cosa. La sociedad y el sistema son nociones mas implicadas mutuamente de lo que se cree y no es concebible un sistema de estructura económico-política consolidado sin la complacencia o complicidad tácita de una sociedad o de los residentes de ella en su mayor parte. No hay poder que imponga un predominio sin una tradición que se lo acepte. La conclusión a desprender es que la disposición de servilidad es la condición fundamental que consolida al amo en su rol de impositivo. Dicho de otra manera: no hay amo sin esclavo que no se preste a obedecerlo. Si esto es así la tesis de complicidad da al traste con el supuesto rol de clase para cambiar el estado de las cosas. La sociología progresista vino confundiendo la condición de exclusos e incluso masacrados de los sectores más empobrecidos como un factor suficiente para sus revueltas cíclicas y a partir de ellas la instauración de regímenes políticos mejores que daban pasa a sociedades renacidas con valores más dignos. Más bien el término abstracto de clase dejaba en la indeterminación quien hacia estos cambios, cuando se hicieron y qué razones imperaron para hacerlos. La historia se ha acostumbrado a revueltas cíclicas por la saturación de problemas de la sociedad en conflicto permanente con su sistema a pesar de sus connivencias, revueltas pues de la sociedad contra si mismo rebotándose por sus costumbres y sus dominios si que esas revueltas dieran paso a revoluciones. Seguimos asistiendo a reacciones cíclicas de malestar en que los más exaltados y con la rabia social a flor de piel queman coches o escaparates o mobiliario urbano donde se confunde todo: la violencia callejera con el supuesto sueño de la utopía social. En alguna ocasión utilizar automóviles como barricadas o adoquines como armas arrojadizas (ambos objetos, bienes útiles) o cócteles molotov contra entidades bancarias pudo tener algún sentido. Ahora no se acaban las crisis ni se termia con la inflación de precios o se consiguen salarios más altos por esta vía. Más bien so gestos indicativos de una ignorancia de lo que es la humanidad en su recorrido histórico y una falta de claridad con respecto a la poca utilidad de la violencia para términos efectivos. Cada vez que un humano acude a la violencia en contra de otro es toda la especie la que sigue fracasando por seguir sin disponer de recursos comunicativos verbales para solventar sus diferencias.
Mientras la lucha del hombre contra el hombre (y la lucha de clases, claro está, como expresión de la anterior) no lleve al restablecimiento de un reconocimiento de la sumisión ante la adversidad es difícil colocar una teoría de verdad para renombrar el mundo con otros significantes y vivirlo con otros umbrales de mayor aceptabilidad.
La sociedad dejó de ser el lugar en el que captar prosélitos para organizar su cambio sino el lugar patético y espantadizo en el que sobrevivir con la mejor fortuna y suerte posibles. El desbancamiento de la tesis que por siglos les funcionó a sus dominadores como realidad única ha ido permitiendo que el individuo se reconozca a si mismo como principio y fin de la vida y que su biografía sea prioritaria por encima de la historia colectiva. Ese nuevo individualismo es lo que sigue permitiendo tener atestiguadores de los sucesos, observadores tranquilos del drama humana sin perder sus cartuchos a favor de su felicidad personal. Hasta la publicidad se hace eco de la indiferencia entre las imposiciones de una realidad externa y la creación de una propia
La lucha contra la sumisión tuvo (sigue teniendo en muchas coordenadas) la oposición a cada intruso contra la libertad legítima, la autodefensa contra todo agresor a la tranquilidad y a la paz, la disidencia ante toda mentira y la construcción de una teoría de vida en paz y plenitud tras la deconstrucción de la cultura de la ignorancia.
Establecidos estos criterios-premisa la sociedad es algo que esta como murmullo de fondo cuyas resonancias afectan en la medida en que el sujeto admita ser distorsionado por ellas. Para la militancia sociológica luchar por el cambio social era la condición sinequanon para tener una vida plena y rica, para la posición psico-analítica o hay mas acción revolucionaria que la de sujeto intraindividual desbancando sus mentiras de su panel de mando. Las resonancias societarias con todos sus dramas pero también con todas sus hipérboles no es tanto aquello que convocar permanente y con una perspectiva estéril a un cambio sino aquello de lo que prescindir para introducir los cambios de vida persona a persona, uno a uno. Si quieres hacer algo por el mundo hazlo por ti mismo no siendo el autómata servil que se espera que seas sino siendo tu mismo en tus placeres, deseos y objetivos de autenticidad. Eso lleva a una resistencia a ser invadido por los cromos superfluos y los industriosos y prolijos engaños que se puede convertir en una indiferencia ante el amorfo mundo de lo ajeno. Sin embargo la panorámica de lo ajeno es continua. El mundo se te cuela por las rendijas de tu cuerpo y de tu apartamento. Cada vez que conectas el receptor de radio o de tv o el monitor de internet está ahí. Cada vez que alguien llama a la puerta o al interfono está ahí. Cada vez que recibes una noticia de un personaje galérico está ahí. Cada vez que preguntas por alguien en concreto está ahí. Lo ajeno está demasiado cerca para que sea ajeno y sin duda la sensibilidad, que prepara sus propias trampas, lleva a interesarse por los demás, por sus vicisitudes o vía-crucis, sus límites o sus ideas. En esa preocupación había una conciencia que trataba de definirse como conciencia política. La persona cultura y socialmente comprometida era la que estaba al corriente de los que hacían los grandes magnates de la realidad económica. Me costó algún tiempo comprender que ese interés por los movimientos de ficha que hacen los poderosos no tiene más relevancia que la que hacen los jugadores futbolísticos con su pelota. Si el fútbol cumplía una función de adiestramiento de la atención publica en torno a un vicio de espectacularidad, la política también iba a ejercer esa misma clase de función para quienes creían que el mundo iba a cambiar a golpe de leyes parlamentarias y de elecciones sin cambiar nunca las actitudes individuales.
Yo me subí a la cometa de un individualismo cada vez más creciente desde esa radicalidad innegociable de la libertad personal. El futuro no dependía de reacciones multitudinarias puntualistas ni mucho menos la paz personal pasaba por esto sino por las cotas de repersonalización autonómica. Mientras cada persona no construyera su futuro de autenticidad el mundo seguiría perdido. A pesar de eso nadie puede evitar irse a la paradisiaca isla en la que crear la sociedad según su visión de la utopía pero sí mantenerse lo suficientemente alejado de las excrecencias sociales para no respirar sus detritus. Eso pasa por un autoaislamiento regulado y moderado. Eso es posible aunque no se eviten los murmullos societarios de los que un trayecto personal se puede hacer receptivo por su curiosidad anecdótica pero no sometiendo su biografía a sus dictados. No tienen la menor importancia los ecos de sociedad pero sí saber que la relación tangencial con la sociedad está expuesta a sus resonancias de las que se puede hacer alguna mención incluso diaria sin priorizarla al objetivo más preciado de hacer una vida personal íntegra.

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