SENTIMIENTOS FRUSTRADOS--XVIII - repasado

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SENTIMIENTOS FRUSTRADOS--XVIII - repasado

Mensajepor pablogarcia » 21 Mar 2007, 17:09

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http://www.bubok.es/ Pablo Garcia Cabrero




SENTIMIENTOS FRUSTRADOS
PABLO GARCIA CABRERO
A Mercedes


Si se quiere relacionar el tiempo histórico con el tiempo presente, veremos que es necesario tomar conciencia de que la historia no solo se hizo por personas cuyos nombres figuran en sus anales.

















PRÓLOGO


El desconocimiento de la verdad histórica, fue y es una tremenda injusticia y a la vez la sustancia transformadora de males mayores. Por eso, he creído necesario; aprovechar mi experiencia personal y elaborar ordenadamente todos los datos obtenidos por personas que participaron en los acontecimientos reales de nuestro pasado histórico. Sensibilizar a las nuevas generaciones del dolor y sufrimiento que ha costado la conquista de los Derechos Humanos y el bienestar social. Por eso este libro, busca mejorar la relación humana con nuestros hijos a quienes tenemos la obligación de explicarles que todo el sacrificio de una generación es la consecuencia de lo que son; seres vivos, capaces de no olvidar el pasado y poder transmitir y defender nuestro patrimonio cultura.

Proclamada la República tras la victoria electoral del 12 de abril. –«Llegaron las manifestaciones de júbilo». La gente comenzó a gritar: – ¡Viva la República! – ¡Ha entrado la República! –Para mí, la república del 31 es algo casi utópica, pues: – « La República fue muy avanzada para su época». – Mejor que la actual democracia… –En mi opinión, la monarquía de la época fue negativa: – «Con la monarquía nadie estaba contento». –La represión era continua y la libertad de expresión no existía por lo que nadie quería a Alfonso XIII y todo el mundo pedía una República.

La República solo duro… Hasta las elecciones de 1933 que ganaron los conservadores. Ante estos acontecimientos empezaron a organizarse manifestaciones, unos con las manos abiertas y alzadas, y otros con las manos cerradas y en alto. Hasta las madres levantaban los brazos a los niños. Al no dar solución a sus reivindicaciones los disturbios no cesaban, produciendo la rotura de los trabajadores con la República, a tal punto, que mismo la gente del pueblo tenía miedo a los “rojos”. Aprovechando que en aquella situación la Iglesia que tenía mucha importancia y al existir una especie de alianza entre las armas y la cruz. José Antonio Primo de Rivera fundó La Falange, para intentar glorificar la España del pasado.

La guerra, para la mayoría fue inevitable, dado que los intereses económicos en juego eran enormes, en una España donde el 85 % del pueblo era analfabeto y las clases oligárquicas no dispuestas a perder sus privilegios. Aquella guerra fue sangrienta al enfrentarse hermanos contra hermanos, solo por el hecho de estar situados en diferentes regiones. «La Guerra Civil, según mi padre. Fue demasiado sangrienta para describirla con palabras, aunque las más adecuadas podrían ser: – hambre, dolor, armas e Iglesia.

El 1 de abril de 1939 el general Francisco Franco emitió el último parte de guerra anunciando la victoria de los rebeldes. El triunfo de estos permitió la restauración de un régimen dictatorial encabezado por el mismo general Franco. Dicho régimen dictatorial sustituyó al sistema parlamentario republicano. La guerra, la ganó «El caudillo con la gracia de Dios y el apoyo de todo el capitalismo internacional». A Franco lo apoyaron alemanes (con aviones y artillería), italianos y moros, de ahí que la ganase; aparte de que el número de militares de derechas era mayor que el de izquierdas, también hay que añadir que Dios siempre estuvo del lado de los poderosos y la prueba está aquí.

Himno de los españoles patriotas
Nace el día que no muere.
Brilla de nuevo nuestro sol.
Resurgir que Dios lo quiere.
De nuestro Caudillo Español.

La principal consecuencia de la guerra civil española fue la gran cantidad de pérdidas humanas (tal vez más de un millón) y no todas ellas atribuidas a las acciones bélicas. Sí no también muchas relacionadas con la violenta represión ejercida por el fascismo después de acabar la guerra y a esto hay que añadir el destacado número de exiliados originado por el conflicto.

En lo que respecta a lo económico, las consecuencias principales fueron la pérdida de reservas, la disminución de la población activa, la destrucción de las infraestructuras, así como de viviendas. Por todo esto la mayoría de la población española tuvo que padecer durante la contienda, y tras terminar esta, a lo largo de las décadas de 40 y 50, los efectos del racionamiento y privación de bienes de consumo.

«La guerra fue mala porque se perdieron amigos y familia, pero la posguerra fue peor a causa del hambre, la miseria y la falta de libertad». La represión, sin contar los asesinatos de gentes durante la guerra, hay que añadir los que Franco continuo matando hasta unos días antes de morir, cuando firmó las últimas sentencias de muerte.

Al acabar la guerra muchos huyeron a las sierras y montañas para que no los mataran; estos grupos fueron los llamados “maquis”. Este tipo de guerrilla se desarrolló hasta bien entrado los años cincuenta, y posteriormente la lucha contra la dictadura se prolongó después con diferentes tácticas clandestinas, hasta la destrucción del sistema Franquista.

En conclusión este libro, intenta narrar a través de sus protagonistas los sacrificios de hombres y mujeres que anterior a la guerra, en la guerra y postguerra les marcó sus vidas. Es la historia de tres generaciones que «vivieron con la angustia del miedo» y no dudaron en morir o dar lo mejor de sus vidas por la reconciliación nacional de una España libre y democrática.



















CAPÌTULO I


Cuenta mi amigo Francisco Ruanes, que fue en la posguerra cuando todos sintieron en mayor o menor grado frustrados. Un ejemplo fue el de su padre Cipriano Ruanes que encontró grandes dificultades para hallar un trabajo digno. Pues para acceder a él, era necesaria la presentación de informes favorable de los vecinos del pueblo y familiares, que atestiguaran que se trataba de una persona de confianza pero según su padre no consiguió nunca esos informes favorables.

Mi amigo está seguro de que su padre luchó en zona Republicana porque Asturias quedó en este bando, «pero está convencido que su padre no se enteró mucho de cuál fue la razón de su lucha». Su padre dice que estuvo en Murcia, en Almería y en Madrid donde la batalla fue muy sangrienta cayendo poco después prisionero de los nacionales.

La verdad fue que el padre de Francisco al terminar la guerra estuvo preso en un cuartel de Leganés donde según cuenta «tenía que apartar los piojos del lavabo para poderse mojar un poco la cara». Había allí «cinco mil hombres, custodiados por otros cinco mil del bando nacional, los cuales se limitaban a darles cada veinticuatro horas un trozo de pan…y cuando preguntaban por alguien se podía predecir que lo iban a fusilar».

Según el padre de Francisco, las cárceles franquistas eran durísimas, por las malas condiciones de habitabilidad que hacían que la mayoría tuviese que dormir en el suelo o con más suerte sobre un colchón de paja y en pésimas condiciones de higiene. La ropa se lavaba de tarde en tarde, la comida era mala y escasa y recuerda el hambre, el frío y más de una que vez tuvo que dormir a cielorraso mientras helaba.

Los abuelos de Francisco llegaron a creerlo muerto hasta que les llegó una carta por mediación de un soldado del bando contrario que era de un pueblo cerca del suyo. Pero mismos así, hasta que no volvió Asturias sus padres no llegaron a creerse que aun estuviese vivo. Durante la guerra muchos de sus paisanos fueron perseguidos y bastantes de ellos murieron a manos del ejército nacionalista, siendo algunos de ellos delatados por sus propios paisanos y amigos de toda la vida. Sin embargo, al padre de mi amigo Paco, nadie lo delato ni hablo mal de él a pesar de su fama de liberal e incluso de rojo.

Esto no impidió que según su padre estuviese preso durante dieciocho meses, hasta que fue liberado después que la encuesta demostró que no-tenía nada que esconder de su vida. Su padre volvió, al mismo tiempo que un amigo llamado Antonio, el cual tuvo la sorpresa de encontrar a su novia embarazada por uno de sus mejores amigos que trabajaba en el ayuntamiento y que termino siendo uno de los cabecillas de la “falange”. Al enterarse, todos los vecinos del barrio creyeron que su amigo le iba a matar y pese a que su padre intentó ayudarlo moralmente, no pudo porque la gente se reía de esa falta de orgullo y, un día que la chica marchaba sola por la calle, enfurecido la mató a cuchilladas. Como era “rojo” y pobre llegaron los civiles a por él y lo fusilaron de inmediato en el frontón de la iglesia.

El padre de Francisco le contó esta historia durante muchos años sin llegar a comprender jamás cómo se llegó aquella situación y repetía que nunca ni él ni su madre pudieron olvidar aquellos amargos días. La posguerra fue una época de «mucho miedo y poco pan», y su padre a pesar de trabajar muchas horas, mismo siendo propietarios, no logró que su familia pasase mucha hambre. Fue entonces cuando se notaron las diferencias de clase. «¡Los que tenían dinero podían comprar y los que no a pasar hambre!»… Los alimentos estaban racionados, pero en los pueblos tenían trigo…

Francisco sigue diciendo que a su padre lo que más le dolía no era su propia hambre, sino el hambre de su familia, y que él por ser muy niño no recordaba bien del duro racionamiento del pan que además era de centeno, «de color oscuro y casi siempre duro». Pero esto no impidió que durante años muchas personas sin escrúpulos se enriquecieran practicando el famoso “estraperlo”.

A los pocos meses su padre se casó y vivieron unos años en Gijón donde nació primero su hermana y después él. Su madre trabajaba en el campo mientras una vecina se encargaba de cuidar a los niños y, cuenta que el trabajo estaba desvalorizado pero como había que trabajar mucho para ganar poco, decidieron irse a trabajar a Madrid, donde se decía, que se podía vivir algo mejor. Primero estuvieron viviendo en casa de unos ricos propietarios a cambio de guardarla y trabajar un huerto que tenían. Luego por mediación del tío de su padre, hombre enfermo y metido en años, se trasladaron a vivir con él a una pensión hostal que poseía en la calle de La Puebla y en pleno centro de Madrid. Después su padre se puso a trabajar en las contratas de la RENFE, mientras su madre con su tío cuidaba del hostal lo que les permitió ir viviendo.

Después de terminar su relato y como si le entristecieran los recuerdos. Francisco creó unos minutos de silencio que nos trasmitió a las otras tres personas que nos encontrábamos sentadas alrededor de la mesa, que con disimulo nos observamos los unos a otros; para seguir luego disimulando nuestra tristeza observábamos los viejos cuadros y el deteriorado tapizado de las paredes del salón.






















CAPÌTULO II

Como anteriormente se había estipulado, para la siguiente intervención yo guardaba el sentido de las agujas del reloj y por eso con cierta ironía propia de nuestra edad mis amigos. Piden al unísono mi intervención por hallarme sentado a la derecha de mi amigo Francisco. En la vida no hay un ejemplo más doloroso como el de hablar sinceramente de un padre. – ¡Qué recuerdo más penoso! Esto era demasiado fuerte, pero a pesar de su dureza decidí fruncir el ceño con el fin de cerrar el paso a mis lágrimas y seguir el recuerdo de mi padre.

Pues por una serie de razones, difíciles de explicar, con mi padre las relaciones desde muy niño nunca fueron buenas. La verdad es que nunca supe por qué, pero al recordar su pasado y los avatares de nuestra guerra civil… «Con tantos muertos tanta miseria y sacrificio». Me hace pensar que como tantos, el Sr. Basilio que era como se le conocía a mi padre, fue un héroe sin saberlo y además, tuvo la suerte «gracias a Dios» de caer en zona nacional por lo que se le concedió una medalla por la metralla que recibió en la cabeza. Pero esta herida y los tres años de guerra le creó una séquela y en consecuencia años más tarde una grave enfermedad coronaria que hizo de su persona un hombre de carácter agrio, mismo si, para los que no lo conocían íntimamente, parecía un hombre simpático y jovial.

No se puede olvidar los tres años de guerra y los no menos duros años de la posguerra. Y es evidente que estos marcaron su persona al continuar años después sirviendo los intereses de la dictadura y sobre todo para él que le toco en una zona que siguió siendo conflictiva durante largos años por la tenaz lucha guerrillera. No obstante, creo que mi padre no atinó a comprender que sin saberlo fue protagonista de la historia. Con todas las limitaciones que conlleva las carencias y pasiones del ser humano y sí a esto se añade su falta de principios políticos o filosóficos no hay que dudar que fuera esto lo que hizo de él un “objeto-causa” de esa terrible guerra.

Por su juventud en esta horrible contienda y al encontrarse que nunca tuvo tiempo para existir como ser humano, él se sintió descarnado al necesitar ser amado, amar, comer y dormir tranquilamente. Por todo esto, creo que mi padre sufrió enormemente de soledad e incomprensión y al no encontrar solución a sus problemas se refugió en el alcohol con el fin de intentar huir toda su vida de la «angustia que da el miedo».

Mi padre nunca fue a la escuela en una época en que la mayoría de la población era analfabeta, ya que muchos niños no acudían a la escuela o lo hacían solo hasta los diez años que era cuando comenzaban a trabajar. En Pecharromàn (Segovia) la gente vivía de la agricultura y trabajaba de sol a sol las tierras propias o arrendadas, pero recuerdo que mi abuelo siempre defendía la república a su manera diciendo que se la combatió por ser muy avanzada y humana.

Cuando estalló la guerra, según mi abuelo, Segovia quedó en zona de Franco, y como el frente estaba lejos en el pueblo sólo se oía de ella cuando un soldado herido regresaba y contaba que las fiestas sin mozos eran aburridas y sólo había procesiones y misas. En Pecharromàn por ser un pueblo pequeño, no hubo represalias aunque a él, a su yerno Esteban y a su primo Eustaquio fueron amenazados de palabra por simpatizar con la república; pero cuenta que tal suerte no ocurrió en los pueblos mayores de alrededor donde un buen número de personas aparecieron muertas.

Al estallar la guerra mi padre no había cumplido los 18 años y en el 36 fue movilizado en la llamada quinta del biberón y cuenta que como varios compañeros hicieron la instrucción en Zamora donde dice que los tres primeros meses fueron muy duros. Pero que al poco tiempo que les quedaba libre paseaban por esta antigua capital pues económicamente no daba para más. Pero lo que más le llamo la atención era la férrea disciplina que él ejército nacional mantenía entre la tropa y reprochaba con asombro como dos soldados que él conocía de un pueblo cerca del suyo fueron fusilados delante la tropa por indisciplina. Condenados por el solo hecho que después de una posible borrachera no se presentaran la noche anterior al recuento nocturno del cuartel.

En el cuartel se pasaba hambre, sobre todo de esa hogaza de pan que no faltaba en su pueblo, pero contaba con cierta fanfarronería propia de sus 18 años que una joven no fea, pero con un solo ojo para ver vendía chocolate y tabaco a la puerta del cuartel. Al parecer la moza al poco tiempo de conocerla, se desvivía por él y que mientras él la entretenía hablando, los amigos aprovechaban su incapacidad ocular para quitarla chocolate y tabaco.

A los tres meses de entrenamiento, en la cantina fueron obsequiados por los mandos del cuartel con abundante coñac de garrafa; pero lo que no sabían era la intención de este gratuito veneno. Pues después aprovechando que se hallaban cargados de alcohol, se les acercaron varios legionarios con el fin de medio obligarles con promesas de grandeza y de un peculio del que carecían en el resto de los regimientos.

El alcohol al parecer hizo el resto y sin más termino alistándose en la “gloriosa legión extranjera”. Y al día siguiente después de la resaca se encontraron ante la evidencia que de simples reclutas pasaban a ser “caballeros legionarios”. La tropa mercenaria de la Legión, fue fundada en 1919 por Millán Astray que había realizado ya, en 1934 su primer ensayo general en la península en la cruenta represión contra los mineros Asturianos. Por todo esto, mi padre contaba con cierto disgusto que además, a él lo destinaron a un tercio de la legión que estaba lleno de moros y según él:- «Eran malos y ladrones, pues solo vinieron a la guerra para llevarse todo lo que podían».

Al parecer, su primer bautismo de fuego fue en los montes de León que separan las provincias de León con Asturias y donde un número de republicanos refugiados en las montañas impedían el agrupamiento de las tropas nacionales. En grupos de unos cincuenta, rastreaban las zonas de más difícil acceso de esta región sin ninguna experiencia en esta forma de guerra y recuerda que la noche además, de ser muy oscura reinaba un gran silencio.

A su alrededor un grupo de moros incapaces de vencer su miedo rezaban a su Dios balbuciendo palabras en su idioma y al escuchar voces que se acercaban a ellos. EL joven oficial que les mandaba les pidió que se callaran y al dejar de rezar volvió el silencio, para después solo oír a las mulas masticar ruidosamente el pienso. Pero fue al poco tiempo, una de ellas golpeó fuertemente una roca e hizo que un sinnúmero de pájaros nocturnos, volaran por los alrededores perdiéndose luego en la oscuridad y cuenta que él asustado levantó de nuevo la cabeza para solo ver el obscuro cielo sin luna. De pronto la tierra se estremeció con un fuerte estallido lo que hizo que las mulas se desataron y corrieran con enérgica fuerza.

Luego de nuevo otro sonido, pero ahora más cerca que el otro y al instante se desató un duro traqueteo de ametralladoras desgarrando la oscuridad con sus balas mortales. Bien recuerdo que mi padre contaba con cierta gracia este pasaje de su vida, no obstante, yo siempre fui capaz de leer el miedo en sus profundos ojos oscuro. Pues es verdad que hay gente que se juega la vida sin que nadie le obligue; pero se trata de individuos que se sienten con la necesidad orgánica de matar, pero les aseguro que este no fue el caso de mi padre.

Después fueron esporádicas batallas sin la mayor importancia y contaba que fue pasando el tiempo, siempre en la parte norte del país. No obstante, insistía en destacar los rencores que él encontró en todas partes; pues según él, esto fue lo que llevo a que cuando los nacionales tomaban los pueblos, muchos republicanos fueron acusados de rojos y sin juicio eran a fusilados.

–No obstante, como todo el mundo después intenta justificarse alegando que si durante y después de la guerra los nacionales fusilaron a un sinnúmero de republicanos; pero que también los Republicanos mataron frailes, monjas, curas y quemaron iglesias.

En septiembre del 37 lo llevaron al Puerto de Escandón, cerca de Teruel donde estuvo atrincherado seis meses en un cementerio y recuerda con gran precisión la zona que rodeaba la capital e insistía en que el frío intenso llegó con facilidad ese año a los 20 grados bajo cero. Y además, como las nevadas eran continuas hizo que muchos soldados murieran congelados. Él se salvó de morir helado gracias a una cantimplora de coñac y también que pocos días. Después un buen número de soldados y entre ellos él fue evacuado a un pueblo debido a las intoxicaciones de este fuerte alcohol. Ya que se les entregaba una botella para diez, pero ellos en la legión con su peculio para combatir el frío se bebían una entera.

Teruel según él fue tomada tres veces por los nacionales antes de su definitiva entrega y horrorizado recuerda que siempre hacía alusión a Teruel como una de las batallas más sangrientas de las que él participó en la guerra. Batalla donde los muertos se contaban por miles y los carros de combate eran tan numerosos que la entrada en la ciudad era prácticamente imposible y misma la infantería encontró grandes dificultades para avanzar al estar la ciudad completamente destruida por las bombas. Como también dice que para seguir avanzando tuvieron que apilar los muertos con el fin de protegerse del intenso tiroteo.

Después de la toma definitiva de Teruel, su compañía fue enviada a Zaragoza donde tuvo meses de cierta tranquilidad. Para después y pese a los muchos intentos de recuperación de la capital el ejército republicano no lo consiguió. Meses después se inició la ofensiva del Ebro, en la que dice que participo y que según él fue la ofensiva más audaz y desesperada de los republicanos de toda la contienda. Para luego con cierta satisfacción, contar que por mediación de un capitán que él bien conocía por ser de Aranda de Duero. Le consiguió un permiso de quince días que aprovechó para volver a su pueblo.

En el pueblo fue recibido como un héroe y a su alrededor sus paisanos pasaban horas enteras escuchando sus relatos. En aquellas charlas, su complejo de superioridad que le daba su experiencia era tal, que al hablarles de la situación militar, se permitía dibujar con un palo en el suelo el avance de los frentes. Como también recuerda que días más tarde en Sacramenia a pocos kilómetros del suyo, se celebró una fiesta en homenaje a los avances del ejército nacional y el alcalde después de su discurso que por cierto causo gran impresión le hizo subir al entarimado para entregarle una medalla.

Para poco después de dicha ceremonia un grupo de mozas aviadas con uniformes, hizo una exhibición de bailes regionales y al verlas según él la gente quedaron boquiabiertas. Al terminar el baile las dieciséis mozas quedaron como avergonzadas, al mantener baja la mirada, a la vez que todas apretaban sus labios ante la insístete mirada de la gente. Pero que bien recuerda que entre ellas se hallaba una chica de mediana estatura, de pelo negro, pecosa, de ojos azules y a la que años después hizo su esposa.

La alegría duró poco, pues según recuerda días después se hallaba de nuevo en primera línea de fuego y, no olvido nunca que ese mismo día cuando avanzaba la flor y nata del ejército nacional por una vasta llanura que se hallaba cortada al este por dos profundas vaguadas. Por donde como un hormiguero avanzaba con cautela detrás de los tanques y que sus orugas de hierro solo se detenían para escupir por su largo cañón un proyectil que estallaba con estruendo a la vez que levantando fuentes de tierra alrededor de las fortificaciones de los republicanos.

Al mismo tiempo, los aviones describían círculos sobre las baterías enemigas arrojando bombas que explotaban con fuerza aterradora. Después de esta encarnizada batalla que duro varios días, los primeros contingentes de soldados tomaron la casi totalidad de Lérida, pero al poco tiempo cuando todo parecía tranquilo, el tronar de un fuego huracanado desgarro el silencio. Pero fue después de varias horas de intenso fuego que observaron el constante cañoneo sin precedentes surgía del lado derecho de la ciudad y con más precisión desde un antiguo castillo que solo se podía acceder por un empinado terraplén.

La situación duró semanas, pues los republicanos aprovechando su privilegiada posición escupían el fuego continuo de sus ametralladoras y cañones impidiendo a las continuas oleadas de soldados escalaran el empinado terraplén llenándolo de cadáveres. Pero pese a que cada vez era más difícil sacar a sus hombres de las trincheras, el grito de: – ¡A mí la legión! El primero que salió cuando más aullaba la metralla fue el valeroso capitán y su cuerpo fue el primero en caer acribillado.

Después todos siguieron avanzando y los salvajes alaridos de los legionarios sonaban como si alguien les arrancase la piel. Pero pese a sus actos de valentía sus ataques continuos fueron rechazados, como todos los anteriores y las pérdidas humanas se contaban por cientos. Pues los nacionales, mismo con los cañones al rojo vivo, no lograban tomar esta fortaleza defendida con tenacidad por los republicanos.

Con cierta bravura acompañada de una escondida tristeza, él también salió sin fanfarroneo, pero con debilitada voz recuerda que en ese duro combate; el estruendo de una bomba lo hirió en la cabeza, que le hizo derrumbarse y bajar la colina rodando. Después los fusiles enmudecieron y en esta trágica colina lo que únicamente se movía eran los equipos de sanidad recogiendo los cadáveres y heridos…

Las pérdidas fueron espantosas y los muertos eran amontonados en los camiones para ser enterrados en fosas comunes. Pero mi padre, herido de gravedad se salvó de no ser enterrado con vida por un simple movimiento en el momento preciso. Y al parecer fue una mañana a comienzos de septiembre y después de varios días de coma despertó en el hospital militar: –“Hermana”…Llamo con voz débil. – Me dan vómitos y me encuentro mal. – No, no puedo más.
– ¡Señor Basilio no se queje!… Dijo con voz melosa la hermana Asunción: – “Esta usted sano como un verraco y si se queja es sólo para que yo me acerque.
– No es broma hermana, me duele mucho la cabeza. No obstante, la hermana Asunción se sentó en la cama y miro que tal le había vendado. Después recuerda como si fuera hoy, que lo arropo bien con la manta y con esa dulzura que nunca olvido. La guerra se había limitado a rozarle con su dedo de hierro, pues la metralla según la hermana Asunción no le había perforado la cabeza porque el casco le salvó la vida al evitar que no fuera más profunda.

Al comienzo se le hizo muy cuesta arriba y pensó que vivir como había vivido hasta entonces le resultaría difícil. Pero el tiempo que pasó en el hospital fue limitando su amargura, al vivir los sufrimientos de aquellas vidas mutiladas, cubiertas de sangre que del frente llegaban en oleadas. Heridos que despedían un olor insoportable y por eso con el tiempo fue olvidando su problema al ver que soldados fuertes rechinaban los dientes mientras sus cuerpos temblaban impotentes.

Para mi padre la guerra había acabado pues después de más de tres meses de hospital, fue enviado a un batallón de reserva y pocos días después se le concedió un merecido permiso que le permitió esperar el fin de la guerra con su familia.



CAPITULO III
Última edición por pablogarcia el 03 Ene 2013, 17:21, editado 12 veces en total.
Amar y ser amado

pablogarcia
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Mensajepor pablogarcia » 01 Abr 2007, 12:20

Gracias y se sigue



CAPITULO III



Acababa de cumplir sus veintiún años, y recuerda que no se había olvidado de aquella joven vestida de falangista, de pelo negro, pecosa de ojos azules y por más señas de Calabazas de Fuentidueña e hija del habanero. El quince de agosto fiesta de Calabazas junto con otros mozos, decidió aprovechar su fama de héroe y su reluciente uniforme, para abordar a la joven que sin esperar sus palabras le dijo: – ¡No sabe lo que me alegro de verlo! – Si, así es y se lo digo sin ningún engaño”.

Si fue un día muy feliz, ya que lo que él sintió por ella no se parecía a lo que había experimentado hasta ahora. Por eso apenas un año después, se celebró la boda en la iglesia de Calabazas; pero reconoce que su vida en el pueblo no podía ser más triste. Ya que se pasaba uno tras otro los días sin hacer nada y con la sola esperanza de ser llamado por las autoridades a un servicio que no fuera el duro trabajo del campo para el que él no había nacido. Pero por suerte meses después recibió un documento del ejército donde pasaba a la reserva del ejército con el grado de sargento y a la vez se le nombraba (Caballero Mutilado por la Guerra). Este nombramiento le daba automáticamente la posibilidad de un destino como funcionario del estado y por eso poco después le destinaron a ejercer el servicio en la policía.

Mi padre fue destinado Alcira uno de los pueblos más grandes de España y situado en la provincia de Valencia. Pero tuvo que esperar unos meses para que lo destinaran como máxima autoridad a “La Barraca de Aguas Vivas” pueblo situado a unos ocho kilómetros de Alcira y Carcagente. Ya que la parte norte del pueblo pertenecía como distrito a la ciudad de Carcagente y la parte sur a Alcira.

Los primeros años de la posguerra fueron tranquilos, pese a que en realidad él ejercía la autoridad como un “Sheriff” de la zona y a mi madre al poco también la nombraron responsable de Abastos y Consumo. Y aunque en realidad yo era todavía un niño recuerdo bien que mi padre pese a que solía decir que la justicia dependió en sí de tal o cual hombre. Pero también con cierta ironía reconocía que él más fuerte es quien sale siempre ganado y poseía la razón. Ya que no recuerdo que jamás se aprovechara de su cargo ni amenazara a la gente teniendo manteniendo siempre constantes gestos de honradez y buen corazón.

