"LOS EMPECINADOS" I-II-AL VIII-XV-XVIII y FIN

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"LOS EMPECINADOS" I-II-AL VIII-XV-XVIII y FIN

Mensajepor pablogarcia » 03 Dic 2012, 13:52

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LOS EMPECINADOS




PABLO GARCIA CABRERO















PRÒLOGO

La vida del Empecinado, por hallarse su pueblo a pocos kilómetros del mío; desde niño me cautivo. Y por eso recopilando datos históricos como también por esos pueblos que de él se cuenta. Por eso esta historia pese a estar relacionada directamente con la vida de Juan Martín Díaz, el Empecinado. Me ve obligado en todo momento a no poder salirme literalmente de lo que de este hombre extraordinario unos y otros cuenta sobre él:- Y por tanto comenzare por el principio.
Juan Martín Díaz al nació en 1775; tenía, por tanto, 33 años en el momento de producirse la invasión de España por parte de las tropas napoleónicas. Hijo de un labrador acomodado, contaba con una cierta experiencia militar, por haber participado en la Guerra del Rosellón, y pronto comenzaría a levantar partidas entre sus vecinos para hacer frente a los franceses.
Fue uno de los guerrilleros más conocidos y carismáticos de la Guerra de la Independencia. Llegó a contar con varios miles de hombres, con los que sometió a duro castigo en ambas Castillas las líneas de aprovisionamiento de los franceses, que asignaron al general Hugo la tarea de capturarlo, aunque sin éxito.
Muy lejos de la imagen del guerrillero indisciplinado y tosco, el Empecinado fue un excelente militar y su guerrilla coordinaba las acciones de forma habitual con los ejércitos regulares español e inglés. Acabó la guerra con el grado de general del Ejército.
El apodo de "el Empecinado" viene de la palabra "pecina", con la que se designa el barro que se forma en los charcos o cauces donde hay materia orgánica en descomposición. Juan Martín Díaz nació en el pueblo vallisoletano de Castrillo de Duero, que por aquella época estaba cruzado por un riachuelo de aguas infectas, lleno de pecina, por lo que a todos los habitantes del pueblo se les conocía en la zona con el apodo de "empecinados". O sea, que ese apodo tenía originalmente el significado de "embarrado" o "enfangado".
Sin embargo, gracias a Juan Martín, la palabra empecinarse tiene hoy en día otro significado totalmente distinto:- El de obstinarse en algún propósito. Porque si algo destaca en el carácter de Juan Martín es, precisamente, la obstinación. Fue esa obstinación la que le proporcionó sus éxitos militares durante la Guerra de la Independencia, y fue también la obstinación la que lo llevó a hacer frente a Fernando VII cuando éste restauró el absolutismo.
Desterrado en Valladolid durante cinco años largos, el Empecinado volvió a tomar las armas en, esta vez para combatir a los realistas. Acabado el Trienio Liberal, se refugió brevemente en Portugal, pero le capturaron al volver a España y fue ahorcado en el pueblo burgalés de Roa.




CAPÌTULO I

Si se quiere relacionar el tiempo histórico con el tiempo presente, veremos que es necesario tomar conciencia de que la historia no solo se hizo por personas cuyos nombres figuran en sus anales. Y por eso a mí lo que más me importa de esta historia es todos aquellos que colaboraron y que además, pasaron al anonimato para hacer más grande a este personaje histórico que sin lugar a dudas fue - El Empecinado.

Para mí, este proceso histórico que toco vivir a este personaje. Pese a que para algunos no tenga excesiva importancia. Para mí y después de la primera constitución no cabe la menor que fue el principio de unos cambios de mentalidad, que marco para siempre a los españoles; después de la Constitución Española de 1812, llamada la-Pepa. En razón de la fecha de la promulgación del texto, día de la San José. Y que sin lugar a dudas fue esta Constitución de 1812, el primer texto constitucional de la historia de España. Pero que a partir de aquí las fratricidas entre los absolutistas o extrema derecha y los llamados liberales o progresistas en continuas guerras civiles marco lo que hoy se conoce por las dos Españas.

Si, fue en el primer tercio del siglo XIX cuando se desarrollo en España la etapa más decisiva de esta lucha entre dos mundos opuestos. Es la lucha fratricida entre los llamados liberales y los facciosos, que se dibujaron en las Cortes de Cádiz de 1812. Y que quedaron cuarteadas brutamente con la vuelta de Fernando VII en 1814 y el triunfo de los ultra-conservadores y por tanto la implantación de nuevo de un régimen absolutista.

El absolutismo fue la expresión desesperada de ese mundo clerical y retrogrado, que como siempre y sin piedad quería seguir manteniéndose en el podre. No obstante, en 1820 y después del alzamiento constitucional del general Riego en Cabezas de San Juan, los liberales vuelven a intentar, esta vez desde el poder. Llevar a cabo desde el poder la obra legisladora y reformista que se había iniciado en Cádiz.

Pero pese a la lucha desesperada. En agosto de 1822, la llamada Santa Alianza convoca (según Manuel Tuñón de Larra en la España del siglo XIX) El congreso de Verona y en él, Austria, Prusia, Rusia y Francia. La intervención de las tropas extranjeras en la Península para reponer a Fernando e imponer oficialmente un régimen ultra-absolutista y que nada tuvo que envidiar al del generalísimo Franco en la guerra y después de ella.

Si fue a partir de aquí, que la policía política comenzó a desarrollarse dispuesta a frenar la revolución liberal en todo el país. Y para eso habría que reproducir el artículo que escribió Larra sobre la Policía. Porque en él realiza una crítica de forma directa y se lamenta de la represión llevada a cabo “legalmente” por una institución instaurada por Fernando VII. Institución que tuvo como objetivo el restablecimiento del tribunal de la Inquisición y que aunque en su programa juzgaba principalmente “delitos” de herejía y brujería su cometido fue otro.

Si Con Fernando VII se abre una década dolorosísima para España. La represión, el asesinato legal desde el trono, son las armas con las que se combate las ideas liberales que intentan abrir una luz en esa España que desde siempre atenaza todo sentimiento de progreso. Si por ese sistema feudal y aristocrático, que mismo en plena decadencia, se aferra cuando el resto de Europa surge con fuerza una nueva mentalidad una burguesía liberal. Que intenta desplazar a esa aristocracia reinante vieja y caduca.

Fue en este mundo político, que vivieron después de una lucha heroica. Mí y mis protagonistas de esta historia real que tanto me apasiono y que sin lugar a dudas marco un antes y un después la historia real de nuestra país. Y todo porque aun hoy sigo pensando, que mis análisis de los males de España. Siguen siendo a un hoy que pese dos derrotados intentos republicanos y una sucesión de guerras civiles sigan gobernado los de siempre.
Fue en 1980 que empecé a concebir la idea, de recopilar materiales históricos exactos de mis protagonistas. Pero no tarde en llegar a la conclusión que si elaboraba estos hechos con exactitud histórica y en mi libro no daba cierta rienda a mi fantasía. No habría muchos que lo leyeran y por eso intente hacer un ensayo que hiciera disfrutar a mis lectores.
Si, así fue y todo comenzó partir de la instauración de la elaborada por los de siempre; de esta constitución que en su forma partidista no cambia en esencial gran cosa. Y por consecuencia los de siempre siguen gobernado a su manera y la monarquía aunque maquillada junto a la iglesia continúa manteniendo el poder absoluto. Por eso la ira sigue siendo fundamental en mí y todo porque sin cesar los acontecimientos están llenos de situaciones de una irresponsabilidad, que me produce una rebeldía airada.
Por eso creo que es necesario volver a dar vida a estos hombres y mujeres del pueblo que dieron sus vidas, para que la redención de todos se cumpla. De lo contrario solo nos queda la resignación de los de siempre, los más débiles, a los más pobres, por la sola sencilla razón de que ellos representan:- El poder- la nación-el Estado.




CAPÌTULO II

Seguiré escribiendo para decirles que la historia del Empecinado, me causo una profunda impresión y todavía hoy al recorre estos pueblos resecos. Donde los campos siguen amarillos, quemados y resquebrajados. Y en la lejanía apenas se perciben arboles resecos que parecen abandonados a su suerte.
Yo también naci en estas tierras de Castilla y muy cerca de Castrillo de Duero, donde nacieron-Los Empecinados y más precisamente en Calabazas de Fuenti-dueña. Por eso a estos héroes les lanzo una mirada de entrañable simpatía, ya que solo veo en ellos esa fuerza inagotable de un pueblo. Que el solo amor a la patria, no miraron el intenso dolor ante la brutalidad del enemigo invasor y seguros de su victoria.
Si y bien recuerdo que fue en el verano del 2001, que como todos los años después de pasar unos días como hija en Talavera de la Reina. Salí con dirección a Aranda de Duero que es donde vivía mi madre. Pero después de pasar la sierra del Guadarrama y a cuatro leguas de Aranda me detuve en un punto que se llama Honrubia. Y donde el Empecinado y allí todo correo francés que pasaba le arreglaba la cuenta. Para después regresar al pueblo y preparar otra batida.
Al principio fueron solo tres, hasta poco después fue llegando gente y se formó una partidilla... Por eso una vez en Aranda lo que hice fue intentar sobre el terreno escudriñar las vidas poco conocidas de los otros dos. Y por eso a los pocos días me presente en Castrillo de Duero, donde además, de visitar la casa donde nació comencé a recoger todo tipo de información. Sobre Juan Martín Díez, El Empecinado-protagonista así como sus dos amigos que son casi como hermanos.
Juan Martín Díez, nació el 2 de septiembre de 1775, es el mayor de los hijos de Juan Martín y Lucía Díez, un matrimonio campesino laborioso y honrado. Que enseguida empezaría el pequeño Juan Martín a ayudar a sus padres en las labores del campo:-Le encontramos cavando viñas en Castrillo, Fuentecén o Nava de Roa. Y "Juanillo" (que así le llamaban entonces) se ganó una gran fama por su considerable fuerza física: arar la tierra y cavar viñas a diario, de sol a sol, fueron las labores que esculpieron una musculosa y aventajada anatomía. Buena prueba de ello es que, a los 14 años, era capaz de echarse un costal de trigo a la espalda como si de una pluma se tratara.
Si, era un mozo valeroso y decidido, que no se detenía ante nada. De su coraje da cuenta una anécdota recogida por el escritor bejarano Hernández Girbal: en una tarde de asueto, el hercúleo Juan Martín decidió descansar en una viña cercana, arrancó un par de racimos y, al poco de empezar a comérselos, el dueño del terreno y dos regidores se le echaron encima llamándole ladrón. Ni corto ni perezoso, el mozo la emprendió a pedradas contra el trío justiciero, que tuvo que refugiarse en el Ayuntamiento...
También de él cuentan los historiadores, Juan Martin vivía tranquilo cultivando sus tierras, cuando se dijo que al rey Fernando se lo llevaban a Francia. Y él por su pasado en el ejercito regular quería echarse al campo porque cuando pensaba en esa pandilla francesa le retorcía el estomago. Pero lo que más le dolía era que la gente de allí se entusiasmaba con Napoleón, cuando el reconocía que Napoleón era un infame invasor. Por eso él se decía que si “Fernando seguía en Francia, no saldrá hasta que le saquemos".
No le quisieron creer... Pero llego Mayo y al fin se descubrió el pastel y al no poder aguantar más y sin pensarlo más se lanzo a la lucha. Para eso al poco tiempo, "El Empecinado" con su hermano Manuel y los suyos se reunieron en la taberna de Fuentecén y charlando amigablemente alrededor del buen vino les dijo:- "¿Nos echamos o no nos echamos?" Junto a él están dos amigos que son casi como hermanos: Blas Peroles (natural de Castrillo de Duero) y Juan García (un mozo de 16 años, huérfano de padres y que había sido acogido en Castrillo por la familia de Juan Martín). La verdad es que no hubo ningún problema, ya que ellos ya habían pensado lo mismo.
Alarmados por la preocupante situación del país, los tres amigos deciden pasar a la acción y formar una guerrilla más o menos estable para actuar entre Peñafiel y Castrillo de Duero. En efecto salieron y sin dudarlo aunque solo eran tres se presentaron el camino real de Madrid a Burgos. Y tan solo a cuatro leguas de Aranda, en un punto que llaman Honrubia y allí a todo correo francés que pasaba le arreglaban la cuenta. Poco tiempo después fueron incorporándose más gente y se formó una partidilla... Que con el tiempo la partida se hizo ejército.
Juan Martín ya tenía para aquel entonces una gran experiencia guerrillera, pues nuestro labrador de Castrillo, hasta entonces sólo ha conocido la cara de la guerra y la del júbilo ensordecedor de las victorias. Ignoraba, hasta el momento, la amargura y la humillación del vencido. Pero habría que remontarse al pasado para comprender mejor su vida militar. Por eso se cuentan que cuando las noticias de la lucha contra Francia llegaron a Castrillo de Duero. El inflamado patriotismo de las autoridades, que solicitan ayuda y voluntarios a través del corregidor de Valladolid, produce efectos encontrados: enardece a los jóvenes y siembra de temores el corazón de los viejos.
Pero las cosas suceden de tal manera que nuestro héroe, pronto encuentra salida a sus deseos guerreros. Si todo comenzó cuando el pueblo se dispone a enviar ganados, vino y trigo. Y unos pocos muchachos, casi unos niños, manifiestan su deseo de alistarse. Más los padres, ya ancianos, les hacen ver que sin su ayuda no podrán acometer las faenas del campo. Ante tan poderoso razonamiento, los zagales desisten, pero uno de ellos se niega en redondo: es Juan Martín Díez. Este mozo de fuerza extraordinaria, que no tiene rival en los juegos violentos ni en las competiciones de arada, no consentirá que nadie frustre su deseo de incorporarse al Ejército.
Y una noche, cuanto todos estaban ya dormidos, Juan Martín preparó un hatillo y salió de casa sigilosamente. Envuelto en una manta y a lomos de un pollino, abandonó Castrillo en dirección a Peñafiel. Que sin dudarlo un instante, se presentó en el cuartel de esta villa con intención de sentar plaza. Enseguida lo destinaron a Valladolid, pasando a formar parte del Cuartel de Farnesio. Algo defraudado queda al ver que no le entregan el anhelado uniforme y, sin abandonar sus resobadas ropas campesinas, pasa a realizar los adecuados ejercicios de instrucción. Después, con unos cientos de voluntarios de la provincia, marcha a Cataluña.
Pero las derrotas, jamás esperadas, vienen a enfriarle los ánimos. Actuando por su cuenta, logra Juan Martín salvar algunos pertrechos y provisiones que se hallan desperdigados. Una nueva derrota de las tropas españolas trae consigo la retirada hasta el pueblo de Bascara, situado entre Figueras y Gerona. Al poco tiempo, dos bochornosos sucesos hacen que Juan Martín pierda la confianza en sus jefes militares: y sus amigos no les queda otra que abandonar la actividad guerrillera. Unidos a una columna de soldados, llegan a Barcelona, desde donde sus caminos se separan.
Unos se quedan en Cataluña, otros marchan hacia Levante y Aragón y un reducido número se dirige a Castilla. Entre éstos últimos se halla nuestro joven de Castrillo, que es transportado por arrieros en sus carromatos. Es un soldado al que algunos ofrecen comida y refugio en los pajares. Llegará a la villa burgalesa de Aranda de Duero, y allí le dicen que un tratante de ganados dispone de una recua para dirigirse al mercado de Peñafiel. Juan Martín consigue que este hombre le acomode en una de sus caballerías y le lleve hasta las proximidades de su pueblo. Poco después, su madre y sus hermanos le reciben con exageradas manifestaciones de alegría. Este experimentado militar de "El Empecinado" y su primera actividad guerrillera en Cataluña constituyeron la inspiración táctica inicial del grupo.
CAPÌTULO III

A su regreso a Castrillo de Duero, todos le encuentran muy cambiado. Sus facciones muestran una mayor serenidad y su voz suena reposada y grave. También se conduce con más aplomo y seguridad. Como buen castellano-viejo, es un hombre serio y reflexivo, quizá demasiado para sus 20 años. Más que fuerte, puede calificársele de hercúleo. Y tan noble y generoso es, tan humilde y sencillo, que en ocasiones peca de ingenuo. Posee una cualidad que bien muestra a las claras sus dotes para el mando:- sabe imponerse sin necesidad de palabras, únicamente le bastan una mirada o un gesto.
No puede extrañar, por tanto, que los jóvenes de Castrillo le consideren su jefe. En cualquier momento y ocasión, Juan Martin es quien da las órdenes, y los demás le hacen caso sin que les pese su autoridad. Y los labradores, admirados, pronto se convencen de que el joven Juan Martín no tiene rival en las faenas agrícolas: lo mismo en sacar patatas y arar que en podar y cavar las viñas. Pero posiblemente quien más le admiraba hasta el punto de ser su confidencial e inseparable amigo. Fue sin lugar a dudas Juan Garcia su hermanastro, Un personaje que desde un principió inquietó mi imaginación.
Juan García o “Juanito“ como se le conocía, era por aquel entonces un mozo de 16 años, huérfano de padres y que había sido acogido en Castrillo por la familia de Juan Martín). Por eso bien recuerda aquellas noches de invierno, cuando sentados alrededor de la chimenea a él como a todos cuando su hermano contaba sus proezas por tierras catalanas quedaba con la boca abierta.
Sí, él reconoce que siempre le fue fiel y todo porque para él los sentimientos de su hermanastro eran bondadosos, puros y cordiales y esto a él producía gran satisfacción al sentirse siempre seguro a su lado. Pues lo que más recuerda de él era cuando le decía:-Si quieres algo, no cejes en tu empeño hasta haberlo conseguido.
Como un lazarillo, él siempre le acompañaba a los menesteres de la labranza. Sí, por aquellos inolvidables campos de Castrillo, donde se deslizaban las onduladas colinas, que en primavera las franjas de rosa verde de los trigales y centenos. Se mezclaban tras los recodos de la densa vegetación del río Duero en un tono verde oscuro. Sí, Martin era un trabajador infatigable y nadie por aquellos pueblos podía superarlo. Y si con la hoz nadie llegaba a seguirle, con el arado por su fortaleza nadie conseguía unos surcos tan derechos; como también, en sacar patatas que en podar y cavar las viñas.
Por aquel tiempo es natural que cómo cuenta Juanito un mozo como su hermanastro. Sea considerado por no pocas madres como el esposo ideal para sus hijas. Las zagalas más desenvueltas no dejan de llamar su atención y de sonreírle cuando, los domingos por la tarde, se reúnen en la era comunal para bailar al son de la dulzaina. Pero sus rústicas artes de seducción no hallan eco en el corazón de Martin porque ya tiene su elección hecha: Catalina de la Fuente (burgalesa de Fuentecén) es quien tiene un lugar en su corazón.
Esta vive desde niña en Castrillo, en la casa de una tía suya. Mantenía esta señora una estrecha amistad con Lucía Díez, madre de Martin, de ahí que desde muy niña hiciera parte de la pandilla y por eso tuvieran una constante relación. Han participado desde bien pequeños en los juegos infantiles y ahora, en plena juventud, sienten que está hecho el uno para el otro. Y el 1º de marzo de 1796, en la parroquia de Castrillo, tuvo lugar la esperada boda.
La dote aportada por Catalina de la Fuente (que contaba entonces con 22 años) era humilde, pero nada despreciable: algunas onzas, viñas, tierras y un molino, todo ello en su localidad natal. A la salida de la iglesia, los contrayentes pasaron bajo un dosel de ramaje dispuesto por los mozos del pueblo, tal y como mandaba la tradición. Después tendría lugar un espléndido banquete, casi pantagruélico, regado con los buenos y añejos vinos de las riberas del Duero...
Después Juanito que apenas es un zagal cuenta que se fue a vivir con Juan Martín y su esposa cuando a los pocos días se trasladaron a Fuentecén (en plena Comunidad de Villa y Tierra de Montejo). Donde nuestro joven comenzaría a trabajar como un labriego, ayudando siempre a su hermanastro. Fuentecén está situado a dos leguas de Roa y es un encantador pueblo al que custodian dos cerros. Las calles son anchas y alegres. En la plaza, dos fuentes vierten sus chorros en robustos pilones de piedra. La iglesia parroquial, puesta bajo la advocación de San Martín, tiene cierta grandeza arquitectónica.

Juanito cuenta que no deja con Martín de recorrer todo el término municipal para comprobar, con su buen ojo de labrador, cuánto puede ofrecerle este pueblo burgalés. Ya que él tiene un magnífico prado, un par de vegas muy fértiles con árboles frutales y una gran cantidad de olmos y álamos. En las tierras más altas se produce trigo, centeno y cebada; y de las numerosas viñas sale uno de los mejores vinos de la comarca.

Ese verano recuerda que fue de los de buena cosecha y por tanto como todos los días se levantaban temprano y las cuadrillas con las hoces bien afiladas se dirigían a los trigales que en alguna ocasión estaban a más de diez kilómetros del pueblo. En camino, no faltaba el mozo o la moza que cantaba con cierta gracia y desatino las canciones que por aquel entonces todos canturreábamos.

Ya una vez en la tierra, los hombres casi siempre después de colocarse en una mano la zoqueta y en la otra la hoz. Se situaban en los surcos centrales y las mujeres los más jóvenes se dedicaban hacinar los haces. El trabajo era muy duro sobre todo para los riñones y esto hacia que algunos esquejaran de que el suelo cada vez estuviera tan bajo. La cuadrilla se paraba normalmente cuando el más viejo al observar la sobra de algún árbol reconocía la hora precisa.

Después se buscaba la sombra de algún árbol e inclusive la sobra de las gavillas de trigo amontonadas y en corro junto a la perola que las madres habían trasportado en las alforjas del mohíno. Qué bien sabía la comida después de tanta fatiga y mismo si todos puchereaban del mismo recipiente nadie perdía la vez para llenar bien su cuchara. Como también no faltaba su buen jarro de vino y sus risas tras las bromas que no faltaban de alguno. Para después debido al calor sofocante de la meseta buscar una sobra para deleitarse con una merecida siesta.

Al atardecer y después de cargar las gavillas en los carros. Y ya devuelta los hombres se dirigían a las eras para descargar y después extender las gavillas para al otro día con las mulas dar vueltas a la parva con el fin de de separar el trigo de la paja. Para luego beldarse y recogerla en los sacos y almacenarla en los sobrados. Este menester necesitaba un fuerza tal que los jóvenes se enorgullecían cuando eran capaces de cargarse los sacos y subir las escaleras con ellos hasta el sobrado. Y entre otras cosas su hermanastro ya a los 14 años, fue capaz de echarse un costal de trigo a la espalda como si de una pluma se tratara.

A mediados de agosto él regreso a Castrillo y bien recuerda que el padre Ramírez, volvió a pedirle que como antes le ayudara en la misa. Y fu aquí que dice que encontró la mujer de su vida, él ya llevaba tiempo enamorado de ella; pero nunca se atrevió a dirigirla la palabra. Pero ese domingo y, cuando estaba ayudando a dar la comunión, se quedo como pasmado al observar de cerca su hermoso rostro. Si, para ella no paso desapercibido su gesto ya que el sacerdote no llegaba a introducirla la hostia en la boca debido a que también ella no era capaz de dejar de mirarlo.

Después de la misa cuenta que se dirigió a la plaza y al entrar en ella, al verla él se puso muy rojo e incapaz de entablar una conversación. Para luego y tras largo silencio, ella le pregunto: –Hay una cosa que yo no comprendo y es porque en la iglesia quedaste como abobado mirándome y hasta ahora nunca me digites nada.
–Margarita humildemente te pido perdón por lo sucedido. – ¿Pero te aseguro que no sé lo que me paso?
– ¡Ha, yo ya sé por dónde vas! –a la vez que Margarita pusiera sus bonitos ojos en blanco como si tal situación la hubiera llenado de alegría.
–Bueno Juanito hace mucho tiempo que nos conocemos e incluso desde niños hemos jugado juntos. – Y por eso te pido que no me mientas.

Juan escucho estas palabras, sin saber que responder y todo porque su corazón le pario detenerse un momento. Par al poco tiempo volver a palpitar vibrando de alegría. –Mira Margarita esta vez no te miento e iré al grano. –Ya que hace mucho tiempo que quería decírtelo, pero nunca me atreví. – ¿Quieres ser mi novia?

Margarita al principio parecía desconcertada, pero no tardo en racionar; para asegurarlo que hacía mucho tiempo que esperaba de él esas bonitas palabras y por eso no tardo en contestar: –Te digo que sí, ya que yo hace tiempo que esperaba esto de ti. – ¡Y te aseguro que para mi tu declaración, es verdaderamente deliciosa!

No cabe la menor duda, que a Juanito le asombro la rapidez con que ella dio su parabién a su noviazgo. Pues él no esperaba una respuesta afirmativa y sobre todo tan rápida. Por eso al admirarla de nuevo no tuvo más remedio repetirse que siempre le cautivo por ser una mujer de rostro hermoso, bronceado y sencillo. Y además, poseía unos ojos oscuros y a la vez muy vivos y bondadosos; que demostraban en ella ser inteligente y firme.

Al guardar silencio por su continua reflexión y no dejarla de mirar como un bobo. Margarita al mirarle sonriente a la cara, se dijo que ella podía abrirle sin ninguna duda su corazón este hombre que desde niña había sido siempre su ídolo. Y además, ese día el aire era apacible, dulzón y sobre todo embriagador.- Juan, desde a hora ya no te llamare Juanito y todo porque nunca quise verte como un niño y por eso dame la mano que a partir de esta tarde en la plaza ya no bailare con nadie más que contigo.









CAPÌTULO IV
Última edición por pablogarcia el 30 Dic 2012, 19:15, editado 7 veces en total.
Amar y ser amado

pablogarcia
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Re: "LOS EMPECINADOS"

Mensajepor pablogarcia » 04 Dic 2012, 18:41

SE SIGUE Y GRACIAS
CAPÌTULO IV



Después de estas fiestas inolvidables para él, de nuevo volvió a Fuentecén con Blas Peroles y Manuel que era como un hermano para él y ayudar a Martin en la recogida de la uva. En este menester los vecinos se ayudaban unos a otros y por eso se convertía lo mismo recogiendo la vendimia que después por la noche en la plaza en una verdadera fiesta popular. Pero una de las costumbres era que las mujeres en cuadrilla recogían la uva, mientras los mozos recogían los canastillos para depositarlos en el carro.

Si, era así que se creaba un ambiente de cordial simpatía, hasta que para algún mozo le sirviera de cabreo. Pues las mozas como no andarás espabilados te rodeaban y sin pensar- lomas. Te bajaban los pantalones y te hacían un lagarejo, que consistía en restregaban por tus partes hasta que se cansaban un buen puñado de racimos de uvas. Y así entre bromas para unas y cabreo para otros, fueron terminándose los últimos días de la vendimia.

