La deferencia como acto convivencial

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JesRICART
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La deferencia como acto convivencial

Mensajepor JesRICART » 05 Jun 2010, 10:31

La deferencia como acto convivencial. (notas en Fb)


Tras la comprensión de las barbaridades de la iglesia católica (y otras religiones) y descubrir la ilógica del concepto de omnipotencia no solo, me hice ateo ingresando en las filas de los hijos sin dios sino que eso incorporó un criterio de madurez en mi vida que me ha servido siempre. Quiero decir que aquella decisión nunca he tenido necesidad de revisarla y siempre me ha servido para enfrentar las situaciones desde la mirada científica y no desde la credulidad en tótemes.


Hay dos clases de crímenes: los legales y los ilegales, aunque ambos tengan un parecido enorme en la forma y tengan por resultado destrucción de vidas humanas o en el mejor de los casos destrucción de felicidad y de bienestar. Es tan asesino el soldado que dispara a un desconocido indefenso como el que saturado de su biografía recorre las calles para disparar a quien se le cruza por delante. El uno es un homicida exculpado por el sistema, y el otro será condenad pero ambos son el resultado de una sociedad que no ha aprendido a coexistir en paz. Los indicadores de la violencia no decrecen y las apologías de una coexistencia en paz con el sosiego de las palabras son meros murmullos ante la avalancha de personalidades violentas dadas a la institucionalización de la irracionalidad. La profecía de un futuro peor ha dejado de ser un anuncio agorero para ser el cálculo probabilístico más impecable.


Aún padeciendo de un exceso de simplificación el principio de dualidad sirve como instrumento metodológico para entender la elegibilidad de los actos y el compromiso con el desenlace de los acontecimientos. Para un individuo interactivo no hay día que pase sin estar tomando decisiones continuas. Muchas de éstas están tan automatizadas que ni siquiera pasan por la reflexión (itinerarios que se siguen, el bus que se espera, la conversación que se hace con un encuentro espontáneo, el bar al que se va con alguien, el programa de tv que se sigue, el plato que se pide en el restaurant,…) . El conjunto de elecciones hechas, desde las más insignificantes a las más relevantes ha supuesto que cada vez que se opta por algo dado no se está optando por lo que queda fuera de este algo, no exactamente su opuesto, sino todo aquello que no es. Hacer A implica dejar de hacer, en ese contexto, noA. Para escapar de la teoría un tanto drástica por no decir dogmática de la dialéctica binaria del sí-no se apela a la multifactoriedad no exento de peligros por la caída en el relativismo absoluto. Si bien todo es relativo eso no autoriza a ser relativista con todo autorizándolo como válido. Otras culturas han desarrollado filosóficamente la multivariedad del ser antes que la cultura griega. Ahora se puede examinar el conglomerado de yoes en cada sujeto como una realidad subjetiva un tanto multiperformántica sin que eso signifique que todo le valga y ni siquiera le represente. La colisión entre el sujeto y su yo (suma de rol y personalidad) le empuja a un cierto desequilibrio y a la necesidad de limpiarse en sí mismo de lo que es representación y ser. Su policromía no le impide de distinguir entre sus actos correctos y los que no lo son. Esto seguirá siendo así mientras no se demuestre el fin irreversible de la ética.


Me temo que la fraternidad mundial espontánea está lejos de generalizarse. Para ello haya que pensar en pautas y códigos de obligado cumplimiento que adoptarán formas cívicas concretando la solidaridad como una deferencia permanente. Dejar la evolución de cada ser al libre albedrío de cada cual significa la involución, y dejarla por cuenta del estado (de cada individuo es responsable la sociedad como parte interesada en su integración) significa la injerencia en la privacidad. Lo cierto es que gradualmente los estados regulan las conductas autolesivas de los individuos (no fumar en público, no conducir bajo los efectos etílicos, no matar al prójimo, no defraudar la caja de las contribuciones...) y parte de las reacciones individualistas que desencadenan son los efectos de un pensamiento retrógrada.