Para mis padres la fértil huerta Valenciana era una tierra nueva y él se sentía distinguido luciendo su flamante uniforme. Esta situación creó que la vivió hasta 1945, año en que el fascismo fue derrotado por las potencias aliadas.
Después, todo cambió y por primera vez la amenaza de una intervención de los ejércitos aliados fue tomada en serio lo que hizo que mi madre tuviera las maletas preparadas, para volver urgentemente, en caso de peligro al pueblo.

La guerra civil apenas hacia cinco años que se dio por terminada. Pero al calor de la victoria aliada contra el fascismo, la guerrilla se incrementó en todo el país y especialmente en las montañas valencianas. El plan militar de la guerrilla consistía en hostigar constantemente los pequeños pueblos manteniendo en jaque a la guardia civil y pequeños destacamentos del ejército. Por eso la situación de mi padre era muy delicada porque si bien no intervenía directamente, su persona era la más vulnerable al ser el más conocido por los guerrilleros que operaban en la zona montañosa que rodea el valle de la Barraca de Aguas Vivas.

Pero según él decía en muchas ocasiones; pudieron acabar con su vida y no lo hicieron Y por eso mi padre años después contaba con cierta dignidad que la guerrilla sé nutria de armamento y comida por gentes del lugar y posiblemente su actitud irreprochable y humana llegara a ser conocida por los responsables que operaban en el sector. Ya que al contrario la guardia civil hasta los años sesenta tuvo numerosas bajas. No obstante, el constante peligro y la angustia que da el miedo, a él no tardo en pasarle factura. Pues una noche donde la guerrilla atacó la zona y después de varias horas de combate tuvieron que evacuarlo e ingresarlo porque su corazón deja de funcionar normalmente.

Años después al recordar esta parte de su vida, con cierta tristeza ya se observaba en su rostro que el dolor crispaba sus ojos grises. Ya que con su mano derecha parecía querer sentir en todo instante su corazón y repetía como si quisiera justificar su angustia los pormenores de su hospitalización. Repitiendo que entre sueños que vio de nuevo, el hospital de Zaragoza donde ingreso gravemente herido en la guerra: –«Hermanita… – ¡Soy yo de nuevo! – ¿No me recuerda?»…volvió a llamarla con voz débil.
–«Por favor, hermana Asunción arrópeme de nuevo con la manta y dígame que esta vez también estoy sano como un verraco».

Pero esta tristeza que no ocultaba con la familia, él ante los extraños supo bien fingir y una mañana de principios de noviembre le pronosticaron una estrechez de la arteria mitral que a sus treinta años le dejo marcado en un constante sufrimiento de su corta vida. Fueron años después de su crónica enfermedad, que imposible de acostumbrarse a los fuertes calores de Valencia pidió traslado a Madrid y una vez en Madrid recuerdo que nos llamaban despreciablemente “paletos”- (mote que sin ningún cariño se daba a los llegados del resto de las provincias).

Nosotros, me refiero a mi familia vivíamos en el edificio del cine Cervantes, situado en la Corredera Baja de San Pablo situada en pleno centro de Madrid. "Pues en aquella época el privilegio de ser mutilado de Guerra le permitía regentar la portería de dicho edificio a la vez, de seguir siendo policía por el día y por la noche acomodador del famoso Circo Prince".














CAPITULO IV




A continuación, todos dirigimos la mirada a nuestro amigo Antonio que se hallaba a mi derecha y como bien habíamos estipulado era a él que le tocaba intervenir al seguir como se había acordado el sentido de las agujas del reloj. Y fue cuando nuestro buen amigo, miro de frente a su abuelo que de una manera informal desde un tiempo atrás solía celebrar estas tertulias en su casa para pedirle que fuese él quien tomase la palabra para explicar el pasado de sus padres. Pero nuestro amigo decidió no justificar la situación privilegiada de su padre con el régimen Franquista y dar pasó a las explicaciones de su abuelo que según él al final aclararían la de su padre.

Antonio Hernandez. Que también era el nombre del abuelo había dejado atrás los setenta y cinco años, pero según veremos al terminar la guerra se desvanecieron sus últimas ilusiones. Por esto, a petición de su nieto, se levantó de su silla; para luego callar unos instantes y observar un cuadro colgado más alto que los demás donde se reflejaba la elegancia y belleza de su esposa en su juventud. Después, se acercó a un amplio ventanal que daba vista a la empinada calle de la Corredera Baja de San Pablo donde el edificio que hacia esquina, correspondía al último número de la calle La Ballesta.

“El abuelo’’ como le llamábamos todos con simpatía, siguió breves minutos perdiendo su vista a través del ventanal y al observarle de nuevo percibimos que su figura delgada y encorvada reflejaba sombras extrañas sobre los tabiques producidas por las luces del “Neón”. Por eso él se cubrió con una mano sus ojos al no poder resistir el continuo pestañeo que le producía él intermitente juego de luces fluorescentes del cartel publicitario que con varios colores anunciaba la última novedad cinematográfica del cine Cervantes que se hallaba situado de frente y a pocos metros del ventanal. A continuación, apoyó sus brazos en su recio marco y malicioso sonrió al observar este continuo intermitente de luces que a él le producían tristes presentimientos por su falsa imagen de un mundo irreal de una decadencia para él incomprensible.

Después extrañados y en silencio, volvimos a observar su figura delgada y lo primero que sentimos como niños que rozábamos la pubertad. Fue una fuerte curiosidad por este extraño personaje que parecía salido de una leyenda, mientras que el abuelo distraído en sus pensamientos, terminó levantando los hombros con mal humor tristemente abandonó el ventanal. Para luego con cierta torpeza caminar hasta el sofá sin abandonarse a la fatiga y sentarse dispuesto a ocultar sus debilidades.

Otra vez el silencio de nuevo y todo como si le asustara volver a recordar su niñez y al observar sus ojos profundos y humanos que le caracterizaban vimos que sus facciones sin grandes arrugas cambiaban como si quisiera vencer sus posibles emociones. Pero fue al instante que sus mandíbulas se estrecharon para agudizarse como hierro de lanza; como también vimos cómo sus ojos se volvieron inexpresivos como su rostro y esta firmeza fría nos desconcertó.

Al verse contemplado por todos, el abuelo no tardó en reaccionar y se levantó del sofá para después con sus largos brazos apoyarse en la mesa. A continuación nos observó torpemente y ya con el gesto más sombrío y con voz firme repitió: – ¡Ustedes creen que mi vida fue un campo de rosas y se equivocan! – Ya que por lo contrario fue muy dura. Después aunque callo de nuevo, no tardo en hablar como un niño inquieto a la vez que no quería sentarse por más que su nieto le ofreciera la silla que anteriormente él dejara vacía.

A continuación, Don Antonio Hernández ya más tranquilo, cuenta que tenía dieciocho años cuando él perdió su padre, enfermo militar que murió tranquilo viendo toda su familia rodeando su lecho. Los Fernández eran cuatro; dos hombres y dos hembras y recuerda que fue poco el calor paterno que recibieron. Púes su padre desaparecía con frecuencia, al ser años de guerra y su madre les contaba que estaba con los buenos sonriendo con maternal satisfacción de sus propias mentiras.

A su padre la última vez que le dio un beso sin conmoverse gran cosa, fue solo cuando él escuchó que marchaba a la guerra de Filipinas y nos confiesa con tristeza que en esa época él encontraba un encanto brutal la existencia belicosa de su padre. Llegando en algunos momentos a olvidarse de los libros. Su padre volvió un año después de acabar la guerra de Filipinas, pues una vez acordado el "Tratado de París", todavía resistieron en “Baler” (pequeña ciudad en la isla de Luzón) soldados desconocedores de la firma de aquel y acabaron por rendirse extenuados y enfermos un año más tarde.

Su padre, regreso herido y enfermo y además, le dieron la mala noticia que otros tres hermanos suyos habían dejado la vida en las colonias de ultramar y él mismo no resistió con vida que algunos meses más. Por eso fue su hermano Tomás, mocetón silencioso que se ocupaba de las tierras remplazando a su padre en la casa y él abandonó poco tiempo después el pueblo para seguir sus estudios en el seminario de Santander.

Cuando el abuelo fue a la escuela, todos se asombraron de sus progresos y según cuentan ya de pequeño era un prodigio pues aún no sabía andar y ya sabía leer de corrido. A los nueve años comenzó a dominar el latín y a los diez el director de la escuela lo preparaba para su futuro ingreso en el seminario. De su instancia en el seminario, cuenta que fue monótono y vulgar ya que cada día soportaba menos aquellos prelados fieros e intransigentes que a menudo atropellaban las leyes y pueblos para mayor gloria de Dios.

Luego continúa para decirnos que no comprendía como en los tiempos presentes fuesen tan ciegos los españoles, al confiar en esta institución dirigida por obispos, arzobispos y papas que en otros siglos tanto mal habían causado. Por eso en el seminario termino por adquirir esa dureza que hace a los hombres rebeldes y más atentos a sus intereses personales que a los de un Dios que de su existencia dudaba más cada día. Si fue por esa dureza del seminario que día a día fue adquiriendo una angustia y brutal existencia que hizo de él un joven triste y melancólico. Por eso nos dice que con frecuencia desaparecían alumnos del seminario y sus ansias de una existencia libre eran tales que un día pensó ser también uno de esos que huían.

A si fue ya que un día sin dudarlo volvió al pueblo, besó la mano de su madre que había quedado ciega y aunque conmovido por su madre huyo. Pues el poder escapar de ese infierno tenía para él más importancia que los recuerdos de su casa y con un fuerte abrazo se despidió de sus hermanas y hermano y sin revelarles su propósito abandono el pueblo esa misma noche.

Después de una breve pausa y aceptando por fin la silla que su nieto le ofrecía. Ya más tranquilo continuo diciéndonos que vivió más de un año en Santander y que su educación eclesiástica y la simpatía que les inspiraba su juventud le abrieron las puertas de ciertos trabajos. Dado que al hablar el latín con soltura no le fue difícil trabajar como traductor y al poco tiempo de frecuentar unos frailes franceses, donde logró aprender su idioma. Cómo también en los momentos de penuria le salvo la amistad con una marquesa vieja, beata y conservadora que con cierta frecuencia le invitaba a pasar los días en su mansión. Presentándolo en sus tertulias como si fuese un defensor incansable de la España clerical capaz de defender con su vida la posición social de la marquesa y de su beatifica tranquilidad.

Deseoso de ir a Francia y especialmente a París. El abuelo no tardo en ponerse en camino acentuándonos que fue en Francia donde le cambiaron radicalmente sus ideas. Ya que desde muy niño reconoce que no tardo en despreciar el idealismo clerical como ridícula mentira.

La capital francesa, al poco tiempo de su instancia le dejó sorprendido del avance político y técnico de esta moderna República y ya una vez en Francia sintió la misma fiebre por la literatura francesa que cuando devoraba apenas de muy joven los volúmenes encuadernados de la biblioteca del seminario. Los poetas, escritores, filósofos y enciclopedistas fueron leídos minuciosamente uno a uno y poco después su fama de humanista llegó hasta un editor vecino de la Sorbona que publicaba libros clásicos él que le dio la oportunidad de corregir pruebas de latín y griego, lo que le permitió el trasladarse al barrio Latino y vivir holgadamente en el espléndido París.

Con voz firme y reafirmando su pasado, él siguió contándonos que en este periodo evoluciono filosóficamente y que su fe en el catolicismo desapareció completamente. Fue tan radical su cambió que a la vez, pasó a perder su fe en la monarquía absolutista española apoyada por una iglesia que no abandonaba sus inquisiciones…De las dudas de sus antiguas creencias dice qué ya no conservaba ninguna.

Luego siguió contándonos que en sus cursos de estudiante, sus amigos de tertulia le fueron prestando, libros de Darwin, de Bùchner y de Hoeckel. De estas de estas tertulias a la orilla izquierda del Sena cuenta que cada vez eran más frecuentadas por discípulos incondicionales de Marx y Engels que en todo momento se declaraban abiertos al ateísmo y en sus teorías deshilaba minuciosamente los enciclopedistas del Siglo XVII:-Voltaire, Montesquieu y especialmente el materialista Denis Diderot.

En sus horas libres, devoraba los volúmenes de los autores que le indicaban y que después él buscaba en la biblioteca de Santa Genoveva. Durante un año dice que no hizo más que leer y en este periodo de su evolución devoró toda la literatura francesa comenzando:- Por la época del “Romanticismo” con Alphonse de Lamartine, Victor Hugo, Dumas padre, Théophile Gautier, Saint Simón, Charles Fourier y Pierre Proudhon. Después siguió con la época “Realista” de Honoré de Balzac y Gustave Flaubert, para continuar con los poetas del simbolismo que rompieron con el romanticismo, siendo los más destacados René Leconte y sobre todo Charles Baudelaire.

Para el abuelo el “Naturalismo” fue la bella época de sus años en París. Al frecuentar en diversas tertulias los discípulos del fabuloso escritor desaparecido Marcel Proust. Señalando que sus libros los guardaba como una reliquia, siendo estos en particular: - En Busca del Tiempo Perdido - Por los Caminos de Swann - A la Sombra de las Muchachas en Flor - Sodoma y Gomorra - El Tiempo Recobrado y La Prisionera. A la vez que nos explicaba con tristeza que todas estas obras estaban todas prohibidas en España por el franquismo.

Después de una corta pausa sigue para remarcarnos que en la Universidad hizo amistad con Antonio Sergio, pensador y ensayista portugués que terminó siendo destacado economista-sociólogo y que años después fue el que le ayudo a reincorporarse en la sociedad. Pero no obstante, especialmente fue en la segunda República Española que trabajaron juntos en varios proyectos económicos y sociales.

A continuación, y después de una pequeña pausa, cuenta que la amistad con Antonio Sergio lo condujo abrazar el anarquismo. Primero a través de sus fundadores y teóricos:- Bakunin, Kropotkin y Jean Guve que pretenden ser al tiempo, una filosofía de la naturaleza, del hombre y una ciencia total de la vida humana. Años después dice que al asimilar las teorías de Pierre Proudhon y de Atero, reconoce que como estos siempre se opusieron al cooperativismo visceral de Proudhon.

Sí, el anarquismo profesado por Bakunin, era una deducción absoluta del anti-ateísmo. Pues para Bakunin, ni siquiera hay que demostrar que Dios no existe y que no es más que un “Reflejo”. –Por esto lo que hay es que sublevarse, pues el hombre no puede conocer ninguna subordinación de su ser. – “Porque si Dios existiera realmente había que hacerle desaparecer por injusto y malo”. – “Por tanto, hay que rechazar toda legislación, toda autoridad y toda influencia privilegiada, potestad, oficial y legal, a una salida del sufragio Universal”. –Ya que está convencido de que no podría nunca si no volverse en provecho de una minoría dominante y explotadora contra los intereses de la inmensa mayoría sojuzgada”.

Asombrados de sus revelaciones creímos que el abuelo había terminado de exponernos la ideología anarquista. Pero no fue así, sino que quedó un segundo callado para reponer fuerzas y como embebido en sus creencias continuas siguió diciendo. Que la razón del “Anarquismo” en tanto que “Ácrata” y apolítica es la misma que la del ateísmo Marxista. –Ya que mismo si en general el hombre es bueno. –Todo Estado como toda teología, para defender sus propios intereses pretende hacernos creer que el hombre esencialmente perverso y malvado. Con estas firmes explicaciones y esta vez sin pausa, el abuelo siguió indignado contra la injusticia social, que según él, condena a muchos millones de seres al hambre y por eso atacaba enérgicamente a las autoridades políticas y religiosas como fuente de todos los males.

Ya más tranquilo continuó diciendo que por la dulzura de su carácter y el odio que le inspiraba la miseria después de sus cinco años de proselitismo. Hizo qué abandonase París, con el fin de recorrer mundo, estudiar las miserias sociales y valorar a la vez las fuerzas que disponían los desheredados. Poro justifica también su salida de París, por sentirse vigilado y molestado por la policía francesa a causa de sus íntimas relaciones con estudiantes rusos del barrio Latino.

Por eso dice que se fue a Marsella, donde al poco tiempo conoció a una joven francesa de poca salud, que como él repartía propaganda a la salida de los talleres, en el puerto y las calles. Donde al poco tiempo de conocerse decidieron vivir juntos sin amores ni arrebatos y con la única pasión de la comunidad de sus ideales. Si, un amor de revolucionarios que estaba dominado por la joven rebeldía, sin dejar sitio a otros entusiasmos. Pero apenas transcurrido dos años, la joven pareja y algunos compañeros pasaron a Inglaterra, Holanda y Bélgica donde se instalaron por algún tiempo. En estos países y siempre viajando ejercían diversos trabajos con esa facilidad de adaptación revolucionaria. Que sin dinero y sufriendo siempre encuentran una mano fraternal que les ayudaba y así después marcharon Alemania donde conoció a los grandes pensadores de la época.

El cambio de tono y la tristeza en el rostro nos hizo comprender que algo muy grave le sucedió en esta etapa de su pasado y fue poco después que al observar su gesto y ademanes que termino por decirnos que a los seis años de esa vida, su amiga murió tuberculosa cuando viajaban por Italia. Para después el abuelo con un gesto de intensa tristeza se retiró sus pequeños lentes para secar sus lágrimas y nos dice que por un cierto tiempo olvidó su entusiasmo revolucionario para llorar a su compañera Antonieta.

Es verdad que no la había amado como aman los demás hombres pero era su compañera y la miseria común les había fundido en una sola voluntad: – ¡Cambiar el mundo! Pero al sentirse envejecido por aquella existencia vagabunda. Y que además, cada día era más difícil viajar por figurar su fotografía en los centros policiales. Sintió miedo como si temiese morir lejos de su suelo y decidió volver a España.






CAPÌTULO V
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Amar y ser amado

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Mensajepor DELETED » 06 Abr 2007, 20:54

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pablogarcia
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Mensajepor pablogarcia » 10 Abr 2007, 16:35

Gracias y se sigue

CAPITULO V

Difícilmente y con la ayuda de sus camaradas, pasó la frontera por la región de Toulouse (Francia) para aislarse varios meses en su encierro de una maloliente pensión de Bilbao. Donde después de muchas penalidades y su arriesgado paso de la frontera por la montaña consiguió refugiarse. Después cuando comenzó a salir se sentía asustado y esta debilidad le hizo marchar vigilante por precaución a que su fama de revolucionario hubiera traspasado las fronteras.

Después cayó enfermo y sin ánimo se creyó vencido al verse en la miseria más absoluta y reconoce que pensó en su muerte en más de una ocasión. Pero más tarde con el paso del tiempo y al observar que en España pese a ser las autoridades más severas que en otras naciones molestan menos por esa idiosincrasia del descuido y dejadez propios de la raza.

Más de tres meses transcurrieron sin bajar a Bilbao, donde según él nada había cambiado desde su última instancia al observar como un grupo de mujeres con las faldas atrás y otras con las piernas desnudas lavaban sus guiñapos para después tenderlos al borde de unos arroyos de líquido rojo como la sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de Bilbao por los lavados del mineral de las minas, que enrojecían hasta la corriente del río Nervión.

Al seguir paseando observó como por el centro de la ría pasaban pequeños remolcadores y, al otro lado chimeneas de ladrillos, montañas de hierro y tierra rojiza bordeaban la ría. El abuelo con cierta admiración nos asegura que siempre admiró toda esta actividad como si la viera por primera vez. Pero fue al atravesar la ría y en lo alto con insolencia que aparece entre los montes de la ribera izquierda un monumental edificio que irritaba al abuelo:-Era la Universidad de “Deusto” la obra de los Jesuitas y señores de la ciudad.

Este edificio estaba compuesto por tres enormes cuerpos y a sus espaldas un grandioso parque que extendía su arbolada hasta las montañas. Una vez en la orilla opuesta de la ría y después de pasar el famoso puente colgante entró en El Arenal y paseó por su avenida hasta encontrar una librería, que al entrar se creyó encontrarse en la gran catedral de la sabiduría. La verdad es que le faltaba lo que siempre había sido su afición:- Es decir-los libros. Pero no los libros que le ofrecía el dependiente, que no eran otros que los que podía encontrar en la biblioteca municipal y abandonó la librería al comprobar que estaba regentada por jesuitas.

De vuelta a la pensión dice qué por suerte, al pasar de nuevo por la Universidad de Deusto. Ya cansado se sentó en un banco frente a las escalinatas y que al poco tiempo quedó sorprendido al ver salir a su amigo Antonio Sergio que tanto le ayudo en París. Se abrazaron y cuenta que para él fue su mayor alegría, al poderle contar sus desventuras paseando por ese magnífico jardín y donde Sergio le dijo: – ¡Ay, Antonio! – ¿Después de lo que me has contado tu creerás que yo no cumplo mis deberes de anarquista?
–Pero no temas mi buen amigo Antonio, sigo siendo el mismo de otros tiempos y no creas que he cambiado de pensar.
– Pero te aseguro que es aquí en mi puesto de catedrático donde soy más práctico que tú repartiendo panfletos y arriesgando tu vida y tu salud.

Sergio siguió justificándose y lanzando indignadas lamentaciones, hasta que al pasar frente a su casa, su esposa salió al gran balcón y con finos ademanes les pidió que entrase. El abuelo se quedó solo ciertos minutos a la puerta, mientras la pareja en el pasillo discutían sobre su persona a la vez que ella observaba el viejo gabán y sombrero que él vestía. Pero al fin la esposa de Sergio salió a la puerta para decirle: – ¡Pase usted! – “Los amigos de mi esposo son mis invitados”.

La señora Leonor, no dejaba de observar de cerca su porte, pero pese a su ropa mal cuidada, terminó por reconocer con gestos de simpatía que le gustaban los ademanes señoriales de aquel hombre y quedó después más admirada al descubrir sus conocimientos culturales. Pues además, de lo que sabía por su esposo de su misterioso y humano pasado fue cultivando en ella un cierto encanto. Al sonreír compasiva de su pasado aventurero.

Pocos días después del afortunado encuentro con Sergio, recibió la visita de su amigo, portador de una carta donde se le ofrecía el puesto de profesor en la universidad. Pero de nuevo, este le aconsejó de meditar y de adaptarse a las nuevas circunstancias, diciéndole: –Antonio, tú posees licenciaturas más que necesarias y de la más prestigiosa universidad del mundo la Sorbona de París, sabes el francés, el Inglés y más otros tres idiomas y los estudiantes ganaras mucho demostrándoles tu capacidad. La verdad es que no tardo por aceptar, afirmando rotundamente que el hombre en el futuro podía trabajar sin que le obligaran las necesidades y él reconocía que había llegado el día de la laboriosidad y el porvenir.

A continuación, el abuelo rascándose la cabeza y mirándonos prosigue para decirnos que su amigo terminó convenciéndole al alegar que de sus ardores revolucionarios, por el momento no debía hacerse ilusiones. Dado que la Humanidad era todavía una tierra infectada, en la que se corrompían las mejores semillas y las otras solo daba frutos venenosos. Había que esperar que en la conciencia humana se desarrolle la necesidad de la igualdad y después de esto sería más fácil cambiar las bases de la sociedad.

Fue a principios de octubre que entró como profesor en la universidad y por eso se trasladó a vivir en las dependencias de la universidad. Donde ya más tranquilo el abuelo terminó por adaptarse a la nueva vida, mismo si era monótona, por lo contrario guardaba buen recuerdo de las tertulias que él asistía en casa de su amigo con otros profesores. Donde los domingos y días de fiesta se reunían en casa de su amigo detrás de una taza de café y con gentes que además, tenían las mismas inquietudes que él. Mismo si en el fondo no eran capaces de desprenderse de su caparazón de pequeños burgueses.

Entre semana y por las tardes iba de un lado a otro sin saber que hacer paseando sus horas por el jardín de la universidad donde solo se cruzaba con algún fraile taciturno y ensimismado en su misal y que apenas le saludaba para proseguir silencioso, cabizbajo y sumiso en sus absurdas reflexiones. Pero él al llegar a la verja cambiaba su itinerario al no atreverse a cruzar las verjas y escalinatas que solo lo hacía de noche por miedo a ser reconocido por la policía. Pues pensó que dejando pasar los días él sería olvidado.

Meses después una vida nueva parecía abrirse ante él y este tiempo pasado le hizo reflexionar sobre la pobreza en que había vivido hasta entonces. Es verdad que experimentaba sentimientos contradictorios en presencia de su amigo; pero con el tiempo, seguía sintiendo cierta admiración por él. Al observar su reposada autoridad para él no disminuía en sus sentimientos ni en su pasado. Al reconocer que la confianza en su amigo y su buena plaza en la universidad fue calmando sus sentimientos hasta el punto que su instinto de conservación le impulsó a defenderse...-E incluso a mentir.

Sabía que podía contar con su amigo como también con su influencia a nivel intelectual y esta le daba más seguridad. La prueba es que mismo si en esos momentos Europa se hallaba en su instante más trágico y la guerra era inminente reconocía sus criterios políticos se habían transformado. Púes no dejaba de reflexionar de los consejos de su amigo, cuando le aseguraba y con razón al pensar que el hombre no estaba todavía preparado para llevar a cabo sus ideas. Aunque otras veces reconocía también que al verse lejos del conflicto mundial no se sintió tentado por el mismo egoísmo y por eso lo más inteligente era mantenerse al margen de esta terrible calamidad.

























CAPÌTULO VI



Después de una pausa, el abuelo ya más tranquilo prosiguió su relato para confiarnos que le hacían daño su total aislamiento y monotonía, solo interrumpido por las visitas a su amigo. Su corazón a menudo se desvanecía al observar aquella existencia, de todo un invierno en esa universidad convento. Pero que un día recuerda que recibió la visita de un cura viejo de aspecto tímido que él bien conocía por haber ejercido toda su vida de eclesiástico en su pueblo natal “Corvera de Toranzo” en la provincia de Santander.

Reconoce que la visita de este sacerdote le causó una gran alegría y sobre todo cuando le dijo que lo enviaba su hermana Teresa. – ¡Cómo amaba él aquella hermana que tantas veces le había fortalecido en los momentos de desaliento! Por eso con los primeros calores del mes de junio decidió despedirse por unos meses de su buen amigo Sergio y sin dudarlo más a la caída de la tarde cogió el tren en la estación de Bilbao para ganar Santander la capital de provincia de su mismo nombre. El tren salió a la hora prevista y nos dice que por el declive montañoso que rodea la ciudad fue perdiendo de vista Bilbao al quedar atrás con sus montañas cubiertas de escabros del mineral férreo extraído de sus entrañas.

A su llegada a Santander, pernoctó en una pensión hostal del barrio del Sardinero y al día siguiente decide darse un paseo por esta hermosa ciudad que él bien conoce. Por eso el abuelo nos puntualiza orgulloso que Santander, está situada al norte de España en una amplia bahía que lleva su nombre y esta costa del mar Cantábrico con un saliente hacia el este forma la península de la Magdalena. Al pasear por esta península se divisa en lo alto de su loma el majestuoso palacio del mismo nombre, que se comunica con tierra firme a través del tómbolo tras el que se extiende el barrio del Sardinero. Esta ciudad era bien conocida hasta el siglo XIX como la más importante de la costa Cantábrica y actualmente conserva un papel destacado por él número de pasajeros y mercancías en su puerto.

El tren de Santander iba repleto de campesinos, que el día anterior en su mayoría, habían ganado la capital para asistir a la feria de ganado y a la romería más importante de la región. Por eso y sin que al principio llegáramos a comprenderle, su lastimosa sonrisa, critica el espíritu comercial de estos campesinos que para él no son más que simples especuladores. Después, algo avergonzado, termina por mover su cabeza como arrepentido por los reproches anteriores para decir: – "¿Bueno- a pesar de todo, no hay que pasarse de la raya, ya que no se puede despreciar tan enérgicamente el intento de subsistencia de los demás?"