No obstante, reconoce que al observar detenidamente a su hermanastro se sentía desconcertado. Ya que pese a que el siempre fue un hombre alegre y cordial ahora llevaba cierto tiempo taciturno y muy pensativo. Por lo que no tardo en preguntarle si se sentía feliz como labrador o por lo contrario echaba de menos sus años por aquellas tierras catalanas. – Si Juanito, creo que esto no es mi mundo y creo que ha llegado la hora de actuar. –Es verdad que no se todavía con quien puedo contar, pero no obstante creo que debemos ante esta canalla francesa pasar al ataque.
Para continuar explicando las inquietudes de Juan Martin conocido por El Empecinado. Habrá que abandonar esto pueblos de Castillas y trasladamos a tierras francesas. Allí se halla Napoleón Bonaparte, en cuya cabeza bulle ya la idea de crear un gran imperio occidental, resucitando en cierto modo el de Carlomagno, con reinos tributarios y estados feudatarios. Y todos bajo su mano omnipotente y la fuerza de sus ejércitos victoriosos.

Por lo pronto, ya es dueño de toda la Península Itálica, y ha derrotado a los austriacos en Ulma, a los rusos en Austerlitz y a los prusianos en Jena. Cabe preguntarse, a la vista de todo esto, qué es lo que le tendrá reservado a España. Una cosa es evidente: desde que destronó a los Borbones en Nápoles, su idea es la de expulsarlos de todos los tronos que detentan para sustituirlos por sus hermanos. Coronado emperador en 1804, Napoleón se vuelca enseguida en la Península Ibérica para presionar sobre la Corte portuguesa e impedir sus tratos comerciales con los británicos.

Por eso en mayo de 1087, Bonaparte lo prepara todo para invadir Portugal entrando por España; y cinco meses después, el tratado de Fontainebleau sancionará la participación conjunta de España y Francia en la ofensiva contra los portugueses. La débil monarquía de Carlos IV da su permiso para que las tropas francesas pasen por territorio español.
Así, el día 18 de octubre de 1807, cruza el Bidasoa la infantería francesa del general Delaborde, perteneciente al Ejército acampado en Bayona. Pocos días después, entran en España las divisiones de los generales Loisan y Travot, y con ellas la caballería del infame Kellermann.

Parte de estas fuerzas se dirigen (a través de Burgos y Valladolid) a la ciudad de Salamanca, donde desfilan ante los ojos atónitos de la población. Llenos de confianza, los salmantinos los acogen en sus casas y hasta se celebra un baile para los oficiales del Estado Mayor en el Palacio de los Marqueses de Zayas. Luego, los franceses salen en agotadora marcha hacia Ciudad Rodrigo, dejando por los caminos animales muertos, armas inservibles y soldados desgajados del resto de las fuerzas. Hambrientos como van, poco tardan en empezar a robar colmenas en los campos y castañas o aceitunas en las chozas.

Después al pasar por el pueblo de Peñaparda se apoderan de cuantas reses pastan cerca del río Ágreda. Los campesinos del lugar, profundamente indignados, vengan aquella afrenta matando a varios de los soldados rezagados. Es ésta la primera reacción popular contra el Ejército francés, anticipándose a las guerrillas que aún tardarán en aparecer. La encubierta invasión de España ha comenzado: con ella se abre una época de luchas, perfidias, heroísmo y sacrificios. En tanto las tropas francesas siguen extendiéndose por toda España, el 27 de octubre de aquel año se firma el ya mencionado tratado de Fontainebleau, que bien puede calificarse como el saqueo alevoso de un pueblo, en este caso el de Portugal.

Juan Martin estaba al corriente de que el movimiento popular es unánime y que se estaba convirtiendo en un movimiento tan popular por lo que no tardo en incorporarse por sus conocimientos a la acción. Si la lucha era ya tan popular que se suceden las ayudas y los donativos para contribuir a la lucha contra los invasores franceses. Así, se forma entonces una serie de guerrillas formada en su mayoría por voluntarios, sin necesidad de levas ni sorteos.
También Castilla la Vieja responde con presteza a la llamada al combate. El ardor patriótico se extiende por las dilatadas llanuras castellanas...Y llega hasta una humilde localidad de la provincia de Valladolid llamada Castrillo de Duero, emplazada en el Campo de Peñafiel. Castrillo domina el armonioso valle que (desde Cuevas de Provanco a Mélida de Peñafiel) traza el río Botijas. Hemos de recordar que, en los humedales de este río, se produce un lodo negruzco llamado "pecina" por ser parecido a la pez empleada por los zapateros en sus labores. No debe extrañarnos, pues, que a los de Castrillo siempre se les llamase "empecinados
Mientras todo esto sucede, "El Empecinado" no deja de comentar con sus parientes y amigos las inquietantes noticias (incompletas unas veces y adulteradas otras) que le llegan por diversos conductos. Generalmente, el tema principal de las conversaciones es la constante entrada de tropas francesas en España. Esto enfurece a nuestro Juan Martín: con palabras apasionadas, trata de hacer comprender a quienes le escuchan que la soldadesca napoleónica no debe ser tratada como amiga, sino como lo que realmente es: enemiga de la Patria, de la Iglesia y de la Monarquía.
Por eso, cuando Martin se entera de que en algunos lugares reciben a los franceses con aclamaciones y obsequios, no puede creérselo. Y un día de enero de 1808, “El Empecinado” y Juanito se trasladan a Valladolid para comprar diversos aperos de labranza. Pero lo que más le duele es que en las calles se respira un ambiente de fiesta, y al preguntar a un aguador le dice que están a punto de entrar en la ciudad las tropas del general Dupont. Ellos hacen pese a intentar esquivarlas y lo único que consigue es encontrarse frente al desfile, entre toques de clarines y golpes de tambor. Martin, tan inclinado a las artes de la guerra, contempla con interés y recelo a aquellos 24.000 infantes y 3.500 caballeros.
Pero su buen ojo le lleva a observar, que junto a los curtidos y cansados veteranos, a un buen número de soldados barbilampiños, reclutados e instruidos de cualquier manera para recomponer las unidades. Por eso su hermanastro está convencido, de que no tienen un aspecto muy aguerrido. Quizás por eso piensa Juan Martín que un centenar de hombres de estas tierras, valerosos y medianamente armados, podrían dar más de un disgusto a cualquier destacamento francés. Y rondándole esta idea en la cabeza emprende el camino de regreso a Fuentecén...
Pero según cuenta las cosas se precipitaron en Castrillo de Duero, ya que en abril de 1808: un sargento de dragones francés (secundado por un soldado que le sirve de ordenanza) se acerca al pueblo con el objetivo de conseguir provisiones para sus tropas. Una vez satisfechos sus deseos, el sargento y su acompañante avisan al corregidor de que pasarán la noche en la localidad para partir, nada más amanecer, a Nava de Roa y Fuentecén.

El encargado de darles cobijo es un matrimonio que ronda la cincuentena y en cuya casa vive Juana, su única hija. Los tres son buenos amigos de "El Empecinado". La jornada con los nuevos huéspedes transcurre con normalidad, hasta que el sargento de dragones (posiblemente más bebido de la cuenta) no se recata a la hora de expresar su atracción por la bonita joven. La escena es tensa: el militar trata de abusar de Juana y ésta se resiste como puede. Insultos, gritos, forcejeo. Al final, el francés no logra satisfacer sus bajas pasiones, pero el ultraje deja desconsolada a la familia...

A la mañana siguiente, poco después de partir los franceses, aparece en Castrillo nuestro Juan Martín, que acaba de llegar de Fuentecén para entregar unos encargos a su madre. Y esta vez le acompaña su hermano Manuel y al entrar en el pueblo, se topan con el desdichado matrimonio y éstos les cuentan lo sucedido la noche anterior. "El Empecinado" y su hermano no se lo piensan dos veces: les falta tiempo para partir al galope en busca de los dos franceses. Y ya como a una legua de Castrillo y ya cerca de Peñafiel existe un lugar solitario y agreste al que llaman el Salto del Caballo.

Sí, al parecer se trata de un angosto sendero que serpentea junto a la orilla del Duero, cuyas aguas son allí muy vivas y sobre el que cae la vertiente suave de un collado cubierto por árboles, matorrales y enormes rocas. Allí podría cualquier hombre atacar o defenderse con éxito de quien tome el reducido paso. Así porque ya lo hicieron (según cuentan por aquellos pueblos) unos bandidos llamados "El Melero" y "El Chafandín", que aterrorizaron a la comarca cuando el rey Carlos era mozo.

Ya son casi las doce cuando los dos militares se aproximan al Salto del Caballo. Llegados ya a la parte más angosta, el soldado se da cuenta de que lleva floja la cincha de su caballo y se detiene para apretarla, mientras el confiado sargento continúa la marcha. De pronto, retumba el estampido de un disparo y el sargento, abierta la cabeza de un certero disparo, cae muerto de su montura. El soldado acude en su auxilio. Se da cuenta, entonces, de que el humo del disparo ha salido de entre las rocas de la ladera, y entre ellas asciende. Enseguida ve correr a un hombre. Galopa tras él, dispuesto a darle alcance.

Manuel, que ha sido el autor del disparo, trepa como una cabra collado arriba: salta piedras, aparta arbustos y obliga al jinete a tomar el peor camino. De repente, se oye una voz poderosa cuyo eco repiten aquellas hondonadas:-¡Voy, Manuel!- suena como un trueno.

Y ante la alegría de éste y el temor del francés, aparece "El Empecinado". Monta el corcel del sargento muerto y agita su sable. Avanza, amenazador, hacia donde su hermano se encuentra. El francés, al verle, trata de salir de aquel incómodo terreno para alcanzar el camino. "El Empecinado" se lo impide cortándole el paso. No le queda al militar otro remedio que aceptar el encuentro, pensando quizás que aquel labriego no podrá resistir la fuerza de su sable.

Más en esto se engaña. Juan Martín se lanza sobre el francés, lleno de ímpetu y furia. Intercambian varios golpes, luchando sin cuartel. "El Empecinado" le propina un mandoble tan certero y violento que a punto está de hacerle soltar el arma. Luego, al verle dudar más de la cuenta, le da una estocada tan tremenda que le atraviesa el cuerpo de parte a parte. Ensangrentado, el francés cae de su montura. Resuelto ya aquel lance, Juan Martín y su hermano se apropian de la documentación que llevaba consigo el sargento y arrojan los dos cadáveres a las aguas del río Duero...

A media tarde, Juan Martín y Manuel entraban victoriosos en Castrillo, mostrando como trofeos los caballos y las pertenencias de los franceses. Nada mejor para agrandar la fama o la admiración entre sus paisanos. Todavía no sospechaba "El Empecinado" lo alto que iba a llegar en la lucha guerrillera contra el invasor, aunque fuese un motivo personal el que le llevase hasta ella. Presiente que pronto será necesario responder a los abusos y excesos de los franceses con violencia, obrando en legítima defensa. No sabe ni cómo ni cuándo se producirá el inevitable choque, pero de una cosa está muy seguro y así se lo comunica a sus amigos:

- Si como temo sucede lo peor, juro que no descansaré hasta que el último soldado francés salga de España.
Por todo esto, una tarde su hermanastro reúne en la taberna de Fuentecén a él y a su amigo Blas Peroles y les propone alarmado por la preocupante situación del país. El crear a los tres amigos que eran como hermanos un grupo que decididamente pasara a la acción. Formando así una guerrilla más o menos estable para actuar entre Peñafiel, Castrillo de Duero y Aranda. Para eso contaban con la experiencia militar de Juan en su primera actividad guerrillera en Cataluña y que fue la que constituyo la inspiración táctica inicial del grupo.
El bautizo guerrillero de "El Empecinado" en el Salto del Caballo y la apasionada reunión en la taberna de Fuentecén tendría una consecuencia inmediata. Tuvo lugar a fines de abril de 1808. Por aquellas fechas, Juan Martín y sus camaradas abandonan Fuentecén, llegan a Aranda de Duero y siguen por los campos, manteniéndose paralelos al Camino Real que une Madrid con Burgos. Resueltos y animosos, están dispuestos a darlo todo en la lucha guerrillera. Por eso se acercaron entonces a una localidad llamada Honrubia de la Cuesta, perteneciente (al igual que Fuentecén) a la Comunidad de Villa y Tierra de Montejo.
Allí fue donde consiguen interceptar a un correo francés, haciéndose con toda su valiosa documentación. Dos días después, en las proximidades de Aranda, otro correo francés les sale al paso. Éste opone resistencia a la partida guerrillera, que acaba con su vida. Le arrebatan en un santiamén las armas, los documentos y el caballo. Animados por la fácil victoria, los guerrilleros se ocultan con su botín entre los pinares...
Para poder seguir sus operaciones, lo primero que hicieron fue contactar a los pastores que frecuentaban la calzada real que unía Burgos con Madrid. Para que ellos desde los cerros les avisaran a través de un espejo la llegada de los franceses. Y pese que al principio no eran más que un puñado y pocas armas. Se colocaban escondidos a la espera de la señal del pastor en el camino real. Y allí a todo correo francés que pasaba les arreglábamos la cuenta.















CAPÌTULO V

Sí, así recreaba Benito Pérez Galdós en sus célebres Episodios Nacionales los inicios guerrilleros de "El Empecinado". La suya fue, sin duda, la primera partida guerrillera que comenzó a actuar en la lucha española contra el francés. Generalizadas en el país a partir de 1809, las guerrillas (denostadas a veces por los extranjeros y mitificadas hasta la extenuación por los nacionales) constituyeron un elemento genuino de la Guerra de la Independencia.
Hasta la saciedad se han resaltado sus maneras de actuar: eran partidas de pequeñas dimensiones en cuanto a efectivos, se movían con rapidez aprovechando al máximo las características del terreno, atacaban por sorpresa, se retiraban cuando no existía una gran certeza de victoria, se dispersaban en caso de necesidad y, no pocas veces, aprovechaban las villas y ciudades para camuflarse entre la población civil. Su labor de hostigamiento y desgaste se hizo muy preocupante para las tropas francesas.
La cosa no quedó ahí. Aún no había estallado el mítico 2 de mayo madrileño cuando los guerrilleros de Juan Martín seguían haciendo de las suyas en las inmediaciones de Aranda. La fama de esta valerosa pandilla se fue extendiendo, imparable, por los pueblos cercanos, hasta el extremo de incentivar la demanda de jóvenes deseosos de ingresar en la partida "empecinada". Ésta no tardará en pasar a disponer de una docena de hombres.
Además, "El Empecinado" ofrece una suculenta contrapartida a todo aquel que se una a sus filas: la paga de un jornal diario más una ocasional parte del botín que pudiera conseguirse. Un señuelo muy apetecible, mucho más que la desprestigiada soldada del momento. La base de operaciones de Juan Martín es la zona arandina, y se mueve con sus guerrilleros por localidades burgalesas como Fuentenebro, Gumiel de Hizán, Castrillejo y Fuente Espina. Roban armas y pertrechos a la soldadesca francesa, prenden a todos los soldados que encuentran rezagados, obstaculizan las comunicaciones de los invasores. Hostigan sin cesar a las tropas napoleónicas desde Honrubia hasta la misma Aranda de Duero.
Mientras tanto en Madrid y según cuentan los historiadores, se produce el levantamiento el heroico del 2 de mayo de 1808 contra los invasores franceses. Las gentes de la Villa y Corte se rebelan contra el despotismo y las crueldades de las tropas napoleónicas. Los aguadores dejan sus cubas, los vendedores sus puestos, los herreros las fraguas, los vinateros las tabernas, las lavanderas el río, las planchadoras el almidón. El improvisado ejército, en el que no existen grados pues todos son combatientes de primera fila, lo forman estos hombres y mujeres a quienes los remilgados ricos cortesanos llaman con desprecio despectivamente, el pueblo bajo, es el llano pueblo de Madrid.


« ¡Guerra! Clamó en el altar
El sacerdote, con ira;
¡Guerra! Repitió la lira
Con indómito cantar;
¡Guerra! Gritó, al despertar,
El pueblo que al mundo aterra;
Y cuando en hispana tierra
Pasos extraños se oyeron,
Hasta las tumbas se abrieron
¡Gritando:-Guerra!
Sí, son artesanos y jornaleros, chulillos y majos, aguadores y chisperos, jaques de castoreño y caleseros y faja grana, bravías de los corrales y los lavaderos, pillastres y estudiantes, sacristanes y clérigos de misa y olla. No se ven entre ellos a los petimetres de la burguesía, ni a los servidores de Palacio, ni a las dignidades de la milicia o de la Iglesia. Aquí sólo está el pueblo, en su más exacta definición. Gentes inflamadas de patriotismo, luchadores fieros, indómitos, dispuestos a batirse con las tropas imperiales hasta la muerte. Ni una gota de sangre azul tiñó las guijas del suelo de Madrid: toda fue roja y derramada con generosidad.
No, no; al pueblo no se le puede tratar como si fuese un rebaño de esclavos. Tiene tan alto orgullo y tan elevado concepto de la dignidad que no está dispuesto a consentir un sólo atropello más. Y la rebelión se extiende rápidamente por todos los confines de España como un huracán que todo lo arrolla. Y se produce unánime y clamorosa, sin jefes ni caudillos; sin previa inteligencia y acuerdo; sin órdenes ni movilizaciones, casi de manera simultánea
Mientras tanto en Valladolid García de la Cuesta capitán general de Castilla la Vieja, irrita enormemente a los vallisoletanos. Los acontecimientos se precipitan, las decisiones se encadenan a golpe de algarada callejera y todo porque Garcia de la Cuesta ve con muy malos ojos los movimientos populares anti franceses. Y todo pese que está al corriente de que ya han triunfado en Santander, León, Asturias y las provincias gallegas los insurgentes. En los primeros momentos, hace oídos sordos a las peticiones del pueblo vallisoletano y se niega a seguir el ejemplo de tantas otras ciudades, terca actitud que a punto está de causar un sangriento motín y de costarle la vida.
"El Empecinado", que continúa con empeño su guerra personal contra los invasores, muestra especial interés por todo lo que sucede en Valladolid. Y cuando alguien le dice que el general García de la Cuesta no se aviene a los deseos del pueblo, lo abandona todo y se presenta en la ciudad del Pisuerga para contribuir a la causa anti francesa. Nada más poner el pie en Valladolid, acompañado por sus hermanos, observa cómo marcha por la Fuente Dorada una gran muchedumbre que se dirige a la Capitanía General.
"El Empecinado" y su acompañantes se unen a ellos. Se congregan las masas frente al edificio y exigen, a grandes voces, que se haga entrega de las armas al pueblo y se declare la guerra a Napoleón. El alboroto llega a ser tan considerable que el propio García de la Cuesta sale al balcón principal, pronunciando unas palabras mesuradas y llenas de evasivas que a nadie convencen. Miles de gritos amenazadores le insultan y humillan. Entonces, tiene lugar algo sorprendente: - Aparecen varios hombres cargados de maderos y herramientas de carpintería que, junto al edificio de la Capitanía, comienzan a levantar un patíbulo. Trabajan a prisa, con extraordinaria destreza. Entre el recio golpear de los martillos se oye una voz autoritaria y conminativa:
-¡Si no estáis con nosotros, preparaos para estrenar esta horca!- Al final, García de la Cuesta accede a sus demandas. ¡La movilización contra los invasores ha triunfado también en Valladolid!
Después "El Empecinado" regresa a la Ribera del Duero burgalesa y junto a sus compañeros se aloja en la villa de Milagros, perteneciente hoy a la provincia de Burgos pero dependiente de la de Segovia en aquella época. Regada por el río Riaza y con poco más de 400 habitantes en los comienzos del siglo XIX, Milagros acoge a los "empecinados" que (con una valentía nada despreciable) se mueven desde las proximidades de Sepúlveda hasta Aranda de Duero, y desde esta villa hasta Lerma o Valladolid.
A la vez, un mozo de Tudela de Duero que responde al nombre de Mariano Fuentes une su guerrilla particular a la de Juan Martín, sumando fuerzas. Un día, en las riberas del Riaza, las guerrillas de ambos derrotan a un destacamento de 30 húsares que escoltan al correo de Murat, mariscal y gran Duque de Berg, uno de los hombres de confianza de Napoleón. Después fue llegando más gente y se formó una partidilla... La verdad es que no sé cómo se formó, pero que si sabe es que la partida se hizo ejército y aquí estamos. El Empecinado más tarde fue nombrado brigadier y él me nombro sargento pero siempre a su servicio.
Tras las continuas contiendas (que fueron cada vez más duras y farragosas de lo esperado) cuenta que los guerrilleros pasaron a refugiarse en un pinar cercano a Fuentenebro, donde procedieron a repartirse el botín. Donde asegura que entre mayo y junio de 1808, la partida de "El Empecinado" llega a causar al invasor más de 800 bajas, entre muertos y heridos. La cifra, que parece exagerada, no lo es tanto si tenemos en cuenta que en un sólo ataque llega a capturar a 10 sargentos y cerca de 900 soldados, lo cual constituye una considerable pérdida para los imperiales.
Por eso estos sucesos y los de Valladolid alarmaron un tanto a los estrategas franceses, que inmediatamente posaron sus miradas sobre Castilla la Vieja. Los generales Merle y Lassalle unieron sus fuerzas en Dueñas, y el segundo saqueó Torquemada y Palencia poco después. "El Empecinado" sabía que el siguiente objetivo era Valladolid. Por eso, no dudó en regresar a la ciudad del Pisuerga. Había llegado el momento de una gran acción bélica contra el invasor. Pero nuestro guerrillero de Castrillo no podía presagiar el desastre que se avecinaba...
Y es que las fuerzas reunidas en Valladolid por García de la Cuesta eran de todo menos poderosas. Aquel primerizo Ejército de Castilla (al que se incorpora "El Empecinado") estaba compuesto por cerca de 5000 paisanos, voluntariosos pero pésimamente pertrechados. Tan sólo los 560 jinetes de los Escuadrones de la Reina, Guardia de Corps, Carabineros Reales y Calatrava aportaban algo de profesionalidad dentro de aquel enjambre de luchadores negligentemente entrenados. Ante el avance imparable y amenazador de los franceses, García de la Cuesta decidió sacar al Ejército de la ciudad los días 9 y 10 de junio de 1808. Su misión, preparar el combate que se avecinaba.
Y el combate tuvo lugar en un paraje situado a 15 kilómetros de Valladolid, junto a Cabezón de Pisuerga. El Ejército de Castilla contaba con más de 5000 soldados de infantería, 500 elementos de caballería y 4 cañones; frente a 6000 infantes, 1000 caballeros y 11 cañones franceses. Y se tiene constancia de que "El Empecinado" combatió como un soldado más de las fuerzas castellanas. Por desgracia, aquella batalla supuso una flagrante derrota para las tropas de García de la Cuesta, cuyo gran error estratégico ha pasado a la historia de las ineptitudes militares.
Pues al parecer decidió esperar a los franceses en campo abierto, en su propio terreno, concretamente en la orilla derecha del Pisuerga, una vez rebasado el estrecho puente. Desplegó sus fuerzas en dos líneas a ambos lados del río, a caballo del puente, dejando sin fortalecer el pueblo y situando un par de cañones a cada lado. Para algunos, el desastre final obedeció a la poca pericia del militar; otros, para mayor abundamiento, cargan las tintas contra una actitud que juzgan aviesa y voluntariamente errática.
En cualquier caso, el resultado no se hizo esperar: -dos cargas de caballería francesa (acompañadas del bombardeo de los cañones) destrozaron las líneas castellanas. Los soldados de García de la Cuesta ("El Empecinado" entre ellos) empezaron a retroceder. La desbandada fue inminente:- Cuando trataban de cruzar el puente sobre el Pisuerga, las estrecheces de éste y el fuego francés incrementaron aún más el número de víctimas. Algunos murieron ahogados intentando cruzar el río a nado, mientras otros fugitivos eran acuchillados en su desesperada huida hacia Valladolid. Seguidamente, una parte de las tropas francesas entró en la ciudad, evacuada tres días más tarde. No obstante, las fuentes documentales aseguran que Juan Martín y sus amigos pelearon con gran arrojo en aquella ocasión, como no podía ser de otra manera.
El espectáculo era desolador: los combatientes que no huían eran pasados por las armas francesas sin piedad. Mientras parte de las tropas castellanas se retiran a Medina de Rioseco, "El Empecinado" decide seguir otro trayecto: primero se traslada a Santovenia de Pisuerga, donde permanece oculto hasta el anochecer, dirigiéndose entonces hacia la ciudad de Valladolid. Aprovechando el oscuro manto de la noche, nuestro guerrillero marcha a Viana de Cega, una localidad de la Tierra de Pinares donde se reúne con sus hombres.
Es en ese momento cuando tiene noticia de que un destacamento francés se aproxima desde Olmedo, procedente de Palencia. Reciente aún la humillación de Cabezón, Juan Martín y los suyos le salen al paso en la zona conocida como las Riberas del Henar. El éxito es rotundo: los de "El Empecinado" se apoderan de todo cuanto llevan consigo los franceses, incluidos unos valiosísimos pliegos firmados por el general Lassalle
Lo contenido en dichos papeles es de grandísima importancia: nada menos que una enumeración de las apremiantes necesidades de las tropas invasoras acantonadas en Palencia. Consciente del valor estratégico de lo incautado, "El Empecinado" se traslada velozmente a la villa de Benavente, donde se ha instalado García de la Cuesta.
La entrega de los documentos anima al Capitán General de Castilla la Vieja, que recompensa a Juan Martín confiándole el mando de un escuadrón del Ejército de Castilla formado por 6000 infantes y 560 caballeros de la Reina, aunque desprovisto de Artillería. Pero el objetivo es claro: -Expulsar de la zona al mariscal Bessiéres, quien, falto de efectivos, había terminado desguarneciendo la ciudad de Valladolid. Una vez más, Juan Martín pasa de guerrillero a militar; y, también una vez más, será incapaz de presagiar lo que se avecinaba...
Pues García de la Cuesta sigue soñando con reconquistar Valladolid y desquitarse de la derrota sufrida. En Benavente, donde ha logrado engrosar sus fuerzas con reclutas locales, asturianos y leoneses; aglutina un total de 10000 soldados de infantería. Enseguida se unirán a ellos los del Ejército de Galicia, comandado por el general andaluz Joaquín Blake. Ambos generales preparan el ataque a las fuerzas napoleónicas: pretenden lanzarse sobre Valladolid para luego ascender en dirección a Palencia y, por tanto, separa a Lassalle del resto de unidades del Cuerpo de Observación. Por su parte, el francés Bessiéres recibe refuerzos y sale en dirección a Medina de Rioseco desde Burgos, donde se hallaba instalado por aquellos días.
Una vez más, la ineptitud del general Cuesta sorprende a todos, incluido "El Empecinado": -Creyendo que los imperiales atacarían desde Valladolid, hace que el Ejército de Castilla se mantenga inmóvil en un llano frente a Rioseco. Los de Blake, entre tanto, eligen el Páramo de Valdecuevas, a la izquierda del Teso del Moclín. Con ambos Ejércitos divididos y descoordinados, el ataque francés no se hace esperar. Fueron siete horas de intenso pelear con lamentable resultado para las tropas españolas, una desdichada peripecia que aún hoy sigue pareciendo inverosímil.
Pues nada menos que 21700 españoles quedaron a merced de 14400 franceses. Los primeros perdieron cerca de 4000 hombres y 15 piezas de Artillería, frente a los 700 heridos y 300 muertos del bando contrario. Tras aquella cruel carnicería, las infames tropas napoleónicas dedicarían su tiempo a saquear y devastar Medina de Rioseco...
Tan tremenda derrota disgustará a nuestro guerrillero de Castrillo, hasta el punto de que lo lanzará definitivamente al menester que mejor sabía hacer:- Las labores de guerrilla. Efectivamente, su desánimo como militar a las órdenes de García de la Cuesta resultó directamente proporcional a su voluntad de retomar las correrías al frente de su partida. Eso, y el odio cerval a los franceses: - Como tantos otros, "El Empecinado" enfureció al tener noticias del cruel saqueo de Medina.
Al poco tiempo, los Ejércitos de Castilla y Galicia decidieron replegarse hacia Villalpando, Villafrechós y Benavente; al tiempo que García de la Cuesta y Blake terminaban sus días de acción conjunta. "El Empecinado", por su parte, decidió regresar a Castrillo de Duero y retomar las labores guerrilleras. Pues estaba convencido de que era la mejor forma de combatir a los invasores.

