Del discurso proposicional al proyecto ejecutivo

JesRICART
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Del discurso proposicional al proyecto ejecutivo

Mensajepor JesRICART » 10 Dic 2008, 08:10

Se puede reconceptuar el texto escrito como un conjunto discursivo de proposiciones. Tanto la disertación elaborativa como el desarrollo argumental a favor de un proyecto practicable son fuentes proposicionales. Escribir tiene o tiende a tener el valor último de la o de las proposiciones que contiene. Claro que cada lector es libre de hacerlas suyas o dejarlas pasar como materiales de goce descriptivo o reflexiones que ayuden a la metodología interpretativa de lso eventos. El pensamiento elaborado pasa por el compromiso con la palabra y este por enunciados firmes que sostienen o pretenden sostener verdades. Otro asunto es que eso sirva de algo a quien lo propone y a quien/es le/s llega.
Mi experiencia con el texto escrito como actividad vinculante es que no solo exige un determinado comportamiento horario y un estar profesional o dedicacional sino que te lleva a cambiar tu actitud con el mundo y con los demás. Los demás son mirados por el lado de su literaturización y no solo en su primer registro escénico de contacto. Especialmente son vistos por su discurso y no solo por su aspecto. El texto que describe los valorará en su estética, el texto que los analiza los examinará en su ética.
Tenemos una posición escritora que no para de examinar continuamente la detallística mundana bregando contra las objeciones a su analiticidad además de su teoricismo y tenemos, de otro lado, un mundo que bulle en multitud de actividades no siempre recomendables ni siempre fácilmente reconocibles. Lo que externamente parece un teórico no es más que un intelectual que hace de la teoría su práctica de vida. Lo que, extendiendo el campo de observación, ve a gentes sumidas y resumidas en sus practicas profesionales diversas haciendo de tenderos, taxistas, sindicalistas, profesores o políticos el analista puede ver activismos alienados, irreflexivos o sin salida.
La diferencia a groso modo entre las proposiciones de uno y las pretensiones de los otros es que estos desarrollarán o vertebraran sus vidas en una ejecutividad permanente, en un hacer continuo, sea para ganarse la vida, para reproducir las mismas unidades didácticas o para llenar sus tiempos en unas inercias no cuestionadas ni revisadas. Cualquiera en su profesión será además de un ejecutor práctico de un hacer un activista implícito de las proposiciones en las que se basa su actividad. El volumen de actividades diarias de todos los individuos de una ciudad dará cuenta de la realidad de este lugar o de los límites de esa realidad a la que sus ciudadanos están clavados.
Mientras las actividades instaladas siguen sus derroteros las proposiciones, tanto en el campo de las ideas como en el campo de proyectos concretos pendientes de hacer, seguirán los suyos.
El intelectual está condenado a pasar una gran parte de su vida en una línea de proposiciones que difícilmente van a traspasar el estrecho cerco en el que se mueve y dependiendo siempre si su publicación llega o otros círculos receptivos.
Si bien la elaboración significa un esfuerzo reinterpretativo de la realidad para sugerir o proponer soluciones que la mejoren, generalmente se queda en si misma si no conecta con una instancia de recibo que genere protagonistas activos para cristalizarla. Una proposición teórica por elaborada y razonada que esté no deja de ser –una vez resumida- un eslogan más o una indicación formal que sirve de bien poco si rebota ante las corazas dogmáticas e inerciales de mentes inflexibles no dispuestas a incidir en el cambio de sus conductas. Desde la posición intelectual el texto justifica la energía dedicada y la lucha queda en el trabajo elaborativo, desde la posición receptora hay mil justificaciones para continuar con formas tradicionales del modo en que se es alegando que el ser humano no está en condiciones aún para evolucionar o superar sus antiguos límites. Ciertamente cada individuo justifica su línea de comportamiento según su visión en perspectiva de lo que es su especie en sus distintos planos representacionales: entorno, ideologías y su futuro filosófico. Una élite intelectual trabaja para entender los por qué cercanos y últimos de la parálisis histórica existencial y de la configuración de individuos obsoletos antes de que hagan esfuerzos de superación. La proposición intelectual choca contra varias adversidades: el desinterés, su no comprensión, su verdad contenida que puede incitar a dos eventos completamente opuestos, o bien la estimulación para cambiar o bien la frustración para permanecer en la falta de sentido de todo.