Luego como si nada hubiera dicho continúa para decirnos que no obstante, él intentó evadir el bullicio ensordecedor del vagón y para eso perdió su mirada en este hermoso paisaje formado por la cuenca del río Pas y su afluente el Pisueña. Este primer río que formó parte de su vida infantil, nace en las escarpadas montañas Pasiegas; concretamente en la vertiente norte del Castro Valnera a (1.707m). Recorriendo en su primer tramo uno de los valles más pintorescos y singulares de Cantabria.

Fuera ya de la zona estrictamente de Pasiega, las montañas se abren en el valle de Toranzo y el Pas que discurre al pie del cónico pico Castillo. En los afamados cotos del Pas, la práctica del termalismo en los balnearios de Puente Viesgo y Ontoneda, hacen de este lugar el más concurrido de la provincia y afluyen a sus curas las familias más adineradas de España.

Como si fuera un extraño que entrase por primera vez en su casa y como si fuera la primera vez quedó admirado de sus elevados techos. Que sus abuelos en su día hicieron construir como una de las casas más señoriales de la región y que además poseían una de las labranzas más prosperas de la comarca. Pero las cosas no fueron después a mejor, dado que a su muerte hubo que repartir entre seis hermanos y mismo si tres de ellos quedaron muertos en los campos de batallas de Cuba, Puerto Rico o Filipinas el reparto dividió la hacienda en varias parcelas.

El abuelo abrazó a su hermano Tomás, y dice que le encontró muy envejecido pero fue al abrazarlo de nuevo cuando recibió la triste noticia de la muerte de su madre y después con lágrimas en los ojos abrazar a Consuelo la esposa de su hermano. A su lado se hallaban dos jóvenes y reconoce que él tuvo que forzar su imaginación para reconocerlos a sus sobrinos, Margarita y Roberto que dejara años atrás cuando apenas eran unos niños y ahora encontraba a Margarita hecha una verdadera mujer. A su hermana Pilar y su esposo los vio más tarde. Pero a Teresa no pudo verla al encontrarse trabajando con los marqueses de “Toranzo” y como le comunicaron seguía soltera después que perdió su novio en una refriega militar que tuvo lugar en Larache (Marruecos).

Hasta su casa habían llegado los ecos de la existencia que él había llevado. Sabían quién era y sus relaciones con los otros revolucionarios en Europa. Pero su familia no le inculpaba de su vida en el extranjero, por ser la consecuencia de unas ideas que él ya tenía en España. – ¡Además, él era un hombre libre y a nadie hacía daño de ningún modo con sus sentimientos sociales!

Al día siguiente, desde el alba, paseaba por estos hermosos parajes para dirigirse luego a la mansión de la marquesa de Taranzo donde trabajaba su hermana. Eran poco más de las once de la mañana cuando desde el alto del camino observó como el horizonte se cerraba al fondo con un escalonamiento de montañas, que él bien conocía y que desde lo alto parecían tocarse con las manos. Es verdad que de niño estaba acostumbrado a ver este paisaje y, sin embargo, ahora percibía en él, algo nuevo, como si un cambio por el amor a la vida le hiciera descubrir de nuevo su belleza.

Poco después de seguir su marcha, cuál fue su sorpresa al ver que Bernardo el jardinero de la marquesa se aproximaba por el camino. Él, lo conocía bien por haber crecido juntos, puesto que Bernardo fue recogido por sus padres a la muerte prematura de su madre, prima carnal de su padre. Después de abrazarse Bernardo lo acompañó hasta el edificio. Que se hallaba dividido en dos cuerpos independientes, y al observar el extenso jardín vieron sentadas varias mujeres y entre ellas reconoció a su hermana Teresa.

Después el abuelo hace una pequeña pausa, como queriendo coger aire a sus delicados pulmones para decirnos que cuando se hallaba bajo los árboles que daban sombra a la mesa. Su hermana al verle se levantó con lágrimas en los ojos y a la vez con esa alegría que siempre la caracterizó. Para después, de su brazo acercarse a la mesa y hacer ella las presentaciones.

De nuevo hace una pequeña pausa, pero estavez sonríe al decirnos que entre las tres mujeres se hallaba Matilde su futura esposa. Por eso dice que quedó cohibido como si nunca hubiera tratado a ninguna mujer, insistiendo que solo el movimiento brusco de su hermana le dio viveza para reanudar su conversación. Si os aseguro que fue al mirar de nuevo a la joven que le contemplaba interrogante y con una candidez femenina que le temblaron las piernas.

Después, su hermana al observar el impacto que había causado la hija de la marquesa en él, se incorporó para invitar ambos a dar un paseo por los extensos y bien cuidados jardines. La pareja siguió paseando melosa, seguida por apenas unos metros de su hermana y una amiga de Matilde. Pero poco después se adelantaron para interrumpir su embriagada conversación señalando con insistencia la parte delantera de la finca. Matilde que sonreía de sus continuos halagos, quedó triste al observar que la gran verja que daba entrada a la finca acababa de abrirse para dar paso a un lujoso automóvil que lentamente después de cerrarse la puerta se dirigía por la avenida principal del jardín hacia la entrada principal del edificio.

Inquieta la joven seguida de su hermana y amiga, corrió hacia la entrada de la casa con el objeto de salir al encuentro de la señora marquesa que al descender del automóvil y después de abrazar a su hija no pudo ocultar su nerviosismo al verle. Pues al parecer, ella estaba al corriente de su llegada al pueblo y su pasado. Pues al parecer a la marquesa nada se le escapaba de todo lo que sucedía en su feudo y él al verse observado con esa impertinencia que la caracterizaba trató de excusarse diciendo que había pasado a visitar a su hermana.

Doña Asunción, la marquesa sin poder evitarlo le contestó fríamente: – “podía sin ninguna duda haberse ahorrado su visita, pues ella se hallaba como todo el mundo al corriente de sus andadas por esas malas tierras”. La joven Matilde al ver como se alejaba humillado y cabizbajo, no pudo ocultar su turbación y con sus ojos le dio a entender su simpatía. No obstante, nervioso por el desprecio que le había causado la marquesa, pensó que esta hermosa joven que acababa de conocer y que confesaba que lo había hechizado no era más que una simple niña de familia rica de esta tierra. Educada primero por las monjas y dirigida luego por su confesor hasta en los hechos más insignificantes que consideraban como un pecado el más leve intento de independencia.

Después ya más tranquilo prosigue para decirnos, que Matilde era hermosa, con sus cabellos castaños y su porte de muchacha sana hacía que sus encantos femeninos le deslumbraran. Si, os aseguró que era como en un capullo que todavía no se hubiera abierto a su total belleza. Luego quedo en silencio como si quisiera a través del cuadro que se hallaba colgado en el muro de su esposa retroceder en el tiempo, para luego seguir contándonos que más tarde su hermana le puso al corriente de lo sucedido.

Al parecer la joven Matilde al observar en su madre la expresión bien conocida de sus ojos comprendió que debía retirarse a su habitación como signo de reproche por el paseo que ella se había permitido con ese individuo liberal, mayor que ella y de dudosa reputación. Al parecer según su hermana, ella estaba habituada al carácter agresivo de su madre, pero lo que no le gusto es que a la vez su madre no contenta con regañarla cuando se alejaba oyó como reprochaba con energía la complicidad de su hermana Teresa y de su amiga.

Teresa quedó al servicio de marquesa, pero su amiga con el solo deseo acompañar a su amiga, gano precipitadamente las amplias y lujosas escaleras que conducían al piso superior. No obstante, ella seguía oyendo a lo lejos, la voz enérgica de doña Asunción, exigiendo a Teresa que fuera la última vez que su hermano pisase la entrada de su jardín y, pudieron observar desde lo alto de la escalera como Teresa bajaba los ojos indecisos, pensativos y sin atreverse a mirar a la señora marquesa que con su insistencia parecía leer su pensamiento.

Teresa habituada al mal genio de la marquesa le contó más tarde que después pudo encontrarse de nuevo con Matilde y su amiga en su habitación. Al parecer lo primero que hizo ella, fue como si quisiera descubrir sus sentimientos, fijar sus ojos en Matilde que permaneció cierto tiempo callada con esa embriaguez de mujer que se agranda en el amor.
Después Teresa, observó a Marisa su buena amiga con el fin de poder sonsacar las apreciaciones que había causado su hermano en ellas y al no percibir ninguna expresión en su rostro.

Ella siguió observando el rostro de Marisa que no le parecía fea, pero su peculiar belleza que no inspiraba el mayor deseo masculino. Tenía un perfil excesivamente acusado, un cutis grasiento y repleto de pequeños granos que delataban su prematura pubertad y si sus ojos eran hermosos por grandísimos no la favorecían nada al dar la sensación contraria de tener siempre mal humor o mal carácter.

Fue más tarde que al percibir Matilde las intenciones de Teresa se decidió a preguntarla por ciertos detalles sobre su hermano, al reconocer que le habían impresionado sus modales así como su cuerpo alto, esbelto y elegante. Y que según ella se movía marcialmente a la vez que confesaba que eso hacía de él un hombre que si no era un modelo de belleza para ella según contaba era de esos que atraen inmediatamente las miradas allí donde se presente: –«Este desconocido confiesa Matilde, desde un principio la había seducido» –Y reconoce que su bigote clásico sus modales intelectuales hacen siempre que la mayoría de las mujeres se interesen por ellos.

A Matilde no cabe la menor duda que lo que más la sorprendió, según ella fue sin duda su verbo abundante y ameno. Antonio, como ella comenzó a llamarle la sedujo desde el primer instante por su amor a «El Naturalismo» que ella nunca había oído. Y confiesa que quedaba como encantada cuando él disertaba con su inconfundible prosa el amor a las cosas simples, no por ellas mismos, sino porque dan una obra literaria de la vida y la exactitud.
CAPÌTULO VII
Última edición por pablogarcia el 03 Ene 2013, 17:25, editado 2 veces en total.
Amar y ser amado

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Mensajepor pablogarcia » 11 Abr 2007, 16:24

Gracias y se sigue.


CAPÌTULO VII

CAPÌTULO VII



A los pocos días de su desagradable encuentro con la señora marquesa. Nos cuenta que recibió por medio de su hermana una carta de Matilde citándole en la ciudad balnearia de “Antoneda” donde ella, acompañada por su amiga y su hermana lo esperaría en el edificio termal. En la carta que por cierto despedía un perfume especial, entre otras cosas se disculpaba por la actitud de su madre y pedía que la perdonara su sequedad e incomprensible trato de la que ella no era defensora. Pues para ella, él era un hombre de experiencia y comprendería como nadie que la condición humana a veces es incomprensible y hace del amor propio que la bofetada contra su dignidad no fuera por él bien recibida.

En su espera, las horas se le hacían siglos y nos confiesa que no pensaba más que de nuevo ver a Matilde. Reconociendo que aquella sensación de estar enamorado, de no vivir más que por ella aumentaba día a día y aunque tuviese que pagar un precio alto no retrocedería en el intento de conquistarla.

El bullicio del salón principal del balneario era insoportable, a la vez que los nervios se alteraban al no ver aparecer a las tres mujeres; pues desde que estaba enamorado de ella, la vida y las cosas habían recobrado para él un interés tan profundo que en otras ocasiones jamás había experimentado. Pero no se hicieron esperar pues poco después vio llegar cogidas del brazo a las tres mujeres y el regocijo que le causo al ver de nuevo a Matilde lo dejo embobado por breves segundos. Pero reconoce que este aturdimiento fue tal que al contemplar su belleza y aunque duró solo un instante su impacto nunca pudo olvidar.

Tras una especial sonrisa que no paso desapercibida por todos nosotros, sigue para acentuarnos que fue después de apenas recorrer unos pocos metros que Teresa y su amiga. Les pidieron que las perdonaran ya que por unas horas les dejarían solos y el pretexto fue que debían efectuar unas compras en las galerías del Balneario. Situación que él aprovechó para invitar a Matilde a pasear por el enorme jardín que rodeaba las instalaciones del lujoso edificio. Pero fue ya una vez en el jardín, se sintió más tranquilo al ver sonreír a Matilde y reconoce que esos instantes sin ninguna duda fueron los más felices de su vida. Después sin saber que decir apretó con fuerza los labios para seguidamente decirla con cierta timidez: – ¡Qué día más espléndido tenemos y no sabe lo que me alegro de verla!
– ¡Y la confieso que estos días he pensado mucho en usted!

Al oír estos halagos por parte de él, Matilde con sincera sonrisa le pidió seguir caminando. Para después volver a sonreír cariñosamente y preguntarle: – No se extrañe si le pregunto una cosa.
– Pero por favor, le pido que me respondas inmediatamente y sin rodeos.
– ¿Es verdad todo lo que cuenta mi madre de usted? A lo que él le respondió.
–Ahora mismo es difícil explicarlo, porque creo que no abra tiempo necesario y mi historia es larga y poco creíble.

Ante la embarazada situación y con el fin de cambiar de tema. Él le ofreció unos caramelos que había sacado de su bolsillo, pero Matilde siguió en sus trece y volvió a insistir.
– Cuénteme su vida por favor, pues mi corazón le cree a usted sincero.
–No, no se puede.
– ¿Por qué no?
–Antonio se lo suplico, piense que desde hace unos días estoy llena de tristeza y no creo que sea verdad todo lo que se cuenta de usted.
– Por favor, Matilde, no pretendo ser nada extraordinario y no sé por qué le preocupa tanto mi pasado.
–Pero si insiste le diré la verdad está en presente y no en pasado dado que al fin y al cabo el pasado ya no existe.
–Del presente le seré sincero diciéndola que usted ha entrado en mí ser como si fuera una enfermedad.
–No y, la aseguro que no puedo quitármela de la cabeza y por estoy muy contento de a ver acudido su cita y así poderla expresar lo que siento por usted sin rodeos.

Matilde, ante la inesperada declaración; sintió que le temblaban los labios y el corazón la golpeaba fuerte en el pecho, pero que a la vez el aire era cada vez más embriagador, denso y dulzón. Y sin aun salirse de su sorpresa, cuenta que con cierta valentía volvió precipitadamente la cabeza para mirarle con sus ojos un tanto extraños, para después sonreír cariñosamente y con fuerza y calor le estrecho la mano. Alucinado por la actitud cariñosa de Matilde, él se sintió de nuevo con fuerzas para seguir su declaración y pensó que al fin de cuentas, este mundo no era malo del todo…
– ¡Es usted elegante y muy bonita!
– “Y no diga que no-porque sabes que es verdad”.

Matilde de nuevo, sintiéndose halagada en su instinto femenino sacudió sus hermosos hombros y lo miró con una sonrisa maliciosa para decirle: –“¡Creo que usted se ha enamorado!”
– Matilde le ruego que me crea ruego y, le doy mi palabra de honor que esta pasión me está devorando y necesitaba decirle que siento un gran amor por usted.

Luego ya de la mano y distraídos torcieron por una travesía del jardín y caminaban ya por la sombra de una densa vegetación cuando Matilde vio acercarse de frente a ellos dos elegantes mujeres amigas de su madre. Lo que hizo que la joven retirara bruscamente su mano para evitar que estas curiosas mujeres sin ningún disimulo continuaran mirándoles y sorprendidos intentaron perderse de nuevo entre el gentío. Ya que estas curiosas mujeres no dejaban de vigilarlos. Por eso precipitadamente entraron de nuevo en las grandes galerías del balneario en busca de Teresa y su amiga. Si ella por todos los medios intentaba perder de vista a estas amigas de su madre, porque sin ninguna duda se lo contarían a su madre, con esa malicia que caracteriza a las mujeres de su edad. Y además, estaba convencida que la reacción de su madre seria enérgica y sin contemplaciones.

Al despedirse precipitadamente de Matilde el abuelo observó con tristeza la expresión preocupada de ella, que mantenía fruncido el entrecejo y con la voz entrecortada él le dijo: –¡Crea usted que lo siento y eso me apena pues al parecer le afectado enormemente el encuentro con estas señoras!
– Compréndame Antonio, no me queda más remedio que estar preocupada.
– ¡Ay qué pena siento!
– ¡Esta visto que soy para mi madre, todavía una niña y que nunca comprenderá que ya tengo más de veinte años!

El recuerdo de Matilde le creó de nuevo una pequeña pausa pero después decir que ella le había confesado en el jardín del balneario, que aquel encuentro había sido para ella el más hermoso de su vida y que jamás olvidaría ese instante. La voz temblona del abuelo se hizo más clara, al recordarnos las últimas palabras de Matilde: – ¡Es usted un hombre muy simpático! Y a continuación cuenta que le llevo con cierta timidez sus dedos a los labios y le dijo que ella también estaba perdidamente enamorada de él y que además al despedirse le dijo cariñosamente: – ¡Antonio pronto tendrá noticias mías y te prometo que no tardaremos en volvernos a ver!

Nueva pausa del abuelo en sus recuerdos, para de nuevo dirigirse al balcón como si quisiera distraerse observando los peatones y automóviles en su marcha descendente por la empinada calle de la Corredera Baja que perdía su declive al ganar la travesía de la calle La Puebla. Seguidamente y ya más tranquilo se volvió con torpeza para pedirnos perdón y continuar con cierta tranquilidad su interesante historia.

Al sentarse, el abuelo fue cuando continúo para decirnos que volvió tarde ese día a su casa, se tendió de espaldas en la cama y no encontró el sueño y mismo que el cansancio lo dejara amodorrado no pudo dejar de pensar en ella a la vez que se preguntaba: –Pronto cumpliré los treinta años y hasta ahora he vivido sin ponerme a pensar en nada practico.
– ¡Qué vacío! – ¡Qué indiferencia!
– ¡Si, debo corregirme antes de que sea tarde!

Pero fue al perder de nuevo su vista en el tabique y observar el retrato de Matilde que le vino a la memoria la señora marquesa de la que por su familia poseía una excelente información y eso hizo que tardara en comenzar de nuevo su pasado. Pero esta vez explicándonos con detalle la vida privada de la madre de Matilde y el mal que les causo. Sí, os contaré que la marquesa era viuda desde los cincuenta años, vivía de las rentas y pasaba la mayor parte del año en Madrid y Bilbao donde había invertido en compañías navieras así como en extensas fincas de arriendo en la comarca. Además, se cuenta de ella que su autoridad fue en aumento tanto por su capacidad en los negocios como para dirigir con puño de hierro su casa. Como también se decía de ella que su figura gallarda, su carácter seco y el cabello entre canoso y recio hacia de ella una mujer para evitar su trato personal.

Después ya más tranquilo sigue para decirnos que su hermana Teresa volvió a casa de sus padres quejándose que las relaciones con la señora marquesa. Que por cierto siempre habían sido cordiales, se habían deteriorado y piensa que fue a partir de la llegada de su hermano que fueron enfriándose poco a poco. Ante este hecho, Teresa no disimulaba bien su complejo de inferioridad… Ya que Teresa prosiguió diciendo que para ella, si la posición social de la marquesa era superior, no lo era en hermosura, buen gusto y manera de tratar a las gentes. Algo de verdad había en esto, para el abuelo pues Teresa tenía una maestría singular y natural para arreglarse, algo que con ella nació. Sí, como nace en el poeta la inspiración y a la vez la peculiar y singular afición por las cosas sencillas.

Teresa más tranquila prosiguió explicando a su hermano, que la situación de Matilde al ser esta el benjamín de la casa, era por tanto la niña mimada de la casa y todos los sacrificios parecían pocos por parte de la marquesa. De hecho, Matilde se había acostumbrado a la humillación de su madre ante la autoridad de su antojo religioso y el esplendor de su clase…Por eso Teresa sigue explicando que la marquesa se desvivía por su hija, no dejaba de repetir: – Hija de mi alma-yo te perdono, pero no quiero ver a ese hombre más en tu vida. Pero ella por lo contrario al recordarle estaba pasando las horas y días tristes como reflejo del cariño herido.

Para Matilde era frecuente en su madre la mimara lastimosamente y solo por su obsesionada posición social que para ella no-tenía sentido. La severidad de su madre era implacable y reconocía que había sido con ella de un rigor extremo. Su madre era una mujer de otra época, que seguía golpeando con el martillo las diferencias de clase. Por eso Teresa siguió explicando con gran tristeza que Matilde se pasaba los días encerrada en su alcoba, aislándose para quedar en el mayor silencio, soledad y tristeza.

Por todo esto, días después por su hermana el abuelo recibió una invitación de la señora marquesa donde deseaba hablarle. Por su contenido le pareció que la marquesa se hallaba turbada. Pero lo que más le asombro y confundió, fue el contenido de la carta, donde la “digna señora” no daba ninguna señal de enternecimiento y aún más que usaba un lenguaje en que se combinaba hábilmente la energía con el más detestable desprecio.

Al día siguiente en la puerta de su casa, se detuvo un elegante coche tirado por dos hermosos caballos que conducía su hermanastro Bernardo y que hacía a la vez los oficios de jardinero y cochero de la marquesa. Una vez instalado en el coche nos dice que se sintió molesto al ser observado con curiosidad por los vecinos al descubrir su elegante atuendo y ser conducido en tan lujoso carruaje.
Por el camino, al perder la vista en el paisaje, recordó su pasado para después decirse que hay gente como él que todavía cree: – Que la sociedad camina a pasos seguros a la igualdad tras la desaparición de clases, pero él por su amarga experiencia empezaba a dudarlo.
– ¿No, a él le cuesta creerlo pues siempre habrá clases y mismo si nos quieren hacer creer que todos llegaremos a vestir de la misma manera no deja de ser una “Chorrada?
– A otro perro con ese hueso, es verdad que a sus salones dejan entrar los humildes y hambrientos escritores y poetas como también dicen que las señoras usaran frases filosóficas con el fin de confundir la caridad cristiana.
–Yo no lo creeré aunque lo vea, porque mismo si por moda un día aparecieran estas formas, las cosas volverán otra vez a su cauce.
– Pues el gusto a una buena mesa así como la ropa de salón enardece al rico y pone en ellos el sello de la grandeza.
– Y aunque siempre terminen diciendo que lo primero que tiene que pensar un buen cristiano es salvar almas ellos seguirán conservando su riqueza.

Bernardo se despidió con una maquiavélica sonrisa: – ¡A dios hermano y ya me contaras!…y le dejó plantado frente a la gran escalinata que daba a la puerta principal del edificio. Al acercarse el abuelo a la puerta, vio que estaba entreabierta y sin llamar la empujó con fuerza y una vez en el vestíbulo una voz que procedía de lo alto de la escalera sonó con fuerte eco al ser la pieza de grandes dimensiones. Era el mayordomo que con un gesto de mano lo invitaba a seguirle para después pedirle por favor que se sentara en un acogedor saloncito, en espera que llegara la señora.

Fue poco después acompañada de su hermana y de su hija Matilde, que entró la marquesa en el salón con su carácter grave como queriendo resaltar su grandeza y su característica imagen de nobleza. A él, le parecieron siglos el tiempo que la marquesa se quedó mirándolo detenidamente sin que su semblante diera muestras de simpatía alguna. Y que ante tal situación, no se atrevió a mirar a Matilde que perdiendo su mirada en el suelo no llegaba a levantar su rostro.

Después al fin, la hermosa y elegante señora, con esa hipocresía que caracteriza a la nobleza de la época salió de su mutismo para decir: – ¿Usted según creo, es el hijo del capitán Hernández, que salió del seminario para convertirse en un revolucionario al servicio de los herejes y gentes de mal vivir?

– Señora está usted equivocada. – Señora está usted equivocada ya que mi padre fue un héroe al servicio de sus privilegios.
– Yo por lo contrario señora, defiendo la dignidad del ser humano ante el atropello de ustedes y de su inventada religión.
–Que solo sirve para que una minoría viva del sudor de una mayoría angustiada, analfabeta y silenciosa

– ¿Parece que Usted no me ha entendido bien? Repitió la marquesa viendo como su hija se secaba las lágrimas. –Escuche bien, no quiero verlo más por aquí y le aseguro que lo tengo muy claro Sr. Hernández…

De nuevo surgió el silencio, para después la marquesa levantarse bruscamente de su asiento con un gesto de enojo lo miró con cierto descaro y dijo: – ¡Ah! – ¡Qué desgracia, el diablo entró en mi casa disfrazado en su persona! La marquesa esta vez sin pausa, incapaz de reprimir su cólera continuo su agresividad sin que en ningún momento se detectara gesto de piedad, hasta que fatigada por sus propios nervios se sentó de nuevo con una sorprendente frialdad.

Más tarde la marquesa pese al ver que su hija de nuevo rompió a llorar con gran amargura, no dudo en seguir empleando palabras duras y dirigiéndose de nuevo él dijo:–Sr. Hernández usted no quiere comprender que es culpable de lo que le pasa a mi hija.
– Ella ha sido engañada, por ir de buena fe y usted no ha dudado en seguir su juego maquiavélico.

Fue según nos cuenta que al oír sus últimas palabras cuando creyó escuchar la injusticia humana más horrible y no pudo por menos de contestarla.
– Señora con todo el respeto que le debo, le diré que ha empleado usted palabras muy duras.
–Pero no la quepa la menor duda que fue usted y solo usted culpable de la situación creada.
– Y todo por su arrogancia inhumana que siempre caracterizo su vida.
– Y la diré aún más que usted señora, en ningún momento ha tenido en cuenta los sentimientos que su hija pueda sentir hacia mi persona.

A continuación nos dice que fue de nuevo al mirar de frente a la marquesa y esperando una respuesta que pudiera aliviar los sollozos de Matilde, que solo consiguió crear un corto silencio que fue de nuevo interrumpido por los gemidos de su hermana y ella. Ya más tranquilo, nos sigue contando que al observar como la “buena señora” retorcía la servilleta en sus manos, que comprendió que los nervios de ella habían llegado a su fin y así fue. Pues sin hacerse esperar, la marquesa fijó de nuevo su mirada en él y, con esos ojos autoritarios que frecuentemente hacia alarde su persona le dijo que para ella, sus últimas palabras habían llegado al límite de la insolencia y en un nuevo arrebató de cólera se levantó bruscamente para remarcarle: – Le aseguro que por todo el oro del mundo no le dejare acercarse de nuevo a cien metros de mi hija.

Pero no fue así, ya que cuando el abuelo creyó que la marquesa había concluido su arrebato de ira; se equivocó pues “doña Asunción. Que era como se llamaba la marquesa se le acercó enérgicamente y, mirándolo con aspecto imperativo alargó su brazo y señalando la puerta le pidió salir del salón. Ante el respeto que la debía pese a su continua insolencia, quedó mudo para después incorporarse de su asiento y cabizbajo se retiró de la sala sin más gesto que su triste humillación.

Si, a si fue pues sin poder soportar más tanta insolencia, a continuación casi de un salto y siempre con el puño cerrado se encontró ya en la puerta del edificio, donde su hermanastro Bernardo le contempló un instante y al comprobar en la situación en que se encontraba movido por un sentimiento de cariño y de tristeza le dijo: – Iba a decirte algo, pero te veo tan enojado por lo que debe a ver ocurrido que prefiero callar. Después reconoce re conoce que él continuo murmurando algo y sin querer entrar en el carruaje de la marquesa siguió marchando hasta perderse en el camino.

Mortificado en su amor propio y al ver que los días se seguían y sé perseguía y además, no tener ninguna noticia de Matilde. Confiesa que llego atormentarse tanto que término convirtiendo su vida en un calvario diario, e incluso inconsciente dice que marchaba siempre distraído sin contestar a los saludos afectuosos de las gentes que encontraba a su paso. Como también reconoce que como un autómata se dirigía en la misma dirección; que no era otro que el camino que conducía a la propiedad de la señora marquesa.