CAPÌTULO VI

Tan pronto como regresa con sus hombres, Juan Martín redobla sus actividades guerrilleras en distintos puntos del Camino Real burgalés. Acecha, sin descanso, los movimientos de los invasores en retirada, y les sorprende cuando menos se lo esperan. Todo soldado francés (o grupo de ellos) que abandone al grueso de las tropas por unos instantes lo paga con la vida. Y todos los mensajeros o transportistas rezagados caen rápidamente en su poder, sin que se vuelva a saber de ellos.
En la carretera de Burgos, cerca del pueblo de Bahabón, la partida guerrillera de "El Empecinado" pasa por las armas a los 50 soldados franceses que acompañaban a un convoy. La batalla fue encarnizada, pero el botín bien ha merecido la pena:- Un cofre repleto de monedas doradas, que servirá para ayudar a las tropas españolas y comprar víveres o pertrechos. Los "empecinados" celebran por todo lo alto aquel golpe de buena suerte.
La alegría, sin embargo, es efímera en tiempos de guerra. Apenas ha transcurrido un día cuando son sorprendidos por una amplia partida de soldados pertenecientes a las tropas de Murat. Estos eran tantos que los cascos de sus caballos en su galope desenfrenado estremecían la meseta. Llegaban al trote con los sables ya desenvainados eran más de veinte y para ellos era ya tarde para retroceder. Por eso él con un reducido grupo separándose del resto galopó también hacia ellos.
Juan miró para atrás y vio que su hermano Manuel y hermanastro Juanito, marchaban detrás pero esta vez observo que estaban lívidos. Y esto le preocupó pues él estaba habituado a verles sonrientes y sin embargo esta vez. Vio que especialmente Juanito chasqueaba los dientes y no atinaba asacar el sable. Pero los franceses ya estaban tan cerca que les fue difícil esquivarlos y no tuvieron más remedio que hacerlos frente, pese a ser ellos menos de la mitad que los “gabachos”.
Pero mientras él no daba abasto descargando mandobles con su espada. Se oyó de nuevo el ruido ensordecedor que anunciaba las siluetas turbias y agigantadas de nuevos jinetes. –Es una ratonera, hemos caído en una ratonera. -Razón tenía su hermano Manuel que se defendía a su lado como siempre lo supo hacer. –Hermano retrocedamos estamos en una minoría aplastante y además, nos disparan desde los dos lados.
Ante tal situación El Empecinado sin dejar de pelear fue acercándose a los suyos y grito:- Atrás, atrás. Pero Juanito que peleaba junto a él, su caballo dio un bote y se desplomo. El Empecinad no dudo al instante y su hermano Manuel tampón dudo en dar la vueltas junto a él; pero a Juanito que cayó sin haberle dado tiempo darle vuelta a su montura. Le gritaron para que se pusiera de pie y sin dudarlo, martin le cogió por la muñeca y como un fardo lo le sentó a horcajadas sobre su montura. Después volvieron a galopar, pero esta vez en apresurada huida.
Para después de recorrer cierta distancia y colocar a su hermanastro por tierra y observo que lejos de incorporarse. Se tambaleaba para después caer como un saco por tierra. Su cara tenía un color blanquecino, y su chaqueta estaba empapada de sangre como también sus pantalones. Después le desgarro la chaqueta dejando al descubierto su blanco vientre. Y apretando con la mano la herida, desgarrada y sangrante Juan Martin les dijo: –Manuel hay que llevarle al pueblo lo más rápidamente posible y serás tú que lo lleves.
No tardo Manuel en recorrer la distancia que les separaba de Castrillo y al extenderlo en la cama. Observa que la sangre a dejado de salir de la región abdominal, pero pese a esta buena señal los dolores son tan fuertes que el pobre se queja que no siente tan siquiera donde está el vientre. No obstante, al ver que a su lado se encuentra Margarita le reconforta. Si margarita se hallaba a su lado, rendida y sufriendo silenciosa sentada junto a la cama.
Mientras tanto a Juanito le ardían las mejillas y sus morenos ojazos de todavía niño seguía enamorado cada movimiento de Margarita. Esta llevava una ceñida bata que hacia más evidentes sus hermosas formas femeniles y además, su pelo negro bien recogido con una trenza recogido en la cabeza. Por eso él seguía pese a sus insoportables dolores viéndola cada vez más hermosa, si tal y como tantas veces la había visto entre sueños. Por esto Juanito temía que Margarita lo dejase y no quedarle más remedio que inclinar su cabeza en la almohada, apretar los dientes y sufrir sudor que so ella con su presencia era capaz de calmarlo. Pero por suerte para él ella no le abandono ni un instante y ya cuando a la mecha del candil se le fue acabando el aceite, termino por dormirse.
Pero pese a que su cabeza continuaba agitándose en la almohada, termino poca poco por quedar inmóvil y mismo si su silencio alarmo a Margarita. Inclino su cabeza y pudo observar que su corazón latía razonablemente. Esta la reconforto con razón ya que a la mañana siguiente la fiebre había desaparecido y su aspecto había cambiado considerablemente. Pocos días después prácticamente su mejoría fue considerable y Manuel abandono Castrillo para incorporarse a su hermano, mientras Juanito años después se casaba con margarita; pero ya no volvió a incorporarse en la guerrilla para después siempre quedar al cuidado de la labranza.
Después Manuel cuenta que cuando volvió con su hermano, la situación no era la misma e incapaz de hacer frente a los invasores porque el grupo ya no tiene la suficiente capacidad de respuesta. Dado que los imperiales (les superan en número) se ven obligados a salir en retirada, rechazando como pueden a los perseguidores franceses. El resultado, aunque nada halagüeño, podría haber sido mucho peor: - Ya que en esta refriega, los guerrilleros pierden a cinco de sus hombres. Pero como siempre no tardan una vez recuperados del susto, los "empecinados" de nuevo reunirse en Campillo de Aranda, a 88 kilómetros de Burgos y a sólo 7 de Aranda de Duero.
No obstante, los empecinados prosiguen con sus correrías, ocultándose esta vez en las proximidades de Carabias, una pequeña localidad segoviana. Pero apenas acaban de recuperarse del reciente disgusto cuando se topan con una oportunidad de resarcirse por las bajas sufridas:- Un nuevo convoy francés pasa junto a ellos, a los que no les cuesta mucho trabajo secuestrarlos. Se trata de un carruaje que viaja escoltado por una docena de hombres, que se rinden sin oponer resistencia alguna.
En el interior del mismo viaja una delicada doncella francesa, acompañada por su ama. Tras apoderarse del dinero y de las joyas que transporta el carruaje, Juan Martín ordena que la dama sea conducida a Castrillo y alojada en su propia casa, al cuidado de su madre y su esposa, por si tuvieran que emplearla como prenda. "El Empecinado" no sabe que, con el secuestro de la francesita, ha irritado profundamente al mariscal Bon Adriano Jeannot Moncey, famoso sitiador de Zaragoza.
Es curioso pero aun los historiadores no llegan a meterse de acuerdo en la identidad de la doncella:- Pues mientras el inglés Hardmann la hacía esposa de M. Bardot (joyero y diamantista de Carlos IV); otros, mucho más osados, han preferido convertirla en familiar directa del mariscal francés:-Como también sobrina, hija o esposa. Sin olvidar a quienes se la imaginan enamorada del apuesto guerrillero...
El Empecinado ha conquistado fama en toda Castilla y son muchos los que le admiran, pero ignora que también su sobrenombre despierta en algunos envidias y codicia. Muy pronto va a saber de crueles injusticias y negras traiciones. Y como muestra de cuantas en lo venidero le esperan, se dispone a sufrir la primera. Es la que más dolor le causa, por venirle de sus propios paisanos.
Estas negras traiciones pronto para él se precipitaron. Pues mientras se hallaba parlamentando con García de la Cuesta en Salamanca, ciertos enemigos suyos (capitaneados por un tal Manuel de Frutos) han proferido ataques contra su persona, entrando poco después en su hogar y robando el botín allí reunido; ante la indiferencia de las autoridades y el espanto de las mujeres. Cuando regresa a Castrillo y un viejo pastor le relata esto, el Empecinado se dispone a galopar en busca de los culpables para hacerles pagar cara su felonía.
Su esposa y su madre le detienen. Al fin y al cabo, argumentan, aquellas riquezas no eran suyas. Renuncia (con pesar) a la venganza y se dirige al alcalde para hacer patente su profundo disgusto. Más éste, que es amigo del licenciado Frutos y que tampoco mira con buenos ojos al guerrillero, nada hace sino exasperarle.
Furioso, abandona el Ayuntamiento y se traslada a Madrid. Allí se entrevista con el señor Arias Mon y Velarde, Gobernador interino del Consejo de Castilla, el más cumplido y recto caballero que hay en la Corte. Éste se pone de parte de nuestro guerrillero y oficia el pertinente mandato a la Chancillería vallisoletana ordenando que le presten ayuda y que todo lo robado le sea restituido. Satisfecho, el Empecinado sale de Madrid y emprende el camino de vuelta a Castrillo.
Pero en su pueblo le espera una nueva infamia. Pues al llegar su hermanastro le informa de que Frutos y los otros malnacidos que le robaron han dirigido al general Cuesta una exposición contra él llena de calumnias y falsedades, presentándolo poco menos que como un malhechor.
Así que sin pensarlo se traslada rápidamente a El Burgo de Osma, donde le han dicho que se halla García de la Cuesta. El viejo militar le recibe más tieso, serio y autoritario que nunca. Cuando el Empecinado se dispone a rebatir todas las falsedades que en su contra se han escrito, el general hace entrar a un grupo de soldados y les ordena que entreguen a aquel hombre a las autoridades locales.
Así lo hacen, y éstas le meten en un angosto calabozo. El Empecinado cree que al final prevalecerá su enorme honestidad, que prontamente se verá la falsedad de aquellas envenenadas calumnias. Pero, por si la cosa se demora, mira la forma de salir de allí. El primer examen que hace le deja con pocas esperanzas.
Pues el calabozo (aunque está en una especie de desván) no tiene ninguna ventana al exterior; la puerta, de recias maderas, está asegurada por un grueso cerrojo. No le queda sino esperar a que cualquier hecho fortuito haga posible su intento. No puede pensar en corromper al carcelero, ya que las tres onzas que llevaba para el viaje se las quitaron al encerrarlo.
La noticia llega a oídos de los muchos partidarios que Juan Martín tiene en Burgo de Osma. Éstos acuden al alcalde exigiendo su pronta liberación, o que al menos sea trasladado a otra cárcel. Y el regidor (hombre cruel y encubierto afrancesado) se niega a hacerles caso. De algún medio se valen para hacer saber a Juan Martín el peligro en que se encuentra, y éste decide conquistar por la fuerza lo que por la razón se niega. Poco le conocen quienes han formulado contra él aquellas falsas acusaciones: -No le abaten las calumnias ni le preocupan las adversidades.
No obstante, él no va a dejarse conducir mansamente al matadero, como pretenden sus enemigos. Y en un esfuerzo heroico, hace uso de su tremenda fuerza física para romper los grilletes de hierro que le oprimen. Atenaza las cadenas con sus dedos de acero, pone en tensión la piernas y tras un feroz forcejeo con el hierro (resoplarte el pecho, encendido el rostro y sudoroso el cuerpo) consigue romper aquella sujeción. Después como un león rugiente, golpea la puerta con el ímpetu de un gigante y lanza gritos de ira que hielan la sangre a los propios carceleros.
Ante tal rugido, se abre la puerta del calabozo y bajo el dintel aparecen el jefe de la prisión y tres carceleros. Sin darles tiempo a reaccionar, les propina un tremendo empujón, haciendo que sus cuerpos choquen cómicamente. Y antes de que puedan usar sus armas, les hace rodar por la empinada escalera en confuso montón.
Después y tras ellos echa a correr el Empecinado, en un aceleradísimo descenso y sin tocar casi los peldaños. Animado por un vigor desconocido, corre sin cesar entre las asombradas gentes de El Burgo. De lejos le llegan el sonar de las trompetas y un retumbar de tambores. Eso significa que los franceses han entrado ya en El Burgo, buscándole para acabar con su vida.
Por caminos y veredas, el Empecinado corre hacia el Poniente, guiado por el sol declinante. Necesita alejarse lo más posible de aquella villa y liberar sus tobillos de las argollas. Al llegar a San Esteban de Gormaz se limita a seguir el curso del Duero. Lo abandona a la altura de Langa deteniéndose de madrugada en Santa Cruz de la Salceda. Ha ido a buen paso durante toda la noche y se encuentra muy cansado. Busca la casa del herrero, y al saber éste quién es, le quita los hierros y le brinda comida y alojamiento.
Tras un corto descanso, marcha campo a través hacia la villa de Fuente- Césped, situada en el camino de Francia y a orillas del Riaza. Con él desea unirse a la partida guerrillera que debe merodear por aquellos lugares. Pregunta a quienes se encuentra en su caminar, y le dicen que los franceses han roto nuestras líneas y dominan buena parte de Castilla la Vieja, imponiendo duros castigos a quienes muestran la menor oposición.
CAPÌTULO VII
No tarda en reunirse Juan Martín con su pandilla guerrillera. Lo primero que hace es reorganizarla:- Entonces se sumarán a ella algunos amigos y parientes, como sus hermanos Dámaso y Antonio. Al mismo tiempo, a Mariano Fuentes le han entrado ansias de independencia y quiere formar su propia guerrilla. Su propósito es marchar a las proximidades de Cuéllar para operar desde allí por su cuenta y riesgo. Se despide amistosamente del Empecinado y ambos prometen ayudarse en cualquier ocasión.
Juan Martín pierde a un valiente colaborador que ha demostrado, en muchas ocasiones, generosidad y patriotismo. Como compensación, poco después se unen a su partida dos hombres que pronto destacarán entre lo mejor del grupo:- Saturnino Abuín y José Mondedeu. El primero es un recio labrador de Tordesillas, moreno, fuerte, de penetrante mirada y expresión seria. El segundo es un valenciano que ha sido soldado en los Húsares de Olivenza y que cayó prisionero de los franceses en la retirada de Tudela.
Donde pudo escapar, y tras una larga y penosa marcha a través de los campos, ha llegado a las filas de "El Empecinado" para ser un combatiente más. Tanto al uno como al otro, "El Empecinado" les encarga misiones de información y reconocimiento que cumplen muy satisfactoriamente. Y esto hace que, en muy poco tiempo, les tenga un grandísimo aprecio.
Las actividades de la renovada partida guerrillera no se hacen esperar: actúan en el camino que une Burgos y Aranda buscando enemigos rezagados y cosechando éxitos que acrecientan su fama. Uno de ellos tuvo lugar en Fresnillo de las Dueñas, donde Juan Martín y su hermano Manuel consiguieron apresar a dos oficiales del Estado Mayor napoleónico. Días después, Saturnino Abuín asalta en el camino de Peñafiel a un correo francés que transportaba documentación sobre los movimientos de tropas en el Norte de España.
Tras valorar la tremenda importancia del documento, el Empecinado parte al galope hacia Salamanca para entregárselo al general John Moore, colaborador de las tropas españolas. El inglés no dudó en recompensar a nuestro guerrillero con 18000 reales, suculenta paga que le permitió abastecer y remozar sus tropas.
Sin darse un respiro, los "empecinados" continuaron actuando en el camino de Burgos a Aranda, dejando sentir su actividad en importantes localidades de la provincia burgalesa. La primera acción tras el episodio del correo interceptado la llevan a cabo en las cercanías de Aranda de Duero, donde asedian a la pequeña guarnición francesa que permanecía en la villa. Poco después, aniquilaron a un destacamento galo en la provincia Segoviana y más precisamente entre Calabazas de Fuentidueña y la villa de Fuentidueña, situada en las riberas del Duratón.
A continuación se trasladaron a Milagros, donde atacaron con éxito a 16 gendarmes franceses y un oficial, haciéndose con sus armas y dineros. Tras apresar a un total de cinco convoyes enemigos, los guerrilleros pasaron la Navidad y la Nochebuena de 1808 en el pueblo burgalés de La Vid, escondidos en una casa de labranza. Pero pronto abandonan el descanso y vuelven a la acción: -En la llamada Venta del Fraile, emplazada en el Camino Real de Francia, apresan a una compañía de generales franceses.
Donde los guerrilleros les reducen sin tener que pegar un solo tiro y, además, requisan un suculento botín. Esta acción les permite incrementar su grupo de acción hasta 60 hombres, dando armas a los que carecían de ellas. No es de extrañar, por tanto, que los franceses ofrecieran 5000 duros de recompensa a quien fuera capaz de atrapar o delatar a Juan Martín.
Dadas las circunstancias a nuestro héroe, le aguardan episodios cada vez más peligroso y desagradable. Pues mientras custodia unos convoyes franceses recién secuestrados en compañía de Saturnino Abuín, deciden pernoctar en la localidad burgalesa de Bañuelos de Cervera. Pero no saben que, pocos días antes, un ventero traidor los ha denunciado a las autoridades francesas. Así que, a la mañana siguiente, el pueblo es cercado por más de 700 jinetes franceses que acuden en su busca. Pero no por ello pierde el Empecinado su entereza. Informa a Abuín y a su hermanastro de lo que pasa y ordena que todos desenfunden sus armas.
Durante larguísimo rato, el Empecinado y sus hombres luchan cuerpo a cuerpo contra los imperiales; a sablazos, sobre el barro, en medio del inquieto revolver de los caballos que relinchan nerviosos. Si los franceses resisten, los guerrilleros no cejan en su furiosa acometida.
Al poco, éstos logran abrir una brecha en las filas francesas y por ella huyen al galope hasta perderse en la lejanía. Tras ellos van los imperiales, temerosos de que se escapen. Pero ya en campo abierto, la partida del Empecinado se interna en los pinares de la zona para mejor defenderse.
Allí, bajo las verdes copas de los pinos, tiene lugar un segundo combate:- La mayoría de los franceses que salieron tras ellos dejan su vida entre los troncos, sobre el arenoso suelo. Una vez más, el Empecinado se les ha escapado de las manos...Para vengarse de lo acaecido en Ciruelos, nuestro grupo guerrillero hostiga a unas columnas francesas que requisaban víveres y objetos de valor de las iglesias.
Pero el Empecinado una vez más termino por vengar la vida de sus compañeros ejecutados y requisó los tesoros usurpados. Que posteriormente fueron entregados al intendente de Guadalajara. Días después, los "empecinados" secuestraron a siete soldados franceses junto al pueblo de Carabias, perteneciente a la Comunidad de Villa y Tierra de Maderuelo.
Ante tal persecución, el de Castrillo decide instalarse en la burgalesa Sierra de la Demanda. Pasa después a operar cerca de la Sierra de las Mamblas, llegando a ser acogido con amabilidad en el monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza, el hermoso santuario que fundara el padre de Fernán González...

Sin embargo, el continuo acecho del enemigo le fuerza a adoptar medidas estratégicas más eficaces. En concreto, divide a su partida guerrillera en tres secciones, cada una de ellas con direcciones y campos de actuación diferentes:- La primera (liderada por Mondedeu) se trasladará hacia Soria por Salas de los Infantes, la segunda (dirigida por Abuín) marchará discretamente a tierras palentinas, y la tercera (encabezada por él mismo) permanecerá en la zona, a la espera de lo que pueda suceder.
La táctica no es caprichosa y enseguida consigue los resultados deseados: - Sobre todo despistar y dividir a los franceses, que creen tener rodeado a todo el grupo guerrillero de el Empecinado. Poco después, Juan Martín y sus leales acompañantes desarman al destacamento francés emplazado en Covarrubias, haciéndose con 40 caballos y varias mulas. Y enseguida vuelven José Mondedeu y Saturnino Abuín para proseguir la lucha junto a su apreciado jefe.
Pasan los meses, y ahora el Empecinado ataca sin parar a los franceses en tierras de Segovia que al poco de llegar a la zona, se hacen notar tímidamente en la villa de Sepúlveda. Que había sido asediada el año anterior por los imperiales con 4000 hombres, un millar de caballos y dos pares de cañones. Pero mucho más impactante fue la acción guerrillera realizada en Pedraza: - Donde sus peculiares y encantadoras calles de fisonomía medieval vieron llegar, como una exhalación, al bravo guerrillero de Castrillo. La guarnición francesa acantonada en la villa se convirtió en víctima propiciatoria de su fiereza.
Pero sabedor de la existencia de una guarnición imperial en Pedraza, el Empecinado entró en la localidad acuchillando a cuantos franceses le salieron al paso, que no fueron pocos. No obstante, de la misma manera que entró apresurado en Pedraza, no menos veloz salió de ella, pues las tropas francesas le seguían persiguiendo con saña. Pero no lograron darle caza: - ya que Juan Martín marchó a la no menos importante villa de Santa María la Real de Nieva, donde tendió una astuta (y exitosa) emboscada a los soldados napoleónicos.
Es marzo de 1809 y el Empecinado rehúsa seguir actuando en las cercanías del Duero, ya que los franceses le pisan los talones. No era para menos. Nuestro guerrillero escribió al nuevo Capitán General de Castilla la Vieja (Carlos Pignatelli, afincado en Ciudad Rodrigo) poniéndose a su disposición.

Y tuvo suerte pues al poco tiempo, el poderoso Martín de Garay (secretario de la Junta Suprema Gubernativa del Reino) ordenó al teniente general Antonio Cornell que procurase a Juan Martín todos los medios que precisara para el combate. Y así fue porque poco después, le otorgó el cargo de comandante de la partida de descubridores de Castilla la Vieja (con sueldo de teniente de caballería).