El deseo ideal del discurso proponente es que sirva para algo a alguien y no solo como coartada reflexiva para no hacer lo que no se puede hacer. Los términos de objetividad con que se tasa esto siempre son discutibles. No hay una objetividad categórica estable, ni siquiera las llamadas condiciones objetivas están condenadas a la inamovibilidad. Cuestiones fundamentales como el clima, el curso de los ríos, los bancos alimentarios de los mares, los recursos energéticos son factores variables en función de la intervención de la acción humana en ellos. Desde una posición metodológica rigurosa hablar de la supeditación de las condiciones subjetivas a las objetivas es una falacia en la que se viene cayendo generación tras generación. El sujeto al interactuar con el objeto cambia al sujeto y éste a aquel.
Tomar la actividad elaborativa como sucesión de actos de trabajo el escritor no es exactamente el mismo al inicio que al final de su escrito como tampoco debería serlo el lector al inicio y final de su lectura. La elaboración cambia al analista según si le confirma o desautoriza sus hipótesis de entrada y sobre todo si descubre algo más de si mismo y de la vida que anteriormente sele había pasado desapercibido.
Es posible que quede atrapado en un vago sentido de la repetición o de hacer siempre lo mismo (escribir y escribir o disertar y disertar) pero al releerse puede enorgullecerse de los pasos dados. Algo que en el trabajo mecánico de producir siempre la misma pieza seriada en una cadena de montaje no proporcionará nunca.
En el trabajo intelectual el autor es amo de su tiempo pero no amo de lo que dice en un sentido absoluto. Se debe a las pautas expresivas, al valor lingüístico del idioma del que se vale y fundamentalmente a un proceso de razonamiento del que no vale saltarse las fases gratuitamente. Cada lector es convocado por cada autor (en una combinación de intercambio de roles en que los autores han sido y son necesariamente lectores y los lectores pueden devenir en autores) a que le descubra en sus trampas intelectuales, en sus errores procesuales, en sus vacios argumentales. Smiles dice que quien aspire a mandar aprenda primero a obedecer. Esto también se puede aplicar a la elaboración intelectual. El texto elaborado puede tener la categoría de dictum que seguir por su mayor clarividencia pero para conseguirlo el ritmo de elaboración ha tenido que obedecer a lso requisitos propios de la intelección y a no ocultar datos o verdades conexos al objeto temático del que se ocupe.
El texto intelectual a diferencia del político pretende responder a inquietudes últimas del espíritu y de la inquietud humanas. Más que convencer con la oratoria persuasiva del campus de la política pretende resolver una pregunta aunque solo sea una pregunta individual y que nadie más se plantea. Comparativamente esta condenado a moverse en círculos minoritarios a diferencia del texto de agitación social que busca o se mueve en círculos amplios. Jacinto Benavente dijo que el secreto de dirigir multitudes consistía en decirles lo que ellas piensan. La aportación filosófica no va a la gente sino que espera que la gente crezca para ir hasta ella. No dice lo que gente piensa sino lo que la vida humana es, algo que choca contra la percepción subjetiva de cada humano de si mismo.
En la experiencia intelectual, el sujeto que va pasando los días de su vida con preguntas y respuestas subvocales que exterioriza en sus textos, puede admitir su fracaso como ser pensante en tanto la mayor parte de su discurso se quede en la zona de proponente sin que cambie demasiado las cosas. Las bibliotecas están llenas de libres con proposiciones interesantísimas de autores que incluso se les han reconocido sus méritos sin que por eso la sociedad real haya incorporado sus saberes para evolucionar un poco más. El hecho de que un autor, o varios, o un sector social, llegue a una comprensión alta del mundo no quiere decir que todo el mundo se ponga automáticamente a su nivel (todavía hay gente que no se cree que los viajes espaciales sean ciertos o que el ser humano sea un primate evolucionado).
El intelectual se constituye en fuente de enunciado pero eso no lo pontifica, lo aísla aún mas en su disertación no acompañada, o no comprendida, y en todo caso no aplicada. Las proposiciones intelectuales van por un lado y la realidad por otro. El sujeto político ha tratado de paliar esto pasando de la teoría a la acción y con ello ha circulado dentro de esta olvidando la evolución de aquella sin cambiar tanto la realidad como pretendía con un abuso de activismo.
El intelectual se queda con una disertación extremada a las consecuencias que le lleva meterse en este campo sin desarrollar sus proposiciones como proyectos ejecutivos reales salvo el mismo proyecto de ser un sujeto vinculado a la creación teórica en activo. Ni siquiera la difusión de sus productos es lo más importante. Basta que alguien invente algo para que quien tenga necesidad de eso haga sus investigaciones y lo descubra antes o después.
Desde hace 11 años el único proyecto en el que estoy empeñado en cuerpo y alma es el de la elaboración continua advirtiendo conscientemente que todas las proposiciones que pasan o surgen de mi creatividad no tienen otro valor que el testimonial.

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