De nuevo la pausa, a las que el abuelo nos tenía acostumbrados; pero al observar el silencio que todos guardábamos en el salón y percatarse de su nueva situación. Hizo un intervalo con el fin de recuperar oxígeno, para después seguir esta vez explicándonos su delicada situación con más fuerza la situación desesperada en que se hallaba. Si os aseguro que ya no miraba de la misma manera el hermoso paisaje que se extendía sobre el valle, propiedad de la marquesa, y reconocía que en su nueva situación el mundo era ahora de otro modo recalcando que ahora a la naturaleza le faltaba el encanto de otras veces y hasta el mismo aire y la luz sé habían transformado.

Después sigue con gran tristeza contando que se sentó al borde del zócalo de la cruz que marcaba el camino del calvario y cabizbajo trató de adivinar que allí mismo en semana santa. Los feligreses y en especial los penitentes dedicaban las oraciones oportunas a su ritual litúrgico. Pero a él lo que más le apenaba era que desde allí, divisaba la señorial mansión de la orgullosa marquesa tallada en piedra y con sus lanzas puntiagudas desafiando al cielo y en su afán de seguir dividiendo a los hombres en diferentes clases sociales.

A la momentánea alegría de poder ver a lo lejos al ser que lo atormentaba, le seguía una punzante pena y por un instante llego a pensar que no debía vivir más tiempo sintiendo esa tristeza que lo destruía. Por eso sigue contando que después de meditar su situación una y otra vez. Sintió el mismo deseo que otras veces había sentido a lo largo del verano: –No volver al lugar que le transformaba en un vagabundo incapaz de sobreponerse de esta penosa situación.

Pocos días después de la virgen de agosto, una mañana, su hermana Teresa, conocedora de la situación que atravesaba su hermano fue en busca de él y al verlo tan abatido le dijo: – Hermano tu moral esta por los suelos y tienes que volver a tranquilizarte. – vamos a ver, yo pienso que té convendría bien salir a visitar otros lugares que no sean esa maldita colina que va a acabar contigo.
–Sí, hermano no dejes que tu baja moral te destruya.
– Matilde te quiere y tú eres un hombre que debes aprovechar tus grandes conocimientos.
–Sí, Antonio tú hablas inglés, francés y eres a la vez profesor de griego y latín.
– Por eso Antonio, te lo pido que vuelvas a luchar y no te dejes abatir.
–Ella, como todos los años volverá a Madrid y es allí que debes intentar verla.

– Vamos a ver. Dijo de nuevo a su hermana después de un largo silencio: – Tú me conoces. – ¿soy tan malo como la marquesa me cree?
– ¿Merezco que esta mujer me castigue por mi pasado? – ¡No, no soy malo lo que no soy capaz de engañarme con mi propia hipocresía!
– Querida hermana, cada uno tiene su moral, la suya es la enseñada por los curas; pero la mía me la he forjado yo mismo.
– No me convencerás, no quiero seguirte en este tema; Matilde no vendrá nunca conmigo.
–Además, creó que no la intereso y al ser así yo seguiré mi camino y ella el suyo.

Después de la visita de Teresa, ya él quedó más tranquilo y además, a los pocos días recibió una carta de su amigo Sergio; indicándole que él había sentado cátedra en la universidad de Madrid y por tanto le pedía que se incorporara con él de nuevo en la enseñanza. Por eso principios de septiembre con el aire fresco del cantábrico sentado en el patio de su casa cuando se inclinó con gesto vivo sobre la mesa para volver a leer la carta de su amigo y con el firme propósito de emprender el viaje a Madrid cuanto antes.

Por eso ya con cierto optimismo, se dijo: – ¡Tiempos vendrán que volveré a verla! – Te quiero mucho Matilde. Se repitió una y más veces con expresión enérgica y por eso esta vez no dejaría pasar esta ocasión. Ya que una vez en la capital podría encontrarla de nuevo y por eso no dudo en tomar tal decisión: – ¡La ganaré y será mía! Días después ya más tranquilo redactó una letra, destinada a Matilde y que sería entregada a ella por su hermanastro y en ella le confesaba sus amores e inquietudes y pedía poderla ver aunque no fuera más que una sola vez en Madrid donde él se dirigía para ocupar un cargo de profesor en la universidad.


























CAPÌTULO VIII


Un domingo del mes de septiembre y a las diez de la mañana, llegó a la capital en el tren y después de una noche de insomnio debido al movimiento continuo y sus intempestivos silbidos al pasar sin detenerse por las principales ciudades de Castilla. Al llegar a Madrid y más preciso a estación Del Norte reconoce que poseía ni más ni menos que la misma grandeza que las demás estaciones de cualquier capital europea.

Apenas el tren hizo chirriar sus potentes frenos y asomarse por la ventanilla quedó sorprendido al ver como su amigo Sergio le hacía señas con los brazos. Al acercarse su amigo vestido con un elegante traje sonrió al observar la transformación de Sergio y le vino al recuerdo él hábito bohemio de sus años en París. Al salir de la estación la vista de Madrid es impresionante, soberbia; pocas capitales parecían tan hermosas sobre todo a él, que conoció las enormes urbes europeas. Es verdad que era la primera vez que veía Madrid, y nos asegura que quedo embobado ante esta fabulosa metrópoli con su enorme masa de gran ciudad.

Pero fue una vez al exterior de la estación quedo aun más sorprendido cuando su amigo. Le señaló con el brazo hacia su derecha y observo la enorme masa del Palacio Real con sus pilastras salientes, cortando sus filos de ventanas. A su izquierda descubrió la Rosaleda, sobre las colinas del Príncipe Pío, coronando el barrio de la Moncloa y el famoso cuartel de la Montaña. Arriba, el cielo sin una nube, limpio como si sus últimas lluvias lo hubieran lavado. Abajo, en el declive que conduce al Manzanares, una vegetación intensa por las arboladas del Campo del Moro, de la Virgen del puerto y de la cuesta de la Vega.

Después de apreciar fascinado la vista que ofrecía la capital, en una calesa de alquiler se dirigieron cuesta arriba por la calle Príncipe Pío; que solo encuentra su descanso al desembocar en la Plaza de España. Para después al torcer a su derecha subir por la famosa “Gran - Vía”. La avenida sin duda más elegante y animada de Madrid. Por eso al observar tanto bullicio, se dirigió a su amigo con cierta admiración, para decirle: – ¡Sergio, como se ve que estamos en España ya que como los italianos su vida está en la calle-qué gente más feliz!
– ¡Y reconoce que es envidiable tanta prosperidad, al ver tanto carruaje y automóvil caro!

Su amigo, con cierta malicia, sonrió bonachonamente y con el brazo señaló los continuos edificios de una elegancia sorprendente, y a la vez sonreía al ver ese mareo de gentes con caras aburridas que caminan en direcciones distintas y en continuo tumulto.
– Los ves Antonio como pasan sin saludarse, sin otro sentido que de reojo fijarse en los detalles de sus semejantes.
–Pero además, como veras a veces las miradas son descaradas o indiscretas con el sólo fin de descubrir en los otros de lo que ellos carecen y, envidiar así los elegantes cuerpos, bellezas, vestidos, sombreros y otros adornos.
– Así es Antonio ya que es en ese preciso momento que aparece el cotilleo, la envidia; esa enfermedad que tanto caracteriza a los españoles.

Al dejar los caballos de forzar y encontrarse en la llana Plaza del Callao. El carruaje torció a la izquierda obedeciendo a su consigna para después de atravesar la calle de la Luna. Luego y en una difícil maniobra el carruaje torció de nuevo por la calle del Pez y a la altura de la calle Pizarro se detuvo para después su amigo al descender sonriendo le decirle: – ¡Como ves, nuestro recorrido no ha sido rápido pese a la poca distancia que nos separa de la estación!
–! Pero como veras he querido que aprecies tu futuro barrio y ahora comeremos en mi casa y después te acompañare a la pensión que no está lejos.

El abuelo reconoce que fue de nuevo bien recibido por la señora Leonor, ya que le ofreció una apetitosa comida para después pasar una agradable sobremesa. El matrimonio según dice con cierta astucia terminó por sonsacarle los problemas amorosos que últimamente le afligían y al despedirse la esposa de su amigo con un abrazo le ofreció la ayuda incondicional para todo del matrimonio. Al principio no le pareció muy bien su intromisión de ayudarle apaciguar sus inquietudes amorosas e intentar resolver todos sus problemas, pero luego se dijo que por parte de ellos no había más que buenas intenciones.

Por eso su amigo al caer la tarde le acompaño a la pensión que él le había buscado con anterioridad despidiéndose con un fuerte apretón de manos y él a la vez le devolvió un gesto de agradecimiento por todas las molestias que le estaba causando a este entrañable amigo. Luego dice que una vez que su amigo se fue alejando hacia la calle del Pez, soluciono su alojamiento con la patrona de la pensión y fatigado por su viaje entró en su habitación quedando rápidamente dormido.

No obstante, y que hasta ahora las cosas se habían desarrollado sin mayor percance reconoce que en los primeros días, siguió sintiendo cierta tristeza por su nuevo alojamiento. Dado que aquí le faltaba el aire dulzón de sus montañas, pues el todavía calor de septiembre creaba un mal olor en la pensión y todo pese a que su habitación era de las mejores. Pero sus ánimos se calmaron al pensar que más tarde encontraría algo mejor. Aunque reconoce que su amigo escogió esta pensión por encontrarse en la calle Pizarro esquina a la calle Pez y no muy lejos de la calle de San Bernardo donde se hallaba la universidad. Después con cierto sarcasmo y pena prosigue para decirnos que en su habitación no se oían los pájaros y que no contemplaba el campo y el cielo al abrir su ventana. Su vista tropezaba con una sucia pared distante de apenas unos metros de un mal oliente patio interior del edificio.

Días después de su llegada, recibió el comunicado para asistir a la primera reunión del claustro de profesores donde se establecerían las horas de enseñanza y por consiguiente el tiempo que en el futuro le quedaría libre para otros menesteres. Para el abuelo el comienzo del día fue de mal presagio, mismo si él no era supersticioso y todo porque este día se distinguió del anterior por una fuerte tormenta que muy de mañana desgarraban las nubes fuertes lluvias. Que si bien se dirigían hacia el norte en su paso por la capital inundaban con vivacidad la ya empapada ciudad, impidiendo caminar a los peatones por las calles transformadas ya en torrentes. Refugiado en el portal no se atrevía a salir y contemplando el suelo se imaginó invisibles monstruos que se instalaban con facilidad al reaparecer el invierno: – Catarros nasales, toses, malas enfermedades y hasta los temibles bacilos de la tuberculosis.

La facultad de economía se hallaba situada en el número 52 de la calle San Bernardo que era donde se hallaban la mayor parte de las facultades y el edificio se hallaba bien conservado pese a que su construcción tuviese ya más de cien años. Un bedel lo acompañó al despacho del regidor de la facultad y al entrar vio a su amigo acompañado de viejos barbudos que estaban sentados en cómodos butacones y al extrañarse de que era el más joven entre ellos se sintió desconcertado.

La reunión que en principio tenía como prioridad organizar el trabajo universitario, tardó poco tiempo en degenerar en una auténtica discusión política por el conflicto bélico en Europa. Por lo que él interesado en la discusión, dice que intentó defender su punto de vista sobre la neutralidad de España en la guerra europea. Pero al observar, que su amigo Sergio le hacía gestos con la mano se apartó un instante del grupo al comprender que su amigo intentaba decirle algo referente a dicha discusión. Rápido comprendió que debería ser más prudente, pues al aproximarse a su amigo este se llevó el dedo a la boca y le pidió silencio. Alegando que ellos eran minoría y que los llamados “constitucionalistas” disfrazados de liberales, se hallaban en mayoría.

El rector al observar la dificultad de su tarea, pidió silencio y dirigiéndose a la puerta de entrada la abrió y como por arte de magia apareció una fila de camareros portadores de bebidas alcohólicas. Y fue al poco tiempo de servirse los presentes que la discusión política tocó a su fin, pues las bandejas no solo estaban cargadas de café, té; sino coñac y ron. Al comprender la inquietud de su amigo Antonio y por no haberse enterado de las horas de trabajo ni de su contenido literario.

Antes de abandonar el salón Sergio, sé le acerco de nuevo y sujetándole por el brazo con su sonrisa habitual le entrego una nota donde se encontraban las instrucciones para su nueva labor. Después le invitó a dar un paseo e intentó explicarle que la discusión política no era prudente en la universidad; pero por lo contrario le invitaría a participar en una tertulia en casa de su amigo y escritor Pío Baroja donde encontraría gente acorde con sus sentimientos.

Aquel invierno nevó mucho y el frío era tan intenso que él mismo acostumbrado al frio sintió escalofríos al contemplar su estrecho cuarto tan triste y sin las condiciones mínimas. Pero fue después observando el sucio espejo del armario, que se asustó al ver que perdía brillo al contacto de su aliento y se entristeció al ver que sus ojos parecían más graves y hundidos. Ante tal situación que empeoraba día a día, pensó que su bajo salario que era el causante de su situación; al no poder permitirle cambiar de alojamiento y por eso se dijo que debía hablar con Sergio para que le ayudara a buscar un nuevo trabajo.

A la mañana siguiente a grandes zancadas y hundiendo sus manos en los bolsillos de su maltrecho gabán se dirigió a la facultad con el propósito de abordar a su amigo para pedirle un empleo suplementario en la universidad. Pero al entrar en la facultad y como si fuera la primera vez quedo admirado de esta pieza grandiosa de elevado techo, cuando al llegar al centro de la gran estancia vio bajar a su amigo por la gran escalinata que conectaba con la plata superior. – ¿Amigo Sergio me encuentro en la miseria?
– Por eso de nuevo le pido otro favor. A lo que Sergio sonrió para decirle: – Amigó siempre lo veo preocupado y ahora es usted el vivo retrato de un difunto en vida.

Ante esta enojosa afirmación, quedó indeciso un instante para después ya más tranquilo; explicarle su situación que sin dejarle terminar y con un gesto afirmativo dio al instante solución a su problema. Satisfecho de la solución que le ofrecía su amigo, salió sin perder tiempo a la calle y con paso ligero se dirigió a la próxima boca del flamante recién estrenado metro madrileño. Reconociendo que la proposición era tentadora y si además, contaba con la influencia de su amigo era muy posible que le concedieran el empleo por eso se bajó en la plaza de Colon no lejos del recién inaugurado Liceo Francés que se hallaba ubicado en el lateral derecho de la plaza de Las Alesas.

No tardo el director en recibirle y después de una rápida entrevista con él no tardo en comunicarle que era aceptada su plaza de profesor, lo que junto al salario que ganaba en la facultad mejoraba sustancialmente su peculio. Contento como un niño, se dirigió andando hacia la Plaza del Barceló, para después cruzar la calle de Fuencarral y al entrar por la Corredera alta de San Pablo. Y detenerse en el mercado de San Ildefonso, donde le vino al recuerdo el inmenso e inolvidable mercado de “Les Halles” de París que Zola en su libro lo configuraba como el vientre de París.

Sí, fue al penetrar en el mercado que observó ese ir y venir de productos que más tarde serian ingeridos por la población, para posteriormente convertirse en simples desechos que serían recuperados por los madrugadores carros de basura para llevarlos a los estercoleros del extrarradio de la capital. Donde malvivían miles de seres depauperados al recuperar las inmundicias que ya no servían a sus semejantes.

Una vez de nuevo en la calle y pese a ser un día frío, seco y clásico del invierno madrileño, el abuelo al hallarse contento de su nuevo puesto dejó la plaza de San Ildefonso, por una corta travesía se dirigió a la calle Fuencarral para ganar la Red de San Luis esquina a la Gran Vía y la calle de La Montera. Al bajar la empinada calle de la Montera, le emociono ese bullicioso gentío, que como la desembocadura de un río las gentes fluyen sin retenerse mientras otras se retienen voluntarias en las orillas recreándose en los escaparates de las tiendas.

Aturdido por el enjambre humano dice que fue antes de llegar a la Puerta del Sol que pidió información de donde se hallaba el café Levante a un funcionario del ayuntamiento. En dicho café le esperaba un estudiante de la Universidad que ya en otras ocasiones le habían invitado a las tertulias que allí se desarrollaban. El estudiante que más tarde llegó a ser profesor como él y que se llamaba Aleixandre. El cual, al conocer sus inquietudes humanistas hizo amistad con él y que después con el tiempo le fue presentando a otros estudiantes que por sus preocupaciones sociales terminaron fundando un grupo llamado: – Progresista y Republicano.

La Puerta del Sol a esas horas tenía todos los atractivos del paseo y que él renacía su encanto al observar como en la plaza ríos humanos procedentes de las afluentes calles que terminaban inyectando el fluido de almas en la plaza que era el verdadero corazón de Madrid. Pues en ella entraba y salía abierta a las emociones, a las tristezas y alegrías ese trasiego de seres que hacían latir con fuerte impulso la bulliciosa capital. Pero fue al girar varias veces por la plaza que sorprendió el fuerte sonido del gran reloj situado en la torre del Palacio de la Gobernación. El que le hizo recordar la cita que a las ocho de la noche había convenido con su amigo.

Al marchar en dirección contraria a la que venía girando y acercarse a la calle Carretas, una vieja al lado de un bidón en llamas, con voz ronca y desagradable pregonaba su mercancía, que obviamente por su olor, se adivinaba que eran castañas. Como también a la vez en la esquina de enfrente sonaba como un quejido la música de un organillo, que al continuo giro de su manivela, desgranaba su gangosa melodía.

Una vez ya enfrente de la cafetería una puerta giratoria daba acceso al amplio salón de la cafetería, el cual con un decorado original y elegante daba renombre a dicho establecimiento. Al intentar descubrir a su amigo y no encontrarle, se dirigió a un camarero que le indicó que la tertulia tenía lugar en un salón situado en el segundo piso. Y ya una vez arriba, su amigo Vicente al verlo se levantó y con un gracioso y, fuerte acento sevillano, le presento al famoso periodista y escritor Ramón Gómez de la Serna. Pero al ser el ruido del que quedo sorprendido de su elegancia, del que luego supo que se trataba del más joven catedrático de Metafísica de la Universidad Central de Madrid,- José Ortega y Gasset.

A continuación, y debido a la algarabía que causaba el debate por la recién estallada guerra en Europa, los demás fueron presentados rápidamente y que apenas pudo escuchar sus nombres; aunque más tarde supo que se trataba del propio Gregorio Marañon y de Rafael Caro Raggio, personaje recién casado con una hermana de Pío Baroja Nessi y al que después le unió una gran amistad. Fuertemente emocionado el abuelo sigue para contar que en muchas ocasiones había asistido a innumerables tertulias; pero ninguna hasta la fecha le creó tanto nerviosismo, ya que la discusión poco a poco fue tomando un cariz desagradable. Pero no obstante, termino por tomar la palabra con el fin de intentar calmar los ánimos: – Sugiero a los presentes que busquemos un punto de vista aceptable y por eso me atrevo a expresar mi opinión.

– No olviden que el capitalismo, ha proclamado la guerra alegando derechos fronterizos como siempre y que España recibió presiones de los aliados para entrar en ella; sin embargo y, mismo si nos tachan de egoístas, nuestro gobierno, aunque no fuera más que por primera vez, debería quedar neutral.
– Para España después de las continuas guerras civiles y las derrotas coloniales, sería una buena ocasión de recuperar nuestra cita de principios de siglo con la bien llamada revolución industrial.
–Y así poder remontar nuestra miseria económica que nos brindaría la neutralidad, que sin duda por fin modernizaría nuestra industria.

Como fatigado el abuelo hace una pausa en su recordado discurso, para seguir después diciendo; que el grupo encabezado por José Ortega y Gasset. Aplaudió con firmeza su intervención, pero que otros grupos diferentemente mantenían la presión en el local con actitud intervencionista; por lo que su amigo Vicente Aleixandre, le animo a pedir de nuevo la palabra. – Compañeros, os repito que la guerra la hacen los gobiernos imperialistas, y por eso de nuevo insisto.
– ¿Qué tenemos que ver con eso nosotros y a que cuento debemos tenderles la mano?
–Qué se meta el gobierno si quiere, pero nosotros los progresistas, debemos no solidarizarnos con esa aventura, del poder por el poder.

Tras su última intervención, varias voces se unieron a la vez para gritar: – “¡No, no a la Guerra!”. Los aplausos continuos y el caldeado ambiente hicieron que después él continuase diciendo: – Dejemos que se hagan la guerra, que se casquen y cuanto más se casquen más pronto llegara la revolución social.
– ¿Señores yo quisiera que alguien me explique cuál es el objetivo de esta guerra; que no sea la del imperialismo? Al sentarse los compañeros de mesa al unísono y en voz baja repitieron: – ¡Vaya, amigo, no parece que sea usted muy nacionalista!

Poco después el cruce de monólogos se hizo insoportable y fue difícil entablar la calma al concierto de voces, pero la oportuna intervención del periodista Ramón Gómez de la Serna desvaneció el bullicio para quedar todos a la espera de las proposiciones de la ponencia que presidía José Ortega y Gasset, que con esos dotes caracterizaron siempre su prosa. No cabe la menor duda que fue la intervención de Ortega y Gasset la que bastó para que se acordara aquella misma tarde se redacción de un documento dirigida al gobierno y al Rey.

Al final, entre los elegidos para dicha redacción fue él entre los otros cuatro que ocupaban la mesa. Para luego ya una vez sentado en una esquina del café lleno de humo, comprendió que el momento era importante dada la gravedad que vivía Europa; pero reconocía que dicha redacción era necesaria en cuanto a la necesidad de una neutralidad por parte de España en el conflicto.

Eran pasadas las doce de la noche cuando finalizo la redacción del documento y fue después de despedirse de Ortega y Gasset que le rogó que no dejara de asistir a las próximas tertulias. Al terminar dice que salió acompañado de Vicente Aleixandre y Román de la Serna y de nuevo al entrar en la calle del Carmen la animación era excesiva, pero una vez ya en la Plaza del Callao el gentío era ya menos denso.

Al pasar por una elegante cafetería esquina a la Gran Vía, Ramón de la Serna no pudo por menos que invitarles a pasar. Pues era de todos conocidos su vida cultural y bohemia que practicaba en lo que él denominaba el madrileñismo dado que por su profesión de periodista esto le permitía mantener una ligazón especial con la ciudad. Don Ramón de la Serna, fue autor abundante que a lo largo de su vida publicó más de cien libros de todos los géneros como la novela, el ensayo, el cuento, el teatro o él artículo periodístico. – del que fue maestro indiscutible de la “greguería”, que él mismo definió como “metáfora más humor”.

Al penetrar en la cafetería y al observar que toda la clientela se levantaba a saludar a Ramón de la Serna; el abuelo quedó absorbido por la personalidad de ese señor, que sin dejar de halagarlo repetía que para él; era un ser con un humanismo poco común. Y que a partir de aquí una gran amistad les unió después y que años más tarde colaboraría con sus artículos en El Sol, La Voz, Revista de Occidente y El liberal. Ramón de la Serna nació en Madrid y era hijo de un ilustre jurista, estudio Derecho, pero desde muy temprano se sintió atraído por el periodismo, creando un estilo conocido como el “romanismo”, sinónimo de independencia, esteticismo y provocación.

Su no mal parecido y la fama de Ramón, hizo que las miradas femeninas se fijaran todas en su persona, pero él habituado a este estilo de vida se movía como un pez en el agua. Por eso aquella noche con mucha finura después de liar tres cigarrillos y que con mucha delicadeza les ofreció. No obstante, y mismo agradeciendo su delicadeza por parte de Ramón él con simpatía a Vicente Aleixandre le repitió que no le era saludable el fumar y que debería curar su tos y sus pulmones delicados.

A pesar de ese buen consejo, Ramón encendió un cigarrillo y se giró para pedir permiso a las cuatro elegantes señoritas sentadas en la mesa de al lado y con una graciosa prosa; las dijo: - “¿Las molesta a ustedes el humo del tabaco?” Tras el negativo gesto de cabeza de las señoritas, Gómez de la Serna con cierta delicadeza se dirigió a Vicente: – ¡Sí! – ¡Pero a ti más mi querido amigo! Señalando de nuevo con el dedo su salud precaria. La verdad es que años después, Vicente contrajo una infección renal debiendo ingresar en un sanatorio de la Sierra de Guadarrama, donde quedo, por un tiempo alejado de la vida cultural de la capital.

– ¡Pero háblenos de usted, señor Hernández!
– Si no me equivoco, es usted profesor y me han dicho que tiene usted mucho que contar de esos mundos de Dios. Pese a esta petición tan inesperada como inesperada, él no dudó en hacerles una recopilación de su vida bohemia en París y hablarles a la vez de las personalidades de la cultura y la pintura con los que él había mantenido una cierta amistad. Y reconoce que los dos quedaron sorprendidos al oír todas sus aventuras por esa Europa que ellos apenas conocían.

Después como queriendo justificarse con nosotros, dice que dada situación que atravesaba y aunque un poco egoísta por su parte era una buena ocasión para pedirles si conocían alguna pensión que le ayudara a salir de esa desagradable y fría pensión en la cual vivía. A su prolongado silencio el joven periodista acostumbrado al mundo difícil de la información, psicológicamente no quiso ir más lejos y cruzando los brazos miró al techo para decir: – Señor Hernández no se atormente más, ya que yo hablare de usted a una buena amiga y veremos lo que dice.
– Le tendré al corriente por Vicente y si hay suerte vera que es un hostal muy acogedor.

Al salir a la calle los envolvió inesperadamente el aire frío y al mirar al cielo quedaron admirados al observar que se hallaba en ese momento repleto de estrellas que resplandecían con una energía deslumbrante y con un fondo de infinita oscuridad. Para después al bajar por la Gran Vía, fue cuando un automóvil se detuvo junto al bordillo de la cera y al abrirse la ventanilla una voz femenina dirigiéndose a Ramón con una risita muy ingenua le dijo: – “¡Hace una noche pícara y preciosa!”. Era una mujer cubierta con un elegante abrigo de pieles, que con voz melosa daba órdenes al chofer para que abriera la portezuela del automóvil y al acercarse Ramón descubrió con simpatía que se trataba de una famosa “tonadillera” con la cual mantenía relaciones amorosas.

Ramón con esa simpatía que le caracterizaba nos pidió que le disculpáramos y con cierta malicia se despidió introduciéndose en el vehículo que se alejó dejándonos una nube de humo que emergía del tubo de escape y que a Vicente le dejo una tos sofocante y duradera. Aquella noche volvió a casa muy tarde y reconoce que aquel sábado fue muy fuerte en emociones, por eso fatigado se extendió en la cama pero no llego a poder dormir, dado que además de dichos acontecimientos; la imagen de Matilde al no poderla olvidar le hacía en todo el cuerpo la misma sensación como si se hallase paralizado. Sabía que no estaba en Madrid por su hermana, pero que pronto llegaría a su casa de la calle Serrano. Por eso no pudo alejar de su mente los recuerdos de su amada y dice que solo cuando la habitación tomaba un color rojizo al pasar su luz a través de las cortinas de color rojas, que con siguió cerrar los ojos.
















CAPÌTULO IX
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Amar y ser amado

pablogarcia
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Mensajepor pablogarcia » 29 Abr 2007, 12:47

Gracias y se sigue

CAPÌTULO IX

CAPÌTULO IX


Como cualquiera otra ciudad Madrid vivía una vida única, intensa y llena de preocupaciones con la angustia de que ese día fuera para ellos fatal. Pero él por sus ocupaciones y su nueva existencia no le dejaban tiempo para pensar en problemas mayores y ni tan siquiera en ocasiones acordarse de la tan deseada llegada a Madrid de Matilde. Ya que debido a sus dos empleos no le quedaba tiempo ni para pensar y mucho menos analizar sus sentimientos: - Por la mañana clase de comercio en la universidad, a las cuatro; de nuevo clase en el Liceo Francés y por la noche sus habituales tertulias.