CAPÌTULO VIII
Amar y ser amado

pablogarcia
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Re: "LOS EMPECINADOS" I-II-III AL VIII

Mensajepor pablogarcia » 06 Dic 2012, 12:18

Gracias y se sigue
CAPÌTULO VIII

También fue por entonces cuando Pignatelli (o Juan Miguel de Vives, su sucesor en la Capitanía General de Castilla la Vieja) deciden que el jefe guerrillero debe dedicarse a "operar en su vanguardia". Así es como Juan Martín pasó a la villa de Béjar para hacer frente a las hordas francesas. Señalan las crónicas del momento que el de Castrillo (que llegó a dicha localidad desde Valencia de Alcántara) apenas tuvo que luchas: - Con sólo saber de su llegada, los galos huyeron despavoridos.
En recompensa, el Capitán General de Castilla la Vieja solicitó para él un ascenso a capitán de Caballería, deseo que las más altas autoridades militares cumplieran sin vacilar. Esto significaba, desde luego, el reconocimiento gubernamental de sus acciones guerrilleras; pero también la elevación de rango en el sentido de convertirse (con todas las de la ley) en una verdadera autoridad militar.
Esto es, en capitán del Ejército y no sólo de una partida guerrillera. Y así, con el uniforme de capitán, lo retrató el genial Francisco de Goya en un famoso lienzo. En este retrato, el Empecinado luce (además del uniforme de rigor, dolmán de húsar y dos charreteras correspondientes al grado de capitán) una placa dorada con el emblema de Castilla sujeto con una cadenita.
Fue así, como poco apoco Juan Martín Díez se consolida como el más popular de los guerrilleros españoles, suscitando una considerable admiración. A mediados de abril sitúa su base de operaciones en la zona comprendida entre las localidades salmantinas de San Felices de Gállegos, Sancti Espíritu y Ciudad Rodrigo, desde donde lleva a cabo importantes operaciones de hostigamiento a las tropas francesas de Soult y Ney, que por aquellas fechas se trasladaban de Salamanca a Plasencia. La prensa del momento daba testimonio del peligro que el Empecinado suponía para las filas enemigas.
Tras participar exitosamente en la batalla de Talavera (los días 27 y 28 de julio), Juan Martín aprovecha el vacío dejado por las tropas francesas en Salamanca tras la citada ofensiva y decide atacar a los franceses instalados en esta ciudad. Sabe, además, que la guarnición gala de la ciudad del Tormes apenas está en condiciones de combate. Se trató de una incursión breve y muy rápida: - Sus 150 jinetes entraron en la ciudad aclamados por las gentes, requisaron alhajas y joyas que habían robado los galos e hicieron prisioneros a unos cuantos enemigos.
Estos (una vez formados en la Plaza Mayor) fueron enviados a Ciudad Rodrigo. Algunos historiadores afirman que el Empecinado hizo en ocasiones de gobernador accidental de Salamanca, adoptando medidas acertadas. Incluso afirman que los salmantinos agasajaron a sus guerrilleros con viandas, vino y música.
Sin embargo, la salida de Salamanca se tornó accidentada: - Pues enterado Juan Martín de la inminente llegada de 300 dragones franceses procedentes de Medina del Campo. Colocó a 100 hombres en las afueras de la ciudad mientras él, secundado por 150 combatientes, avanzaba contra ellos. Reforzados por una partida de 80 jinetes recién llegados, los del Empecinado sorprendieron a los "gabachos" y terminaron por derrotarles.
El ataque, finalizado con éxito, supuso la muerte de 50 franceses y la huida hacia castellanos de Moriscos del resto de las tropas invasoras. Días después, los "empecinados" abandonaron Salamanca en dirección a tierras zamoranas. Pero en la localidad de Guarrate (situada en La Guareña) se encontrarán con una desagradable sorpresa.
Nada menos que 250 soldados de la Caballería francesa a los sorprendieron al poco de llegar y, tras un durísimo combate, tuvieron que retirarse a los pinares de aquella zona. Dos leguas más allá, el Empecinado se resarció de aquel inesperado disgusto secuestrando a un correo francés y su escolta.
Así estaban las cosas cuando a nuestro heroico guerrillero le llegó una orden de las autoridades militares españolas que le exigía actuar en la zona comprendida entre Valladolid, Aranda de Duero y Segovia. Hacia allí se dirigía cuando, al atravesar con sus hombres la localidad vallisoletana de Pedrosa del Rey (muy próxima a Villalar y a tres leguas y media de Tordesillas).
Se encuentran casi frente a frente con una columna francesa. Cegados por el coraje, los "empecinados" persiguen a los galos hasta el cercano pueblo de Morales de Toro, ya en Zamora. Poco a poco, los franceses que se resisten a entregarse van siendo liquidados. El jefe de aquella malograda columna empuña el sable con fuerza y ataca a Juan Martín.
El de Castrillo se defiende con ardor, redobla los golpes y hace retroceder a su adversario. Lanza sobre él un veloz mandoble que el otro esquiva rápido y, casi al mismo tiempo, ve muy cerca de su hercúlea anatomía el sable del francés. Nada puede hacer. Siente el golpe en el brazo izquierdo:- Pues la afilada hoja le lacera, viene a herirle en el costado. El dolor es vivísimo, siente que la sangre empapa su camisa. Enfurecido por lo que juzga una torpeza suya, El Empecinado consigue desarmar al francés y le pide que se rinda, pero éste se niega.
Juan Martín sigue luchando contra él, forcejea insistente, pero advierte que sus fuerzas están disminuyendo. La vista se le nubla y a punto está de caer desvanecido. Tantea en el suelo, y se topa con una gruesa piedra. La atenaza entre los dedos y, frenético, golpea con ella una y otra vez la cabeza del francés hasta hundírsela. Después, cae desfallecido junto al cadáver de su enemigo y por la gravedad de su herida el Empecinado requiere atención urgente.
Un hombre de la partida guerrillera, que ejerce de improvisado médico, se la tapona como buenamente puede. Temiendo por su vida, sus compañeros le llevan rápidamente a un lugar donde pueda recibir asistencia y descansar un poco. Eligen el pueblo de Pollos, que está cerca de San Román de Hornija, en la margen izquierda del Duero. Y allí le dejan en la casa del cura, excelentemente atendido por un médico de Tordesillas.
Lo habían alojado en una buena casa propiedad de la iglesia, con él vivía una joven sirvienta que pasaba por ser su sobrina. La cual además, poseer un hermoso pelo rizado que la hacía todavía más hermosa, contorneaba con una especial elegancia sus caderas por la habitación. Por eso y después de haber pasado por tantas escenas de espanto y tantos muertos aquellos días atendido por esa bella moza. Por las noches cuando “Tío” dormía a pierna suelta, la levantaba la ropa y una vez los dos en la cama les sorprendían en estas ocupaciones el canto del gallo en esos blanquecinos amaneceres.
Pronto, su fuerte complexión física se impone y la gravedad de la herida desaparece por completo. Y ya restablecido, el Empecinado regresa a sus actividades guerrilleras con la valentía de siempre. No sabía, sin embargo, que aún le aguardaban más momentos amargos. Y esta vez en su localidad natal...
El susto de Pedrosa del Rey había sido considerable. El Empecinado necesitaba pasar un tiempo con los suyos, de ahí que decida volver a Castrillo y pasar unos días con su madre. A medio camino entre la leyenda y el cuento edificante se nos presenta ahora el episodio siguiente. Que comenzaría cuando Juan Martín y los suyos al entrar en el pueblo, se encontraron que este se hallaba totalmente desierto y envuelto en un silencio sepulcral.
La vida enmudecía al paso de aquellos recios guerrilleros pero aseguran las crónicas. Que tras las ventanas, entornadas, les vigilan ojos curiosos. Algunos hombres se retiran, presurosos, al advertir su presencia. Los chiquillos, en cambio, no participan de aquel inexplicable temor:- Suspenden por el momento sus juegos para observar a los "empecinados" y, al poco, siguen detrás de ellos.
Tras abrazar a su mujer y a su madre (a las que no ha visto desde hace un año) y rodeado de sus mejores amigos, el Empecinado muestra su extrañeza por semejante recibimiento. Es el cura quien le explica la razón de lo sucedido: - Pues la mayoría del pueblo, excepto los que se hallan allí congregados, contribuyeron con falsas acusaciones a su encarcelamiento en El Burgo de Osma.
Y ahora temen que el Empecinado se vengue de ellos, ya que le perjudicaron con sus envidias y recelos. Unos se han escondido; otros andan por los campos insinuando labores urgentes; y los más permanecen en sus casas, bien cerradas las puertas y ventanas. No les queda otra que encomendarse a la Virgen:-Y son infinitos los rosarios, los padrenuestros y las avemarías que aquel día se rezan en Castrillo de Duero...
Juan Martín se reúne con la familia, los parientes y los amigos más allegados en torno a la gran mesa de la cocina, que ha sido necesario ampliar. La comida es animada, pero no deja el Empecinado de advertir que todos le observan con disimulada curiosidad. Le hablan con un leve tono respetuoso que nunca emplearon. No tiene duda alguna de que su creciente fama ha llegado hasta allí:- Ahora ya no es para ellos el "Juanillo" de siempre, sino todo un señor Capitán de Caballería del Rey que tiene bajo su mando a más de cien hombres.
A la mañana siguiente, los guerrilleros del Empecinado sacan de las casas, corrales y cuadras a todos los vecinos que se han ocultado para evitarle. Les conducen (de grado o por la fuerza) hacia el atrio de la parroquia local. Van hacia allí temblando, convencidos de que les aguarda una soberana paliza o un par de tiros... Pero la sorpresa que reciben es tan grande que han de frotarse, incrédulos, los ojos.
Pues les cuesta trabajo aceptar que cuanto ven sea cierto y no producto de un sueño. Ya que ocupando el espacio más amplio del atrio, en línea con la iglesia, hay dispuestas largas mesas con blanquísimos y resplandecientes manteles. Y sobre éstos, anchas fuentes de barro cocido muestran unas cuantas piezas de carne asada. No faltan las buenas hogazas, las altas jarras de vino y los vasos de cristal.
Para después poco a poco, de uno y otro lado, van acercándose los vecinos escondidos. Unos lo hacen recelosos, otros resignados y, los menos, con fingida naturalidad. A todos les hacen ocupar un asiento en el convite. Presidiendo la mesa está el Empecinado, al que acompañan su esposa, su madre, sus hermanos, su primo Mariano Navas y los camaradas Saturnino Abuín y José Mondedeu. Allí están, a su lado, quienes allanaron y robaron su casa, los que firmaron contra él aquella falsa denuncia, los que por envidia le difamaron.
Por tanto Juan Martín sabe quiénes son y se conforma con dirigirles miradas severas de reprobación, ante las cuales inclinan todos los cabezas, avergonzados y tal vez arrepentidos. Menos mal que entre ellos no se encuentra el licenciado Manuel de Frutos, instigador de la conjura. De hallarse presente, es seguro que el Empecinado no hubiera podido contenerse, cobrándose en el lo que todos (en buena justicia) merecen. No obstante, nuestro guerrillero tranquiliza a los allí congregados, afirmando que perdona su reprobable acción y que no tiene pensado vengarse de nadie.
Los culpables (perdida ya su inicial desconfianza) comen y beben con buen ánimo, reconociendo que "Juanillo" no es tan malo como entonces se dijo. Se acercan a él, con los vasos llenos de vino, para brindar en su honor. Y entre ellos su hermanastro Juanito acompañado de Margarita a la que presenta como su futura esposa.
Acabado el festín y antes de abandonar el atrio, Juan Martín reparte cigarros a los comensales. Luego, tras ofrecer a todos su sincera amistad, les dice adiós con humildad y sencillez. Así, con tan noble proceder, habría contestado el Empecinado a la infame conducta de sus paisanos.
No tarda Juan Martín en marchar de Castrillo para retomar su actividad guerrillera. Pronto, la guarnición francesa instalada en Aranda de Duero siente los efectos de su presencia:- No hay convoy, patrulla o correo que pueda considerarse a salvo. Son enviadas fuerzas en su persecución y, una vez más, a todas las burla. Sus proezas las comentan con admiración todos los españoles.
Y por consiguiente la partida guerrillera que dirige aumenta su número con más de 50 incorporaciones; entre ellas las de 15 hombres procedentes de Aranda, 17 de Cuéllar y 20 de Peñafiel. Llegarán en breve otros valerosos combatientes como el guadalajareño Vicente Sardina o el burgalés Segundo Antonio Berdugo. Y este incremento de efectivos obligó a Juan Martín a poner en marcha una nueva sección de infantería a las órdenes de Juan Mondedeu.
Por aquellos días, se cuenta que los "empecinados" seguían, por su derecha, el curso del río Duero. En una ocasión, hallándose muy cerca de una localidad llamada La Horra, tuvieron un encuentro bastante inesperado... Y es que les salió al paso el mismísimo cura Merino, líder ya de un efectivo grupo guerrillero. "El Empecinado" y Merino se saludan afectuosamente.
Comen juntos y sus respectivos guerrilleros charlan y confraternizan. Si los de Juan Martín ofrecen su habitual aspecto de combatientes vestidos con una mezcla de ropas campesinas y retazos dispares de uniformes franceses; los del sacerdote burgalés parecen a su lado unos mendigos harapientos. Llevan camisas y calzones de lienzo llenos de mugre, cubren sus cabezas con deteriorados sombreros de leñador. Les rodean las cinturas unas cananas repletas de cartuchos, y llevan junto al fusil fardeles donde guardan la comida y el tabaco.
Aquel mismo día, a eso de la media tarde, un muchacho que viene a caballo se presenta ante los guerrilleros allí reunidos. Sin más, le conducen frente a Juan Martín y Jerónimo Merino. Se llama Julián de Pablos y es de Lerma, el pueblo del cura Merino. Este le reconoce enseguida, y el joven no tarda en contar que ha huido de la villa de Roa, tomada a sangre y fuego por los franceses.
Tanto el Empecinado como el sacerdote guerrillero escuchan muy atentos su relato y piden que les cuente todo cuanto ha visto en Roa: - Los puntos que ocupan los franceses, la cantidad aproximada de fuerzas que integran la guarnición y una serie de detalles (al parecer minúsculos) a los que ambos dan considerable importancia.
Luego, se reúnen con sus hombres durante largo rato. Y es el Empecinado quien anuncia a todos lo que Merino y él acaban de acordar. Nada menos que esto: -Esta noche vamos a tomar Roa al asalto. Antes de comenzar esta heroica acción guerrillera, los dos líderes exponen la estrategia que se llevará a cabo. Que era el dividir sus efectivos en diez grupos, cada una con su respectivo cabecilla. Y así aprovechando la oscuridad de la noche comenzara el ataque.
Cuando llega la noche, los guerrilleros se aproximan sigilosos a las murallas de Roa. Tienen cercada la villa, tan solo aguardan la orden precisa. Y esta no tarda en llegar. La lucha comienza cerca de San Miguel, donde tiene lugar la primera embestida contra los franceses. Varios centinelas "gabachos" caen al suelo desde las murallas, empapados en sangre. Los guerrilleros penetran en el caserío y prenden fuego a los portones de san Esteban, San Miguel y San Juan. Mientras las gentes de Roa se unen a la pelea contra los imperiales, el Empecinado y Jerónimo Merino terminan por ocupar la Plaza Mayor.
Nada se les resiste:- Se adueñan del recinto y toman por la fuerza la Colegiata de Santa María, bellísima edificación de la época renacentista. Y cuando los ocupantes franceses empiezan a replegarse, dos grupos de guerrilleros se lanzan contra ellos y acaban con sus vidas. La Caballería francesa huye rápidamente del lugar, pero Saturnino Abuín y sus guerrilleros salen en su persecución y logran derrotarles junto a la Venta del Ángel, camino de Valladolid.
La villa de Roa celebrará con fervor su liberación y acogerá a Juan Martín como a un verdadero héroe. Las noticias de la toma de Roa son celebradas por todos los patriotas que combaten al invasor. Pero si las gentes de todo el país admiran al guerrillero de Castrillo, los franceses no le menosprecian. Ya que los generales napoleónicos le conocen muy bien y saben de las consecuencias de sus rápidos ataques, están llenos de audacia.
Sí, este ya ha dejado de ser para ellos un guerrillero más de los muchos que llenan los caminos. Ahora se las tiene que ver con un caudillo inteligente y valeroso, un guerrillero respetado y admirado que siempre les deja en ridículo.
CAPÌTULO IX

Prometiéndole costear los gastos de sus guerrilleros. La Junta de Guadalajara, en concreto, le necesita urgentemente. Ocupada la capital por los franceses, sus integrantes han tenido que retirarse a Sigüenza y, aunque hacen lo que buenamente pueden, su sólo esfuerzo no basta para terminar con los invasores, que saquean impunemente a la provincia.
Forman parte de la Junta de Guadalajara tres fervientes patriotas que luchan bravamente por la liberación del país:- Joaquín Montesoro, Juan López Pelegrín y Juan Manuel Martínez son sus nombres. Y ellos son quienes se dirigen al jefe guerrillero para que se traslade a Guadalajara, afirmando que recibirá allí toda la ayuda que necesite.
Y como hace siempre Juan Martín, consulta la propuesta con sus lugartenientes y a sus propuestas todos se muestran conformes. Ya que al menos, esta vez tendrán cuantos caballos necesiten, armas, vestuario y municiones.
Extremando las precauciones, emprenden la marcha. Atraviesan Somosierra y el día 11 de septiembre de 1811 se internan ya en la provincia de Guadalajara. el Empecinado va al frente de su tropa. Se compone esta de 160 hombres a caballo, bien equipados y divididos en cinco secciones. Los mandos subalternos son Saturnino Abuín, José Mondedeu, Mariano Navas, Vicente Sardina y el licenciado Segundo Antonio Berdugo.


La provincia de Guadalajara se encuentra llena de columnas enemigas, no existe por allí ninguna partida guerrillera y las fuerzas españolas más próximas se hallan a muchas leguas de distancia. Y el enemigo se está en un terreno difícil y, por tanto tendrán que usar al máximo su pericia y su valentía guerrillera. Para eso los "empecinados" instalan su centro de operaciones en la villa de Cogolludo, situada en plena Serranía. Pero no tardarán en atacar a un destacamento francés de 40 infantes y 20 caballeros conocido por sus habituales desmanes en pueblos y aldeas.
En tales días, la actividad de la partida de Juan Martín es verdaderamente extraordinaria. Sin tomarse el menor descanso, los "empecinados" atacan a los franceses en cualquier momento y lugar, haciendo alarde de una increíble capacidad de movimientos. Juan Martín, como un experimentado estratega que es, elude hábilmente cualquier imprevisto. Por eso entre septiembre y diciembre de 1809, los del Empecinado protagonizan ataques al invasor como los cometidos en Fuente la Higuera, Albares, Mohernando, Fonatanar, Torija o Marchamalo.
En esta última localidad, la guerrilla "empecinada" luchó contra 150 infantes y 18 jinetes que se dedicaban a requisar ganado. La ferocidad de los guerrilleros fue tan extraordinaria que los franceses, atemorizados por lo sucedido, se refugian precipitadamente en la ciudad de Guadalajara y piden refuerzos a los superiores de Madrid. Tal vez se figuran que los hombres del Empecinado son los ejércitos de chicha y nabo...
Pero no tampoco faltaron los disgustos. Ya que, tras una durísima batalla contra los franceses en El Casar de Talamanca, Saturnino Abuín es herido de gravedad por la metralla de un cañón enemigo. Una tremenda herida se le abre, roja y palpitante, en el brazo izquierdo. El guerrillero tordesillano es llevado a la Casa Consistorial, donde es atendido por un antiguo sacamuelas y sangrador.
Después, un médico que ha llegado hasta allí rápidamente examina al herido. Al apreciar en su brazo importantes desgarros, su dictamen es terminante:- No queda más remedio que amputárselo por la parte superior. Bien a su pesar, Saturnino Abuín asiente y la operación se realiza. Desde aquel día, el tordesillano será conocido por todos como "El Manco", siendo también llamado "El Manco de Castilla".
A mediados de 1810, el más célebre de todos los guerrilleros seguía en sus trece. En efecto: - El Empecinado seguía siendo el terror de los franceses por tierras de Guadalajara. A pesar de que sus relaciones con la Junta provincial se habían deteriorado (ya que ésta le acusaba de actuar por su cuenta), los éxitos de Juan Martín en la lucha contra el invasor seguían siendo sonados.
Pues termina por derrotar a los "gabachos" en el Alto de Mirabueno, cerca de Sigüenza. Como también apresa a varios bandidos que se hacían pasar por guerrilleros y a la vez auxilia a las tropas españolas cuando los imperiales atacaron Cuenca. Y en Atienza captura a un escuadrón francés dedicado al pillaje, derrota a una columna en Brea del Tajo y lleva a cabo exitosas emboscadas en la carretera de Guadalajara a Madrid.
Es entonces cuando el general Belliard, instalado en Madrid, encomienda a su colega de escalafón José Leopoldo Hugo (gobernador francés de Guadalajara y padre del insigne escritor Víctor Hugo) que capture como sea a Juan Martín. El general Hugo moviliza a 3000 hombres de Caballería, 12 piezas de Artillería y unas contraguerrillas formadas por españoles afrancesados. Pero todo es inútil: -El Empecinado escapa de ellos continuamente, llega a capturarles más de un centenar de caballos y les causa numerosas bajas.
A finales de junio de 1810, el Empecinado tiene noticia de que la guarnición francesa acantonada en la villa soriana de Berlanga se dirige a Caracena para cobrar las contribuciones. Enseguida ordenó a sus subordinados emprender acciones bélicas contra ella. Sin embargo, el enfrentamiento tendría lugar en Retortillo de Soria (pequeña pero señorial villa situada en la zona sur de esta provincia, limitando casi con la de Guadalajara).
Donde Juan Martín, secundado por 50 jinetes, se topó con sorpresa con un destacamento galo. Pese a la ayuda procedente de Berlanga, los franceses fueron derrotados gracias, sobre todo, a la inestimable ayuda del batallón de Tiradores de Sigüenza, comandado por el coronel Nicolás de Isidro.
Aquella meritoria acción tuvo un resultado imprevisto para el de Castrillo: - Ya que el Consejo General del Reino decidió nombrarle Brigadier de Caballería, cargo que despertó envidias entre alguno de sus subalternos y, muy especialmente, entre los integrantes de la Junta de Guadalajara.
Y no solo fue esto:- ya que en Cádiz se llevó a cabo una suscripción popular en apoyo de Juan Martín que logró recaudar un total de 98.322 reales de vellón y vestuario por valor de 67.340, suficiente para adquirir 400 uniformes de Caballería. Por si fuera poco, el noble inglés Lord McDuff aportó a la colecta un hermoso sable que, tal vez, fuese un regalo personal del rey Jorge III de Inglaterra.
Sin embargo, como cuentan los historiadores, el ascenso a Brigadier de Juan Martín despertó una maraña de celos y envidias. Unos resquemores que, según Hernández Girbal, fueron en parte instigados por José Villagarcía y Antonio Piloti, dos infiltrados de los franceses que colaboran con el general Hugo.
Estos innobles cómplices del invasor hicieron todo lo posible por enfrentar a los jefes de los batallones guerrilleros con su líder el Empecinado, difundiendo con tal fin una serie de bulos y patrañas. Y además, por si fuera poco la Junta de Guadalajara, decide estrechar aún más la vigilancia sobre Juan Martín. Hasta el extremo de ponerle al lado un asesor encargado de controlar sus movimientos.

Entretanto, nuestro guerrillero de Castrillo sigue hostigando aquí y allá a las tropas francesas. Acciones victoriosas como la toma de Sigüenza; las campañas de Guadalajara, Brihuega y Torija. Asi como el golpe de Nicolás de Isidro a los franceses en Jadraque o combates como los que tuvieron lugar en Arganda, Tarancón y Villarejo de Salvanés acrecientan aún más la fama de Juan Martín, que ahora cuenta con un poderoso aliado:- El Duque del Infantado, futuro presidente del Consejo de Regencia.
A finales de 1809, "El Empecinado" vuelve a prestar atención a la provincia de Soria: - Reclamado por las gentes de la ciudad, intenta por todos los medios acudir a auxiliarla, pero se topa con la oposición de la Junta de Guadalajara. Aun así, no fue ésta la verdadera causa que le impidió acudir a tierras sorianas, sino las noticias de que el general Hugo se dirigía a la villa de Humanes. No obstante, y a pesar de todo, a principios ya de 1811, el Empecinado y sus hombres descansarán de tanto ajetreo en las cercanías de Medinaceli. Para regresar poco después a tierras guadalajareñas.
La fama de Juan Martín rueda desde hace tiempo por todo el país, y sus proezas son también conocidas en muchos puntos de Hispanoamérica y Europa. El padre Salmón aseguraba que las damas inglesas adornaban sus cuellos con pequeños retratos de "El Empecinado"; sabemos además, que en todas las ciudades españolas se vendían grabados con su efigie a pie y a caballo, con leyendas laudatorias. Hasta los poetas cantan al héroe de Castrillo. Véase, para probarlo, esta composición anónima publicada por el periódico valenciano El Conciso:-
"¿Quién es aquel que viene
brioso en su caballo,
de sangre de enemigos
de la España bañado?
De color muy moreno,
bigote negro y ancho,
de estatura mediana
aunque de gentil garbo;
semblante de guerrero
anunciador de estragos,
con pistola, trabuco
y aceros afilados
para matar franceses,
sajones, italianos,
bávaros, alemanes,
suizos, rusos, polacos,
y de la madre España
los hijos renegados.
Y, en suma, este no es otro:-
¡Que el inmortal patriota,
el digno Empecinado!
Pero hay que esperar el año de 1811, ya que el no será nada halagüeño para el Empecinado:- Ya que a los duros ataques de los franceses se unirán las envidias y maledicencias, así como la desconfianza hacia él por parte de la Junta de Guadalajara, que llega a frenar su ímpetu guerrero en varias ocasiones: - Además de escatimarle ayuda para poner en marcha un nuevo Batallón de Voluntarios de Madrid, le niega el permiso para acudir a Tarragona en auxilio de las tropas españolas que allí combaten.
Y por si fuera poco, los embates de los "gabachos" se tornan cada vez más virulentos y no son pocas las ocasiones en que Juan Martín debe replegar sus fuerzas:- Así le sucede (junto al general Villacampa) en Prados Redondos y Checa. Eso sí, tampoco le faltan victorias:- Como sonadas fueron las derrotas que inflige a los enemigos en Molina de Aragón y Brihuega y, sobre todo, el duro revés que les vuelve a causar en Sacedón y Auñón.
Pues nada menos que 90 bajas y 109 prisioneros. El Empecinado, por otra parte, ya se había convertido en una personalidad venerada por los liberales que redactaban la Constitución de 1812. Valga como ejemplo el emocionado discurso que Andrés Esteban y Gómez (diputado por Guadalajara) pronunció en las Cortes el 16 de abril de 1811 frente a un retrato del caudillo guerrillero:-
"He tenido el indecible placer de presentar a V.M. el retrato del brigadier D. Juan Martín, el Empecinado. Ud. tiene la satisfacción de ver en este héroe uno de aquellos grandes patriotas que han dado a conocer al mundo cuánto puede el hombre cuando quiere [...]. En la clase de estos héroes ocupa un lugar muy distinguido el insigne Empecinado. Al oír este nombre, tiemblan las bárbaras legiones del tirano de la Francia. Yo lo he visto, Señor, yo he sido testigo ocular de gran parte de sus victorias, que deben contarse por el número de sus acciones militares".
CAPÌTULO X

Como era de esperar, las Cortes aprobaron dar un testimonio de gratitud nacional a Juan Martín y sus tropas de infantería y caballería. Consecuencia indirecta de este episodio fue, desde luego, que el imaginario político del momento uniese la figura del Empecinado con la Constitución gaditana de 1812. Unión que tendrá una enorme y no siempre afortunada relevancia en un futuro no muy lejano...

Pues los franceses, mientras tanto, seguían con sus objetivos de eliminar a Juan Martín. Pues el mismísimo José I Bonaparte encargó al general Belliard (futuro gobernador de Madrid y de la demarcación francesa de Castilla) que acabase con él a toda costa. Y es que el reciente apresamiento, por parte del jefe guerrillero, de un correo francés en Azuqueca de Henares colmó el vaso de la paciencia francesa.

Belliard no escatimó recursos para dar caza al de Castrillo:- Reunió cuatro columnas de 2500 hombres en Guadalajara, Tarancón, la Sierra de Molina, Soria y Aranda de Duero. Enseguida comenzaron a avanzar con el objetivo de rodear a la guerrilla "empecinada". A su vez, el general Hugo atacaba directamente desde Guadalajara, mientras otros 3000 franceses aguardaban en Madrid para acudir a donde fuese necesario.