No hay duda de que la reeducación es precisa. El problema es su fracaso tanto por la indisposición de los reeducandos a rectificar como por problemas de concepción pedagógica del sistema. Aún así hay pautas en la buena dirección. Pero no hay para disparar cohetes: la casuística reciente demuestra la resistencia social a medidas de convivencia publica básica (no ir con las caras tapadas, no fumar o no exceso de velocidad). De una forma gradual la morfología urbana irá variando, la gente crecerá y aprenderá respeto, le guste o no.


Cuando todos los ejércitos y los silos de armamentos atómicos se hayan desmantelado, cuando las armas de fuego estén solo en los museos, cuando una cultura de paz al fin haya enseñado la coexistencia fraterna a escala planetaria... no hay que descartar que la pulsión violenta del ser humano no esté del todo extinta.


De una necesidad elemental (ir con la cara al descubierto como una manera de manifestar la propia identidad) se hace polémica interculturalista y no falta quien lo ve como un atentado a una tradición islámica (por cierto decidida por los hombres de poder y no por el Corán). Lo entiendan o no las mujeres escondidas - bajo burkas y niqabs- y sus pueblos que las esconden los demás tenemos derecho a saber el aspecto que tienen quienes nos cruzamos por las calles y cuáles son las intenciones de sus miradas.


Un extenso movimiento reivindicativo internacional está posicionado con la causa propalestina. Protesta contra la prepotencia israelí y sus agresiones desproporcionadas auspiciadas por los usa y toleradas por el mundo occidental. Eso no significa que los palestinos, de tener un estado con poder, si llegan a tenerlo en la zona, no tiendan a reproducir la misma moneda recibida durante tantas décadas pasando de ser víctimas a victimarios. La gran paradoja del oriente próximo es que una cultura exquisita como la judía siga siendo capaz de cometer las más viles atrocidades y que una mentalidad religiosa tan retrógrada como la islámica pase por ser el centro de nuestras simpatías. No son comparables los actos de violencia de un lado y de otro: unos disponen del armamento más adelantado y otros siguen defendiendo con dientes y piedras.


Desde hace ya veinte años (a partir de 1990 ) el análisis de la correlación de fuerzas internacional arrojó una conclusión irrebatible en cuanto al relevo del rol del enemigo al capitalismo tradicional: dejó de serlo la URSS y sus satélites para pasar a serlo parte de Oriente y el Islam. Si bien el gran capital necesitaba adversarios en los que dedicar sus gastos militares, desde algunos siglos antes los musulmanes habían declarado a los infieles a su visión religiosa como enemigos a destruir. La condición de agredido y/o invadido de un pueblo no le libra de la crítica a sus tradiciones que perpetuán el clasismo y el ostracismo en sus formas.


Hay un tipo de atuendos, por estrafalarios que sean (pamelas, turbantes shij, hábitos monjiles,..) que no impiden el reconocimiento de las fascias de quien lo lleva. Otros, que tapan completamente la cara o parte, sí lo hacen. La discusión sobre el atuendo lleva a conectar identidad con identificación. La tendencia a usar artilugios para esconder lo esencial de la cara (los ojos) en forma de gafas de sol ha sido tradicionalmente empleada por un tipo de criminales (recuérdense los soldados pinochetistas durante el golpe de estado chileno contra la UP).


Hablar con alguien que no tiene la deferencia de quitarse las gafas de sol o no se reposiciona para evitar las molestias de la luz por su tal vez fotofobia crea una cierta inquietud: se está en desigualdad de condiciones, te ve sin ser visto al no poder ver el movimiento de sus ojos. Es como hablarle a alguien detrás de la puerta a quien no ves pero te observa por su mirilla.


Si bien la identificación es un criterio de control que genera una reacción resistente en aras al derecho a la idiosincrasia individual, ir por el mundo con la cara al descubierto es un acto de deferencia hacia los demás con quienes se conviven en igualdad de condiciones al menos en este detalle ordinario

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