Pero lo que más le deprimía era cuando llagaba a la pensión, la verdad es que en ella se hallaba en un estado de ánimo muy bajo en esa oscura y fría habitación. Pero reconoce que a los pocos días su nuevo amigo Ramón Gómez de la Serna mantuvo su palabra al encontrarle en la Plaza de Santo Domingo; un hostal digno de su nombre y esto le permitía dejar para siempre la triste y mal o lienta pensión.

El hostal se hallaba situado en el cuarto piso de un edificio antiguo pero señorial que daba a dicha plaza y el nombre del hostal “Encarnación” que era como estaba escrito en un letrero colgado en uno de los alegres y hermosos balcones del edificio. El abuelo no tuvo problema con la patrona que lo aceptó con simpatía como su nuevo inquilino. Doña Encarnación era una señora de buen ver y con una belleza andaluza que a sus cincuenta años el tiempo aún no llegaba a marchitar. No obstante de ella se decía que era mayor su belleza interior que su hermosura exterior, ya que su amabilidad sorprendente fue en todo momento sincera sobre todo cuando le dijo: – ¡Los amigos de Ramón son mis amigos!

Al visitar su alegre habitación quedó largo rato perplejo y sorprendido de su enorme ventanal que desde él, al abrirlo; se divisaba toda la plaza y al fondo la fachada posterior de la ópera madrileña. En el comedor, Encarna que era como ella quería que se la llamara, le fue presentado uno a uno los demás huéspedes, y dice que había cuatro mesas distribuidas en el amplio comedor un viejo piano de cola; que doña Encarnación guardaba como una reliquia. Y en el fondo un gran mueble de pino labrado acaparaba lo que en definitiva era el salón favorito de la vida social de los inquilinos.

En la primera mesa se hallaban dos hombres jóvenes y una mozuela que no habría cumplido sus veinte años y que doña Encarnación le presentó como su sobrina Roseta para después, que con gran simpatía continuar la presentación de los demás: –Jacinto Huertas estudiante de la Facultad de Derecho y Corpus Bargas cronista y reportero. Al saludar a Corpus Bargas recuerda que ya le fue presentado por Ramón en las tertulias del café Levante y que trabajaba en periódicos republicanos como eran El País y El Radical.

En lo que se refiere a Bargas a los 17 años ya publicó su primer poema, “Cantares” y al año siguiente dejó Madrid para residir en París dedicado al periodismo y mantuvo intensas relaciones con los escritores como Pío Baroja y Valle-Inclán. Durante la guerra civil él volvió a frecuentarlo y en 1939 abandonó España con el escritor Antonio Machado. Que le acompañó hasta Collioure (Francia) donde este murió y en 1948 se instaló en Lima (Perú) colaborando en numerosas revistas editadas por los exiliados.

En la mesa del fondo donde se hallaban cuatro personas donde Encarnación le presento a Javier del Pozo un pintor bohemio que termino ofreciendo sus servicios restaurando techos y lienzos de Iglesias mismo si se confesaba ateo. Encarna continuó su presentación destacando la belleza de las señoritas, Elizabet kiena y Charo López figuras del Ballet Nacional de la Ópera de Madrid y otra señorita de bien ver que no entendió bien su nombre aunque más tarde supo que no llegaba a encontrar una ocupación de su gusto; hasta que años más tarde la encontró cantando en un café teatro.

Dicha señorita siempre mantuvo una “más que una buena amistad” con Vicente Aleixandre ya la volvió a ver varias veces en el sanatorio cerca de Madrid donde iba a visitar a Vicente que pasó varios años allí ingresado a causa de su crónica enfermedad renal. Y por Encarnación llego a descubrir que Amparo que era como se llamaba vivió en secreto y sin el reconocimiento de la familia de Vicente un auténtico romance de amor digno del mejor melodrama.

En la mesa contigua al gran ventanal, se hallaban personas de más edad que le fueron presentadas como huéspedes privilegiados y que Encarnación familiarmente tuteaba debido a los largos años de instancia: – Le presento por la derecha a la viuda del coronel “Perales” y a la señora doña Trinidad Fuentes viuda del general “Armenio Linares” que combatieron a las órdenes de don “Valeriana Weyler” contra los insurgentes Cubanos.

Terminada las presentaciones, el periodista Corpus Bargas le invitó con el permiso de los presentes a ganar su mesa. El joven periodista no tardó en intentar sonsacar más de sus costumbres y su forma de pensar después de contarles sus andadas por Europa y a lo que el joven Corpus Bargas a provecho para que lo orientase sobre su próximo viaje e instancia en París como corresponsal de prensa. Al principio dudó, pero al observar las ideas y la buena voluntad del periodista; le hizo las revelaciones oportunas para que su instancia en la capital francesa fuese lo mejor posible.

Según el abuelo todos se levantaban tarde y cuando él ya estaba cansado de revisar los trabajos de sus alumnos en la mesa más cercana a la luz del ventanal cuando aparecían los primeros huéspedes a desayunar. Corpus Bargas era de los que desayunaba más rápido para después regresar a su habitación, encerrarse con llave con el propósito de no ser molestado y aplicarse en la redacción de sus artículos que enviaría por la noche a sus respectivos diarios.

Otro era el pintor Javier del Pozo, adicto de la noche madrileña; pero como esa noche se había acostado pronto sacó su caballete lo más cerca del balcón y allí obligado por necesidad económica pintaba autorretratos de encargo. Por eso María la joven y guapa sirvienta que parecía muy interesada en su persona le pedía una y otra vez con una expresión maliciosa que fuera más limpio con su pincel y fue más tarde que comprendió que se entendían dado las horas que los dos pasaban juntos en el hostal.

Los demás inquilinos; después de desayunar no cambiaban generalmente sus costumbres pues doña Trinidad Fuentes y la viuda del general Linares, se dedicaban a tejer calcetines con lana de distintos colores que luego regalaban a la persona más cariñosa con ellas. Algunas veces sin más, dejaban el punto y bailaban cantando Sevillanas con voz fuerte y poco agradable. Más tarde, sobre las nueve, apareció Roseta la señorita que le fue presentada el primer día como sobrina de dona Encarnación y que él había olvidado su nombre.

Esta extraña muchacha, era la más joven de los inquilinos y, llamaba la atención por no ir nunca bien arreglada pese a poseer una exuberante hermosura acompañada de buen color. Pero de unos ojos todavía sucios de una pintura ulteriormente mal enjuagado y lo más curioso era que casi siempre salía al comedor acompañada del joven Jacinto Huertas estudiante de derecho sin esconder la confianza que reinaba entre ellos. Sin embargo, a las jóvenes que trabajaban en el ballet de la Opera Nacional no las veían hasta la hora de la comida, dado que su trabajo nocturno les hacía guardar cama hasta bien entrada la mañana.

Por estudiar Jacinto derecho en la calle de San Bernardo, dice terminaron por hacer juntos el recorrido hasta la universidad. Para eso tomaban sin grandes prisas el tranvía, que tenía la parada a pocos metros del portal y que en apenas diez minutos les dejaba en la puerta de la universidad. Jacinto Huertas era un hombre que derrochaba simpatía, y por pertenecer a una familia pudiente le permitía repetir los años de estudio sin importarle mucho los gastos que esto pudiera ocasionar. No obstante, y gracias a su ayuda años más tarde llego a terminar sus estudios y reconoce que además, que la amistad con él y la joven Roseta fue muy intima. Esta entrañable pareja años después con el permiso de doña Encarnación, vivieron juntos hasta que sin la voluntad ni ayuda de sus padres contrajeron matrimonio por lo civil, y cuenta que fue testigo de la boda y que su amistad duró hasta que un bombardeó de la capital en plena guerra civil se los llevo por delante.

Al abuelo, mismo si apenas tenía tiempo en participar en sus distracciones le divertían mucho las personas del hostal a quienes consideraba buenas personas; pero que realidad le gustaba tratarlos uno a uno porque algunos resultaban un poco extravagantes. Esas Navidades las pasó en Madrid, reunido con casi todos los huéspedes del hostal y donde dice que reinó toda la noche una buena armonía. Sobre todo en la velada donde no faltaron Vicente Aleixandre, Gómez de la Serna, donde Encarna quien después de unas copas de más, confesó que era la mujer más feliz de este mundo y terminó cantando y bailando sevillanas con muchísima elegancia. Como también Ramón con su buen humor terminó la inolvidable velada contando chistes y los últimos chismes que circulaban por la capital.

Sí el hostal, reconoce que le cambio la vida, su gente era cariñosa y, esto le hizo más alegre cada día y su carácter austero fue día a día cambiando así como sus sentimientos por Matilde que reconoce que eran cada día más firmes. Ya que no se parecían en nada a lo que había experimentado hasta entonces con ninguna otra mujer.

A primeros de marzo, y en uno de esos días de la cantada primavera temprana de la capital; sentado como de costumbre en su mesa habitual, revisaba sus trabajos, a la vez que recorría las cortinas, doña Encarnación le dijo: –¡Qué día más espléndido tenemos!
–Antonio, permítame que lo tutee; porque de verdad no sabes lo que me alegro de que hagas parte de esta familia que aunque un poco extravagante, reconocerás de que posee un humanismo, que no se encuentra en todas partes.
– ¡Ya que al fin de cuentas, en este mundo, sin amor, la vida sería insoportable!”.

Encarna llevaba razón, pues esa mañana el cielo despejado, parecía infinito en su azul celeste. – Señora Encarna.
–Ahora mismo no podría explicarle, pero no sabe las ganas que siento de volver a vivir.
– Pues la diré que penas un mes atrás me sentía triste y hoy creo que ya no soy el mismo.
– Antes creía que todo era incierto, que todo el mundo era malo, embustero e hipócrita.
– ¿Me entiende lo que le digo? – ¡No sabe señora Encarna que cambio experimentado gracias a que todos ustedes que me dieron su amistad!
– ¡Pero eso Antonio es magnífico!
– ¡Y ya verás que con este cambio el mundo para ti será diferente y dejaras de hundirte en esa angustia asfixiante!

Aquel día cuenta que además, era domingo radiante y que se detuvo ante el portal de la casa, donde una banda de chiquillos gritaba a pulmón abierto a la vez que un inquilino rabioso les llamaba la atención marcándoles con el brazo que se alejaran del portal. Pero la “¡Banda de gamberros!” a la vez que le insultaba le gritaban con más fuerza todavía. Pero el abuelo al sentirse ese día de buen humor no pudo por menos ante este hecho soltar una maliciosa sonrisa.

Los domingos pensó como muchos madrileños acercarse al rastro y por eso se dirigió hacia la plaza Oriente. Para después de atravesar sus espléndidos jardines situados enfrente del Palacio Real, tranquilamente torció a la izquierda para coger la calle Bailen. Pero fue al caminar unos doscientos metros que se encuentra el viaducto con su inmensa mole desde donde se divisa la parte más verde y bonita de Madrid. Desde aquí se contempla a lo lejos el declive con sus grandes masas de vegetación que con el tiempo creó el río Manzanares, siendo las primeras arboladas del campo del Moro y al fondo el inmenso parque de la Casa de Campo. Pero lo más hermoso del paisaje se halla donde la mirada se pierde en el horizonte, al divisar la sierra del Guadarrama coronada de pirámides de nieve creando una inmaculada blancura en la lejanía.

Al abandonar el viaducto y apenas un kilómetro a la derecha, la vista tropieza con la enorme basílica de San Francisco el Grande y uno queda asombrado por esta inmensa mole que le hace reflexionar un instante al observar su inmensa cúpula que no es más que un continuo desafío del hombre a la naturaleza. Pero lo más significativo de este monumento es sin duda la inmensa cúpula que brilla al choque vertical de los rayos del Sol como si fuera un globo terrestre picado en lo más alto con una cruz significando el poder del Dios cristiano sobre este mundo.

Más adelante y al encontrarse en la puerta de Toledo. Quedó cautivado al divisar desde allí las áridas cercanías de Madrid que se embellecían con la llegada de la primavera. El paisaje era de una belleza extraordinaria al divisarse los cerros de la lejana carretera de Toledo, donde crecían con un verdor intenso sus cabelleras de cebada y trigo y en las laderas los grupos de almendros se adornaban con flores blanquísimas y otras como el nácar o de color sonrosado. Al llegar a la parte baja de La Ribera de Curtidores se crea una empinada cuesta, y al caminar calle arriba por ambos lados bajo toldos de lienzo o sacos blancos. Se esparcían por el suelo las baratijas de los chamarileros: –Viejas espadas con fundas de terciopelo que habían servido en los teatros, machetes, saleros y vasos de porcelana.
–En otros puestos ofrecían artículos de género nuevo, pero no era posible comprobar su procedencia.

Por información del estudiante Jacinto Huerta, nos dice que busco una librería instalada al arranque de la calle; donde se vendían libros prohibidos por la monarquía. La contraseña era “Zola” y había que preguntar por un tal Bernardo, el cual con cierta prudencia lo introdujo en un cuarto trasero ofreciéndole, las últimas novedades de la literatura francesa. Para luego ya una vez en la reciente Plaza de Cascorro, dice que descansó un instante apoyado en las verjas del recién estrenado monumento a Cascorro héroe de la guerra de Cuba y ya menos cansado se dirigió con su precioso cargamento hacia la Plaza Mayor para después seguir por la calle del Arenal. Donde al bajar por la acera, le llamo la atención las vendedoras de flores que entorpecían el paso de la gente, alargando las manos con puñados de rosas. Y contento de su nueva existencia y sin reflexionar un instante, compró rosas para ofrecérselas a la señora Encarna por su simpatía y dulzura.




















CAPÌTULO X

La noticia de que su hermana Teresa se trasladaría recientemente a Madrid, le alegro intensamente al no esperar esta extraña coincidencia; que era también la magnífica novedad que le daba su hermana de que Matilde llevaba ya varios días en Madrid. Ya que todas sus ideas estaban basadas en una sola esperanza la de poder ver de nuevo a Matilde, dado que era incapaz de pensar en otra cosa. Sí, nada veía en ella que no fuera precioso, seductor y magnifico y para él el hecho de que Matilde se hallara en Madrid era demasiado valioso para ante los demás, poder contener su alegría.

Aquella primavera el intenso azul cielo de Madrid fue radiante y además, no dejaba de contar los días que faltaban para la llegada de su hermana. – Era feliz y no podía ser de otro modo…
– ¡Sí, su hermana Teresa era para él una mujer encantadora, tierna y dulce! - Se decía una y otra vez.
– Pero sobre todo qué su hermana ahora, con sus ganas de vivir y su alegría le traería de nuevo esa parte de la familia que él tanto añoraba…

Ya más tranquilo luego cambia de conversación, para decirnos que en el despacho del redactor del gran periódico El País, se celebró una reunión extraordinaria de redacción, y a la que no faltó su amigo Corpus Bargas que días antes le había prometido su ayuda para pudiera colaborar en dicho periódico. El redactor jefe era un hombre campechano, con un fuerte acento catalán y modulaba las palabras como en un continuo discurso dando consejos continuos de prudencia en las crónicas políticas con el fin de prever males mayores. – “Nuestra dificultad reside en que, con ingenio, no se vea nunca que ponemos en peligro la integridad del Estado.
– Por eso hay que crear una ingenua capacidad y marcar unas reglas de juego que a través de una línea precisa resguarde la prensa liberal y republicana.”

Los periodistas casi todos viejos, barbudos y republicanos, se hallaban sentados cómodamente en sus butacones y que sin ninguno de ellos pedir la palabra, aceptaron su colaboración y su prudencia. Después todos se miraron con cierta sorpresa, al no ver aparecer los camareros y creer que el director llevaría a su término lo que en la última reunión insinúo de prohibir las bebidas alcohólicas. Pero no fue verdad ya que al final se les sirvió amplias tazas de café, eso sí, bien rociadas con disimulo de coñac o ron.

Días después que él abuelo recibiera la carta de su hermana y, aprovechando que era domingo, hizo por reunirse con ella y decidieron que fuera en la boca del metro de la Red de San Luis - esquina a la Gran Vía. Allí estaba puntual ella con el rostro libre de esos conocidos problemas que tanto hacían sufrir a la humanidad, a la vez que se apartaba con la mano ese bonito y largo pelo que colgaba sobre su frente. Al acercarse le abrazo fuertemente, y brotó de sus ojos un rayo de alegría, a la vez que su rostro se iluminaba con una sana sonrisa y sin esperar más le dijo: – Ya sabes el placer que me da el verte de nuevo y qué grande es la alegría cuando estamos juntos.

La gente reía al paso del carnaval que se desplazaba por el centro de Madrid, y casi a gritos hablaba a su hermana de los trabajos que él desarrollaba en la universidad, en el Liceo Francés y también de los artículos que llevaba publicados. Su alegría era desbordante y se sentía engrandecido, como si se elevase sobre el suelo con esa hinchazón que da la felicidad. Por lo que la siguió explicando sus buenos resultados en sus trabajos en el poco tiempo que llevaba en Madrid.

Al bajar la Gran Vía y en el vértice con la calle Alcalá, quedaron desconcertados de nuevo al descubrir la riada humana que ocasionaba el carnaval al cruce de las dos grandes avenidas y cuenta que como dos jovenzuelos y sin soltarse de la mano entraron de lleno en este fabuloso espectáculo carnavalesco que ofrecía este simpático pueblo de Madrid. Teresa reía al mover con fuerza su cabeza con el fin de sacudir las innumerables serpentinas de todos los colores, así como los puñados de confeti que mismo horas después aun sacó de sus bolsillos.

Al ver a su hermana reír como una niña de tan alegre espectáculo, se sintió el hombre más feliz de la tierra y, fue en ese momento que le vino al recuerdo cuando de niños jugaban en los verdes prados de su tierra querida y desde entonces dice que había seguido queriéndola por su inocencia y buen corazón. De su hermana, todos los que habían sentido la atracción por su belleza, tuvieron que abandonar, en vista de que les era imposible llegar a ganar su corazón que un día logró ese mocetón que ella seguía siéndole fiel, pese que cuando apenas tenía veinte años la guerra de Marruecos le segó su vida.

Al alejarse las últimas carrozas hacia la Puerta del sol que era el corazón de Madrid, él público se hizo menos denso al huir por las calles ha yacentes e ir ganado las bocas del Metro, para luego ganar los extremos de la capital. No, ya no eran esas aceras con la dificultad anterior, ahora la marcha sé hacia más placentera al caminar en el declive que conduce a la Plaza de Cibeles, que era donde se encontraban los edificios más señoriales de Madrid y todo pese a que sus fachadas eran todas diferentes ellas mantenían una arquitectura digna de admiración.

Teresa trabajaba como institutriz en el cuarto piso de un edificio situado en la Puerta de Alcalá y sus patrones eran unos ricos comerciantes de Santander que ella conoció por ser estos conocidos de ella. Pero lo que más le sorprendió fue el interior del portal que estaba adornado con una espléndida escalera de mármol. Pero cuando ya se iba, dice que como por encanto y antes de darse la vuelta apareció en el bajo de la escalera una señora que no dudo en dirigirse a ellos.

La señora que Teresa reconoció como Conchita, era una hembra muy gruesa, de cara aplastada y pelirroja, que con sus brazos arremangados y su bata sucia no se podía dudar que fuese la cocinera de la casa. Esta campechana y vigorosa hembra no dejó de mirarle con constante curiosidad, para después amablemente pedirle con insistencia a Teresa y a él que entraran en la casa. Es verdad que no pudo hacer otra cosa que aceptar al picarle la curiosidad de conocer al matrimonio que su hermana tanto alababa por su bondad y buen trato.

Y así fue pues al entrar en un amplio salón, una señora que parecía esperarles le invitó a pasar; detalle que a él le hizo pensar que se trataba de una maniobra montada por la cocinera, posiblemente también por su hermana y la dueña de la casa. La elegante mujer que apareció como un ensueño bajo el resplandor de la enorme lámpara, hacía de ella más señorial y hermosa su imagen. Luego sin tardar ella con el brazo tendido seguía insistiendo en que avanzara al interior del salón. Donde ya una vez en él, el abuelo quedó sorprendido y pensativo al querer recordar a esta bella mujer, que por su porte y elegancia, le pareció una estatua sin alma pero tallada en mármol más caro. Además, era alta, esbelta y de una elegancia que caracterizaba a esas damas que siempre viven en continuas ceremonias.

Pero lo que más le sorprendió fue cuando ella entreabrió los labios con una sonrisa mezclada de ternura y bondad y asegura que fue en ese instante en que sus ojos se clavaron en su persona que recordó con facilidad que esa mirada no le era extraña. Dado que sin ningún esfuerzo de memoria recordó a Isabel, aquella bonita mujer que no vivía lejos de su casa y que pertenecía a una de las familias más ricas de la región. Sí, él recuerda que la había visto varias veces en el pueblo cuando pasaba sus vacaciones de verano con su familia y pese que nunca se acercó a ella su hermana maliciosa le aseguraba que la moza siempre tuvo sentimientos amorosos por su persona.

Isabel les invitó a sentarse y pidió a un uniformado mayordomo que les sirviera café, para después al observar que él seguía de pie mirando un impresionante cuadro que colgaba en la pared, ella con el brazo le indicó que era su marido. Pero por la buena calidad de la obra, él pensó habría sido pintado por un artista de renombre; a lo que Isabel con cierto satisfacción término bromeando que el coste de la pintura era evidente que había favorecido a su marido.

Después al sentarse en unas cómodas butacas y sonriendo les dijo: – Mi marido, como bien sabe su hermana es un hombre muy conocido y de gran influencia en la capital, y por tanto queda a su entera disposición siempre que lo necesites. Un silencio prolongado, les hizo comprender que Isabel continuaba dudosa de seguir mostrándoles orgullo o grandeza. Por eso cambio la conversación para no tardar en decir: – Antonio perdona que te tutee, pero por la simpatía que te tengo y sin exageración yo diría más.
– Que puedes contar con mi ayuda incondicional.

Isabel después continúa hablando tranquilamente, como mujer fuerte y reconoce que todo no puede ser en esta vida ya que sus ilusiones de juventud se esfumaron el día que sus sentimientos amorosos se perdieron. Y por eso reconoce que una obligación familiar le hizo buscar en la capital lo que no pudo lograr en su pueblo. Después continuó hablando para justificar a su familia y reconocer que ella necesitaba un hombre que fuera de su clase.

Poco después más tranquila, separó sus manos como si todo lo que acababa de decir no fuese más que un juego de jóvenes inexpertos. La verdad es que él ante estas valientes declaraciones quedó desconcertado por la confianza de Isabel, pero nos asegura que en vez de alegrarle le infundió respeto a la vez que sintió un deseo de confesarle que él estaba profundamente enamorado de Matilde que ella también conocía. Pero creyó que debía ser prudente y respetuoso; por eso luego, ante la situación embarazan té que se había creado y tras los saludos preliminares creyó oportuno abandonar su sillón y la casa.












CAPÌTULO XI


Un espléndido sol primaveral derramaba sus rayos sobre ese Madrid de los últimos años de la segunda década del siglo y la primavera ofrecía como bien dice la copla ese aspecto enardecedor de los primeros días del mes de mayo. Los frescos días del carnaval quedan atrás y ahora a la gente se la ve más alegre al dar por terminado el oscuro, frío y largo invierno. Sí, este cruel invierno que deja atrás la primera gran guerra Mundial, así como la mortífera peste gripal, “llamada falsamente española” y que segó solo en Europa más de veinte millones de vidas.

La primavera del año diecinueve es como una pausa en este horrible Siglo XX, donde unos y otros hacen memoria de sus vidas, aunque la mayoría se sienten felices de su subsistencia después de tanta crueldad y a la vez que intentan olvidar los desaparecidos temiendo a la vez que esta paz tan deseada no sea duradera. Pues en este fragmento de paz, la gente mostraba en sus rostros la misma expresión del que sale de un duro invierno y al oír la palabra primavera evoca inmediatamente las maravillas de una juventud eterna.

Después sigue contándonos que él vivía en la más tranquila ciudad de Europa, en ese Madrid donde todos se sentían artistas de alguna manera al acostarse tarde y madrugar poco. Pero la guerra mundial había exiliado a una cantidad importante de intelectuales que encontraron refugio en el solo país de Europa que quedo neutral de la contienda y por tanto España por unos años vino a ser el paraíso de las letras, al acoger lo mejor de intelectualidad europea hijos de unos países que por vez primera experimentaron en sus carnes la guerra bacteriológica y química. En una palabra la guerra más cruenta que jamás el hombre haya imaginado, donde los ejércitos atrincherados apenas avanzaban unos metros de terreno al mes, para perderlos después.

El coste en vidas humanas de esta I Guerra Mundial, fue millonario y si es verdad que los aliados lo mismo que en otras guerras. Tuvieron que pagarla con los bienes de los vencidos; ninguna de las dos partes salió realmente victoriosa; –“¡La guerra!” Continúa diciendo. –Es para los militares de alta graduación, para los banqueros y un puñado de oligarcas sin escrúpulos.
– La Humanidad se acostumbra fácilmente a las desgracias, siempre que las desgracias sean de los otros…
–Sí esa es nuestra naturaleza y por eso el ser humano subsiste.

Después incapaz de controlar sus nervios golpeó varias veces la mesa con el puño para afirmarnos que él no comprendía como años antes provocaban la indignación de los gobiernos esos exaltados anarquistas, que para él ofrecían cualidades que atenuaba sus crímenes, ya que ellos morían víctimas de sus propios actos y se entregaban a la lucha sabiendo cual iba a ser su castigo: – ¡Si, se sacrificaban, y rara vez se salvaban valiéndose de esa impunidad que la “justicia” permitía a los pudientes; mientras que los señores de la guerra, nunca eran molestados!…

El abuelo, sin dejar su agresividad; seguía experimentando un profundo dolor al seguir profundizando en sus apreciaciones que según él la gente tenía de estos idealistas y le enfurecía el ver cómo la gente se alarmaba temiendo que el mundo fuese a destruirse porque algún desesperanzado anarquista arrojara una bomba contra algún dirigente déspota y corrompido. – ¡Ellos no comprendían nada de nada!
El imperialismo usaba todos los procedimientos terroristas a su alcance y sin el menor escrúpulo.
–Pues con toda impunidad, los alemanes usaban los submarinos para echar a pique buques cargados de viajeros indefensos, así como las no menos hazañas contadas por los aviadores; que a más de mil metros de altura arrojaban miles de bombas sobre las ciudades, destrozando edificios históricos y con ellos miles de vidas humanas que en su mayoría eran siempre mujeres y niños.

Por fin el abuelo, poco a poco fue calmándose, y al observar que nuestros rostros se hallaban afligidos, guardo silencio un instante para pedirnos perdón y cambiar de tema: –Bueno muchachos os pido perdón por mi interrupción de lo que os estaba contando y como bien recuerdo para mí aquellos días pese a que Madrid vivía esa primavera radiante y hermosa que todos resaltaba; para mí carecía de belleza al no tener por Teresa noticias de Matilde.
–¿Ya cinco días, que continuaba sin tener noticia de ella y esto le irritaba hasta el extremo que la patrona del hostal que no dejaba observarle se paró a su lado y recorriendo con tristeza sus ojos grises no pudo menos que preguntarle.
– Señor Antonio, perdone que le distraiga pero me inquieta su continua tristeza y es preciso que deje de lado su continuo martirio.
– Y también le diré por experiencia que el amor es una cosa hermosa, pero no indispensable en nuestra existencia.