Pero el Empecinado (tan bravo y hábil como siempre) no tarda en desbaratar los planes contra su persona:- Durante dos semanas se entrega con éxito a la lucha contra el francés por las provincias de Madrid, Guadalajara y Segovia. En esta última encadenará una serie de victorias tan espectaculares que terminarán por desesperar a los galos.
La campaña segoviana de los "empecinados" comenzó con la toma de la villa de Riaza, incendiada y saqueada por los franceses el año anterior. La guarnición francesa, espantada por aquel ataque repentino, huyó como pudo de Riaza. Poco después, Juan Martín y sus hombres atacaron el puesto francés de Somosierra para, a continuación, cruzar la carretera de Burgos y volver con más fuerza aún sobre tierras segovianas. Donde se toparon con un convoy francés cargado de prisioneros españoles que se dirigía hacia Revenga, en plena Sierra de Guadarrama. No obstante, los del Empecinado consiguieron derrotar a todos los "gabachos" y liberar a los reos.
Días después, el Empecinado asaltó La Granja de San Ildefonso con tales bríos que la guarnición francesa, sin poder contenerle, abandona sus posiciones y se refugia en el bellísimo palacio. Al poco, reanuda sus actividades de la siguiente manera: - Envía a la mayor parte de la infantería a su refugio de Tamajón (en plena Serranía de Guadalajara) y él, con apenas 400 hombres, logra derrotar a las guarniciones francesas de Somosierra y Buitrago.
Por todo esto el general Hugo acudió rápidamente en auxilio de ambas localidades, entrando en combate con los "empecinados". Pero cuando parece que el jefe guerrillero está próximo a ser derrotado y capturado, hace un repentino movimiento y desaparece con sus hombres sin dejar rastro.
Durante varios días, las columnas imperiales rastrearán la zona en su busca, pero no lograrán encontrar a un sólo guerrillero y pagarán con muchas bajas en hombres, material y pertrechos la inútil persecución. Pero una vez más, Juan Martín dejaba en evidencia a las fuerzas napoleónicas. Ya que bajo su duro bigote rizado en sus labios seguía la firme sonrisa de siempre. Pues al poco tiempo, uno de sus jinetes después de un reconocimiento del terreno volvió sus grupas se acerco al galope cortó e, inclinándose desde la silla a sus oídos con ojos azorados le dijo:
- Los he visto. - ¿Pero cuanto son?- Es un destacamento que se dirige hacia Somosierra con intención de cruzarla y llevar a un montón de detenidos hasta Madrid.
Aquí de nuevo quedo la patente e impresionante capacidad de maniobra, de nuestro héroe y todo debido a su asombrosa intuición militar, su conocimiento empírico del arte de la estrategia bélica, aprendida en esa escuela sin par que es la guerra. En los choques que mantuvo con las tropas enemigas les causó más de 200 muertos y heridos, liberó a más de 500 presos españoles y consiguió que cerca de 1000 compatriotas abandonaran las tropas francesas para luchar por la independencia patria.
Cuando Juan Martín despide el año de 1811 (después de haber creado un flamante Batallón de Voluntarios de Aragón y haber combatido exitosamente en lugares como La Almunia de doña Godina, Maynar, Alagón y Calatayud). Está lejos de sospechar que su buen amigo Saturnino Abuín pudiese traicionarle. El tordesillano cambió de bando tras haber sido apresado por los franceses en tierras de Guadalajara, junto a otros 40 hombres del Empecinado.
Este no tardó en comprobarlo:- Ya que el 7 de mayo de 1812, en medio de un durísimo enfrentamiento en El Rebollar de Naval- Potro, no tarda en fijar su mirada en uno de los jinetes que mandan los escuadrones franceses:- Y no es otro que "El Manco", ataviado ahora con uniforme "gabacho" y combatiendo a sus antiguos compañeros. Y por si fuera poco, aquel combate se saldó con una amarga derrota para el de Castrillo. Muchos son los que caen muertos o heridos sobre la tierra, y a Juan Martín no le quedó otra que la retirada.
Perseguido duramente por un grupo de coraceros napoleónicos, deseosos de apresarle vivo o muerto, el Empecinado abandona rápidamente su corcel y salta por un despeñadero. Sus perseguidores, que no han llegado a tiempo para impedírselo, le ven rodar y caer. Y allí queda, inmóvil, en el fondo de aquella barranquera. Admirados por tanta temeridad, los coraceros le dan por muerto y se alejan.
La noticia de que el bravo guerrillero ha muerto corre rápidamente por los pueblos de la provincia y llega hasta la mismísima Corte del rey José, que la recibe muy complacido. Es de suponer que lo mismo harían los generales Hugo y Belliard, sus fracasados perseguidores. Pero pronto salen de su error, ya que la realidad es muy distinta:- El Empecinado no ha muerto. Dado que un molinero que por allí pasaba le ha recogido en su carro, sin saber de su identidad, y le atiende en su modesta vivienda.
Dolorido, preso de una alta fiebre, Juan Martín se ve obligado a guardar cama durante muchos días, sin tener plena conciencia de su estado ni de quién es esa persona que con tanta solicitud le cuida. Y como siempre gracias a su hercúlea naturaleza, el caudillo guerrillero sale de nuevo triunfante de sus continuas heridas.
Fuera ya de peligro, se despide nuestro Empecinado de aquel bondadoso molinero, al que no quiere comprometer por más tiempo. Sabe que corren rumores de que ha conseguido salvar la vida, de que se ha escondido en algún ignoto lugar para volver con renovados bríos. Tiene conocimiento de que los franceses aún le siguen buscando. Necesita resguardarse en lugares alejados de los caminos, y para ello se traslada discretamente a la Tierra de Medinaceli.
Primero se aloja en Montuenga de Soria, luego en Almaluez y después en Arcos de Jalón. Y desde estas localidades sorianas consigue establecer contacto con los jefes de la resistencia anti-francesa, gracias a la fidelidad y al patriotismo de las gentes de la comarca, que transmiten sus mensajes haciéndose pasar por leñadores o pastores.
Poco tiempo después, Juan Martín se reencuentra con sus guerrilleros en una pequeña localidad.
El recibimiento que le hacen es entusiasta. Después del amargo trance y de las pérdidas sufridas, todos le expresan su más firme adhesión. En su ausencia, tanto Mondedeu como Sardina han hecho una excelente labor guerrillera. Encuentra a la infantería totalmente rehecha y a la caballería muy bien equipada.
Pronto consigue el Empecinado vengarse de la derrota sufrida en El Rebollar. Más activo que nunca, emprende una sucesión de acciones ofensivas en las que causa un gran quebranto a las guarniciones francesas. Vuelve a tierras de Guadalajara y no tarda en derrotar a las tropas napoleónicas en Cogolludo, haciendo prisioneros a 20 dragones y 40 infantes. Cuatro días después, ataca a los "gabachos" acuartelados en el castillo de Torija, apoderándose de todo el grano que guardaban en una panera.
Más tarde, se dirige a Budia y persigue a una columna que anda robando todo lo que puede por aquellos pueblos:- Al saber que los "empecinados" andan cerca, los franceses eluden el combate y huyen como buenamente pueden. Y es que, después de cuatro años de guerra sin cuartel, las tropas imperiales se hallan ya muy debilitadas. Las partidas guerrilleras que andan por toda España les han hecho más bajas que las batallas de Rioseco, Talavera, Ocaña y La Albuera juntas.
Por si fuera poco, las mejores divisiones napoleónicas han salido del país, ya que sus jefes militares las han reclamado para la invasión de Rusia:- Y hacia Moscú marchan ahora la Guardia Imperial, la artillería y caballería polaca, los regimientos del Vístula y los mejores dragones, cazadores y coraceros; curtidos todos ellos en mil combates.
En medio de la esforzada doble lucha que los españoles mantienen contra los invasores imperiales y los afrancesados, una importante noticia es publicada por todas las gacetas. El 19 de marzo de aquel 1812 (festividad de San José) las Cortes de Cádiz han jurado la Constitución Española que acaban de elaborar y redactar. En este código legal (que muchos empiezan a calificar de sacrosanto) se reconoce la soberanía popular, de la cual emanan todos los poderes. Por fi, parece que España ha roto con la tiranía y es dueña de sus destinos.
Por eso el Empecinado se erige, desde el primer momento, en el más fervoroso defensor de la Constitución gaditana. A estas alturas de la guerra pesan mucho en él las ideas de Justicia y Libertad. Aunque ama y respeta a la Religión y a la Monarquía, defiende a su vez los derechos del pueblo español a no ser esclavo de nadie. Y es que, a su juicio, los primeros no deben mermar a los segundos. Por eso el Empecinado hace firme propósito de observar el texto constitucional y hacerlo respetar.
CAPÌTULO XI
Amar y ser amado

pablogarcia
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Re: "LOS EMPECINADOS" I-II-III AL VIII-XI

Mensajepor pablogarcia » 12 Dic 2012, 12:18

Gracias y continua
CAPÌTULO XI

Estaban así las cosas cuando nuestro líder guerrillero decidió pasar el río Tajo y dirigirse a Cuenca. Al llegar al pueblo de Torralba se vio acometido por una columna francesa, que a punto estuvo de ocasionarle un serio tropiezo. Pero Juan Martín reaccionó valerosamente, hostigando con fuerza a los "gabachos". No salieron aquellos bienes librados del combate, ya que tuvieron bastantes bajas y 20 de sus dragones fueron hechos prisioneros.
Pero volvamos a dirigir nuestra atención hacia nuestro héroe, que sigue luchando tan ardorosamente como siempre. Pues según cuentan un viejo esquilador que le mantiene bien informado sobre los movimientos de los franceses, le revela que parte de la guarnición imperial de Buitrago (reforzada por el destacamento de Somosierra y una columna provista de Artillería salida de Aranda de Duero) se dirige hacia Madrid. Consulta el asunto Juan Martín con sus guerrilleros y acuerdan cortar el paso al enemigo. Al día siguiente, le esperan cerca del pueblo de La Cabrera, bien desplegados y ocupando ventajosas posiciones.

A una orden del Empecinado, los guerrilleros se lanzan sobre la soldadesca francesa en medio de un diluvio de balazos. Los asaltantes, alentados por su invencible jefe, combaten con el mayor denuedo. Nadie puede detenerlos:- Ya que una furia sangrienta en todo momento les ánima. Y en lo más vivo del fuego, el Empecinado es alcanzado por una bala que le da de lleno en el pecho. Vacila y resbala sin fuerzas del caballo, así que uno de sus hombres acude en su ayuda. Entre los guerrilleros corre veloz el rumor de que Juan Martín ha muerto:-Esto produce un desánimo general e impide que la derrota de los franceses sea completa.
Por esta desaventura el Empecinado es conducido a la casa rectoral de Torrelaguna, donde un médico le trata la herida, que por suerte no es muy grave. Como sucediera en trances parecidos, la partida guerrillera queda al mando de Jerónimo Luzón. Pese a que la guerrilla de los "empecinados" se ha quedado momentáneamente sin su carismático jefe, las acciones contra las tropas imperiales se suceden. Mondedeu y Sardina ocupan la villa madrileña de Paracuellos del Jarama; mientras que los Voluntarios de Guadalajara (dirigidos por un hermano de Juan Martín) derrotan a una contraguerrilla que andaba por Cabanillas del Campo.
Pero no es todo malo para él ya que recibirá en su lecho la noticia de que las tropas españolas han derrotado a los franceses en los Arapiles, lo que supone un verdadero desastre para las fuerzas invasoras. Tan extraordinaria batalla ha tenido lugar a tan sólo legua y media de Salamanca, en una llanura donde se elevan dos cerros:- El Arapil grande y el Arapil chico.
El Empecinado intuye que se acercan días decisivos en los que será necesario redoblar los esfuerzos y seguir combatiendo con fiereza. Y por eso, sin hallarse recuperado aún de la herida que recibiese en La Cabrera, abandona su lugar de reposo y, al galope, se dirige al encuentro de su partida guerrillera.
Juzgando inminente el abandono de Madrid por los franceses, Juan Martín manda a su artillería que ponga cerco a Guadalajara. Y al saber que el aliado Lord Wellington está en San Ildefonso, preparado para franquear el Guadarrama, él se sitúa con su caballería en Chamartín, a las puertas mismas de Madrid. Los oficiales franceses que vigilan las cercanías de la Villa y Corte descubren espantados la presencia de los batallones enemigos. La Corte de José I Bonaparte, completamente asustada, empieza a disponer todo para abandonar la ciudad. No es la suya una salida en orden, sino una fuga precipitada.
A medida que transcurren las horas, el miedo de los partidarios y aduladores de "Pepe Botella" degenera en pánico. Sólo piensan en salvar sus vidas y, si fuese posible, también las joyas y el dinero. En pleno desorden, venden muebles y enseres; otros tratan de implorar el favor de los patriotas a los que hace poco despreciaban. La desbandada es general. Muchos no quieren ni seguir a la Corte:- Tal les sucede a los servidores de Palacio y de las Caballerizas Reales, que desaparecen de la noche a la mañana.
Al mismo tiempo, vuela por las calles la noticia de que el ejército libertador ya está en Las Rozas, y los madrileños marchan alborozados hacia las puertas por donde van a entrar los valientes luchadores. Entre las gentes se comenta con gozo que el mismísimo Empecinado (con 30 de sus jinetes) ha llegado hasta la Puerta del Sol persiguiendo a un destacamento de dragones franceses; causándoles tres muertos, varios heridos y cuatro prisioneros.
La Corte francesa escapará de Madrid, con la amarga pesadumbre de la derrota, mientras los sufridos madrileños dan gracias a Dios por lo que supone la definitiva liberación del país. Aunque la miseria siga haciendo estragos en los desamparados hogares, los madrileños muestran de mil modos su alegría. Salen a las calles con sus trajes de fiesta y reparten abrazos, enhorabuenas y frases de esperanza; lo mismo a conocidos que a extraños. A las 9 de la mañana del día 12, que es miércoles, una expectante muchedumbre llena totalmente el trayecto que va desde las afueras de la Puerta de Alcalá hasta la Puerta del Sol.
En la mayoría de los balcones y ventanas brillan, multicolores, las colgaduras y los adornos. Los famélicos semblantes se iluminan con sonrisas y muchos manifiestan su entusiasmo agitando los brazos en alto. El correr de las gentes y los gritos de júbilo preceden la entrada de los Ejércitos de Castilla, La Mancha y Toledo. Resuenan los vítores, las improvisadas arengas y canciones patrióticas, y tiembla el aire con el incesante voltear de las campanas de todas las parroquias. Rodeados por el agitado gentío, aparecen las gloriosas personalidades que se han convertido en héroes por méritos propios.
Como jefe más antiguo, marcha delante de ellas el Empecinado, a quien el pueblo aclama. Llegados todos al Ayuntamiento, los líderes de la resistencia anti-francesa son obsequiados con un refresco y diversos regalos. No una, sino muchas veces, tienen que salir al balcón para saludar a una muchedumbre que les aclama. Lord Wellington saluda a los madrileños, pero es el Empecinado quien se lleva las mayores ovaciones, en justa correspondencia por la fama inmortal que ha sabido conquistar.
Al término de aquella ceremonia, el Empecinado se reúne con sus hombres para avanzar sobre la ciudad de Guadalajara. Decide pernoctar en Alcalá de Henares, donde es homenajeado por todo lo alto:- La ciudad en masa acude a verle, deseosa de rendir tributo al célebre jefe guerrillero. Juan Martín corresponde con sencillez y cordialidad a todas aquellas manifestaciones de simpatía. Al día siguiente, la guerrilla "empecinada" estrecha más y más el cerco sobre la ciudad, nadie puede salir ni entrar.
Por eso el Empecinado exige al general Preux que se rinda inmediatamente, y éste le contesta que sólo lo hará ante Lord Wellington. El Empecinado despacha entonces un correo urgente a Madrid dando a éste cuenta de tal condición. El general inglés no tarda en hacer llegar su respuesta al asediado militar napoleónico:- Si no se entrega a las fuerzas "empecinadas", él mismo se presentará en Guadalajara y hará fusilar a toda su guarnición francesa. Como no podía ser de otra manera, las tropas imperiales se rinden y Guadalajara queda libre de franceses. Al entrar en la ciudad, los “empecinados" se hacen con piezas de Artillería, mucha fusilería y variados efectos militares.
Después y tras un durísimo combate contra los franceses en Valdetorres del Jarama, donde perdió a 3 hombres y otros 40 resultaron heridos, el Empecinado se enteró de que una fuerte columna francesa (integrada por 3000 infantes y 300 caballos) había salido de Guadalajara en dirección a Sigüenza, donde permanecía el Batallón de Voluntarios de Madrid liderado por su hermano Antonio. Sin tiempo que perder, reúne a sus hombres y parte en su ayuda. Al entrar en la ciudad episcopal se entera de que los Voluntarios acaban de retirarse a la villa soriana de Medinaceli.
Lo peor es que aquí les había sorprendido otra columna imperial y no tuvieron más remedio que rendirse. El objetivo del Empecinado no es otro que liberarles. Para ello, entra en la localidad de Guijosa (Guadalajara), que es donde se han establecido los franceses. Sin apenas darles tiempo a reaccionar, los "empecinados" caen sobre ellos, peleando con extraordinaria fiereza. Los imperiales hacen tremendos esfuerzos por contener a los guerrilleros, pero estos les obligan a ceder terreno.
Al Empecinado le advierten que entre las filas enemigas se encuentra el traidor Saturnino Abuín, y esto hace que aumente su furor. Pugnando por acercarse a él, combate con tanto ardor que su caballo cae muerto y ha de batirse a pie, a pecho descubierto. Abuín y parte de las derrotadas tropas francesas consiguen huir del campo de batalla, dejando tras de sí un reguero de muertos y heridos. Mientras tanto los empecinados, por su parte, han conseguido rescatar a un centenar de los guerrilleros apresados.
No obstante, Juan Martín ordena emprender la persecución de los "gabachos", y con ellos se encuentra (ya al anochecer) en un pueblo llamado Pelegrina, a media legua de Sigüenza. Los imperiales vuelven a ser vencidos, y el Empecinado logra liberar a más guerrilleros detenidos. Por desgracia, no le es posible rescatar a más de los suyos, ya que parte de los franceses consiguen huir.
Pero no por eso nuestro héroe quedara mucho tiempo tranquilo, ya que no tardo en volver a ser inquietado por el general Hugo. Ya que este había reunido a más de 10.000 hombres en Guadalajara para darle alcance. Pero el militar francés no logró apresar a Juan Martín, quien se dedicó a hostigar a las tropas imperiales que se encontraban en las proximidades de Aranda de Duero, así como en la provincia de Segovia. Contra todo pronóstico, el de Castrillo culminó una exitosa campaña anti-francesa en Cerezo de Arriba, pequeña localidad serrana perteneciente a la Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda, enclavada entre los valles que forman los ríos Serrano y Cerezuelo.
El ataque lanzado contra un total de 2000 soldados napoleónicos, realizado con la colaboración del aguerrido cura Merino, obtuvo un resultado tan favorable que el Empecinado no encontró ningún problema para rebasar el puerto de Somosierra; los franceses, por su parte, se vieron obligados a replegarse hacia Sepúlveda, con lo que se abrió una ruta de escape en dirección a Guadalajara. Pocos días después, los "empecinados" volverían a derrotar una vez más a los franceses, esta vez en la villa madrileña de Talamanca de Jarama.
Imparable, el Empecinado extenderá sus fuerzas guerrilleras por las orillas del Henares, y no tarda en conseguir que la guarnición de Alcalá huya de la ciudad y se repliegue sobre el Jarama, después de haber perdido en los campos de Loeches los refuerzos que venían de Arganda en su ayuda. Estos son batidos tan brillantemente por la caballería de los Cazadores de Madrid (al mando de su hermano Dámaso Martín) que sólo tres dragones "gabachos" escapan con vida.
Con extraordinario arrojo, los "empecinados" lograron además repeler un ataque imperial contra Alcalá de Henares, en lo que fue la célebre batalla del Puente de Zulema:- Donde los franceses acabarán por huir en dirección a San Fernando. En reconocimiento a esta arriesgada y victoriosa operación militar, el Empecinado recibirá la Cruz Laureada de San Fernando.
Juan Martín es inmensamente popular en Madrid. Todos desean verle de cerca y estrechar su mano. Por donde quiera que va; ya sea en las calle, en los teatros o en las botillerías; recibe incontables muestras de simpatía. En las librerías y estamperías se venden grabados con su efigie. Además, numerosos poetas cantan sus hazañas en las gacetas o pliegos de cordel, escribiendo romances, odas y sonetos en un lenguaje altisonante, de encendido patriotismo. Leamos algunas estrofas compuestas en su honor:
"No adquirió sus victorias,
sus inmortales lauros
con gruesos batallones
de lucidos y bélicos soldados.
Con un puñado de hombres,
valientes, denodados,
ha ganado más lides
que allá en el Septentrión ganó Pelayo.
Malos vientos corren para los invasores en estos días de mayo de 1813. Alejado definitivamente de Madrid el rey José I Bonaparte, al general Hugo le corresponde organizar la definitiva evacuación de las tropas imperiales que por allí resisten. El antaño poderoso Ejército francés, incapaz de poder sostenerse en punto alguno, vacila y se quiebra. Han bastado unos días para que los regimientos napoleónicos queden convertidos en masas dominadas por el pánico. Rota la disciplina, abandonan las armas y huyen a la desesperada. Quienes en esta hora aciaga logran salvar la vida pueden considerarse afortunados...
La guerra está ya completamente decidida en favor de los combatientes españoles. Los imperiales abandonan Valencia, Zaragoza es heroicamente conquistada y en las llanuras próximas a Vitoria tendrá lugar una sonada derrota de los franceses. Dicen los eruditos que lo sucedido en aquella ciudad vascongada sólo puede ser comparado con la Batalla de Izo, que puso el Imperio Persa a los pies del mismísimo Alejandro Magno. Si bien, esta vez, lo imaginado palidece ante la realidad.
La batalla de Vitoria supuso la definitiva expulsión de los invasores franceses, que cruzan los Pirineros perseguidos por las tropas de Lord Wellington. En virtud del llamado Tratado de Valençay (firmando el 8 de diciembre de 1813) Napoleón reconocía a Fernando VII como legítimo Rey de España, si bien aquel acuerdo no fue ratificado.
Y ya en marzo del siguiente año, Fernando VII cruzaría la frontera española por Cataluña. Entraría triunfalmente en Valencia el día 16, a donde acudió "El Empecinado" para besar la mano del nuevo monarca. Aún no se imaginaba nuestro guerrillero que el despotismo iba a instalarse en el Trono de España...



CAPÌTULO XII

Nuestro héroe, patriota, liberal y partidario de la Constitución gaditana, no tardaría en enfrentarse a un rey dispuesto a exterminar cualquier atisbo de ideas democráticas. Por eso por medio de un decreto firmando el 4 de mayo de 1814, el joven monarca derogaba la Constitución de Cádiz y todos los acuerdos tomados por las Cortes liberales.
Derogación que hizo que ocuparan el poder los elementos más absolutistas del Ejército. Dando paso así Fernando VII al funesto Sexenio Absolutista (1814-1820), una época marcada por el Gobierno absoluto. Ósea la unión entre el Trono y el Altar, la proscripción de las libertades y la represión contra los demócratas.
De hecho, nada menos que 51 personalidades liberales fueron condenadas a penas de prisión, destierro y confiscación de bienes. Entre ellas figuraban García Herreros, Quintana y el general Villacampa. El Empecinado, por su parte, tampoco lo tenía nada fácil:- Pues era tan conocida su heroica lucha anti-francesa como era su fidelidad a la Constitución de 1812.
Poco después de haber sido restaurada la monarquía absoluta, el brigadier Juan Martín Díez (coronel del Regimiento de Voluntarios de Guadalajara) ve disuelta, en virtud de los decretos del nuevo Gobierno, la división de Castilla la Nueva por él mandada. Los Voluntarios de Madrid y los de Guadalajara pasan ahora a constituir dos regimientos de los Reales Ejércitos: -El de Cazadores de Madrid y el de Cazadores de Guadalajara. Pero por suerte, recibió como compensación el ascenso a Mariscal de Campo (con sueldo de 500 escudos de vellón en campaña y sólo la mitad en caso de permanecer en cuartel, como así fue).
Pero para nuestro héroe las cosas no tardaron en ir de mal en peor, ya que Fernando VII empezaría (bajo la maligna influencia de sus interesados consejeros) a crear y fomentar intrigas. Y sobre todo a sembrar la indisciplina en el Ejército y a sublevar al pueblo contra todos aquellos que discrepaban de su autoridad omnímoda.
Esto viene a tener desagradable confirmación antes de lo que muchos piensan. Pues los enemigos de las ideas constitucionales y progresistas solo pretenden que España vuelva a la situación anterior a 1808. En esto coindicen plenamente con Don Fernando, y éste, que no anhela otra cosa, los alienta complacido. Con la cobardía que le es habitual, su mano oculta se mueve amenazadoramente y nada bueno se presagia.
Pues por lo visto y, según cuentan el Empecinado participó en la reuniones de la conspiración madrileña conocida como el Triángulo (1816). Una intentona liberal en la que estaban implicados el coronel Joaquín Vidal y el comando de acción de "los hermanos de Polo". Al parecer el objetivo era afianzar una trama anti-absolutista sobre un eje Valencia-Madrid-Valladolid. Según el activo conspirador Eugenio de Aviraneta, Juan Martín habría participado en diversas operaciones preparadas por antiguos combatientes anti-franceses para restaurar las libertades constitucionales.
El plan de aquella confabulación era más o menos el que sigue:- Mina se sublevaría en Pamplona, Porlier lo haría en Galicia y "El Empecinado" remataría la faena en las dos Castillas. El rotundo fracaso de aquella conjura no desanimó al de Castrillo, que visitaría a los presos políticos y celebraría varias reuniones en la Posada de San Luis para concretar nuevos planes de acción.
En aquellos días de dura prueba para todos los amantes de la libertad, en que una sola palabra de condena a cuanto sucede es un crimen y toda manifestación de disidencia conduce a la horca o al presidio, el Empecinado no permanece impasible. Todavía confía en que el Rey, desoyendo a los nefastos consejeros, satisfaga los deseos del pueblo español. Y dejándose llevar por su generoso corazón, tiene el valor de entregar al mismísimo Fernando VII un valiente documento en el que exige la vuelta de la legalidad constitucional.
En el mencionado escrito se denunciaban las arbitrariedades cometidas por el Gobierno contra los liberales (que tanto y tan noblemente lucharon por la Patria), afirmando que los reaccionarios habían engañado al monarca, forzándole a imponer un sistema de Gobierno nefasto e injusto. Y es que el Empecinado (ingenuo y bondadoso como es) sigue sin darse cuenta de la maligna naturaleza de Fernando VII.
Las contadas personas que saben de este escrito temen por la vida de Juan Martín; pero el prestigio de su pasado guerrillero y la estima que le tiene el monarca le sirven de resguardo. No obstante, Fernando VII monta en cólera y le ordena abandonar la Corte y retirarse de cuartel a Valladolid. El Empecinado marchará silencioso y apesadumbrado hacia la ciudad del Pisuerga, bien convencido de que aquella carta le ha costado su carrera militar. Y no se equivoca. Ya que nada puede hacer para remediar las cosas. Como Mina, como Porlier, como Lacy. Va a verse pronto en la necesidad de volver a la humilde condición en que se hallaba antes de que estallase la guerra contra los invasores franceses.
Así son las cosas:- De labrador a general y de general a labrador. ¡Mudanzas de los tiempos!
A Juan Martín no le queda otra que volver a trabajar en sus tierras de labranza. De su propiedad son, en aquellos momentos, más de 30 porciones que superan las 35000 cepas. Se encuentran situadas en los lugares denominados Pico de la Merina, La Pinilla, Pago del Gallo, Camino Real, Cuesta del Carrascal, Ribera del Duero, Pago de los Aragoneses, La Llanada, El Guijaral y El Almendral.
Igualmente, posee 150 fanegas de tierras de labranza en distintos lugares del término municipal, construye una bodega a orillas del Duero y adquiere una casa de campo en El Salto del Caballo, aquel paraje situado en el camino de Aranda a Peñafiel donde realizara su primera heroicidad.
Nuestro Empecinado no vive nada mal: -Según Aviraneta, el vino que fabricaba era tan excelente que las cántaras de su bodega se venían dos reales más caras que las de los pueblos vecinos. Y cuentan que fue todo debido al esfuerzo de su hermanastro Juan García y su mujer.
No obstante y, como quien no quiere la cosa, Fernando VII concedería meses después a Juan Martín la Cruz Laureada de San Fernando de tercera clase. Ya que las autoridades de Alcalá de Henares exigían la condecoración del heroico ex-guerrillero por la batalla del Puente de Zulema. Ya que meses antes, la ciudad del Henares había inaugurado una pirámide conmemorativa de las hazañas del Empecinado.
Por todo esto tuvo lugar entonces un multitudinario acto junto al monumento, cubierto con la bandera nacional. Tras un discurso pronunciado por el alcalde Joaquín Cengotita Bengoa, el mismísimo Juan Martín retiró la bandera y dejó al descubierto la pirámide, que lucía una inscripción:-
"D.O.M.
LA CIUDAD DE ALCALÁ DE HENARES DEDICA ESTE MONUMENTO A LA MEMORIA DE LAS VALIENTES TROPAS DE S.M. EL SEÑOR DON FERNANDO VII, MANDADAS POR DOS JUAN MARTÍN EL EMPECINADO, MARISCAL DE CAMPO DE LOS REALES EJÉRCITOS. EN RECONOCIMIENTO DE HABER SALVADO A SUS MORADORES DEL SAQUEO Y LA MUERTE, ARROLLANDO Y VENCIENDO A LOS FRANCESES LA MAÑANA DEL XXII DE MAYO DE MDCCCXIII QUE EN DOBLE NUMERO ATACARON ESTE PUNTO."
Pese a los reconocimientos y homenajes que recibe el Empecinado, son muchos los que le miran con recelo por sus simpatías hacia el liberalismo. Juan Martín acepta aquellas muestras de admiración con su habitual modestia, pero los obsequios no consiguen serenar su ánimo.
Harto preocupado por la situación en que se halla España, sabe que los excesos de Fernando VII y de su camarilla contra los liberales perseguidos. Y en vez de atenuar la lucha anti-absolutista, contribuyen a fortalecerla. Y de ello son prueba elocuente las intentonas liberales fallidas que han originado nuevas turbulencias. La resistencia crece, y poco a poco, se va creando una atmósfera de inseguridad y descontento que se respira en los organismos gubernativos y los cuarteles.
Las estancias de Juan Martín en su casa de campo transcurrían entre partidas con sus amigos y cacerías de galgos por el páramo. Pero las ansias de libertad que anidaban en su interior seguían siendo fuertísimas. De hecho, continuamente recibía allí a emisarios que le proponían participar en levantamientos constitucionales. A decir de Aviraneta y otros historiadores, con esta finalidad visitaron a Juan Martín confidentes de los militares Porlier, Larreátegui y Vicente Richard, los conspiradores frustrados de 1816. Se sabe también que el coronel Joaquín Vidal se hospedó en la casa del Empecinado días antes de iniciar una famosa sublevación liberal en Valencia.
Sublevación que fracaso y a los pocos días, los conspiradores fueron ahorcados en un paraje situado entre el convento del Remedio y la ciudadela de Valencia. El trágico resultado de los planes de Vidal desmoralizó un tanto a Juan Martín:- Temeroso de que alguien lo relacionase con los malogrados conspiradores, permanecería un tiempo escondido en los pinares de Segovia, su refugio habitual en estos casos.


CAPÌTULO XIII

No obstante, las ansias de libertad se extienden por la península y da paso con el tiempo al conocido como el Trienio Constitucional. Pues el 1 de enero de 1820 tuvo lugar un hecho de enorme trascendencia en la Historia de España. En la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan, el joven Rafael del Riego (Comandante Mayor del Batallón de Asturias) lidera un pronunciamiento liberal que pretende restablecer el orden constitucional quebrantado por Fernando VII. Y en la plaza de aquel pueblo andaluz, el apuesto militar dirige a sus soldados una encendida arenga que termina así:-
"España está viviendo a merced de un poder arbitrario y absoluto, ejercido sin el menor respeto a las leyes fundamentales de la Nación. El Rey, que debe su trono a cuantos lucharon en la Guerra de la Independencia, no ha jurado, sin embargo, la Constitución, pacto entre el Monarca y el Pueblo, cimiento y encarnación de toda Nación moderna. La Constitución española, justa y liberal, ha sido elaborada en Cádiz entre sangre y sufrimientos. Mas el Rey no la ha jurado y es necesario, para que España se salve, que el Rey jure y respete la Constitución de 1812, afirmación legítima y civil de los derechos y deberes de los españoles, desde el Rey al último labrador".
Aunque fallido en un primer instante, el golpe liberal de Riego avanzó y triunfó de manera imparable:- Acevedo se hizo con Galicia el día 21; Abisbal tomó la villa de Ocaña el 3 de marzo; proclamación de la Constitución gaditana en Zaragoza el día 7; Mina se hizo con Pamplona el 11 y, al día siguiente, fue apresado en Barcelona el absolutista general Castaños.
¿Participó el Empecinado en los preparativos de la insurrección liberal en Castilla la Vieja? Los estudiosos Hernández Girbal e Ignacio Merino apuntaron algunas acciones llevadas en común con Eugenio de Aviraneta, como el primer y fracasado intento de restablecer el régimen constitucional en Valladolid. La redacción de una proclama impresa en Nava de Roa o el intento de reclutar (en febrero de 1820) voluntarios de los pueblos de La Ribera burgalesa para una segunda intentona liberal. Ya que según parece, el Empecinado y su colega Aviraneta se presentaron en el mercado de Roa para reclutar voluntarios liberales entre los allí presentes.
Cuatro días después, tuvo lugar en el Salto del Caballo una reunión con el objetivo de afianzar el levantamiento. Acudieron a la asamblea unos 56 hombres procedentes de los pueblos de La Ribera. Tras dar vivas a la Constitución y al liberalismo, los congregados acordaron dividirse en tres partidas guerrilleras:- La de Hermógenes Martín (sobrino de el Empecinado), comisionado para acompañar a su tío desde la carretera de Valladolid hasta Alcazarén. Como también la del comandante Cañicero, que deberá atravesar el monte de Peñafiel hasta la localidad de Fuentes de Duero; y la de Dámaso Martín, que esperaría en los pinares de Coca.
Todos ellos se pusieron en marcha al anochecer. La partida encabezada por el Empecinado y su sobrino pasó por el Convento del Abrojo (a orillas del Duero) para acceder a Valladolid poco después desde el Páramo de San Isidro. Juan Martín se hospedó en la casa del licenciado Félix Mambrilla, donde tuvo lugar una reunión con masones y militares constitucionalistas. Mambrilla hizo notar la ebullición que se observaba en la ciudad; sobre todo entre los estudiantes, oficiales y sargentos.
Cuentan las crónicas que un diplomático amigo del militar Alejandro O´Donnell comunicó a aquel grupo de conspiradores que un capitán del Regimiento de Caballería de Sagunto deseaba prestar ayuda a Juan Martín para hacer triunfar el levantamiento liberal en Valladolid.
La última reunión preparatoria tendría lugar el día 13 de febrero, de nuevo en casa de Mambrilla. Los congregados pensaban que la revolución estaba a punto de triunfar. De hecho, los liberales encarcelados en la Chancillería vallisoletana (procedentes de Bilbao) tenían elaborada una lista con los nombres de la Junta Revolucionaria que habrían de sustituir a las autoridades locales. El 14 de febrero era, en principio, el día escogido para iniciar la rebelión constitucionalista.
Por desgracia, sucedió lo que nadie se esperaba:- La trama liberal fue descubierta y los militares se lanzaron a las calles en busca de anti-absolutistas. Embozado en una capa y con un sombrero en la cabeza, el Empecinado huyó de Valladolid por el camino de Tudela. Marchó después por el camino de Peñafiel hasta avistar la localidad de Sacramenia, perteneciente a la Comunidad de Villa y Tierra de Fuentidueña.
Un día después, nuestro Empecinado se reunía en esta villa segoviana con su hermano Dámaso. El fracaso de la intentona liberal había sido estrepitoso. Para evitar posibles represalias, Juan Martín y sus camaradas decidieron esconderse en los pinares segovianos y, desde allí, enviar patrullas de observación a Tudela de Duero y Aranda de Duero.
Hermógenes Martín, por su parte, vigiló con sus hombres todo cuanto sucedía en las Comunidades de Villa y Tierra de Cuéllar y Coca. Juan Martín daba órdenes desde los pinares de Aguilafuente, redactando días después un manifiesto donde proclamaba un segundo levantamiento liberal.
Seis días más tarde, ordenó al comandante Cañicero que se situara en las proximidades de Honrubia con una veintena de guerrilleros:- Debía interceptar a todos los correos que pasaran por el Camino Real de Francia. El primero de los correos apresados (procedente de Madrid) les hizo saber que en los sublevados constitucionalistas habían tomado la capital de España. Al tener conocimiento de tan importante noticia, el Empecinado marchó a Valladolid con todos sus hombres. Les acompañaba Eugenio de Aviraneta, siempre dispuesto a la lucha.
Cuando llegaron a la ciudad del Pisuerga ya se había consolidado el levantamiento liberal y jurado la Constitución gaditana. Una gran parte de los vecinos de Valladolid, reunidos en la Plaza Mayor, daban vivas a la Constitución, aclamaciones que repitieron todos los soldados de la guarnición. En la Casa Consistorial se reúnen todas las autoridades locales. Allí está el Concejo de 1814, que ha sido repuesto; los señores de la Audiencia Territorial; los curas de las parroquias; los prelados de las Comunidades y los diputados de todas las Corporaciones y gremios.
En medio de la Plaza Mayor (rebosante de gentío, como ya hemos indicado) forman el Batallón provincial de Valladolid y una columna de los Granaderos de Castilla la Vieja. Suenan clarines, y el capitán general O´Donnell declama los capítulos de la Constitución que reconocen los derechos del pueblo español. Sus palabras son acogidas con ruidosas e interminables declaraciones. Todas las autoridades locales juran defender la obra constitucional de Cádiz.
El acto se cerrará con las ovaciones de rigor. Después, tanto las autoridades como las entusiasmadas gentes marcharon hacia la Plaza de la Universidad. Todas las calles del trayecto estaban engalanadas con guirnaldas y colgaduras. Voltean las campanas, retumban músicas militares, un ambiente de fiesta lo invade todo. Las aclamaciones a la Constitución se repitieron desde los balcones de la Universidad vallisoletana. Por la tarde, en el Campo Grande, el capitán general arengará a las tropas y se lanzarán salvas de fusilería. El Empecinado y los suyos asistieron a todos estos actos, participando del fervor liberal que inundaba la ciudad.
La Plaza Mayor de Valladolid fue rebautizada como Plaza de la Constitución el día 16 de abril de aquel 1820. Doce días antes, el Conde de Montijo había sustituido a O´Donnell al frente de la Capitanía General de Castilla la Vieja. Es entonces cuando las autoridades nombran a Juan Martín segundo cabo de la Capitanía General:- Era una merecida recompensa a su fervor constitucionalista.
Y además, se dice que por aquellos días, nuestro liberal de Castrillo pasaría a residir en la casa hoy situada en las calles Empecinado y Padilla, interviniendo además en varios homenajes a la Constitución gaditana. Pese a todo, el Empecinado no tardó mucho en volverse a su casa de campo, aburrido de las intrigas, rencillas y divisiones que tuvieron lugar entre las autoridades liberales de Valladolid...







CAPÌTULO XIV

Una nueva etapa se abría en la Historia de España. Los liberales, que ya detentan el poder, han hecho jurar la Constitución a Fernando VII. El nefasto monarca, el implacable tirano de tiempos pasados, hace lo que sea con tal de permanecer en el trono. En el corto espacio de cuatro días, sin voluntad alguna, pasa de rey absoluto a rey constitucionalista. El tiempo demostrará cuan torcidas son sus intenciones y lo falsos que son sus solemnes juramentos.
Pues el monarca, animado por el apoyo del ejército y el entusiasmo con que fue acogido por el pueblo, que le llamaba El Deseado. No tardo en publicar el Decreto del 4 de mayo por el que suprimió de un plumazo la obra de las Cortes de Cádiz y el retornó al Antiguo Régimen:- Restableciendo de un plumazo el régimen señorial, de las instituciones antiguas, de la Inquisición, de la censura, etc. La iglesia y la nobleza recuperaron su papel privilegiado. Los liberales sufrieron una dura represión, muchos fueron detenidos o asesinados y otros marcharon al exilio por primera vez.
Mientras todo esto tiene lugar en los ambientes cortesanos, el pueblo español vuelve a inflamarse de ardor patriótico. Exigen lápidas conmemorativas de la Constitución en las calles, liberan a los constitucionalistas encarcelados y amenazan a los absolutistas. En Madrid aparecen cuatro clubs de tendencia liberal, replica de las sociedades jacobinas de la Revolución francesa: - En el Café de Lorencini (situado en la Puerta del Sol, frente a la Fuente de la Mariblanca) se reúnen los liberales exaltados, ardientes partidarios de Riego.
Opuesto a éste se encuentra el Café de la Fontana de Oro, a cuyos parroquianos se les encuadra dentro del liberalismo más moderado. También tienen lugar reuniones patrióticas en el Café de San Sebastián (próximo a la parroquia de este nombre), cuya clientela es de más humilde condición; así como en la fonda-café de la Cruz de Malta (en la calle del Caballero de Gracia, junto a un oratorio) donde se suceden en buena armonía los discursos políticos moderados, las tonadillas que están de moda y la música de un piano.
En medio de toda esta efervescencia política, los amigos y los enemigos de la Constitución son bautizados con llamativos apodos. Los absolutistas pasan a ser llamados "realistas", y a su vez denominan a los liberales con los motes de "negros", sin distinguir entre exaltados y moderados. Así se perpetúa el enfrentamiento de las dos Españas, cuya reconciliación parece que nunca ha de lograrse.
Por todo esto el monarca se ve obligado a iniciar una segunda etapa de su y de nuevo se vio obligado a jurar la Constitución de 1812. Y tras una amnistía los liberales regresaron del exilio. Las Cortes continuaron la revolución burguesa iniciada en Cádiz para acabar con el feudalismo rural y liberalizar comercio e industria:- Así como supresión de los mayorazgos y de los señoríos, reforma fiscal, desamortizaciones, supresión de la Inquisición, libertad de imprenta. Instaurando a la vez la Milicia Nacional, un cuerpo de voluntarios armados en cada provincia para defender las reformas constitucionales.
Pero la a aparente sumisión de Fernando VII al nuevo sistema político hace que los liberales (siempre ingenuos y confiados) crean en su palabra y tengan por sinceros sus juramentos. Al verle caminar decididamente por la senda constitucional, no saben cómo mostrarle su agradecimiento y caen en las mayores exageraciones del halago y la complacencia.
Pero secretamente, Fernando VII empieza a adiestrar a grupos de absolutistas para que socaven el régimen liberal y entre ellos se encuentra Saturnino Abuín, que organiza una partida guerrillera de 200 jinetes y 600 infantes para "combatir al sistema revolucionario", tal y como él dice. Pero es delatado por un confidente anónimo y las autoridades liberales arrestan a la mayor parte de sus hombres. Por el momento, sus esfuerzos absolutistas se han malogrado.
El infame Fernando VII seguía con sus conspiraciones contra el régimen constitucional que tanto destetaba. Uno de sus agentes, Don José Manuel de Regato (diestro urdidor de motines y hábil simulador) le da un interesante consejo:- Atraer a la causa absolutista a varios de los más prestigiosos héroes de la guerra contra los franceses, que han llegado a ser mariscales y brigadieres.
Seguro es que muchos ex-combatientes ilustres le seguirían. Y comienza a separar algunos nombres. Del cura Merino puede estar seguro por su condición de sacerdote intransigente; Mina es demasiado bravo e independiente; Julián Sánchez "el Charro" no quiere moverse de Salamanca; Juan Palarea "el Médico" es un hombre desconfiado y difícil de convencer... Entonces, Fernando VII y su esbirro se fijan en el Empecinado.
Y se dice este no es diputado ni se le ha perdido nada en la política y, además, es el más admirado de todos ellos. Fernando VII le sigue admirando y respetando, a pesar de sus ideas liberales. El monarca cree que es una persona ambiciosa y propicia a dejarse halagar o seducir:- Nada más lejos de la realidad...
Hay que adular y sobornar a Juan Martín para que se pase a las filas del absolutismo fernandino. Con tales fines, Fernando VII envía a uno de sus servidores de palacio camino de Valladolid. Es un hombre discreto, callado, que no ha de levantar sospecha alguna. Debidamente aleccionado y con un documento autógrafo del rey, se dirige en busca del Empecinado. Este enviado real se llama Francisco Mansilla, se dedica de manera profesional a la tapicería y es un primo lejano de la madre de Juan Martín.
Este nada más llegar a Valladolid, le entrega al héroe guerrillero el escrito del que es portador. El Empecinado lo lee tranquilamente y, a continuación, el tapicero le expone los innobles propósitos del monarca: - Fernando VII le ofrece un millón de reales para armar un batallón y un título nobiliario (el de Conde de Burgos). Al escuchar aquellas proposiciones, el Empecinado se enfurece. Su pulso se altera y tiembla de ira ante la sucia oferta. Lanza a su pariente una mirada aterradora y le da esta contestación, digna de un héroe de la Antigüedad:-
- Di al rey que si no quería la Constitución, que no la hubiera jurado; que El Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a su juramento.
Y, sin más, despacha al indeseable emisario con la aspereza que su ofensa merece.

Desde este día, Fernando VII odiará con toda su alma a Juan Martín. Es ese odio de quien intenta comprar a un hombre honrado y no puede lograrlo. A la vez, el Empecinado siente cómo se debilita el aprecio y la lealtad que siempre mantuvo hacia el monarca. Pero ahora para él era un individuo infame, que desprecia a quienes mejor combatieron contra el invasor en la Guerra de la Independencia. Ya que por desgracia para la mayoría de los españoles, Fernando VII seguirá dejando notables pruebas de su despreciable conducta...
Días después, el Empecinado se traslada a Madrid para resolver un asunto oficial, y durante su estancia en la Villa y Corte se relaciona con diversas personalidades. Más de una noche asiste complacido a la tertulia que en su casa de la Plaza del Celenque mantiene el señor Flores Calderón. Y en cuyo salón se reúnen hombres tan eminentes como el poeta Manuel José Quintana, el Conde de Toreno, Agustín Argüelles o Tomás Istúriz.
Al lado de estos finos caballeros y cultos conversadores, el hercúleo y campesino Juan Martín ha de ofrecer un gran contraste. Pero a todos agrada por su natural espontaneidad, lo expresivo de su decir y el ingenio que con frecuencia muestra. Y le aceptan tal cual es, sin marcar diferencia alguna, y le escuchan con muchísimo interés.
Es en esta tertulia, precisamente, donde el Empecinado se gana la admiración de un joven llamado Salustiano de Olózaga, futuro dirigente del Partido Progresista y Presidente del Consejo de Ministros. En 1862, Olózaga recordaría en sus escritos la primera vez que vio a Juan Martín:-
"Recuerdo, con grande interés y con tanta exactitud como si fuera ayer, el día y la ocasión en que por la vez primera le vi, y le oí, y apenas puedo decir que le hablé, porque ni su natural bondad ni la llaneza de su trato fueron parte para que yo dominase un sentimiento que, más que de mi propia timidez, nacía sin duda del respeto y veneración que me infundía la presencia de tan distinguido liberal y tan afamado guerrillero".
Antes de abandonar Madrid, Juan Martín celebra una entrevista con el Ministro de la Guerra; en la cual ambos enjuician la situación política española y coinciden en la necesidad de reprimir todo brote de oposición al régimen liberal por parte de los reaccionarios. El Empecinado manifiesta al prócer su deseo de tener mayor independencia para combatirlos y, como éste confía plenamente en Juan Martín, le nombra Gobernador Militar de Zamora. Contará con tropas suficientes para su misión, pudiendo moverse libremente por las provincias que comprende la Capitanía de Valladolid. El Empecinado, complacido, marcha a su nuevo destino.
El Empecinado no cabe la menor duda que se siente satisfecho de su visita a la capital. Ya que es, en esos momentos, un hombre querido y admirado por los más relevantes políticos. Por eso hay que reconocer que fue aquí donde nuestro guerrillero de Castrillo se sintió plenamente admirado y además, bien recompensado por proezas heroicas.
Se dice que el Empecinado llegó días después a Zamora, ciudad que le dispensó un deslumbrante recibimiento:- En la calle de Santa Clara se levantó un arco de piedra en su honor, las calles fueron engalanadas, le dedicaron vítores y aclamaron su llegada con una banda de música. La gestión de Juan Martín como Gobernador Civil resultó aceptable, bien trabada en asuntos prácticos, racionales y atentos a las necesidades de los zamoranos.
Ya que dictó normas sobre la forma de organizar y recoger los mercados y ordenó que nadie debiera dejar estorbos de noche en la calle o, al menos, señalizarlos con un farol. Tampoco se olvidó de cuidar el orden público:- Al poco tiempo de ocupar el cargo tuvo que combatir (con exitoso resultado) a los absolutistas que andaban por Toro, agrupados en una partida de 80 jinetes.
Pero su empeño no quedo aquí, ya que será el Empecinado quien lleve a cabo uno de los más importantes actos de la memoria histórica española: -El primer homenaje a los comuneros de Castilla que tuvo lugar en Villalar. Los nombres de Padilla, Bravo y Maldonado deben su resurrección y el ser venerados como hoy lo son al entusiasmo de Juan Martín, ya que es él quien los convierte definitivamente en héroes nacionales. Al recuperar sus presuntos restos y les da digna sepultura con solemnes actos cívicos y religiosos. La memoria de los vencidos en Villalar yacía sepultada bajo el peso de 300 años de olvido, pero el Empecinado se mostró decidido a recuperarla.
Juan Martín, en efecto, tomó la decisión de que la Sociedad de Los Caballeros Comuneros debía conmemorar el III Centenario de la batalla de Villalar, cuyo triste final fue la degollación de los caudillos castellanos. Sus correligionarios de Zamora acogió con júbilo la feliz idea y (tras comunicársela al resto de la sociedad secreta) delegaron su ejecución en el Empecinado.
Pues como bien señala Álvarez Junco, aquella iniciativa "conllevó la rehabilitación gloriosa de los derrotados trescientos años antes, con ceremonias y discursos pomposos a cargo de políticos metidos a historiadores". Desde la ciudad de Zamora, el Empecinado mandó a todas las ciudades castellanas una convocatoria de homenaje a los comuneros que no tiene desperdicio:-
"Don Juan de Padilla, Don Francisco Maldonado y Juan Bravo, procuradores de Toledo, Salamanca y Segovia en las Cortes del Reino de 1520, hicieron vivas reclamaciones a la majestad del Rey D. Carlos V (I de España) por sostener los derechos del pueblo castellano. Desoídos, tomaron los pueblos la demanda, y se formó la liga conocida con el nombre de los Comuneros. Después de varios acontecimientos, siendo los dichos jefes del ejército de los amantes de la libertad, fueron derrotados en Villalar por el Rey en 23 de abril de 1521, y prisioneros los tres; en el mismo día se les intimó la sentencia de muerte, que fue ejecutada en la mencionada villa.