Más tranquilo hizo un esfuerzo y sonrío queriendo recordar de nuevo a Matilde, pero con respeto siguió escuchando las apreciaciones de Encarna. –Le aseguro Antonio que se puede vivir sin amor, porque el amor es un viaje a dos y por el resto de sus vidas y por eso hay que buscar en la compañera las condiciones que exige el respeto.
– ¿Y por eso yo te pregunto si ha encontrado en Matilde estas condiciones?
– Antonio perdone que te tutee, pero ya veo que este enamorado y por eso te diré: – ¡Qué del amor!
–Todos se creen con el derecho a él y amar y ser amado es algo especial que solo lo disfrutan unos pocos privilegiados.
–Como también te digo, que además que el amor es una cosa hermosa.
– Y pese a que todos se creen con derecho a él, este no es lo mismo para todos.
–Porque te aseguro estimado amigo, que la gran mayoría confunde el amor con el delirio de un simple contacto sexual

A continuación, y después de una leve pausa con una sonrisa maliciosa dice que terminó mirando de frente a Encarnación, para con cierta ironía la dijo: – ¡Ah la vida-señora!
– Tenga usted en cuenta que el hombre vive de ilusiones, que es lo que nos hace sobrellevar la existencia y mismo si un día aparece el engaño limitaremos las sensaciones aunque su sorpresa resulte desesperante. No obstante, y pese a su incertidumbre; dos días después de haber perdido la esperanza de que Matilde aceptara verle, cuenta que recibió una carta por correo donde le citaba el domingo por la mañana en la Puerta de Alcalá y más explícitamente en enfrente de ella donde se halla la puerta de entrada de los jardines del Retiro.

Doña Encarnación no tardó en enterarse de la famosa carta que él había recibido y al igual que el resto de los huéspedes del hostal. Por eso Encarnación que estaba admirada del cambio que él había experimentado le dijo: – ¡Dime si me equivoco y reconoce que la tal Matilde ha cambiado hasta su personalidad ya que la alegría que desbordas no pasó desapercibida para nadie! Después Encarna siguió enviándole sin cesar expresión de dulzura e ironía y esto le mantuvo en un continuo nerviosismo.

En el comedor, aquel sábado no faltó nadie a los ojos del abuelo que en sus miradas le parecieran cargadas de ironía y esto hizo saludar con frívola sonrisa. A las cuatro de la tarde de aquel inolvidable mes de mayo, recuerda que entró precipitado en la puerta de Alcalá. Era domingo y la animación ruidosa y alegre de los días festivos inundaba las aceras de este lugar tan peculiar como hermoso. Pues reconoce a la vez que aquel día era especial y por eso sin ningún esfuerzo dice que además, el cielo era límpido y brillaba con virginal limpieza.

La espera fue larga y esta le permitió observar al famoso retratista que siempre se colocaba frente de las enormes puertas de hierro forjado que daban paso a los jardines del parque del Retiro. Éste no tardo en preparar a una familia numerosa frente a su cámara, semejante a una simple caja de madera con tres pies y una manga negra de chaqueta que colgaba de su lateral. Para después “El fotógrafo” con voz firme y con dura insistencia pedía silencio a la vez, que les rogaba que fijaran sus ojos en una pajarita de cartón que sin ningún gran esfuerzo movía con su mano izquierda. –«Por favor, les ruego un poco de silencio y sonrían todos a la vez». A los pocos segundos un fuerte resplandor que asustó a todos, incluidos los que formábamos el corro de curiosos, dio fin al esperado retrato. Luego el hombre en cuestión después de sacar su cabeza de la oscura manga pedía con insistencia que la siguiente familia se colocara en la misma posición que acababa de abandonar la otra.

Mismo si apenas había transcurrido media hora en su espera, a él le pareció una eternidad al mantener los nervios a flor de piel, ya que su corazón nos dice que parecía que le iba a estallar. Pero cuando al fin las vio que con paso firme cruzar la plaza y dirigirse hacia él su alegría fue tal que nunca podrá olvidar. Si fue algo extraordinario, cuando descubrió a Matilde con esa desbordante sonrisa que él tanto admiraba y nos afirma que después de los saludos habituales y su delicado apretón de manos sus nervios ya se fueron calmando.

Matilde después, le volvió a estrechar la mano a la vez le dio un beso en la mejilla con la más seductora sonrisa y dice que en sus ojos creyó distinguir su enamorada expresión. Sí, reconoce que su felicidad era tal, que no pasó desapercibido en la gente. Ya que al pasar junto a ellos fijaba su mirada y en sus sonrisas maliciosas se podía adivinar una ironía mordaz al pensar que el encuentro de ellos tenía una especial importancia. – ¡Qué recuerdo tan hermoso!
– Parece como si fuese hoy.

No cabe la menor duda que era la hora más concurrida de este parque tan hermoso de Madrid y que al entrar en la avenida peatonal que conduce al borde del estanque les llamo la atención las filas de rosales y macizos de arbusto bien cuidados. Estos arbustos como en toda jardinería, primero sería mutilada por las tijeras de los expertos jardineros, para después desafiados por la madre naturaleza reverdecía con el soplo cálido de la primavera. Era de una belleza sorprendente ver como se cubrían de flores de todos los colores a la vez que sus especiales perfumes envolvían a los paseantes de este exuberante paseo.

Después, con una sonrisa especial sigue precisando, que por el verde y colorido paseo desfilaban con pasmosa lentitud las domingueras familias. Que solo rompían su pasiva armonía, los gritos continuos de las madres, al querer impedir las continuas imprudencias de sus pequeños; que en sus juegos arrancaban las flores y destraban con sus pies los macizos de repletas margaritas. – ¡Qué tarde, sí la recordaría toda su vida!

Sí, les aseguro que el relato del abuelo a los tres nos mantenía la boca abierta y sobre todo al observar las sonrisas continuas y el brillo de felicidad en sus ojos, no pudimos más que enviarle con nuestras miradas una prueba de simpatía que determinaba nuestra gran estima hacia su persona. El a la vez que él al ver la simpatía y atención que le dispensábamos, prosiguió su relato para decirnos que para él; el recordar aquellos días tan felices le hacía olvidar por unos momentos su doloroso pasado.

Había que reconocer que era una persona encantadora y todos sentíamos una admiración difícil de explicar y ninguno de nosotros era capaz de separar un momento la vista de su persona y por eso él absorbido en su memoria, nos recordaba con gesto de merecida sabiduría: –« ¡Qué el pasado es un río del presente y por eso no quiere cerrar los ojos, porque tal vez en la oscuridad no pueda volver hacer realidad aquel día ni ese encantador lugar!
– ¡Qué agradable y hermoso es recordar las cosas que nos hicieron felices, mismo si el recordar es envejecer!».

No cabe la menor duda que aquellos recuerdos marcaron su vida dado sin ninguna duda el feliz recuerdo de aquella primavera quedo plasmada en su memoria. Y todo porque sin pausa y con una sonrisa poco común en su persona, prosiguió contándonos que los frondosos árboles con la brisa de la tarde se estremecían dejando una nevada de pétalos al caer. –« ¡Todo parecía hermoso!».
–Y tal felicidad hacia olvidar las fatigas pasadas, mientras al fondo del paseo las familias con sus juegos invadían la calzada provocando las sonrisas compasivas de los paseantes.

Al ganar el llano del empinado paseo, abandonaron la acera al querer acercarse al borde del estanque, donde dice que a su lado iba Teresa del brazo de Matilde, y que contagiado de las risas continúas de las dos. Él más discreto, intentaba con la mano cubrir su boca y disimular las miradas curiosas de las gentes. Después fueron calmándose dado los continuos saludos de gentes conocidas por su hermana o Matilde, al temer encontrase con alguna amiga íntima de su madre. Es verdad que era la hora donde el paseo se hallaba más brillante y concurrido por la alta sociedad, pues una larga fila de carruajes con sus ruedas pintadas de rojo y amarillo, refrescaban la memoria de la desigualdad social existente.

Por eso lo no deseado llegó al cruzar de acera, y menos mal que en ese momento él marchaba a corta distancia de ellas. Pues cuando un cochero sujetando con fuerza las riendas de un elegante carruaje de cuatro ruedas, obligaba con voz de trueno a los dos blancos caballos a dejar de rechinar sus herraduras sobre el recio pavimento. Cuando de la berlina, con insistencia, una voz femenina con fuerza pronunciaba el nombre de Matilde. Esta elegante señora a la vez iba acompañada de una joven mujer más joven que ella y de un erguido caballero que como un palo sonría con altivez penosa.

El gesto de desagrado ante el inesperado encuentro, dice que le hizo sonreír al no pasar desapercibido para él, la actitud de sorpresa de la señora marquesa al verla caminando y confundida con la chusma dominguera. Matilde no obstante, sonrió como si su susceptibilidad no fuese herida y les saludó con la más seductora hipocresía. Teresa que también fue reconocida por esta marquesa que ahora no recuerda su nombre no tuvo más remedio que con sendas sonrisas corresponder. Para después explicar a la “distinguida” señora su presencia y la de su hermano.

Por estos justificados temores, Matilde miraba a Teresa y a él; por los posibles problemas que el encuentro con esta inesperada familia y era consciente de lo que más tarde podría sobrevenir. Después de este desagradable encuentro, pensativos los tres se apoyaron en las recias balaustras del estanque y poco después los sentimientos se fueron calmando al observar como con una marcialidad sorprendente un grupo de majestuosos cisnes avanzaba con la disciplina de un desfile militar. Más allá el estanque solo perdía su armonía, por los golpes de remo que a dura fuerza jóvenes con blancas camisas hacían avanzar las pesadas barcas de madera. Sentadas detrás de ellos iban una o varias mujeres con sus amplios vestidos y sus bordadas sombrillas que las cubrían de los rayos del sol de este prematuro verano que embellecían el lugar.

A lo largo del paseo que bordea el estanque, una docena de caballetes de madera sujetaban frágiles lienzos de tela especial y frente a ellos jóvenes pintores decididos a triunfar. Estos sujetaban en la mano izquierda una paleta cubierta de una mezcla de pinturas y con un largo pincel recogían con cierta maestría para después alejándose con elegancia del lienzo imprimir el paisaje que con continuo reojo iba tomando forma el estanque y todo su contorno. Interesada Matilde por la rara belleza que caracterizaba el cuadro, él la cogió del brazo y la pidió que se retirase unos metros. Para así poder apreciar mejor la belleza del paisaje que se reflejaba en el lienzo, para luego continuar explicándola; que el estilo del cuadro y en su conjunto se refleja por parte del pintor la voluntad de imprimir su estilo denominado como impresionismo que era el arte más modernista en ese momento.
–Perdón señor no quisiera introducirme en su trabajo, que por cierto es magnífico.
– Pero usted está imitando posiblemente sin saberlo a Paul Cézanne.
–Uno de los más importantes pintores franceses que yo tuve la suerte de conocer y le diré que este maestro fue llamado con acierto el “padre del modernismo».
El pintor al escuchar los conocimientos que él daba de su trabajo le pidió por favor, que le diera más explicaciones. A lo que el abuelo después de una corta pausa, prosiguió para decir que en uno de los viajes al sudoeste de Francia y precisamente en Marsella por su amistad y afines políticos se hospedó en su casa de (Aix-en-Provence) donde pudo admirar su fantástica colección.

El joven pintor después de oír sus explicaciones, señalando con el pincel el lienzo les explicó las razones de su posible imitación: – Observe por favor, el intenso amarillo que se extiende por el agua del estanque y vera que al no poder penetrar los rayos del sol en las oscuras aguas con toda su fuerza.
–No tengo más remedio que diluir el color amarillo sobre ella, lo que hace, sin querer, que el amarillo siga siendo por este deslumbrante día primaveral el color dominante y es con el resto del paisaje lo que determina las peculiaridades de esta imitación.
Y era verdad, pues en el fondo del lienzo, ya no se reflejaba tanto el amarillo, sino en su tono normal las escalinatas de granito que daban pie a una sucesión de columnas unidas por unas pilastras salientes. Y a la vez estas columnas formaban un anfiteatro con un enorme pedestal en centro que finalizaba con un oscuro caballo de bronce montado por un militar vestido de gala que no era otro que Alfonso XIII él último rey de la soberanista España.

Orgulloso de sus conocimientos y tras una corta pausa sigue explicándonos que el paseo central del Retiro en esos momentos en un ir y venir de carruajes que circulaban formando una
Larga fila y solo de vez en cuando se veía un lujoso automóvil que hacía sonar su claxon con el solo propósito de llamar la atención. Y este intenso tráfico dejaba adivinar el bienestar de las clases pudientes de este Madrid tranquilo de la segunda década del siglo XX.
– ¡Si, Matilde les acompañe hasta aquí!
– ¡Pero a partir de ahora os voy a dejar solos! Se apresuró a decir Teresa que intentaba justificar su separación momentánea, para más tarde encontrarse con nosotros en la puerta del parque. Teresa con su ingenua voz parecía rogarlos con su mirada que aceptásemos su decisión, a lo que Matilde con su ingenuidad insistía para que no les dejase. Pero al insistir Teresa y guiñarla un ojo comprendió su aptitud y aceptó con cierta sonrisa maliciosa su ausencia.

Al quedar solos y ver que no se hallaba ningún banco vacío y deseando encontrar un lugar tranquilo. Cruzaron la concurrida avenida, con el peligro de los cocheros que daban poca importancia a las gentes de a pie. Ya que estos cocheros embutidos en sus recios uniformes exhibían además, desde lo alto sus largos látigos en la mano derecha, mientras con la izquierda sujetaban con fuerza las riendas. Con el solo objetivo de intentar la buena marcha de los caballos, que con la boca llena de espuma de vez en cuando lanzaban un fuerte relincho contagiando a los demás cuadrúpedos.

Al no encontrar donde sentarse, continuaron paseando y cuál fue su sorpresa al observar que Matilde, por primera vez le extendía su mano y le miraba con ojos profundos. Por eso dice que al descubrir el brillo intenso de sus ojos, se sintió el hombre más feliz de la tierra. Después bien recuerda que se sentaron en una pequeña loma cubierta de hierba y al hablarse arrancaban las margaritas silvestres que crecían al alcance de la mano. Era maravilloso ver al abuelo con esa satisfacción de la que no estábamos habituados. Pero lo que más nos sorprendió de él fue como su efervescente ilusión iba ganando los días de la semana, su pasión por Matilde cada vez era más intensa. Dado que por hallarse la marquesa en el extranjero las citas se repetían todos los domingos en el parque y además, también la mayoría de los jueves.

Sí, os aseguro que algún jueves que otro aprovechando que la servidumbre libraba, ella se escapaba lo que nos permitía dar una vuelta por el paseo de la castellana. Donde a esas horas grupos de criadas, con las faldas bien almidonadas y en el cuello un ondulante pañuelo de seda, eran seguidas por soldados probablemente de infantería, que con relucientes uniformes y que faltos de elegancia forzaban sus fuertes voces con el fin de llamar la atención de estas jóvenes mujeres que reían maliciosas la tímida torpeza de estos inexpertos mozos en el arte de las conquistas femeninas.

Después ya con un tono que denotaba de su seriedad habitual, nos dijo que era feliz, pero recordaba a menudo que se hallaba próximo al ocaso de su juventud; a esos malditos treinta años de los que tanto hablaron los poetas. No obstante, era feliz al descubrir este intenso amor y la alegría de saber que en el mundo no hay nada más hermoso que el de amar y ser amado por una mujer, tan bonita y juiciosa como Matilde.

Tras una corta pausa, reconoce que regresó al hostal muy contento y que sus preocupaciones de días atrás donde su apasionada curiosidad se mezclaba con una fuerte inquietud que le inspiraba el fracaso y ahora por lo contrario reconocía que sentía una vitalizada tranquilidad en su mente. Por eso esa noche en el comedor del hostal, todos le miraban con apreciado tono de alegría y gestos admirativos. Doña Encarnación fue la primera que no pudo resistir su curiosidad femenil y le dijo: – ¿Qué ella quería saber con respuestas precisas lo ocurrido? Ante tal insistencia nos dice que empezó a mostrarse nervioso en sus preguntas, a la vez que sus ojos reflejaban cierta alegría por el interés que sus amoríos causaban y por eso el contesto: – ¡Si yo espero que pronto Matilde será mi compañera!
– ¡Y la señora, le aseguro que se la presentaré muy pronto!





CAPÌTULO XII
Última edición por pablogarcia el 03 Ene 2013, 17:29, editado 2 veces en total.
Amar y ser amado

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Mensajepor DELETED » 30 Abr 2007, 15:41

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pablogarcia
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Mensajepor pablogarcia » 01 May 2007, 11:50

Invitado escribió:Pues te has lucido colega
España no exigio nada a Francia
AB DEL KRIM SE CREYO FUERTE Y ATACO A TODA LA linea defensiva francesa en el norte de Marruecos
la respuesta fue un tratado Hispano-Frances,el desembarco de alhucemas y la destruccion del ejercito del rebelde ,con la huida del jefe cabileño que se refugio en la zona francesa y fue deportado a la isla de Reunion en contra del tratado firmado
El resto como es un buen toston ni lo leo


Puezi y saludos de un patriota al contrario que tù
Amar y ser amado

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Mensajepor DELETED » 01 May 2007, 14:19

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pablogarcia
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Mensajepor pablogarcia » 08 May 2007, 19:00

Gracias y se sigue


CAPITULO XII




Con una sonrisa que aparecía como dibujada en sus labios, nos confiesa que llevaba viendo dos veces por semana a Matilde y reconoce que su amor se fortalecía por el continuo contacto al prometerse defender con todas sus fuerzas sus sentimientos amorosos que empezaban para él a ser la única y sola ilusión de su vida. – Y sobre todo ante un mundo tan feo.
Al recordar ese domingo de julio, que según él fue el último de sus encuentros en Madrid, nos dice que a su última cita del Retiro llegó con más de media hora de antelación y que esta vez caminaron solos después que la doncella llegara a un acuerdo con Matilde de caminar a una distancia prudencial de ellos. No obstante, la doncella continua ejerciendo como una escolta tenaz y hostil que con su mirada inquisicional parecía reprimir las miradas acariciadoras de la pareja.
Matilde según cuenta caminaba cogida de su mano, a la vez que la empujaba hacia delante como una niña traviesa y feliz, a la vez que con su poca fuerza femenil; sonriente estrechaba su mano y sus palabras como sus movimientos tenían una alegría igual a la de los muchachos cuando se entregan juntos a sus juegos preferidos. También recuerda como si fuera hoy que en sus miradas más que nunca, destellaban sin hablarse una firme declaración de amor; pero con cierta tristeza, nos dice que recordar es envejecer y reconocía que es doloroso saber que nunca se volverá a ser joven.
Más tranquilos sigue contándonos que sentados al borde del estanque, Matilde de nuevo besó sus manos, sus ojos y tras una intensa mirada--su boca. Después ella restregó sus ojos para secar las lágrimas y decirle que no se verían de nuevo pues la semana siguiente se iría con su madre a pasar las vacaciones de verano en San Sebastián. – ¡Adiós, adiós!…
–Y además te diré que mi madre está al corriente de nuestros encuentros y desde ahora en adelante será muy difícil volvernos a vernos. Matilde mientras tanto no dejaba de besarle en la boca y se retorcía entre sus brazos como si temiera despedirse por última vez.
– ¡Adiós, adiós mi amor!
La vuelta hacia la puerta principal la hicieron cogidos de la mano, pero triste y silenciosa y todo pese a que de vez en cuando se detenían para que él con un susurro a su oído le prometiera que se desplazaría a San Sebastián. – Te lo prometo Matilde, pues es imposible imaginarse ningún obstáculo ni tempestad humana que me detenga y te diré que no existe fuerza capaz que me haga cambiar mi mayor deseo.
Después hubo un largo y penoso silencio que se rompió al verse de nuevo observados por la sirvienta, que con cara de pocos amigos golpeaba el zapato con nerviosismo a la vez que justificaba la caída de la tarde señalando el cielo. Consciente de la situación Matilde fijó sus húmedos y hermosos ojos en él y cogiendo con fuerza sus manos sólo pudo decir: – Antonio hasta pronto. – ¡Adiós, adiós!
Esta situación le dejo aturdido y no le fue fácil explicar el orden irregular de sus recuerdos. Pero nuestra comprensión fue total al observar el esfuerzo mental que él no mostraba para que no le viéramos hundido e irritado. No obstante, poco después, incapaz de sobreponerse al volver de nuevo a sus recuerdos, empezó a balbucear sin que realmente pudiéramos adivinar sus palabras; hasta que creyendo que acababa de decir palabras inadecuadas quedo mudo. A la vez que sus ojos quedaron fijos en un punto de la mesa y al comprender que nuestras miradas buscaban con curiosidad el punto fijo de su mirada en un abrir y cerrar de ojos volvió a la realidad del momento.
Para después con voz más fuerte intentó serenarse para decirnos, que el amor era una cosa hermosa; pero que era indispensable escoger una buena compañera para el resto de la vida. Esta reflexión parece que fue la que le hizo situarse en el momento presente y de una manera o de otra volver a insistir en que Matilde fue su única realidad y el mayor tesoro que supo siempre bien conservar. Por lo contrario, reconoce que los sentimientos humanistas que el siempre había creído fueron frustrados.
Con pesar y ante nuestra extrañeza, por sus profundos cambios sentimentales, con voz entrecortada continua. Pero esta vez para justificarse y decirnos que él siempre había creído en el hombre libre, poseedor de un sentimiento noble y capaz de no doblegarse a ningún obstáculo ante la lucha por lograr sus objetivos. Pero descubría ahora que él poseía las mismas pasiones, alegrías y debilidades que cualquier ser humano.
– ¡Ah la vida!
– ¡Qué engaños, que ilusiones bordamos sobre ella para ocultarnos la realidad de su drama!
– Está bien y perdonen muchachos… Dijo con visible desesperación.
– ¡Yo siempre fui un monstruo del liberalismo y de la gratitud y todo pese a mis debilidades!
Bueno perdonar de nuevo y os seguiré contando que aunque en el comedor del hostal terminaba la tarde, porque por sus balcones entraba ya el resplandor rojizo de un sol medio escondido. Dice que le cambio el pensamiento la voz chillona de su amigo Ramón que llegaba acompañado de Encarnación y de su sobrina.
–« ¡Venga aquí, que parece usted un alma en pena!». – Don Antonio, le pregunto y conteste con franqueza: – ¿Se fue Matilde y ese es su verdadero problema? Insistía con cierta risita irónica Encarnación y la cual nos dice que le desesperaba. – ¡Pero qué remedio! Pues él comprendía que era de broma y había que amoldarse a las circunstancias.
Dona Encarnación y su amigo continuaba frente a él y con las miradas fijas en sus ojos, dado que continuaban esperando una respuesta a sus preocupaciones y fue entonces comprendió que no debía de conformarse con esperar la vuelta de Matilde a Madrid. Por eso en ese momento y como bien él sabía que Ramón cubría con sus artículos de sociedad los periódicos El Sol, La Voz, Revistas de Occidente y El liberal; trabajar su astucia para convencerle de que este verano le acompañaría a San Sebastián.
–«Siéntense ustedes»… Volvió a insistir con voz reposada que marcaba sin la menor duda su forzada pausa entre sílaba y sílaba. – «Lo primero que les diré que Matilde marcha a San Sebastián y no sé hasta qué punto ustedes se sienten interesados y pueden ayudarme», dijo con marcada decisión…
Atónita, Encarnación escuchaba con la mirada fija, el entrecejo fruncido y los labios apretados. – ¡Míralo–Míralo! – ¿Ramón este hombre nunca me tomo en serio? Le dijo Encarnación como sí se sintiera herida con una sonrisa misericordiosa, por sus continuas dudas; para luego continuar hablando: – « ¡No, no dude don Antonio que en esta casa todos le aprecian de corazón!». – ¿Don Antonio usted no ha oído decir que los marineros sienten una pasión loca por el barco en que navegan? – ¡No sea niño! – ¿Cree que nosotros carecemos de sentimiento? – Pues pregúntele que piensa de su caso su amigo Ramón».
Mismo si las palabras de Encarnación le dejaban más tranquilo, reconoce que por primera vez sintió inquietud y molestia ante la naturaleza con que Encarna trataba sus dudas, pero cayó por admiración y respeto volvió a decirle: – «En fin Antonio, tal vez le haya herido, pero cuente para todo de corazón con nosotros. – ¿Tengo acaso otra familia que ustedes?». Y fue tras una corta pausa que sonriendo maliciosamente y con un simple guiño para tranquilizarlo le dijo de nuevo.
– ¡Sí, señor! Ramón le ayudara sin mayor problema. – ¿No es verdad Ramón, que lo harás? Ramón no tardo en afirmar las últimas palabras de Encarna y acogió con noble modestia las expresiones de confianza de su amada y dijo: – «Es verdad que ahora estoy muy ocupado pero basta que vallas de mi parte a la Revista de Occidente y seguro que pronto estarás en San Sebastián».
Ramón nació en Madrid y estudió derecho y muy temprano se sintió atraído por el periodismo y sus obras se caracterizaron por su arrolladora personalidad. Hasta tal punto qué creó un estilo conocido por el Romanismo, sinónimo de independencia, esteticismo y provocación. Autor de más de cien libros de todo género como la novela, el ensayo, el teatro o él artículo periodístico del que fue maestro indiscutible.
En lo que él definió con su estilo, llamado “metáfora más humor”. Ramón practicó el madrileñismo, una ligazón especial con esta ciudad de la que le atraía su vida cultural y bohemia. Sin embargo, no hay que confundir su frialdad divertida, con el nihilista que ante la sociedad caótica y carente de valores en que le toco vivir; él respondió con la extravagancia más habilidosa.
Tras una corta pausa, comprendimos que el abuelo intenta de nuevo ordenar sus recuerdos con cierta tristeza por un pasado que no volverá y nos dice que pese a su pausa no le era difícil recordar aquellos años que según él se manifestaban con extraordinaria fuerza sin dejar de repetir que fueron años muy felices. – ¡Qué época aquella!» Y con ligera sonrisa al seguir recordando con entusiasmo su juventud, dijo: – ¡qué las ganas de vivir y de poder estar cerca de ella le producía unas ansias que si bien consideraba ridículas unas veces, otras las creía hermosas y audaces!