CAPÌTULO XV
Amar y ser amado

pablogarcia
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Re: "LOS EMPECINADOS" I-II-III AL VIII-XV

Mensajepor pablogarcia » 19 Dic 2012, 13:30

CAPÌTULO XV

Con el paso de los días, empiezan a sucederse levantamientos absolutistas que encienden la guerra en distintos puntos de España. Son sus promotores, unas veces, antiguos guerrilleros, y otras, hombres hasta ahora totalmente desconocidos que ostentan pintorescos apodos. No puede faltar entre ellos un espíritu tan despótico, reaccionario y belicoso como el sacerdote burgalés Jerónimo Merino, de larga y gloriosa trayectoria en la Guerra de la Independencia.
Pues seguramente azuzado por gentes de sotana y absolutistas intransigentes, el párroco se alza contra el sistema constitucional a mediados de abril de 1821. Según parece, le apoyan el arzobispo de Burgos, el obispo de Burgo de Osma y el exiliado general vascongado Francisco Eguía. Esta intentona reaccionaria no es nada exitosa, pero sí da bastantes preocupaciones a los constitucionalistas. Pero por ironías de la historia el mismo cura Merino, que fuese aliado de Juan Martín, es ahora uno de sus enemigos.
Pero tan pronto como se tiene noticia de que el cura Merino anda cerca de Lerma, el jefe político de Burgos pide ayuda militar para combatir a las hordas absolutistas, y se ponen a su disposición dos batallones de Infantería y cuatro de Caballería. Reclama instrucciones al nuevo Ministro de la Guerra (Tomás Moreno) y éste despacha con toda urgencia una orden para que sea el Empecinado (mariscal de campo de los Reales Ejércitos y Caballero de la Orden Nacional de San Fernando) quien tome el mando de las citadas tropas.
Por todo esto Juan Martín abandona Zamora y se traslada a la ciudad de Lerma, donde se reencuentra con su amigo Eugenio de Aviraneta. También se encuentra allí el soriano Salvador Manzanares, amigo íntimo de Riego. Las fuerzas de combate que dirige Juan Martín no tardan en organizarse, y se disponen a luchar contra el sacerdote absolutista. Cuando el día 28 de abril de 1821, Juan Martín y sus hombres reciben un panfleto escrito en gruesas letras por los absolutistas de la zona:-
"Al Pueblo:-Los días del infame Gobierno revolucionario están contados. Nuestro invicto Merino avanza victorioso. La sangre de los impíos correrá a torrentes. ¡Muera la infernal Constitución! ¡Viva el Rey!"
Estos panfletos vienen a demostrar que ciertamente, los reaccionarios tienen un apoyo popular nada desdeñable en la provincia de Burgos. Jerónimo Merino es ayudado por las gentes, cuenta con refugio en las sacristías de todos los pueblos y dirige una amplia red de espías diseminada por los campos. Son cien ojos que observan y cien oídos que para él escuchan.
Por lo contrario el Empecinado, no dispone de estos auxilios. Antes bien, allí donde aparece es recibido con una mal disimulada hostilidad. Necesita moverse cautelosamente y dar sensación de fuerza por donde pase. La táctica de Merino será, sin duda, la de dividir sus fuerzas en grupos reducidos para inquietarle en distintos puntos.
La guerra que tenía lugar entre reaccionarios y liberales; entre Fernando VII y el Gobierno; entre el absolutismo y el parlamentarismo, se fue agravando día a día. No era infrecuente oír hablar de conjuras cortesanas, de ocultas maquinaciones, de ayudas y complicidades pagadas, de rumores intencionados que resultan ser más falsos que Judas.
Pues para nadie es un secreto que el taimado Fernando VII fomenta el extremismo absolutista hacia un desenfreno demagógico, para así provocar una intervención extranjera que le restablezca en sus derechos. Y mismo no desperdicia ocasión alguna para presentarse como un prisionero de los constitucionalistas. Mientras las ingenuas Cortes liberales le siguen halagando, él sigue allanando el camino a la insurrección absolutista.
No obstante, en muchos lugares de España se elevan (avivadas por odios y rencores) las llamas de la guerra civil. Surgen dos sociedades secretas cuyo objetivo es el exterminio de los liberales:- "La Concepción" y "El Ángel Exterminador", que celebran sus reuniones en iglesias y conventos. Estalla una sublevación antiliberal en Mequinenza, y otra en el Maestrazgo. En tierras navarras, un sacerdote movido por el más ciego de los fanatismos arrastra a multitudes: - No es otro que Antonio Marañón "El Trapense", un visionario de aspecto sombrío y mirada penetrante que vive amancebado con una hermosa extranjera, tan absolutista como él. Aliado con todas las partidas reaccionarias de Cataluña y el Alto Aragón, consigue tomar las plazas de Seo de Urgell y Olot...
El 5 de agosto 1822, subía a la Presidencia del Gobierno el asturiano Evaristo San Miguel, que sustituye al templado e ineficaz Martínez de la Rosa. Este nuevo Gabinete representaba al más puro liberalismo, y entre sus más inmediatos objetivos estaba el terminar con la guerra civil que devastaba a las regiones de Cataluña, Aragón, Navarra y el País Vasco. Los absolutistas se envalentonan cada vez más y más, llegando también a causar disturbios en Valencia, Galicia y Extremadura.
Ante tan preocupante panorama, el Empecinado y su fiel lugarteniente Aviraneta harán todo lo posible por defender la legalidad constitucional. Con esta intención se dirigió Juan Martín a las Cortes el mismo mes de agosto de 1822. Al comprobar su sincera disposición, el presidente Evaristo San Miguel decidió confiarle el mando de una "columna volante" para luchar contra los reaccionarios en Aragón y las dos Castillas.
Dicha columna estaba formada por 225 infantes, 87 milicianos de Soria, 117 jinetes y 40 artilleros con dos piezas. Es evidente que San Miguel aprecia sinceramente a Juan Martín. Masón el uno y comunero el otro, ambos son verdaderos amantes de la libertad.
El Empecinado y sus combatientes llevarían a cabo acciones relativamente poco importantes en Calatayud, Sigüenza, Caspueñas, Guadalajara y Sacedón. Pero los tiempos habían cambiado:- La guerrilla era algo del pasado y las relaciones con los militares profesionales no resultaban nada fáciles. De antiguo es sabido que los militares de carrera nunca han tenido aprecio a quienes proceden de las guerrillas, por muy valerosos que sean.
Por eso la gran mayoría no los acepta, aunque se hayan ganado los entorchados de mariscales o brigadieres. Y además, él tendrá que vérselas con muchos de sus antiguos compañeros,que ahora simpatizan con el absolutismo:-SaturninoAbuín-José Mondedeu-Nicolás María Isidro y otros...
Tras una escamaruza en Cuenca con los reaccionarios del implacable militar Jorge Bessiéres, los "empecinados" llegan a Soria. Pasaron por Almazán y llegaron poco después a las inmediaciones del Burgo de Osma, donde Juan Martín protagonizó un episodio legendario y mitificado hasta la extenuación, calificado de "heroico" por Aviraneta. La historia es cuanto menos curiosa, así que vale la pena relatarla con sosiego. Fue fielmente reproducida por Pío Baroja en su obra sobre Aviraneta, basada en las memorias de este personaje:-
"Un día, al acercarnos al Burgo de Osma, don Juan Martín mandó al comandante de sus fuerzas de caballería, que era el coronel Hore, hiciese alto y dejara descansar a la tropa y a los caballos un momento y siguiese después el paso. D. Juan, sin más compañía que la mía y la de cuatro soldados, quiso entrar en el pueblo de una manera sigilosa, con el objeto de inspeccionarlo.
Avanzaron los seis al trote y llegamos a tiro de fusil de la ciudad. Pusieron los caballos al paso. Estaba la noche oscura, lluviosa y fría. Íbamos marchando sin meter ruido cuando el Empecinado advirtió una luz en una casa del arrabal.

-Chico- me dijo - ¿qué te apuestas a que en aquella casa hay facciosos?
-Es posible- repetí yo.
-.Echad todo pie a tierra. Mandó él - atad los caballos a estos árboles y adelante. Vamos a ver que nos espera ahí. [...]
-Bajó una vieja haraposa con un candil encendido en la mano y abrió la puerta. El Empecinado le impuso silencio y le dijo en voz baja que le llevase al primer piso.
-¿Quiénes están?- preguntó luego.
- Hay treinta catalanes que han venido con el general Bessiéres y que están cenando.

-Bueno, vamos arriba.
El Empecinado cogió el candil de la mano de la vieja, que estaba temblando de miedo, y comenzó a subir la escalera alumbrándose con él. Los cuatro soldados y yo marchábamos detrás. D. Juan iba embozado en su capa. Al llegar a la puerta de la cocina, grande, negra, iluminada por un velón y por las llamas del hogar, vimos treinta hombres que estaban alrededor de una mesa.
El Empecinado se desembozó mostrando su uniforme. Y dijo:-Aquí tenim al general Empecinado, que ve a sopar amb vosaltres. Tot som espanyols (hablaba catalán, añade Aviraneta, desde su participación en la campaña del Rosellón); y vosotros - añadió en castellano, dirigiéndose a los soldados y a mí -, sentaos. Estamos entre amigos.
El Empecinado se sentó, llenó una escudilla de arroz y se hizo servir por la moza un vaso de vino. Los catalanes estaban atónitos. Al cabo de algún tiempo, El Empecinado levantando el vaso de vino exclamó:- Catalans, per la salut de nostre rei, per la felicitat de Espanya!
Entonces, el sargento que mandaba el grupo de realistas llenó su vaso y respondió en castellano:

- Por la salud del que desde hoy en adelante será nuestro general. ¡Viva El Empecinado!
-¡Viva!-gritaron los demás!
-Nos dimos la mano todos en señal de fraternidad y se acordó que los catalanes se incorporaran a nuestra fuerza."
Mientras la columna de Juan Martín se instala en Aranda de Duero, él recorre a caballo los pueblos cercanos para fomentar el alistamiento en las tropas liberales. Como en los viejos tiempos de la guerrilla, en todas partes es recibido con agasajos y muestras de amistad. En estos viajes propagandísticos suele ir acompañado de un teniente y varios soldados de Caballería. Como se sabe, el Empecinado es poco amigo de ir rodeado por una aparatosa guardia. Confía más en su portentosa fuerza física, así como en la buena suerte, que le ha sacado de apurados trances en más de una ocasión.
Por aquellos días llegaron Juan Martín y sus acompañantes a una aldea llamada Castro Verdel, junto al río Esgueva, y como la noche se echaba encima decidieron pernoctar allí. Un anciano labriego les brindó alojamiento en su casa de labor. Sus soldados se reparten por las habitaciones y él queda como ocupante de una estancia destartalada y anchurosa, con salid al corral.
A la mañana siguiente, nuestro Empecinado se levantó antes de la cuenta. Después de lavarse la cara en una maltratada palangana (que por lujo le han puesto encima de una tajuela) mira por el angosto ventanuco que ilumina aquella habitación. Lo que ve no le gracia, precisamente:- Junto a la casa, un par de soldados absolutistas montan guardia con el fusil al brazo. Al otro lado de la estrecha callejuela hay dos más. Despierta a sus hombres y les ordena que, en silencio, atranquen puertas y ventanas.
Luego, en el mayor tiempo posible, deberán estar en el corral con los caballos y las armas dispuestas. Cuando salen de la casa, bien dispuestos a combatir, reciben una sorpresa que les deja paralizados. Más allá de las bardas, un hombre a caballo les esperan con aire desafiante. Viste un largo y negro levitón, y les sonríe siniestramente. Se trata del infame sacerdote Jerónimo Merino, su antiguo aliado en la lucha contra los franceses, ahora enemigo encarnizado y fanático absolutista. Que le acompañan unos cuantos esbirros a caballo.
El Empecinado desenfunda rápido el trabuco repleto de metralla que le acompaña en estos viajes, y del primer disparo derriba a tres o cuatro realistas. Seguidamente, da un grito de ánimo a los suyos y salen como un vendaval entre los secuaces de Merino, repartiendo mortales sablazos. En un loco galope, acosados por una lluvia de disparos, consiguen escapar. Mucho tiempo después se detienen, fatigados, en un pinar. Sólo el Empecinado, el teniente y un soldado raso han conservado la vida. Los demás, quedaron tendidos en el suelo por las balas del cura...
Este desgraciado percance tiene a Juan Martín malhumorado durante unos días. Luego, animado por el entusiasmo liberal que nunca le abandona; vuelve a buscar hombres, armamento, municiones y caballos. Después de solicitar ayudas, que a la postre le son prestadas con regateos; de prometerle efectos de guerra que luego son reducidos a la mitad. Al ver la desgana de los oficiales, muchos de ellos declarados enemigos de la Constitución y de comprobar que entre los jefes militares abundan la incompetencia y la indecisión... ¿Cuál puede ser su ánimo?
Nada bueno, aunque jamás lo manifieste. Regresa a Castrillo de Duero con la intención de ver a su madre, y comprueba que allí las cosas han cambiado mucho. Los absolutistas locales empiezan a envalentonarse y los pocos liberales son mirados con malos ojos. Han de pagar caro (se susurra) todos los desprecios al Rey y a la Iglesia que su nefasta Constitución expresa. De sobra saben que "El Empecinado" es un constitucionalista más, un ardiente defensor de los principios del liberalismo...
















CAPÌTULO XVI

El monarca, poco dispuesto a «marchar por la senda constitucional», vetó todas las leyes que pudo. En Cataluña, Navarra, Galicia surgieron partidas realistas de voluntarios, con apoyo de la Iglesia; en 1823 formaron una regencia absolutista en la Seo de Urgel. Esta revuelta de los campesinos se explica porque con las medidas liberales su situación empeoró ya que no hubo ni reparto de tierras ni rebaja de impuestos.
Los liberales se dividieron en dos tendencias:-Moderados(antiguos doceañistas) partidarios de hacer las reformas sin enfrentarse ni al rey ni a la nobleza, y exaltados que querían acelerarlas. La situación era muy agitada y tensa. Los moderados gobernaron hasta 1822 y luego los exaltados. Y él rey mantuvo una actitud conspiradora y pidió ayuda a la Santa Alianza, que en el Congreso de Verona decidió intervenir enviando a los Cien Mil Hijos de San Luis. Un ejército francés al mando del duque de Angulema, que no encontró apenas resistencia. Las Cortes fueron vencidas en Cádiz y se repuso a Fernando VII como monarca absoluto. El ejército francés de ocupación permaneció cinco años en el país.
Para nuestro héroe, ardiente defensor de los principios del liberalismo. La situación no deja de empeorar ya que el día 7 de abril de 1823, el Ejército de Luis Antonio de Borbón, Duque de Angulema, entra en España pasando el Bidasoa. Se trata de una fuerza militar enviada por las potencias antiliberales de la Santa Alianza (Austria, Prusia, Rusia y Francia) para restablecer a Fernando VII como soberano absoluto de España.
Son cuatro cuerpos militares al mando del Duque de Reggio, del general Molitor, del príncipe de Hohenlohe y del general Moncey; además de dos de reserva mandados por el mariscal Bordessouelle y el Marqués de Lauristan. Les preceden (abriendo la marcha) tropas realistas españolas que ostentan títulos como el de "Santiago por el Rey", el de "El Altar y el Trono" y otros igualmente altisonantes.
No necesitan dispara un sólo tiro. Esto se debe a que las ciudades y las villas que conquistan en escasos días han sido ya tomadas por las partidas absolutistas locales. Todos los testimonios demuestran que la presencia de los reaccionarios extranjeros en nuestro suelo está lejos de ser celebrada. El recibimiento que se les dispensa es más bien frío, como si por no haber sido reclamados se les aceptase a regañadientes.
No pueden esperar los franceses ser recibidos con luminarias y arcos de triunfo en los mismos lugares donde, años atrás, sembraran el horror y la destrucción. Sólo que ahora no les mueve el ansia de conquista, sino la más negra reacción. El Duque de Angulema no es sino el restaurador de la Iglesia, las buenas costumbres y los derechos divinos del Rey...
Cuando se extendió la noticia de que los franceses habían vuelto a penetrar en el territorio nacional sin encontrar resistencia, el Empecinado estaba en Valladolid haciendo un llamamiento a todos los patriotas de Castilla la Vieja. Le acompaña Eugenio de Aviraneta, que ya había cumplido en la frontera la misión que le encargara Evaristo San Miguel. Los dos examinan la situación, y las conclusiones no son nada tranquilizadoras. Los absolutistas bullen inquietos, en impaciente espera. Sólo les detienen los fusiles de la guarnición, y aun estos no serán capaces de hacerlo si se lanzan a la calle.
A la vez llegan noticias de que las tropas de Jerónimo Merino han entrado en Palencia con su acostumbrada brutalidad, y tan mala nueva produce un efecto desmoralizador tanto en los soldados como en sus superiores. El general Pablo Morillo (conde de Cartagena), responsable de una de las columnas que protegen a Valladolid, ordena a sus soldados que se trasladen a Galicia.
De nada sirven las protestas de Juan Martín:- La ciudad queda totalmente desprotegida, a merced del enemigo absolutista. En vista de tan preocupante situación, el Empecinado y Aviraneta deciden abandonar Valladolid. Para eso reúnen a sus tropas en la Plaza Mayor y salieron al galope por la calle Santiago y el Campo Grande. Tenían pensando refugiarse en Salamanca, así que cabalgaron en dirección a la hermosa ciudad del Tormes.
Ya en Salamanca, adonde llegó acompañado por 300 o 400 milicianos liberales de Palencia y Valladolid, el Empecinado se reúne con las fuerzas constitucionalistas locales, realizando poco después una campaña patriótica para reforzar las tropas liberales. Por desgracia, el de Castrillo no tuvo suerte en su noble empeño. Pues dos días después, las fuerzas "empecinadas" marcharon a Ciudad Rodrigo, instalando su cuartel general en el Palacio de Don Enrique de Trastámara.
Desde esta ciudad salmantina puede desplazarse fácilmente por toda la provincia, así como por Ávila y Cáceres. Pues el Empecinado sabe muy bien que pronto tendrá que vérselas con los franceses y prefiere caer sobre ellos por sorpresa. Intenta arrebatar la ciudad de Zamora a los absolutistas, pero los reaccionarios zamoranos cargaron contra sus hombres a disparo limpio. Los absolutistas de la ciudad celebraron el triunfo sobre aquellos odiados liberales con una altiva proclama y una misa solemne.
Nuestro Empecinado cabalga hasta la villa de Alba de Tormes, siendo atacado en Valdemierque por una columna realista mandada por el Conde de Negri. Los absolutistas diezmaron a sus tropas, haciéndole varios prisioneros y requisándole una considerable cantidad de vituallas. Los últimos afanes guerreros de Juan Martín transcurrirán (básicamente) en tierras extremeñas: -Hoyos, Coria, La Moraleja (donde perdieron la vida su hermano Dámaso y su sobrino Hermógenes), Trevejo, Cáceres, Plasencia, Badajoz... Y aún logra ciertos triunfos, como la derrota infligida a los absolutistas de Coria (que es celebrada por todo lo alto) o el asalto a la ciudad de Cáceres.
El Empecinado sabe muy bien que la causa constitucional vive momentos desesperados, pero él no cede. Se siente con fuerza para soportar todas las adversidades y sufrir las mayores desventuras. Nadie logrará someterle. Peleará con vigor, porque él no es de una raza de corderos, sino de leones. Luchará hasta el final.
Así lo exige su sangre, su hombría, su dignidad y sus atributos de varón indomable. Pues si es preciso, combatirá sólo contra todos los enemigos hasta que escape de su pecho el último aliento y el sable se le caiga de las manos.
El día 30 de octubre, a un par de leguas de Badajoz, Juan Martín y sus hombres hacen un alto en el camino para descansar junto a la ermita de Botoa. Era una tibia mañana de otoño donde brilla un sol confortador. El Empecinado advierte que un jinete de uniforme galopa hacia ellos. Cuando se aproxima lo suficiente comprueba que se trata de un oficial de coraceros. Éste conversa unos segundos con el centinela y se acerca hasta Juan Martín. Baja de su montura, le saluda y pone en sus manos un papel sellado. El Empecinado lee aquel documento y, apesadumbrado, queda en silencio unos instantes. Convoca a todos sus hombres y les dice lo siguiente:
-En este pliego que acabo de recibir se me comunica que el Ejército de Extremadura, al cual pertenecemos, ha capitulado. Según me dicen, las tropas francesas son ya dueñas de todo el territorio nacional.- Hace una pausa y dice emocionado: - Ahora, más que nunca, gritad conmigo... ¡Viva la Constitución!
Pero la verdad es que solo unos pocos le responden con tibieza. Ya que el eco de sus voces se pierde en el silencio de aquellos parajes...
Finalmente, el absolutismo acabó por adueñarse de toda España. De esta forma, la nación se hunde de nuevo en el anacrónico sistema de gobierno que durante años va a dificultar su progreso. Don Fernando VII puede sentirse satisfecho:- Hijo y nieto de reyes absolutos, él va a serlo también hasta la hora de su muerte. Los españoles (despojados ya de sus derechos constitucionales) se convierten de nuevo en "queridos vasallos". Pues desaparecen de todas las ciudades y pueblos las alusiones liberales en los nombres de las calles; el clero y los frailes vuelven a recobrar sus antiguos privilegios.
Entre tanto, muchos compatriotas que con mil ardides han conseguido librarse de la horca y la prisión, buscan en Inglaterra e Hispanoamérica la libertad y la paz que en su patria se les niega. Rafael del Riego, ídolo de tantos liberales exaltados y artífice de la revolución constitucionalista, es ahorcado en la madrileña Plaza de la Cebada. La Libertad, la Justicia y la Ilustración quedan proscritas de nuevo en tierras españolas. Miles de personas comprometidas con la causa anti-absolutista se hacinan en los presidios, padeciendo todo tipo de crueldades...
Por la Gaceta él conocerá, el triste final de Don Rafael como también le llega con frecuencia noticias de la encarnizada persecución decretada contra los liberales. Por primera vez siente su vida amenazada. Sabe muy bien que los absolutistas le odian a muerte y harán por posible por liquidarle. Se acuerda ahora del desplante dado a Fernando VII años atrás, cuando rechazó la oferta que le hizo su esbirro Francisco Mansilla. Sin embargo, confía en que lo pactado en la capitulación del Ejército de Extremadura se cumpla, concediéndole las suficientes garantías para retirarse en paz a Castrillo de Duero y poder dedicarse a cuidar sus tierras.
Además, Fernando VII había prometido públicamente respetar a todos los españoles, independientemente de su ideario político, garantizando la conservación de los empleos militares y la seguridad de los exiliados que quisieran volver al país. Pero el monarca no tardaría en volver a romper sus promesas...
No obstante, él no tardo en recibir la visita de un teniente general de Caballería, enviado por Fernando VII, para expedirle la licencia absoluta y garantizar su seguridad y la de los que quieran seguirle. Le promete que no habrá represalias contra su persona y que conservar sus honores militares. Para que no sienta temor alguno, el teniente general le pide que señale, él mismo, el lugar donde quiere retirarse de cuartel.
Juan Martín elige sin vacilar la villa de Aranda de Duero, por ser en ella muy conocido y hallarse próxima a Castrillo. Se le autoriza a marchar hacia allí protegido por una escolta, integrada por seis jinetes de la Milicia Nacional. Con él van también dos veteranos de la guerrilla "empecinada":- Juan Calvo y Manuel Sanz, que no quieren abandonarle.

Estando así las cosas, "El Empecinado" y sus acompañantes emprenden la marcha. En casi todos los pueblos son mal recibidos. A veces escuchan insultos y frases injuriosas. Tanto Juan Martín como su escolta han de hacer notables esfuerzos para no responder a aquellas ofensas como se merecen.
Además, por si fuera poco, en más de una ocasión se cruzan con largas columnas de prisioneros:- Son los restos del vencido ejército constitucional. Los soldados absolutistas torturan sin compasión a aquellos desdichados, cuyas cadenas se agitan con sonidos estremecedores. Tras contemplar estas escenas lamentables, el Empecinado tiene la impresión de haber caído en una trampa de la que no podrá escapar.
-¿Cómo pueden mostrarse tan crueles los absolutistas con el bando derrotado? ¿Dónde queda la generosidad para con el vencido de la que se hablaba? -Es ahora cuando comprende que pecó de ingenuo al creerse todas aquellas promesas que le hizo el enviado de Fernando VII. Era otros su propósito:- Llenarle de confianza para enviarle a la muerte...
En una localidad próxima a Tordesillas, numerosos vecinos se concentran en la Plaza Mayor para arremeter contra el Empecinado y sus escoltas. Le rodean vociferantes, con el odio y la ferocidad en los ojos. Son muy capaces de asesinarle allí mismo. Y lo hubiesen hecho si no hubiera tenido lugar un hecho inesperado. Un hombre de aspecto montaraz, que viste un uniforme de húsar, aparta y contiene a los lugareños. Éstos le obedecen sin rechistar. En un falso tono conciliador, aquel personaje indicó a Juan Martín que podía seguir su camino.
El uniformado no era otro que uno de los antiguos oficiales del fanático cura Merino, ardiente defensor de la causa reaccionaria. Seguidamente, avisó a los pueblos emplazados entre Tordesillas y Valladolid para que cortaran el paso a Juan Martín. Receloso por lo sucedido, el Empecinado modificó su itinerario. Con la asombrosa movilidad que acreditara en la guerra, llega rápidamente a La Seca, y por Alcazarén e Íscar se dirige a la villa de Cuéllar para subir después hacia Castrillo de Duero.
Hallándose muy cerca de Cuéllar, Juan Martín percibió movimientos sospechosos en esta localidad segoviana, por lo que decidió resguardarse en los pinares cercanos. El problema surgió cuando tres de sus hombres bajaron a la villa para buscar provisiones:- El alcalde, pese a tratarles con amabilidad, reconoció que eran acompañantes de el Empecinado y puso sobre aviso a las autoridades de Roa.
Ignorante de lo que se le venía encima, Juan Martín siguió su camino, llegando poco después a Olmos de Peñafiel. Como en aquel pueblo vivía el labriego Gabriel Díez (pariente de su madre), decidió pernoctar en su casa. Después de cenar en la amable compañía de Gabriel Díez y su esposa, Juan Martín se retira a su habitación. El cansancio adelanta su sueño. No sabe que un millar de voluntarios realistas, enviados por el regidor de Roa, vienen en su busca. A eso de las dos de la madrugada, Juan Martín se revuelve inquieto en la cama.
Pues tanto en la casa como en la calle se pueden oír ruidos y voces. Arrancado violentamente del sueño, abre los ojos y se queda paralizado: -La habitación está llena de feroces absolutistas, que le apuntan con sus fusiles. No cabe duda de que le quitarán la vida a la menor muestra de resistencia. Sin darle tiempo a terminar de vestirse, los absolutistas le sacan a empujones de la casa. Cuando sale a la calle, el Empecinado ve que sus compañeros, también a medio vestir, se hallan entre los fusiles de los realistas.
Nava de Roa, es pueblo de casas bajas ubicado en medio del llano y artísticamente amenizado por la Iglesia de San Antolín, que ve aparecer maniatados a Juan Martín y sus camaradas. Entran por las calles del pueblo como una cuadrilla de míseros galeotes, rendidos de cansancio, sin saber lo que les pasará. El sol ha hecho su aparición y los cautivos reciben complacidos sus débiles rayos. Acaba de amanecer el día 22 de noviembre de 1823. Los vecinos de Nava, fervientes constitucionalistas la mayoría, no pueden creer que el Empecinado haya sido capturado por los absolutistas.
El alcalde y los tres concejales son los únicos realistas que existen entre los 300 habitantes del municipio. Los prisioneros fueron despojados de sus pertenencias y encerrados en la cárcel municipal. Allí acudió Gregorio González Arranz, alcalde absolutista de Roa y enemigo personal de Juan Martín desde años atrás. Tras conversar brevemente con él, González ordenó que sea amarrado con una soga. Entonces, el de Castrillo se rebeló e intentó alcanzar la puerta de la cárcel.
Logró quitarse la ligadura que le dañaba las muñecas y empleó su poderosa fuerza para evitar que le atasen de nuevo. Pero fueron necesarios nada menos que seis soldados para reducirle e inmovilizarle con unas cuantas vueltas de soga. Poco después, Gomzález redactó un parte dirigido al Corregidor y a las autoridades de los pueblos cercanos para informarles de que el Empecinado ya había sido detenido.
El Empecinado y los demás prisioneros fueron trasladados a Roa entre los fusiles de los esbirros absolutistas. Abre la marcha, arrogante, el alcalde González Arranz. Lleva a Juan Martín a pie, delante de su caballo, bien sujeto al arzón el cabo de la soga que rodea su fuerte anatomía. Algunos desalmados realistas gozan viéndole sufrir y le mortifican con burlas inhumanas, sometiéndoles a crueldades que llenarían de indignación a cualquier persona bien nacida.
Cuando la comitiva de presos llegó a la villa de Roa, les llega desde lejos el alegre bullicio de una fiesta. Y no es precisamente para celebrar la captura de Juan Martín, cosa que no hubiesen podido ni imaginar antes de conocer el parte del alcalde escrito en Nava de Roa. Ha querido la casualidad, madre de la sorpresa, que este sea el día elegido por los voluntarios realistas de Roa y su comarca para celebrar (por todo lo alto) el estreno del uniforme y el armamento que las nuevas autoridades les han facilitado.
Con tan señalado motivo, tendrían lugar en la villa una misa cantada, la jura de la bandera con su correspondiente desfile y una gran comilona en la Plaza Mayor, servida de forma tan abundante que ni el más rico hubiese podido igualarla. Atraídos por tan magníficos festejos, se hallan presentes en Roa vecinos de Berlangas, La Cueva, Pedrosa, Mambrilla, Fuentecén y Aranda de Duero.
Cuando los prisioneros son conducidos por las calles de la villa, todas las miradas se fijan en el Empecinado. Esperaban encontrarse a un hombre arrogante, de gesto altivo y porte desafiante; y se topan con un hombre sucio y de barba desaliñada, que lanza sobre la multitud una mirada hosca de cordero degollado.
No importan ahora todas sus célebres hazañas contra los franceses, eso ya es agua pasada:- Se trata de un impío liberal, un partidario de Riego, un Caballero Comunero enemistado con el rey.
Después el Empecinado es conducido a una especie de castillete con gruesos muros de ladrillo que sirvió, tiempo ha tras, de alhóndiga; de ahí que los raudenses lo denominen La Lóndiga. Es una construcción muy deteriorada, de interiores inmundos, que no ofrece mucha seguridad. Alrederor de La Lóndiga se sitúa una nutrida guardia que vigila de día y de noche, cumpliendo las más severas órdenes del alcalde.
A Juan Martín le encierran sólo, para que no pueda consolarse con la compañía de sus leales, en un cuarto estrecho, frío y húmedo, protegido por un descomunal cerrojo. Que se halla debajo de la cámara, a nivel inferior del suelo. No le dan ni pan, ni agua, ni siquiera una saca de paja donde le sea posible dar reposo a su cansado cuerpo. Ha de tenderse en el durísimo suelo de guijarros. Según Salustiano Olózaga, el heroico luchador fue maltratado bárbaramente por sus guardianes:
"Por honor de la Humanidad, por amor a nuestra patria y a nuestro siglo, quisiera o quisiéramos poder desmentir o atenuar al menos algunos de los tantos hechos de barbarie, de ferocidad, de inaudita crueldad, de que fue objeto en aquel pueblo, en su prolongado martirio, el héroe desgraciado de Castilla. Pero aun hoy no es posible hacerlo".
Hay quien asegura que los domingos era paseado por la villa en una jaula de hierro para ser insultado y escarnecido por las gentes. Sin embargo, no hay ninguna prueba sólida que permita asegurarlo, estaríamos más bien ante una habladuría. Pero la verdad es que entretanto, la causa contra el reo continuaba, implacable, su curso. Que su muerte era ya un asunto personal de Fernando VII lo prueba la carta enviada por éste desde Aranjuez a su secretario del Consejo de Estado (Antonio Ugarte) el 23 de mayo de 1823:- Ya es tiempo de coger a Ballesteros y despachar al otro mundo a Chaleco y El Empecinado.
Por si fuera poco, las nuevas disposiciones del Gobierno absolutista se convierten en duros argumentos acusatorios contra el Empecinado y vienen a poner leña en el fuego, cada vez más avivado, de su proceso. Una de ellas es la circular reservada que Mariano Rufino Rodríguez, recientemente nombrado intendente de Policía, dirige a los intendentes del Reino. Después de llamar a los liberales "hijos de la maldición"; ordena a sus secuaces que formen y le remitan con urgencia dos informes, uno de hombres y otro de mujeres, que cumplan los siguientes requisitos-

"1º- Adicto al régimen constitucional.
2º- Voluntario nacional de Caballería o Infantería.
3º- Individuo de una compañía o batallón sagrado.
4º- Reputado por masón.
5º- Tenido por comunero.
6º- Liberal exaltado o moderado.
7º- Comprador de bienes nacionales.
8º- Secularizado."
Estas listas de sospechosos, formadas por medio de denuncias que dictan el odio y la venganza, comprenden a miles de españoles. Ninguno de ellos puede obtener pasaporte para trasladarse de una población a otra, ni tampoco sus hijos, criados o dependientes; salvo en el caso de que demuestren la necesidad del viaje y depositen una fianza que responda de su conducta.
Y aún así, sus pasaportes llevan una contraseña que les permite ser reconocidos por las autoridades y mantenerlos bajo vigilancia. Toda la nación gime bajo el terror absolutista y las picotas para los ahorcados se construyen y son testimonio de su época por todos los pueblos.
Pues sabido es que el sistema pronto creó una potente policía política que no se puede comparar con ningún país. Por de pronto, su origen está en la naturaleza propia del régimen absolutista y su trabajo consiste imprimir el miedo en la población que es tan natural. Ya que poco o mucho no hay quien no lo tenga y a esto hay que contar. Que ellos saben en todo momento como actuar, por eso Ercilla, en dos versos; por más señas. Que si bien pudieran ser mejores difícilmente podrían ser más ciertos:-
El miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser más valiente
Y sin lugar adundas esta fue la causa que de una manera u otra, nuestro héroe se quedara solo. Pues como las sanguijuelas, los agentes de policía se introducen en las tabernas, en los cafés y en los lugares de reunión para escuchar las conversaciones y detener a quienes discrepen del régimen.
Aquellos mismos días, las Comisiones Militares (que no descansan en su trabajo de fusilar, dar garrote o ahorcar a todos los disidentes) hacen ver a Fernando VII la conveniencia de establecer una gradación en las penas en relación con la gravedad de los delitos. Tras consultar esta sugerencia con el Consejo Supremo de Guerra, Fernando VII dicta una disposición monstruosa y cruel donde las haya:-
"1º- Condenase a la pena de muerte, como reos de lesa majestad, a los que se hubiesen declarado o se declarasen enemigos de los derechos del Rey o partidarios de la Constitución.
2º- Incurrirán en igual pena los que escribiesen papeles o pasquines con el mismo objeto.
3º- Quedarán sujetos a la pena de cuatro a diez años de presidio los que hablen en parajes públicos contra la soberanía de su Majestad o en favor de la Constitución.
4º- Se aplicará la pena capital al que sedujese a otro para levantar una partida.
5º- Serán reos de lesa majestad e incurrirán también en pena de muerte los que promovieren alborotos dirigíos a cambiar la forma de gobierno.6º- No podrá servir de excepción la embriaguez, si el delincuente en consuetudinario de este exceso.
7º- Queda al criterio judicial la fuerza de las pruebas en favor y en contra. 8º- El grito de ¡Muera el Rey! se castigará con la pena de muerte. 9º- A igual pena quedarán sujetos los masones, comuneros y otros sectarios.
10º- Ante las Comisiones Militares no podrá alegarse ningún fuero.
11º- Incurrirán en la pena de muerte los que usasen voces subversivas de ¡Viva Riego!, ¡Viva la Constitución!, ¡Mueran los serviles!, ¡Mueran los tiranos! y ¡Viva la Libertad!”
No necesita más el Comisionado Regio Domingo Fuentenebro, instructor de la causa contra el Empecinado. En estas disposiciones halla material suficiente para dar apariencia legal a sus cargos contra Juan Martín. Y quiere el azar que por aquellos días, al ordenar las autoridades registrar la casa de un conocido liberal en la cercana localidad de Nava de Roa, se descubra algo muy importante.
Entre un doble tabique aparecen los libros, documentos y objetos simbólicos de la sección provincial de los Caballeros Comuneros, que celebraron sesiones en aquel municipio desde 1820. En las listas de sus miembros figura el Empecinado como presidente, perteneciendo también a la sociedad secreta los dos alcaldes constitucionales de Roa y un buen número de sus deudos y amigos.
El desarrollo del proceso contra Juan Martín peca de arbitrario, tendencioso y falaz. Por cualquier lado que se le mire, resulta ser una burla infame. Se acusa al valiente "Empecinado" de no haber aceptado los acuerdos de la Santa Alianza con respecto a España; de no haberse unido a los soldados del duque de Angulema, de haber pertenecido fiel a la Constitución gaditana. De esto último también podría ser acusado el mismísimo Fernando VII, que la juró para luego traicionarla.
También se acusa a Juan Martín (sin ningún fundamento) de haber cometido numerosos crímenes y robos en las localidades por las que pasó en su campaña contra los absolutistas franceses.
Con gran paciencia y celo extremado, el Comisionado Fuentenebro va acumulando cargos y aduciendo testimonios. Ni que decir hay que todos son producto del rencor o de la envidia. Su valor es nulo, pero él sabe, con retorcidos argumentos, darles apariencia de verdad.
Así, día a día, se levanta un enorme muro de falsedades y calumnias que el Empecinado nunca podrá salvar. Ya nada salvará a Juan Martín. Domingo Fuentenebro es dueño de su destino, tiene la facultad de condenarle o absolverle; pero únicamente acusará y acusará. Animado por la fiebre absolutista, el Comisionado va a volcar sobre él toda la inquina que alberga en su fementido corazón.








CAPÌTULO XVIII

El tiempo para él, no pasa en balde pues a mediados de octubre de 1824, Fuentebro cree llegado el momento de que Juan Martín preste declaración. Previamente, con el malvado propósito de rendir sus fuerzas y doblegar su ánimo, le tiene sin comer ni beber por espacio de cuatro días. Un despiadado piquete de voluntarios realistas conduce al acusado hasta el despacho de Fuentenebro. Desfallecido, agotado por tantos suplicios y crueldades, apenas puede tenerse en pie.
A pesar de encontrarse dañado por tantos días de penuria, el Empecinado conserva intacta su entereza de luchador. Tiene las ideas claras y las convicciones firmes. A las preguntas que el Comisionado Regio le formula, contesta digno y breve. No salen de sus labios ni una palabra de cobardía ni una frase de retractación. Mantiene íntegras sus posturas liberales y defiende su actuación contra la invasión de los absolutistas extranjeros. Las palabras que tan valientemente dirigiera por carta a Fernando VII en 1814 son un vaticinio de lo que ahora está padeciendo:-
"La administración de justicia, tan recomendable en la nación española, ha desaparecido en nuestros tribunales y en su lugar se ha sentado la arbitrariedad; sus leyes se ven holladas y despreciadas; protegidas la calumnia y la vil desolación."
Llega a tales extremos la locura absolutista que no sólo el Comisionado Regio se ensaña con él. Una horda vandálica de cafres fanáticos asalta su casa de campo en el Salto del Caballo y, con inaudita ferocidad, tala los árboles frutales, arranca los viñedos, destroza los lagares, derrama el vino y deja en ruinas la vivienda. En Alcalá de Henares, otra horda absolutista derriba la pirámide conmemorativa que había levantando la ciudad en su honor. Parece como si existiese el infame propósito de borrar hasta el último vestigio del que fuera el más célebre guerrillero y héroe de la Independencia...

No obstante, todavía algunas personalidades tratan de interceder por el Empecinado, en un arriesgado intento por salvarle la vida. Incluso el embajador de Francia y el general Bourmont (responsable de las tropas galas en España) se atreven a pedir clemencia para él, sin obtener resultado alguno. Varias de las personas que participaron con Juan Martín en la Guerra de la Independencia tratan de salvarle por todos los medios a su alcance, incluso recurriendo al soborno de guardias y carceleros.
Como no lo consigue, acuerdan elevar peticiones de clemencia a ministros y generales... Pero nada consiguen y ya es evidente que a Juan Martín le aguarda la pena de muerte. Dado que las autoridades absolutistas están empeñadas en acabar con su existencia, y de nada sirven los ruegos o las súplicas...
Pues el día 20 de abril de ese año de 1823, tras año y medio de instrucción, el Comisionado Regio deja cerrada la causa. En sus inconsistentes conclusiones, condena al ex-guerrillero a la pena capital, que habrá de sufrir en la horca, menospreciando su importante grado militar. Somete su decisión al examen de la Chancillería vallisoletana, y éste organismo, mes y medio después, da su visto bueno.
Recordemos, sin embargo, que los juristas Herrero Prieto y Arismendi no quisieron manchar sus togas de sangre y se negaron a aprobar tal indignidad. Los voluminosos legajos que contienen los cargos contra el Empecinado son enviados a Madrid, para someter lo instruido a la aprobación de Su Majestad. Ésta no tarda en expresar su conformidad con la sentencia de muerte, y así lo hace saber al gobernador de la Sala del Crimen de la Chancillería de Valladolid.
A su vez, la Sala del Crimen dispone lo necesario para comunicar la sentencia a Juan Martín. A tal efecto, una comitiva formada por un juez magistrado, un escribano, el señor Vicente García Álvarez (recién designado alcalde de Roa), Gregorio González (su predecesor en el cargo), el jefe del batallón local de Voluntarios Realistas y el verdugo que hará cumplir la sentencia. Tras escuchar los calumniosos cargos por los que se le condena a ser ahorcado, el Empecinado no puede contener su indignación y grita:-
-¿Y esa sentencia la ha aprobado el Rey? ¡Ahorcarme a mí, a mí!- repite con ardor. Y haciendo un esfuerzo se yergue, desafiante. - ¿Es que no hay balas en España para fusilar a un mariscal de los Reales Ejércitos?
Aquellos hombres le miran con sorpresa, asombrados por su momentánea energía. Queda unos segundos en silencio Juan Martín, y dirigiendo miradas como rayos a los que tiene enfrente, añade:-
- Digan mejor que me ahorcan por haber sido fiel a mis juramentos y querido el bien de España. Lo demás no son más que insultos con los que se me viene injuriando desde hace muchos meses.
El 19 de agosto de 1825, ya iniciada la mañana, tuvo lugar en Roa un desacostumbrado movimiento de tropas. Suenan voces de mando y sonido de tambores destemplados. Son los voluntarios realistas de Gregorio González, que han venido a buscar al "Empecinado" para llevarle hasta el patíbulo. Juan Martín ha pasado un par de días en capilla, se ha confesado y ha redactado su testamento. Los absolutistas ocupan todos los puntos señalados a lo largo del recorrido que va a realizar el preso, protegiendo también la entrada de las iglesias para evitar que el Empecinado logre introducirse en una de ellas y acogerse ha sagrado.
En menos de una hora, la villa de Roa queda ocupada por una fuerza de más de 5000 hombres armados. Es el mismo herrero que pusiera los grilletes a Juan Martín le libra ahora de ellos. Sólo le deja las esposas. Mansamente, sin hacer ningún movimiento de rechazo, el de Castrillo se deja colocar la ropa negra y el birrete de los condenados a muerte.
Le hacen montar en un jumento desorejado, y de tan infamante manera emprende el camino hacia el patíbulo. Pasa en silencio, ante las gentes curiosas que se apiñan en las calles. Esta vez no escucha insultos groseros, ni gritos ofensivos, ni ve adelantarse hacia él puños amenazadores. El Empecinado procura mantenerse erguido, con la cabeza en alto; no con aire desafiante, sino digno. Nadie puede afirmar que el heroico ex-guerrillero camine vencido. Ni sus manos tiemblan ni se inclina con pesadumbre sobre el jumento.
Juan Martín y el piquete de voluntarios realistas entran en la Plaza Mayor, donde espera la horca. Una gran multitud se concentra en el lugar y tapona las bocacalles. Juan Martín lanza una larga mirada despreciativa sobre el gentío. Luego, eleva sus ojos hacia el puro azul del cielo, en el que brilla un sol cuyo ocaso no presenciará.
Al llegar junto a la escalerilla del cadalso, quiere el azar que se fije en el capitán de voluntarios realistas. La pasividad que el Empecinado ha mantenido hasta ahora se transforma en un arrebato de cólera incontenible. Le sobran motivos para ello:- Aquel capitán lleva desnuda en la mano la excelente y rica espada que le regalara Jorge III de Inglaterra, la misma que fuera su compañera fiel de tantas batallas. La violenta agitación que esto le produce parece llevar a sus fatigados miembros una parte del vigor que siempre tuvieron. Siente que el arrojo temerario de otros días le anima de nuevo.
Decidido, apoya en el pecho las recias manos esposadas, aprieta los dientes y, tras un esfuerzo titánico, logra romper los hierros que le oprimen. Ya tiene las manos libres, sólo quedan en cada una de las muñecas las argollas y los trozos de la cadena, que oscilan en el aire. Salta con fuerza del borrico y se arroja sobre el capitán realista, con la intención de arrebatarle el arma y traspasarle el cuerpo con ella. En su ciego furor, la toma por el filo y se produce varios cortes en los dedos, sin conseguir su propósito.
Al verle en pie y con los brazos en alto, los soldados y los paisanos que han presenciado la increíble hazaña retroceden, completamente espantados. Durante unos instantes, el Empecinado se convierte en el dueño absoluto de la situación. Se produce un gran alboroto:- Tocaban los tambores, corrían despavoridos quienes no tenían armas; y tanto las autoridades como el sacerdote o el verdugo se quedaron paralizados. Juan Martín, que lucha con ardor, aparta a manotazos a todos los que pretenden reducirle y consigue romper las filas de los soldados absolutistas.
Luego dirán estos que le animaba el deseo de refugiarse en la Colegiata de Santa María. En su forcejeo, el Empecinado tiene la desgracia de que se le enreden los pies en la ropa, cayendo al suelo. Varios hombres se arrojan entonces sobre él, pero Juan Martín se resiste a recibir la muerte que quieren darle. Son necesarios nada menos que 10 hombres para obligarle a subir las escaleras de la horca.
Alguien trae con presteza una gruesa maroma, y con ella le rodean el cuerpo. Con ayuda de varios voluntarios realistas le alzan la cabeza. El verdugo, que ya ha dispuesto todo lo necesario, le sujetó fuerte, cogiéndole por los cabellos. Rodeó su cuello con la cuerda de la horca. A una orden del Corregidor, se llevó rápidamente a cabo la sentencia de muerte.
Al verle balancearse en el aire, las gentes que llenan la Plaza Mayor mostraron su júbilo con un ensordecedor griterío. Cobardes, lanzan sobre el cadáver de Juan Martín los últimos improperios hasta que, satisfechos con aquella monstruosidad, comienzan a abandonar lentamente el escenario de tan alevoso crimen...
El apodo de “el Empecinado" como bien e dicho anteriormente viene de la palabra "pecina", con la que se designa el barro que se forma en los charcos o cauces donde hay materia orgánica en descomposición. Sin embargo, gracias a Juan Martín, la palabra empecinarse tiene hoy en día otro significado totalmente distinto:- El de obstinarse en algún propósito.
Porque si algo destaca en el carácter de Juan Martín es, precisamente, la obstinación. Fue esa obstinación la que le proporcionó sus éxitos militares durante la Guerra de la Independencia, y fue también la obstinación la que lo llevó a hacer frente a Fernando VII cuando éste restauró el absolutismo.
Si, así terminó sus días "El Empecinado".
El valiente héroe que con tanta generosidad combatiera por sus ideales, el guerrillero que lo diera todo en su lucha por la libertad. De Castrillo a Roa; del Tormes al Duero; de Castilla la Vieja a Castilla la Nueva:- Los parajes de la Meseta castellana presenciaron sus hazañas, fueron testigos pacientes y silenciosos de esa trayectoria vital, gloriosa y dramática, que arrancara con el estrépito de la adolescencia y terminara yugulada de manera cruel.
Por eso, el Empecinado ha de ser honrado y recordado por siempre; para que las gentes de ahora comprendan y sientan valores que (por desgracia) están empezando a olvidar: -El valor, el esfuerzo, la lealtad, la amistad, el patriotismo. Juan Martín llevó, con hechos y no con palabras, todos estos ideales a su más alto y sublime grado.
Fue necesario esperar hasta el final de la terrible Década Ominosa (1823-1833) para ver restaurada, pública y políticamente, la imagen de nuestro héroe.
A ello contribuyó, sin duda, la llegada al poder de los liberales y la oleada de romanticismo propia de aquellos años. Recordemos las palabras que en 1836 pronunció el andaluz Pedro Antonio de Acuña y Cuadros, Presidente del Congreso:-
"¿Quién puede olvidar al célebre guerrero conocido con el nombre del Empecinado? ¡Aquel hombre, hijo de la naturaleza, español que reunía el valor de todos los españoles de todos los siglos, aquel soldado intrépido que corría al peligro, que tenía gusto en él, y cuyo corazón amistoso no pudo rendirse ni aun al pie de la horca, pues que allí, encadenado, acosado de infames realistas, pereció luchando, sostenido por su valor en el trance en que a todos los hombres les abandona!”
Y ya por fin, el 23 de agosto de 1837, se celebró una sesión del Congreso de los Diputados destinada a "honrar la memoria de las víctimas sacrificadas por el despotismo desde el año 1823", poniendo a Juan Martín como ejemplo de patriota asesinado por los absolutistas.





ÈPILOGO

"Siguiendo el triste curso de los años desde 1823, sobresale en el cuadro de los horrores y persecuciones que representa la España de aquella época, un patíbulo levantado en Castilla, donde pereció su hijo predilecto, el Cid de nuestro siglo, el que compartió con Mina las mejores glorias de la guerra de la Independencia, y al que todos los españoles amantes de su Patria usurpaban con orgullo un apodo antes oscura, y ahora sobrenombre glorioso, que eternamente conservará la Historia, y que deben tener siempre a la vista los representantes del pueblo español: -
¡El Empecinado! Terror un tiempo de los enemigos de la Patria y de la libertad, más grande, si cabe, en la muerte que en la vida, fue terror también de sus verdugos, terror de la ingrata y bárbara muchedumbre que creyó poder ver tranquila y segura la muerte del héroe de Castilla, y que huyó espantada al verle romper con imprevista furia los hierros que ligaban sus manos poderosas".
En noviembre de aquel año, se acordó inscribir su nombre en el Salón del Congreso; junto a los de Riego, Manzanares, Miyar, Mariana Pineda y Torrijos. También entonces (concretamente en la sesión del día 2) los diputados a Cortes aprobaron dar un acomodo monumental a los grilletes que llevara El Empecinado, donados meses antes por el liberal segoviano Esteban Pastor López, ex-jefe político de Toledo y antiguo compañero de armas del homenajeado. De ello da fe el siguiente escrito parlamentario:-

"La Comisión de Recompensas Nacionales ha examinado la exposición con que D. Esteban Pastor ha presentado a las Cortes las esposas que ligaron las manos del malogrado D. Juan Martín (El Empecinado), y que rompió valerosamente al pie de la horca, y opina que deben conservarse con todo cuidado y aprecio, hasta que las circunstancias de la Nación permitan que se coloquen en un monumento que debe erigirse en la villa de Roa, al ilustre defensor de la independencia y la libertad de España, y declarar desde luego que las Cortes han recibido con el mayor agrado la ofrenda del señor Pastor. Las Cortes, sin embargo, resolverán lo más conveniente."
Por desgracia, el monumento conmemorativo proyectado en Roa no se llevaría a cabo. Los restos de Juan Martín, por otra parte, fueron trasladados años después desde el camposanto raudense hasta la Colegiata de Santa María. Tras un primer emplazamiento provisional, que tuvo que ser modificado ante los constantes rumores de intentos de profanación, el cadáver sería depositado en la capilla de Doña Casilda de Salazar, situada en la columna central de la nave mayor de la Colegiata, junto al altar y al lado de la Epístola.
Ya entonces, el Gobierno liberal había pergeñado la idea de iniciar una suscripción para levantar un monumento en honor del caudillo guerrillero. Se iniciaron los preparativos para ello (y hasta el Ayuntamiento de Roa preparó un presupuesto que estimaba en 90696,17 reales el coste de la obra), pero una serie de dificultades motivaron que, en 1846, la Reina Isabel II decidió que el cenotafio conmemorativo se levantaría en la ciudad de Burgos.
Por fin el ingeniero Agustín de Marcoartú y Amantegui sería el encargado de diseñar el cenotafio con las trazas que hoy tiene:- Templete de planta cuadrangular coronado por mínimos frontones y rematado por un obelisco. Para su ubicación, el Ayuntamiento burgalés eligió el solar de la antigua iglesia de la Victoria, muy cerca del Arco de Santa María. Sin embargo, ante los problemas que planteó el propietario de unos terrenos anejos al solar, las autoridades dispusieron levantar el monumento en la Plaza de la Libertad, junto a la Casa del Cordón.
Las obras quedaron definitivamente finalizadas el 10 de febrero de 1855. Los restos de Juan Martín fueron solemnemente trasladados desde la Colegiata raudense hasta el monumento, siendo provisionalmente conservados en la capilla del Ayuntamiento, junto a los restos del Cid y de doña Jimena. La definitiva inhumación de los restos en el monumento conmemorativo tendría lugar el 18 de febrero de 1856.
Asistieron a ella los señores Manuel de la Fuente Andrés (Ministro de Gracia y Justicia y miembro de la Comisión Organizadora), Juan Escorial y Gil, Ignacio Martín Díez y Juan Martín. Introdujo la urna en el sarcófago el alcalde burgalés Ángel Cecilia, quien hizo entrega de su llave al Ministro De la Fuente Andrés.
En el sarcófago quedaría también depositada una caja de plomo con papeles que daban fe de la importancia histórica del "Empecinado". Y desde entonces, los restos de Juan Martín reposan en Burgos, la eterna Caput Castellae. Tanto Roa como Castrillo de Duero cuentan con sendas estatuas en su honor; y su inmortal apodo da nombre a calles de Burgos, Valladolid, Alcalá de Henares, Móstoles, Madrid, Alcobendas, Ibi, Hospitalet de Llobregat y Fuengirola... Todo es poco para perpetuar el recuerdo de este héroe castellano.
No podemos olvidar, que además, otro defensores de las ideas liberales y republicanas como Rafael de Riego, Mariana Pineda y otros muchos liberales son ejecutados; el exilio es el camino de muchos de los que habían vuelto de Francia convencidos de las bondades del Trienio Liberal (Goya será el más claro exponente) y la represión alcanza todos los rincones de la península.
El propósito era regresar a modelos, no ya propios de los tiempos anteriores a la Guerra de la Independencia, sino a modelos en los que el despotismo ilustrado tampoco tenía papel alguno y hasta La Inquisición se ve superada por los Tribunales de Fe Diocesanos. Instrumento creado por el ministro de Gracia y Justicia, Francisco Tadeo Calomarde, para extender la represión a todos los órdenes. Represión que ha durado hasta nuestros días.
PABLO GARCIA CABRERO
Marinane 10/12/2012
Bibliografías
Cassinello Pérez, A.- Juan Martín "El Empecinado", o el amor a la libertad. Editorial San Martín, 1995. Hernández Girbal, F.- Juan Martín "El Empecinado", terror de los franceses. Ediciones Lira, 1985. Olózaga, Salustiano de - Estudios sobre elocuencia, política, historia y moral. A. de San Martín, 1871.
Pérez Galdós, Benito - Juan Martín "El Empecinado". Círculo de Lectores, 1996. Así como:- Maelstrom Comunero de honor de Castilla
Amar y ser amado


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