CAPITULO XIII

Mismo si el sol caldeaba la Estación del Norte, nos dice: – ¡Qué qué bien se estaba allí! Y que no le importaba además que se esparciera por el aire, el clásico tufillo de carbón recalentado que a veces sé hacia insoportable. Como también que ese bullicio ensordecedor que caracterizaba la muchedumbre enloquecida al agitarse en el reducido espacio de los andenes. La verdad es que para él, esto era insignificante dado que ahora, el amor por un lado y por otro el verano, le parecían días felices en comparación a su antigua vida y por lo contrario ahora le parecía el presente una existencia tan bonita que era como si se hallara soñoliento o como flotando en un sueño.
Como otros años no dice que no le fue difícil a su amigo Ramón, cubrir la corresponsalía de varias revistas de Madrid con acontecimientos que pudieran desarrollarse en la capital de la aristocracia en verano, que era sin ninguna duda que San Sebastián y que a él esta oportunidad a la vez le ofrecía el mejor experimento periodista de su vida. Dado que en San Sebastián veraneaba la mayoría del Gobierno e incluida la familia Real.
Para despedir a Encarnación que parecía con sus gestos seguir la marcha ininterrumpida del tren, Ramón desde la ventanilla movió su pañuelo con la mano. Para después ir dejando atrás esa ciudad tumultuosa que era Madrid para después de a ver transcurrido varias horas el tren atravesaba un largo túnel que le permitía su entraba en la provincia de Segovia.
Por la noche volvió a llover y estuvo oyendo el golpear del agua largo tiempo. Pero cuando creyó haberse dormido le pareció que ya solo se oía una llovizna más callada. Al no poder reconciliar su sueño nos dice que fijo su mirada en los vidrios de la ventanilla y fue cuando observó que estaban cubiertos de vaho por dentro y del otro lado las gotas resbalaban en hilos gruesos para dejar paso a las demás y estas al unísono creaban un pequeño bisbiseo como el de grillos.
Por fin, San Sebastián la perla del Cantábrico, donde la aristocracia Española había encontrado la ciudad ideal para sus vacaciones de verano. La aristocracia buscaba siempre el juego y se desplazaba con facilidad entre Biarritz y San Sebastián. Ramón conocía este mundo dado que llevaba varios años frecuentando la ciudad y cuenta que siempre que entraba en el casino se encontraba con algún conocido maltratado por la suerte, que llegaba hasta el suicidio. Para el abuelo el casino era un portento de mal gusto. No creía en el poder mágico del negro y el rojo y repetía con desprecio que dudaba de – ¡Los milagros de la ruleta!
Ramón cogió las deducciones del abuelo con una sonrisa silenciosa, para después decir: – Antonio fíjate en él publico de este jueves, veras que todos son “señoras o señores” y observa cómo van todos vestidos.
– Si Antonio, ellas copian las modas de París y ellos siempre van aviados al mejor estilo de las últimas películas de Hollywood y además veras que aquí no hay mendigos… – Amigo, el casino es la certeza de que la aristocracia y los nuevos ricos seguirán llegando y estas gentes seguirán cuidando este mundo de privilegiados como de su propia vida.
– ¡Parece imposible como tú dices que en la ruleta haya tantos milagros!… ¡Pero si la hay y siempre para los mismos! – "Los que lo manejan".
– Se lo aseguro y yo solo puedo hablar de lo que conozco y le aseguro amigo que un día escribiré sobre las irregularidades y los problemas que se derivan del juego.
El hotel de las Antillas, que era donde se hospedaban, estaba situado en la parte alta de la ciudad, era un edificio sólido y de grandes dimensiones. Sus cornisas se destacaban por su color rosa y los muros blancos y existía en él cierto ambiente “chic” que daba al hotel una afinidad romántica.
Aún no había amanecido cuando despertó y nos dice que extrañado indudablemente de la blandura de su lecho y se incorporó al notar que le faltaba el aire fresco de la calle. Recuerda bien, que fue atravesando pasillos y que después de encontrase en un hermoso parque; siguió caminando hasta oír cada vez más cerca el sonido del mar. Inquieto siguió paseando hasta descubrir un brusco acantilado que por su belleza le dejo asombrado; pues desde allí se divisaba un mar enfurecido que rompía con fuerza el acantilado como si se tratara de un vulgar enemigo. El choque continuo de este inmenso océano levantaba unas enormes crestas de espuma que llegaban incluso a salpicarle el rostro. Esta belleza era mínima si se comparaba con el fuerte color amarillento que se extendía en la inmensa superficie del océano causado por los rayos del sol saliente en este divino amanecer.
De vuelta al hotel, encontró a Ramón desayunando y a la vez ojeando varios periódicos. Sobre las diez de la mañana salieron en dirección del paseo que bordea la bahía de Santa Clara con su concurrida playa de la Concha, donde según su amigo encontrarían paseando la flor de la aristocracia nacional.
El Cantábrico y la famosa bahía de San Sebastián estaban a sus pies, y aquí su oleaje era tranquilo como sí quisiera mimar la playa al no sentirse este inmenso océano amenazado por los relieves bruscos del acantilado. En la bahía, se observaba unas aguas de un intenso color azul, peinadas por un suave oleaje que en su ir y venir creaban una espuma blanca como el nácar.
Detrás se halla el casco antiguo de la ciudad que está emplazada en el istmo de una tierra firme con el rocoso y elevado monte Urgull coronado por la fortaleza de La Mata. En la falda se encuentra el palacio de Miramar (residencia de verano de los reyes) que durante la restauración se convirtió en el lugar de veraneo de la burguesía madrileña. Más al centro, destaca el teatro María Eugenia y así como el más elegante casino de España.
Luego como hipnotizado, nos siguió contando que no pudo por menos de lanzar una nueva mirada al mar y observar como las nubes blancas que flotaban en el horizonte oscurecían con un mate azul la isla de Santa Clara y a su izquierda el acantilado del Peine de los Vientos. Luego como entusiasmado ante tanta belleza, nos dice que fue cuando se hallaban de espaldas apoyados en las balaustras que bordeaban la playa. Que escuchó pronunciar su nombre y cuando volvió su cabeza nos dice que no la habría reconocido seguramente la persona, de haberla encontrado en otras circunstancias…
Era Isabel la Marquesa de Grimón que a simple vista no parecía la misma que el día en que su hermana preparó el encuentro “fortuito” con ella en su casa de Madrid.
Su detenido examen no pareció molestar a Isabel, dado que ella le observó a la vez con una maliciosa sonrisa a la vez que sus ojos denunciaban con brillo especial su coquetería femenina. Más tranquilo y despreciando sus antiguos perjuicios, sé acerco a Isabel para besar su mano, mientras Ramón con elegante movimiento extendió su brazo hacia ella pidiendo que le presentara tan hermosa señora. En esta circunstancia, él nos dice que nervioso termino por presentarle a Isabel como amiga de su hermana y que ella a la vez les presento a su acompañante que era una mujer mayor que ella.
Dicha mujer y ante su sorpresa nos dice que no era otra que la esposa del gobernador civil de la provincia. Después y apenas habían terminado las presentaciones, nos dice que a pocos pasos de ellos en una profunda discusión dos señores se acercaron a ellos.
Las presentaciones fueron cordiales y sin sorpresas al reconocer Ramón a los dos personajes. Por lo contrario nos dice que él se sintió preocupado por el modo en que se habían iniciado las conversaciones. Y por eso dice nervioso comenzó a divagar su pensamiento al no encontrar las palabras adecuadas ni la forma de como se dirigiría a ella. – ¿La tutearía? Al fin y al cabo en sus jóvenes años, jugaron juntos. – ¿Pero cómo hacer? Las dudas fueron ganando su pensamiento, hasta que al observar de nuevo al esposo de Matilde, se dijo que si bien era un hombre favorecido por la vida. No debía de ser esto la causa de sus complejos hacia un personaje vacío de sentimientos.
Este señor que a simple vista se adivinaba acaudalado, aún parecía joven y no iba más allá de los cuarenta. No obstante, al personaje en cuestión, se le empezaban a marcar las primeras canas de su pelo ondulado; era moreno, algo grueso y poseía unos ojos negros y penetrantes. Por las malas lenguas y confirmado por su amigo, supo de sus traiciones maritales con cierta hermosa actriz de un teatro francés de Burdeos y además que desplazaban sus amores entre los hoteles de Biarritz y San Sebastián.
Pero fuera aparte de estos cuchicheos, el rápidamente comprendió que Isabel, quería sacar provecho de este encuentro y no se equivoco. Al cortar la conversación y pedir a su esposo que les invitara a la fiesta que se celebraría próximamente en los salones del casino con motivo de su cumpleaños. Después con cierto orgullo nos dice que al despedirse de ellos, ella volvió repetidas veces su cabeza y observo que con visible elegancia femenil les perseguía con su mirada.
San Sebastián en la segunda década del siglo, era una ciudad reluciente con unos paseos marítimos realmente divinos que brindaban a la burguesía un ideal cuadro de lujo y nos dice que en sus andares cotidianos el abuelo con cierta tristeza creía ver siempre a Matilde entre las jóvenes mujeres del paseo. Pero no fue así, aunque reconoce que su viaje no fue en vano ya que su amistad con Ramón fue en aumento y esto le permitió tratar con personas de cierta influencia que en el futuro cambiaron su situación.
Por todo esto, tuvo que cambiar su indumentaria, imitando con cierta elegancia a los “caballeros” que encontraban en el hotel y los paseos.
Al lamentarse de la injusticia social que reinaba en España con relación al lujo existente en que esta ciudad contaba con sus sentimientos de indignación y por eso volvieron a su conciencia con fuerte intensidad. Pero al fin terminó por aceptar los consejos de su amigo al pedirle que no exagerara: –«Amigo, tú no puedes mantener la pobreza en el vestir como antes. – ¿Es que no reconoces que eres un periodista en funciones? – Pobre Antonio debes desarrollar tu imaginación y aunque vivimos entre el lujo y nos sentemos en sus mesas. –Pero no obstante tu como yo seguiremos criticando esta gentuza des humanizada.
Al no comprender su nieto porque su abuela Matilde no se hallaba en San Sebastián como él creía y preguntarle qué es lo que en realidad había pasado. Su abuelo luego crear de nuevo una pausa, se dirigió a tos nosotros para decirnos apenado que Matilde se encontraba todavía en Santander. Pero que no obstante por su hermana supo que ella en esos días se hallaba ya preparando el viaje a San Sebastián. Y todo porque su madre había sido invitada a la fiesta que el marqués con motivo de su cumpleaños daría en él casino. Pues al parecer la madre de Matilde tuvo gran amistad con los padres del actual marqués de Grimón y además, ella ansiaba conocer a su joven y bella esposa por ser según los comentarios una joven sin título de nobleza.
Con una sonrisa de satisfacción, dice que por ella más tarde supo que mientras preparaba su viaje apoyada en la ventana, nerviosa intentaba en el horizonte descubrir la silueta de su inolvidable Antonio. Para también decirnos con cierta tristeza que su madre buscaba en esa fiesta el encuentro con un joven que pertenecía a una familia de la aristocracia bilbaína y que pese a que su madre lo mantenía en secreto ella suponía que su madre buscaba su posible enlace con él.
Por eso a Matilde le dijo que ella no compartía la alegría de su madre por asistir a dicha fiesta y que pese que deseaba verle. Esto a ella la dejaba angustiada dado que sus pensamientos estaban en el recuerdo inolvidable de aquellos días en Madrid. Y por eso pensaba que debía de encontrarle pronto para pedirle que la llevara de una vez para siempre a vivir con él… Y sobre todo antes de que fuera tarde.
Ella no podía esperar que su madre ahogara sus ilusiones, casándola con un hombre que no amaba, pero que si lo rechazaba según su madre, quedaría soltera y amargada el resto de su vida. –No, no podía dejar su destino en manos de su madre. – ¿Qué haría su Antonio en estos momentos? – ¿Se habría olvidado de ella? –No, no puede ser la vida sea tan ingrata con ella.
Luego nos dice que Matilde ya más serena, Le dijo que hacía días que no recibía noticias de él y por eso se dijo que al estar solo y sentirse libre se habría olvidado de ella. Al fin y al cabo. –Nadie se muere de amor. Por todo esto después le dijo que después al sentirse desesperada, se encerró en su cuarto y extendiéndose en su cama irrumpió en continuos sollozos.
Bueno continuare para deciros que al avanzar la mañana en esta hermosa ciudad, las primeras nubes matinales fueron diluyéndose para dar paso a un sol radiante que ya sin trabas daba un brillo deslumbrante a la bahía y sobre las once ya el paseo de la Zurrola se convirtió en un espectáculo movible. Por eso Ramón sin dejar de retirarse el sombrero saludaba con cierta cortesía a los paseantes conocidos y que según él eran siempre los mismos que encontraba frecuentemente los domingos en el paseo de la Castellana; pues la mayoría formaban parte de la aristocracia madrileña.
Como apesadumbrado y con un gran pesimismo después vuelve a crear una nueva pausa, para decir que sin Matilde los días para él se seguía y perseguían sin la mayor importancia y además ese día cuando que se levantó después de una corta siesta y pregunto de nuevo que hacía en San Sebastián si ella no estaba allí. Pues después de los múltiples paseos por la bahía y asistir en dos ocasiones al teatro no consiguió en ningún momento poderla sacar de su pensamiento. La verdad es que desde que llegó no había conseguido tener más noticias de ella y nos dice que llego a pensar sí la madre de Matilde no habría adivinado sus intenciones.
Más tranquilo nos dice que al mirar a través de los visillos de su cuarto, descubrió que el cielo estaba nublado como era corriente en el País Vasco. Y que además al abrir el balcón observó que el aire ese día era pegajoso y húmedo como en la costa levantina. No obstante, recordó que era sábado y esa noche con su amigo asistiría a la fiesta con motivo del cumpleaños del marido de Isabel en el casino y nos dice que presintió en todo momento que ella también asistiría.
Serian diez de la noche cuando llegaron los dos a la explanada que serbia de aparcamiento a la continua llegada de carruajes y automóviles de lujo que de manera especial dado que estos flamantes automóviles comenzaban a ser una moda para la aristocracia y que para los de a pie solo les queda contemplarlos con envidia. Sí, así era, pues al dueño le endiosaba ver las miradas admirativas que producía en la gente estos flamantes vehículos. A la vez que no era para menos la satisfacción de ellos, el observar la envidia del resto de las transeúntes.
Al acercarse a las amplias escalinatas que conducían a las puertas del casino, los invitados creaban un ensordecedor bullicio, que acompañaba al del que provenía del interior del casino. Pero fue después atravesar unas puertas giratorias que le sorprendió como los sirvientes con cierta elegancia recogían los bastones, sombreros y estolas de las más ricas pieles que las damas lucían con vanidad. Y como a la vez ellas con cierta elegancia al despojárselas de sus chaquetones con maliciosa coquetería dejaban al descubierto exuberantes carnes y el comienzo de sus senos.
Ante su admiración y como adivinando sus pensamientos, Ramón le invitó a pasar a un mayor y espléndido salón donde colgaban tres inmensas lámparas de cristal que daban una luz tan intensa que nada tenía que envidiar al astro Sol. Para después seguir contando que sin mayor explicación había comprendido que eran los salones donde se desarrollaban los bailes de la alta sociedad de los que tanto había oído hablar.
Pero lo que más después le sorprendió fue como al fondo del amplio salón una banda compuesta de una docena de músicos en ese momento hacía sonar sus instrumentos mientras las parejas entrelazados por la cintura deslizaban los pies sobre el brillante suelo de mármol a la vez que giraban los tacones al son de la música.
Era verdaderamente fascinante según él estos movimientos, dado que al unísono todas las parejas en perfectos y elegantes movimientos reflejaban en sus rostros el sentimiento de un gozo infinito.
Fue al contarnos este ir y venir de las parejas que nos dice que mismo sí a él, le costaba comprender este fastuoso lujo para los demás bastaba y era justificable por su siempre cómoda existencia. La verdad es que hay tantas cosas de nuestra vida que son completamente superfluas, pero estas como tantas otras cosas para la mayoría se hacen perdonar y todo al comprender la necesidad del contacto entre dos seres opuestos hace la vida más agradable. Al inspirarnos estos movimientos un intenso morbo, que nos conlleva al mismo sentimiento que se desarrollan el resto de los animales en su momento de celo.
Después, la música no tardo en cambiar su sonido y fue en ese instante que todos los ojos se volvieron hacia una pareja que cogidas del brazo penetraba en el salón, y que no eran otros que los marqueses Grimòn. –Anfitriones de la fiesta. Después cuando la música dejó de sonar las parejas fueron agrupándose con sus respectivas familias o amistades y fue cuando el abuelo reflexionó fríamente que pasaría parte de la velada siendo presentado a un sinnúmero de personas que Ramón bien conocía. Por eso ante esta nueva situación se preguntaba continuamente: – ¿Qué expresión seria la suya al encontrarse con estas gentes que le obligaban a un gesto de fingimiento continuo?
Como en todas las fiestas de sociedad, lo primero era dar paso a la ceremonia y en este concepto las intervenciones fueron de continuos elogios hacia la persona del señor marques. Aquí se hallaban los distintos personajes de las finanzas que halagaban las últimas proezas comerciales del anfitrión, pero para él estos elogios sonaban a música celestial y al mirar con cierta insistencia observaba a las mujeres más jóvenes con la esperanza de que en cualquier momento apareciera Matilde.
Al irse cansando de la fiesta y como faltándole él oxigeno nos dice que seguía observando los grandes ventanales que daban a una extensa terraza, pero fue cuando apenas habían terminado las intervenciones. Que sus ojos se encontraron con los de Isabel, que con un disimulado gesto les pidió que se acercasen.
La marquesa les fue presentando a un grupo de banqueros sin dejar de halagarle como distinguido profesor de economía de la universidad de Madrid, para después coger a su marido por el brazo y acercándose a su oído comprendió que estaban hablando de él. Y a si fue, pues poco después el marqués se dirigió de nuevo a su persona para pedirle que esteva interesado en discutir con él los pormenores de una importante responsabilidad en su banca. Luego nos dice que Isabel acompañada de otras dos señoras, volvió a encontrarse de nuevo con él le habló de su hermana Teresa; pero en particular de la importante oferta para en su día trabajara él con su marido. – ¿Antonio esperó que las proposiciones de mi marido no hayan caído en saco roto? … – ¡Prométame que lo tendrá en cuenta! Ante la buena fe con que Isabel insistía en que aceptara las proposiciones de su marido, él término contestando.
– «Sí, es posible y lo pensaré» y sonriendo le agradeció de corazón lo que ella hacía por él y su hermana.
Nervioso ante las continuas observaciones de las que era objeto por parte de las señoras que acompañaban a Isabel. Sus ojos no tardaron en descubrir, la extraña malicia y los gestos que las acompañantes de la marquesa se intercambiaban al observar el interés que la marquesa mostraba hacia su persona. Y nos dice que menos mal que al darse cuenta su amigo con su intervención le salvo a tiempo de la situación embarazosa en que se hallaba.
Más calmado y sin dar mucha importancia a la animada conversación que mantenía su amigo con el grupo de mujeres. Nos dice que volvió con disimulo a observar el lujoso salón y quedó entusiasmado al contemplar sus techos policromados cargados de frisos de azulejos y mosaicos dorados. A la vez que una mayor curiosidad observo los ángulos del salón donde había estatuas de bronce pulido que representaban figuras de la mitología Griega. También dice que le llamo la atención la continua imitación del oro y a las piedras preciosas con el sólo motivo de deslumbrar más el ornamental y espléndido salón. Después al seguir observando las gentes, así como el refinamiento y la soltura en que se movían. Quedo maravillado sobre todo de la normalidad de sus gestos al despedirse de unas personas y pasar con cierta reverencia a saludar al grupo más cercano.
Luego y al seguir fijándose en las personas con cierto asombro nos cuenta que descubrió de espaldas a él a la madre de Matilde. Pero a la vez cuenta que tuvo que disimular su alegría al ver que acompañándola se hallaba su Matilde. Que con tristeza nos dice que iba acompañada por un “caballero” con gruesas gafas que no dejaba dudas a una avanzada miopía y por su corte de pelo muy propio de un militarista convencido.
Con su gesto habitual, la señora marquesa se acerca al corro y se detuvo sorprendida al ver que en él se hallaba él, persono que para ella sin la menor duda era la persono menos esperada. Después, suspiró un poco inquieta y con disimulo como no queriendo darle más importancia que la que ella de vía darle continúo su conversación, para decir: – ¿Tú? - Pero eres tú. Exclamo la marquesa. – ¡Qué sorpresa me has dado!…Saludando cordialmente a Isabel.
– No me diga que es usted la señora del marqués de Grimón. –Sabe mi marido, que en paz descanse éramos muy amigos de los padres de su marido. Pero nunca pensé que la más bella jovencita de Corvera de Toranzo y como en los mejores cuentos, terminaría siendo la futura marquesa de Grimón». A Isabel las últimas deducciones de la marquesa no le hicieron mucha gracia, pero su refinada educación le hizo hipócritamente sonreír, para después sin dar la mínima importancia a su última palabra, cambiar de conversación.
Con una sonrisa preocupante y maliciosa, el abuelo sigue contándonos que lo más curioso fue cuando Isabel quiso presentarlo. Pues observo como la marquesa se agitó y con un gesto agresivo e irracional para luego decir.
– «No, no es necesario y nunca creí encontrar aquí a tal individuo»…Después sin complejos y mirándole con cierto desprecio pidió a Isabel que por tanto no tenía inconveniente saludar si se lo presentaba a su amigo Ramón. Dado que no tenía el honor de conocerlo personalmente; pero si había oído hablar mucho de él y nos sigue diciendo que después de saludar a su amigo volvió a mirarle con ese desprecio que la caracterizó el resto de su vida.
Tras un desagradable y corto silencio la marquesa se echa a reír anormalmente y después de suspirar hondamente termino por decir;
– «Ustedes no comprenden, pero yo espero que mi problema está bien claro y espero que ellos en su día se basen por la ley de la lógica.
Bueno dejemos las cosas como están y les presento a don Rafael Sánchez Mazas, periodista como usted y buen escritor». Él a la vez que Ramón, estrechó con cierta resignación la mano de aquel joven espigado que Ramón, al parecer bien conocía y que además años después se cruzaría en sus vidas al ser todos protagonistas de esa cruenta y dolorosa guerra civil.
Sánchez Mazas no sé si fue buen escritor pero lo que sí se sabe es que fue amigo de José Antonio Primo de Rivera y el ideólogo de la tan triste falange Española. Su infancia transcurrió en Bilbao donde la familia de su madre, María Rosario-Mazas y Orbegozo, era un clan familiar de la alta sociedad vasca con inclinaciones literarias. Emparentados con Miguel de Unamuno y sólidamente implantados en los más importantes negocios del país, de ahí la amistad con la madre de Matilde y el proyecto de un matrimonio arreglado.
Este extraño personaje escribió su primera novela en 1916- “Pequeñas Memorias de Tarín”. Por Ramón también supo que escribía en la revista “Hermes” que aglutinaba a un puñado de escritores, católicos estadistas, devotos de la cultura romana y de los valores de la civilización Occidental. Era muy amigo de Ramón de la Bosterra, él que fue uno de los más notarios integrantes de ese grupo de escritores que la mayoría de ellos pasaría años después a ingresar en las filas de la falange.
Este grupo de facciosos según Ramón se reunía en la tertulia del Lyon d’Oro, un café situado en plena Gran-vía de López de Aro, donde Sánchez Mazas brillaba como culto y gran orador. Al parecer la madre de Matilde era su gran admiradora y años después según nos cuenta el abuelo este extraño personaje por su alto cargo en el gobierno franquista, nos dice con cierta tristeza que a los pocos años del final de la guerra por mediación de Matilde, favoreció la vuelta condicionado de su exilio.
Sin importarle prácticamente la conversación e incapaz de desviar su atención de Matilde, observó la situación embarazante de su amada que continuaba incapaz de levantar su vista del suelo, todo lo contrario de su madre que sorprendía con sus gestos y sus formas arrogantes de moverse en sociedad.
Más tranquilo nos cuenta que frenético ritmo especial la música invitaba a las parejas a lanzarse a la pista de baile, porque esta vez era una pieza especial que hacía furor por toda Europa y que se conocía con el nombre de”El Charleston”.
Por eso Ramón incapaz de resistir a la tentación aprovechó la situación e invitó a Isabel a ganar la pista.
Jamás en ninguna época, según nos cuenta habían sentido las mujeres más afición al lujo ni menos escrúpulos para conseguirlo. El collar de perlas que lucían las hembras en sus pechos semi-descubiertos era su único uniforme de gala y las que no lo llevaban se juzgaban infelices en su suerte. En una palabra, era ese lujo que solo se puede conseguir por ese maldito dinero que no tiene olor; pero si apellido de origen.
Si era una época fabulosa donde la burguesía sintió como nunca las ansias desenfrenadas de vivir y todo esto porque les favorecía la horrible destrucción de la I Guerra Mundial que como siempre aprovechaba a los que sabían sacar partida de la miseria humana al ser ellos los que siempre ganaban. Pues pocos años después para no perder sus privilegios no dudaron en propiciar una guerra que fue civil y una de las más cruentas jamás conocida.
Luego con cierta ironía nos habla de la marquesa que según él era muy dada a las fiestas mundanas y sobre todo después de su prematura viudez. Dado que según algunos hombres ya maduros y que fueron jóvenes al mismo tiempo que ella admitía que había poseído una belleza distinguida. Pues en realidad, ella no-se tenía por fea, aunque sus encantos parecían endurecidos por su gesto duro y altivo. Al contrario, su hija si bien había heredado su morena belleza. Era más afinada y débil de carácter y esto la hacía más femenina y no menos inteligente. Su personalidad se agrandaba con una expresión de humildad y timidez en sus palabras y la mirada. Matilde sin ninguna duda era una mujer de una simpleza y frescura virginal; hasta en sus pequeñas cosas, se notaba un fuerte interés por escuchar y aprender.
Después de estas reflexiones, tuvo que volver a la penosa realidad de la situación presente y nos dice que se encontraba irritado y nervioso. Pero nos dice que no debía, exteriorizar sus sentimientos. Ante tal situación, Matilde que como todas las mujeres era observadora; quiso varias veces calmarle y solo llegó con la mirada hacerle comprender que cuando pudiera hablaría con él de la gravedad del momento.
Ante esta tensa situación dice que todo cambió, cuando se acercó una mujer que indudablemente era la compañera de Matilde y que al acercarse nos cuenta que esta se cimbreaba al moverse como un Cipres. Pero por mucho que lo intentaba lucir su feminidad esta se afeaban por sus espesas y gruesas cejas, así como su nariz que era más bien gruesa y además también su obesidad la afeaba a un mas su cuerpo juvenil.
–« ¡Hola, hola!». Dijo la muchacha colgándose del brazo de Matilde, a la vez que pidió perdón a los presentes, señalo la terraza como invitación a seguirla. Al alejarse ellas Matilde volvió disimuladamente la cabeza y con la mirada le pidió que la siguiera; pero él pensó que debía de ser discreto y pensar en los presentes. Por eso temiendo que la conversación se prolongase y no poder estar seguro de sus nervios dirigió una mirada de auxilio a su amigo que rápidamente fue comprendida. Pues Ramón con esa inteligencia que le caracterizaba dio por terminada la conversación al alegar que otros invitados les pedían que se acercasen.
No le fue difícil acercarse disimuladamente a la terraza y al entrar su amiga que se hallaba detrás del gran ventanal con una sonrisa maliciosa le señalo el sitio exacto donde se encontraba Matilde. Luego nos dice que al ver que ella lo esperaba apoyada en las balaustras de la terraza, su corazón comenzó a latir fuertemente y vio como ella se secaba sus lágrimas a la vez que apretaba los labios. Él acarició con cierta melancolía sus manos, luego su rostro y por unos instantes puso sus labios en los suyos para después dejar caer su cabeza sobre su hombro. Para luego con voz temblona hizo una pequeña pausa para decirnos que al separar la cabeza de su hombro. Ella puso sus ojos acariciadores en él y conteniendo su respiración le dijo: – ¡Llévame contigo!…
Después de un corto silencio conmovido al parecer por las continuas caricias de Matilde cuenta que incapaz de seguirla viéndola sufrir y derramar sus lágrimas la dijo: – ¡No, no llores, por favor, te lo suplico! – ¡Pobre Matilde!…
– ¡Pobrecita mía! Y sin dejar de acariciarla, nos dice que Matilde le miro a los ojos y sin rodeos la pregunto.
– Ahora que estamos solos, podamos hablar con más libertad y le pido de corazón que me diga la verdad de una vez para siempre.
– ¿Me quiere?
Al ver la expresión preocupante de Matilde, nos dice que frunció el entrecejo y la dijo con voz firme: – «Usted ya me ha dicho todo lo que yo esperaba y la aseguro que yo sé lo que tengo que hacer.
–Además sepa que no vivo más que por su amor y le seguro que la alegría de mi vida es usted y todo mi mundo es suyo.
Al apoyar sus codos sobre la mesa y sujetarse la cabeza con sus manos, todos comprendimos que el abuelo había llegado a una etapa de su vida decisiva. Y nos equivocamos pues al seguir relatando su pasado con esa enérgica decisión propia de su persona, nos dice que sin ser advertidos, se presentó de improviso en la terraza la “señora marquesa”.
– ¿Matilde, qué haces ahí?
– ¡Esto es una vergüenza!
–Te lo ordeno y deja enseguida la oscuridad y a ese hombre que solo busca tu perdición.
– ¿Pero qué dices mama? Exclamo con dolorosa indignación Matilde.
– ¡No, no voy con usted a ninguna parte!…
– ¿Esa es tu respuesta?
– ¡Sí y no habrá otra!
Más tranquilo al oír las respuestas afirmativas de Matilde, nos dice que la marquesa a la vez presa de cólera dijo: – “Me voy”. Su expresión era preocupante al mantener el entrecejo cerrado, pero nos dice el abuelo que se fue; pero apenas había dado unos pasos que se volvió, para seguir insultando a su hija y ahora con más agresividad.
– « ¡Mala hija!». Grito la “piadosa” marquesa con voz recia como queriendo avergonzar a su hija ante el corro de personas que las rodeaban.
– ¡Qué vergüenza señor!
– Se quiere marcha con un anarquista, ateo y plebeyo.
– ¿Qué dirán de nosotras la sociedad?
– No, hija no tienes vergüenza. ¿Dios como se puede deshacer una familia así?
– ¡Ay señor en nuestros tiempos las cosas no eran así! – Buen que se vaya…– en estas condiciones da vergüenza tenerla en casa.
Después la marquesa con voz entrecortada y como queriéndose justificar con los presentes intenta de nuevo justificarse a sí misma y todo por no haberla sabido educarla a su manera y como el no haber podido llegar a tiempo a cortar esa ceguera que estaba arrástrala este mal hombre.
Ya con cierta alegría en su rostro nos dice que Matilde ante el silencio que habían causado entre la gente los reproches de su madre y al no ser capaz de crear una salida a sus interrogantes. De nuevo apretó sus labios y dio unos pasos por la amplia terraza como queriendo volver al salón con su madre; pero nos dice que al llegar a la amplia puerta del salón, clavo su mirado en su rostro y con una sonrisa quedo frente a él. Para después y sin pensarlo más correr hacia él como una niña mimada para dejarse caer en sus brazos y sollozando decirle: – « ¡Llévame contigo!».
Un abrazo acompañado de beso en la boca y ya más tranquilos, nos dice que volvieron entrelazados al salón y fue cuando vieron que su amigo Ramón seguía conversando, pero esta vez con distintos personajes y todo pese al el ruido ensordecedor reinante. Uno de ellos era un señor ya viejo y con su reluciente medalla del mérito civil en la solapa y el otro, alto y delgado con aspecto de funcionario retirado. Mientras la música seguía tocando una y otra vez el Charleston el baile más moda que en sus saltos desenfrenados lo más original era el movimiento de sus largos y pesados collares con su gruesa perlas. A la vez era curioso ver como sus brazos se cruzaban con sus piernas intentando crear un juego impulsado al unísono del ritmo de la música y se dijo que el mundo no era difícil para todos.
Cómo si alguien le hubiese puesto al corriente de lo ocurrido y ver el rostro sollozante de Matilde. El abuelo se adelantó para explicarle su embarazada situación, pero a la vez le pidió que se ahorrase sus consejos ya que él sin ningún problema se responsabilizaba de todo lo sucedido. –«Antonio le diré que su caso puede inscribirse como el mejor melodrama que jamás pudiera soñar un escritor».
Luego los tres salieron del salón en busca de un lugar menos bullicioso donde poder conversar y observar que ella deseaba al continuar hablando del tema quiso calmarla: – «No tema usted, su madre que no ha nacido ayer y conoce el mundo como yo y está convencida que pronto volverá con ella. Vera como no mueve un dedo al pensar que sus amores son momentáneos y no tan fuertes como para que usted haga la locura de renunciar sus privilegios».
Ya bien entrada la noche volvieron al hotel de las Antillas, pero esta vez nos dice que acompañado de Matilde y de una vez y para siempre. Nos ostente dice que él estaba convencido que ella se sentiría más serena y segura después de las palabras reconfortantes que había recibido por parte de su amigo Ramón.
Una vez en el hotel durmieron en habitaciones contiguas, pero antes de separarse cuenta con cierta voluptuosidad que al separarse no olvidara que fue la primera vez que después de sus abrazos la oprimió dulcemente su cuello le sujetó sus cabellos rizados de su cabeza; para después poco a poco inclinar su rostro hacia sus labios ávidos de besos. Después con cierta picaresca sigue para decirnos que las dos bocas acabaron por unirse y recuerda bien que ese beso fue interminable.
Después al ver la actitud maliciosa, que había causado en nosotros sus últimas palabras siguió hablando con toda normalidad, para decirnos que Matilde tampoco pudo conciliar el sueño esa noche y todo porque no dejaba de asombrarse de su propia osadía. Para luego ya sin fuerzas con los brazos rodeando el almohadón de seda lloró sin limpiarse las lágrimas casi toda la noche.

CAPÌTULO X IV

Empezaba anochecer cuando el tren de San Sebastián hacia su entrada en la estación central de Madrid, pero él al mismo tiempo que saboreaba su felicidad. A él le parecía que Matilde, por su nueva situación mostraba cierto recelo.
– «Veras Matilde dentro de poco llegaremos al hostal y conocerás a la señora Encarnación que será para ti como una madre y a la vez una buena amiga. – ¡La he hablado tantas veces de ti, que se alegrara mucho al verte!».
Al hostal llegaron cuando apenas los faroles de gas daban luz a las concurridas calles y nos dice que fue Encarnación que abrió la puerta para dar paso primero a Ramón que permaneció inmóvil en el quicio de la puerta para que Encarna no viera del todo a Matilde.
– ¡Buenas noches Encarna! Los ojos de ella brillaron con una irónica sorpresa y sólo atinó a decir: – ¡Y para esto hace falta tanto misterio! – “Sepa usted”, que al ver a esta bella mujer, me figure al instante que era Matilde. – ¡bienvenida la esperaba! – ¡Esta es su casa!
Según el abuelo para Matilde fue una gran sorpresa de la manera que fue recibida en hostal, pero reconoce que para ella habían transcurrido casi veinticuatro horas sin que apenas pudiera dedicarse a sus cuidados y si ella se creí transformada físicamente por los últimos acontecimientos. Para él no cabe la menor duda, que aunque las horas habían sido largas como meses y si a simple vista parecía más envejecida no por eso dejaba de ser menos bonita.
A la mañana siguiente, Matilde con cierta facilidad se había adaptado a su nueva existencia, al mostrarse de nuevo laboriosa y emprendedora. Y nos cuenta él que no tardó en conquistar la simpatía de la totalidad de las personas con su trato. Pues de la misma manera que antes con su elegancia se desenvolvía entre la gente de su clase, ahora lo hacía con esa sencillez propia de su persona.
En el hostal, según cuenta después de cenar la mayor parte de los días, se formaban unas simpáticas tertulias que cambiaba totalmente la cotidiana vida de la gente y estas veladas para Matilde fueron fundamentales pues que poco a poco fue conociendo un sinnúmero de personajes del mundo literario. Sí, la verdad es que ella se hallaba contenta al ir descubriendo que sus nuevos amigos eran menos ignorantes que esa gente que pertenecía de nacimiento a las clases privilegiadas. Y además, estaba radiante satisfacción al comprobar con que amabilidad la estaban acogiendo ya que nadie puso entredicho sus orígenes ni su personalidad.
Como todos los enamorados satisfechos de su felicidad, Matilde al poco tiempo había conseguido olvidar su pasado y no encontraba otro interés que amar a su Antonio y ser amada por él. Ella estaba tan satisfecha del resultado de su aventura emprendida, que parecía ya haber sé olvidado el despotismo de una madre; que no vio nunca más allá que los intereses económicos de su clase. Es verdad que hubo por su parte una aceleración algo loca, pero su vanidad femenina y los sinceros amores de él estarían siempre por encima de su situación social.
A primeros de septiembre la vida entró en su rutina diaria, y pese que él llegaba tarde de su trabajo Matilde con facilidad se fue acostumbrando a su nueva existencia ya que Encarna cada día se dejaba llevar más por ella en lo que concierne a lo decorativo. Pues el hostal cada día que pasaba parecía otro, al ir cambiando los visillos de las ventanas y los cortinajes del salón y además Matilde mostraba su talento y la admiración de todos ellos, al usar a menudo el piano de cola del que Encarna se sentía tan orgullosa el piano de cola del que Encarna se sentía tan orgullosa.
A mediados de septiembre, por un auxiliar de correos uniformado recibió una carta certificada y al leerla descubrió que procedía ni más ni menos del propio presidente del Banco Santander. Hay momentos que no se olvidan y recuerda bien que así comenzó ese día que distinguió del anterior por qué soplaba un vendaval que hacía casi imposible marchar a contracorriente por esa calle de Alcalá. Calle bien conocida de todos los madrileños, por estar situada en una empinada cuesta donde casi siempre el frío y aire se hace insoportable.
Aquel día no dejo nada al azar nada que pudiera entorpecer su presentación y para eso Matilde le aconsejo no precipitarse en las respuestas para que tuviera tiempo suficiente y eso le permitiera meditar las respuestas más adecuadas. Poco después ya nos dice que se fue calmando y todo pese a que él sabía que tendría que vérselas con un hombre habituado a clasificar y distinguir las personas. Y nos dice que al penetrar en una de las innumerables oficinas, observo como un buen número de mujeres tecleaban en la iluminada sala, las últimas y flamantes maquinas de escribir salidas del mercado.
Y admirado dice que al irse acercando a la recia puerta que daba paso al despacho central. Nos dice que se asustó al ver que la puerta se abrió sin su llamada, a la vez que un auxiliar elegantemente uniformado le dijo que ya podía pasar. Para después este dándose la vuelta con cierta elegancia anunciaba su nombre a la persona que se hallaba detrás de una voluminosa mesa cubierta carpetas y manuscritos bien ordenados.
– Pase, pase señor Hernández y dígame que se decidió por fin darme una alegría con su visita.
–«Perdón, he venido a verle con motivo de la carta que Ud. me envió».
–Ante todo le pido perdón por mi torpeza, pero anda un tan atareado que se me fue el santo al cielo. –Perdone Señor Hernández, pero le aseguro que esperaba su visita con cierta impaciencia, aunque le aseguro que mi esposa hubiese preferido que nos hubiera usted visitado en mi casa.
– ¡Siéntese aquí Sr. Hernández y preste atención a lo que le voy a decir!
–Después de una información precisa, he meditado sobre su capacidad intelectual y no quiero ocultarle que es usted el hombre de adecuado que la banca necesita para desempeñar el cargo de consejero económico al servicio de mi persona.
–Y por eso espero que lo medite y me dé una respuesta precisa con el fin de dar las órdenes precisas para su rápida incorporación.
Al no recibir respuesta rápida a su proposición, el marqués sin quitar sus fijos y redondos ojos en él, siguió hablando con una voz cada vez más suave para terminar diciendo que él sabía de sus ideas.
–«Pero le diré que lo que me cuentan, nunca le di importancia porque yo también fui un joven inquieto».
El abuelo salió de aquel despacho con el alma rendida a la evidencia y recuerda que se avergonzaba al pensar en su nueva situación. Pero después pensó que la vida le sonreía aunque no estaba seguro de llegar a dominar el poder de los negocios y poseer esa fuerza creadora que hacia surgir nuevos negocios. Sí, ese poder mágico que esclavizaba a la mayoría de los hombres con el dinero.
– ¿Sería capaz de hacer danzar los millones sin que sus sentimientos se saliesen de su trayectoria? – ¡Más vale así, porque Matilde se lo merece! Después y tras una corta pausa, con una sonrisa justificativa nos dice que aún no podía explicarse que la vida le sonriera así y le presentase tal oportunidad.
Al volver al hostal, y antes de cerrar la noche encontró en el comedor a Matilde ayudando a Encarnación servir las mesas y que al verlo se precipitó como una niña en sus brazos. Hablo con rapidez, deseoso de expulsar fuera toda su satisfacción y convencido que se hallaba en un salón donde todos le eran como de la familia. Pero dado que algo extraordinario había ocurrido en torno a su persona, nos dice que pese al deseo egoísta que experimento de comunicar a los demás sus emociones y alegrías, quedo indeciso al no saber qué actitud adoptar ante una noticia que si bien era muy importante para él, no sabía qué efecto podía causarla a ella y a ellos.
Matilde nos dice que tardo en comprender su situación y sentimientos y por eso salió al paso para decirle que a ella no la importaba su nueva colocación: – Sabes Antonio que para ser feliz, le basta al hombre con tener asegurado la satisfacción de sus necesidades y yo me conformo con que me ames. – Y además te diré que yo no admiro a esos fanfarrones modernos del capitalismo que dejan de ser humanos y le digo con toda sinceridad, dado que para mí lo más envidiable es ese hombre capaz de imaginar un gran poema como tú.
– ¡Pero Matilde por favor! – ¿Quién ha visto a un anarquista crear himnos a la riqueza?
–Si es verdad, pero por eso yo te pido que por una vez no seas un anarquista de vista corta y si crees que para mí el dinero lo es todo estas equivocado.
– Ríete, pero sabes que me da rabia la hipocresía de los pregoneros del ideal, que maldicen el dinero en público y luego corren tras él como un cobrador de banco.
Después de la conversación con Matilde, nos cuenta que estaba contento de su decisión, pues esto le daba una santificación sana al poder ofrecerle una situación más segura y confortable a la mujer que él amaba. No obstante, al mirar largamente a Matilde, de nuevo observó que ella continuaba con sus reproches, aunque esta vez eran ya más elocuentes. –«No obstante, Antonio te diré que yo no creo que con tu extraordinario talento no sepa usar solo el dinero con fines solamente lucrativos, sino también para ayudar socialmente a las persona. – Por eso debes aceptar el puesto que te ofrecen, dado que nuestro país necesita de hombres de gran capacidad intelectual como tu».
El abuelo exhaló un suspiro y levantándose recorre el salón con paso torpe para decirnos que Matilde llevaba razón porque la verdad es que la “poesía ya no existía”. Después, al sentarse de nuevo en su silla, se acodó en la mesa y apoyando sus velludos puños puso sus ojos como ausentes en un recuerdo que no parecían tan lejanos para decirnos. Que la vida que llevo después, fue monótona al consistir su trabajo en una administración del dinero lo mejor posible y de lo que más se acordaba de esa época era de que como tuvo que hacerlo para dar salida a su necesaria normativa matrimonial.
Dos días había estado pensándolo, pero no podía callar más tiempo y comprendió que debía dar el paso. – Sí era muy importante y tenía que decírselo de una vez y para siempre que deberían cuanto antes casarse.
– Matilde, no - no podemos seguir así, debemos casarnos y encontrar el hogar más adecuado a tus necesidades. Al observar su rostro pensamos que el abuelo se encontraba en una incertidumbre y no nos equivocamos al verle sonreír como algo inesperado y gracioso por sus creencias. – ¡Aunque estaba convencido que las mujeres hacen cometer al hombre las mayores locuras!
Encarnación al anunciarle que sería nuestra madrina, nos dice que reía con alegría infantil pero quedo más complacida cuando se le dijo que Ramón seria a la vez su acompañante. La noticia de su reciente boda fue acogida con gran alegría por la totalidad de los huéspedes, así como por un buen número de personas relacionadas con la literatura y la enseñanza. También nos dice que fueron invitados su familia y sobretodo sus protectores y amigos de siempre Sergio y su encantadora esposa.
Más tarde en vano pensó que la marquesa, pero pese a ser invitada y anunciarle que la boda se celebraría por la iglesia; contesto que asistiría y su réplica fue de una dureza infamante. – ¿hija no te da vergüenza, una aristócrata heredera casada con un plebeyo y anarquista? Y días después recibieron de nuevo una carta amenazándola que si se casaba sería desheredada. Pero según nos cuenta tal amenaza a ninguno de los dos le dieron a dicha noticia la mayor importancia.
–«No se preocupe Sr. Antonio, si me lo permite Matilde su hermana y yo nos ocuparemos de los preparativos». Dijo Encarnación con una sonrisa propia de una madre satisfecha de su hija y abrazando a Matilde reconoció que se daban todas las condiciones para que su matrimonio fuera feliz.
El primer día del mes de noviembre y a las diez de la mañana. Matilde y él se hallaban puntuales a la puerta de la parroquia de San Martín, situada en la calle Desengaño. Donde anteriormente Encarnación y por mediación de la viuda del coronel Perales convencieron al cura para celebrar una boda sencilla y sin misa.
– ¡Qué guapa esta Matilde! – Miradla: – Parece una reina. A lo que Teresa escuchaba complacida riendo maliciosamente de las palabras de su hermano.
– ¡No, no hermano no te hace falta abuela!
Encarnación después de observar a Matilde y escuchar los halagos de su futuro esposo, con una risita de conejo siguió diciendo: – « ¡No te la mereces Antonio!» y todo sin dejar de dar sus últimos retoques al traje que ella mismo había confeccionado. Como también nos dice que ya antes de salir del hostal vio que Encarna, había organizado los preparativos de la fiesta y sobre la mesa se hallaban formando en círculo con varias bandejas de pasteles elaborados por ella y las demás mujeres del hostal.
El día era hermoso, un verdadero domingo de finales de otoño y recuerda que se hallaba con la sangre enardecida pese a sus reproches continuos al no poder soportar los intensos olores de cera e incienso. Pero quedo más satisfecho cuando al pasar por las filas de invitados que se hallaban en la iglesia, a todos sus amigos y entre ellos oyó Ramón decir: – ¡Mirad que bien se comporta y yo diría que parece como si toda su vida no hubiese hecho otra cosa!
Los convidados fueron entrando en el comedor del hostal, confundiéndose unos con otros y a pesar del decorado sencillo la fiesta fue alegre y ruidosa. Pues a media tarde, se formó un grupo espontaneo de guitarras, acordeones y castañuelas animando la velada con alborozados bailes.
– «¡Muy hermoso!». –Exclamo Isabel que asistía a la boda no acompañada de su marido, el cual pese a ser invitado no vino por encontrarse, según Isabel… en cualquier hotel entre “Biarritz y San Sebastián”.
–« ¡Muy hermoso!». Volvió a exclamar Isabel. A lo cual, doña Encarnación con las mejillas coloreadas por la satisfacción, de tantos elogios con que la que todos la alababan, respondió. – Pues figúrese usted Señora, si no es para estar una orgullosa.
– ¡Pues aquí se halla la mejor biblioteca de España! –No, no lo dude usted señora marquesa. Pera luego seguir con cierta obstinación, repitiendo la misma frase pero más acentuadas que allí se hallaba reunida parte de la intelectualidad madrileña.
La verdad es que el amor había transformado sus sentimientos y al parecer del abuelo también hasta el modo de desde ese día cambiar los dos la forma de vestir. Pues según él desde que conoció a Matilde, parecía haber caído en una verdadera apatía filosófica y le asustaba creer que sus sentimientos se estaban modificando. También, achacaba este fenómeno a su actual situación, ya que sin la menor duda esta le obligaba adquirir nuevas formas de comportarse. No obstante, no nos fue difícil comprender que el abuelo intentaba justificarse con un gesto misericordioso y pese que él trata de sonreír como si se sintiera lavado de todo intento de reproche la verdad que no era así.
Desconocer los verdaderos problemas de la situación económica y social de aquella España. Era un engaño cruel pues se equivocaban los españoles al imaginarse al hombre de negocios como simples especuladores del dinero. Las bancas según él intentaban romper los negocios raquíticos de esta sociedad feudal, incapaz de acabar con los privilegios de unas riquezas tradicionales y monopolistas. España seguía en manos de unos cuantos centenares de hombres, que no hacían otra cosa que transmitir sus privilegios de generación en generación.
Es necesario romper con las clases sociales que hacen imposible acabar con estos moldes. El capital no debe de ser algo misterioso e invisible que sólo se deja conocer por unos cuantos, pues el dinero debe correr como el agua y a la vista de todos. Una democracia al servicio de la comunidad y que esta reconozca que todo servicio tiene un pago ya que los hombres sólo debe ser valorado por su capacidad y no su descendencia familiar.
Con cierta modestia al hablarnos de su nuevo cargo; da prueba de nuevo de su lucida memoria al darnos con exactitud los nombres de las personas que en aquella época jugaron como él un papel relevante en el desarrollo del que sería uno de los más potentes bancos de España. Entre ellos la familia Botín, originaria de Puente de San Miguel en Cantabria y que desde varias generaciones cumplían cautelosamente sus servicios al banco y nos cuenta además que Emilio Botín joven emprendedor y dinámico trabajó desde un principio con él y en el año 34 fue nombrado director.
Sin pausa sigue contando, que los años siguientes fueron monótonos, en lo que se refiere a su trabajo. Pero nos dice a la vez, que su situación económica fue mejorando y a los pocos meses le permitió dejar el inolvidable hostal de Encarnación para trasladarse a vivir a la calle Del Desengaño. Donde alquilaron un piso que reunía las condiciones que Matilde merecía.
Para después con una sonrisa que parecía escaparse de sus labios, contarnos que apenas un año después nació su primera hija Teresa y que un año y medio más tarde nació su segunda hija llamada Matilde que es la madre de este buen mozo que veis aquí.






CAPÌTULO XV
Última edición por pablogarcia el 04 Ene 2011, 17:22, editado 1 vez en total.
Amar y ser amado

pablogarcia
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Mensajepor pablogarcia » 18 May 2007, 16:38

Gracias y se sigue

CAPÌTULO XV




CAPÌTULO XV

Empezaba anochecer cuando el tren de San Sebastián hacia su entrada en la estación central de Madrid; pero al mismo tiempo que él sentía el gozo de su felicidad Matilde mostraba cierto recelo. Como si no quisiera equivocarse en su nueva situación.
– Veras Matilde dentro de poco llegaremos al hostal y conocerás a la señora Encarnación que será para ti como una madre y a la vez una buena amiga.
– ¡Pues la he hablado tantas veces de ti, que se alegrara mucho al verte!

Al hostal llegaron cuando apenas los faroles daban luz a las concurridas calles y fue la misma Encarnación que abrió la puerta para dar paso primero a Ramón que permaneció inmóvil en el quicio de la puerta para que Encarna no vieran del todo a Matilde. – ¡Buenas noches Encarna! Los ojos de ella brillaron con una irónica sorpresa y tan solo atinó a decir: – ¡Y para esto hace falta tanto misterio!
– “Pues sepan ustedes”, que al ver a esta bella mujer, me figure al instante que era Matilde. – « ¡Bienvenida y sepa que esta es su casa!»

Según el abuelo para Matilde fue una gran sorpresa de la manera que fue recibida en hostal, pero reconoce que para ella habían transcurrido casi veinticuatro horas sin que apenas pudiera dedicarse a sus cuidados, se creyó transformada físicamente por los últimos acontecimientos. Pero para él no cabe la menor duda, que aunque las horas habían sido largas como meses y si a simple vista parecía cansada no por eso dejaba de ser menos bonita.

A la mañana siguiente, Matilde con cierta facilidad se había adaptado a su nueva existencia, al mostrándose de nuevo laboriosa y emprendedora. Y nos cuenta que a los pocos días ya había conquistado la simpatía de la totalidad de las personas con su trato y de la misma manera que antes con su elegancia se desenvolvía entre la gente de su clase, ahora lo hacía con esa sencillez propia de su persona.

En el hostal, después de cenar la mayor parte de las noches, se formaban unas simpáticas tertulias que cambiaba totalmente la cotidiana vida de la gente y estas veladas para Matilde fueron fundamentales pues que poco a poco fue conociendo un sinnúmero de personajes del mundo literario. Si, la verdad es que ella se hallaba contenta al ir descubriendo, que sus amigos no eran menos ignorantes que esa gente que pertenecía de nacimiento. Y acentúa que Matilde con una radiante satisfacción, que todos la acogieron con gran amabilidad y que él era feliz al observar que nadie puso entredicho sus orígenes ni su personalidad.

Como todos los enamorados satisfechos de su felicidad, Matilde al poco tiempo había conseguido olvidar su pasado y no encontraba otro interés que amar a su Antonio y ser amada por él. Ella estaba tan satisfecha del resultado de su aventura emprendida y parecía ya haberse olvidado el despotismo de una madre que no vio nunca más allá que los intereses económicos. Es verdad que hubo una aceleración algo loca, pero su vanidad femenina y los sinceros amores de ella estuvieron por encima de su situación social.

A primeros de septiembre la vida entró en su rutina diaria, y pese que él llegaba tarde de su trabajo Matilde con facilidad se fue acostumbrando a su nueva existencia ya que Encarna cada día se dejaba llevar más por ella en lo que concierne a lo decorativo. Pues el hostal cada día que pasaba parecía otro, al ir cambiando los visillos de las ventanas y los cortinajes del salón. Así como el piano de cola del salón que con cierta elegancia, hasta ahora nadie había llegado mostrarnos tal talento musical.

Sí, fue a mediados de septiembre, que por un auxiliar de correos uniformado recibió una carta certificada y al leerla descubrió que procedía ni más ni menos del propio presidente del Banco Santander. Hay momentos que no se olvidan y recuerda bien que así comenzó ese día que distinguió del anterior por qué soplaba un vendaval que hacía casi imposible marchar a contracorriente por esa calle de Alcalá. Calle bien conocida de todos los madrileños, por estar situada en una empinada cuesta donde casi siempre el frío y aire se hace insoportable. Aquel día, Matilde no dejó nada al azar que pudiera entorpecer su presentación, dándole consejos de buenos modales y que dejara tiempo suficiente que le permitiera meditar las respuestas adecuadas.

Poco a poco se fue calmando, mismo si sabía que tendría que verse con un hombre habituado a clasificar y distinguir las personas, dice que al penetrar en una de las innumerables oficinas. Cuando observo, como un buen número de mujeres tecleaban en la iluminada sala, las últimas máquinas de escribir salidas al mercado y que al irse acercando a la recia puerta que daba pasó al despacho central. La puerta se abrió sin su llamada, por un auxiliar elegantemente uniformado que le dio paso, a la vez que anunciaba su nombre a la persona que se hallaba detrás de una voluminosa mesa cubierta de libros, carpetas y manuscritos bien ordenados.
– ¿Pase, pase señor Hernández y dígame a qué se debe su visita?
–«Perdone, pero he venido a verle con motivo de la carta que usted me envió».
–Señor Hernández, le pido perdón por mi torpeza, pero anda una tan atareado que se me fue el santo al cielo.
–Aunque le aseguro que mi esposa hubiese preferido que nos hubiera usted visitado en mi casa.
– Siéntese aquí Sr. Hernández y preste atención a lo que le voy a decir.
–Bueno empezaré por el principio, ya que después de una información precisa, he meditado sobre su capacidad intelectual y no quiero ocultarle que es usted el hombre de confianza que la banca necesita para desempeñar el cargo de consejero económico al servicio de mi persona.
–Y por eso espero que lo medite y me dé una respuesta precisa con el fin de dar las órdenes precisas a su incorporación. Al no recibir respuesta rápida a su proposición, sin quitar sus fijos y redondos ojos en él, siguió hablando con voz aterciopelada para terminar diciendo que él sabía de sus ideas.
–«Pero le diré que lo que me cuentan, nunca le di importancia porque yo también fui un joven inquieto».

El abuelo salió de aquel despacho con el alma rendida a la evidencia y recuerda que se avergonzaba al pensar en su nueva situación. Pero después pensó que la vida le sonreía aunque no estaba seguro de llegar a dominar el poder de los negocios y poseer esa fuerza creadora que hacia surgir múltiples beneficios. Si, ese poder mágico que esclavizaba a la mayoría de los hombres con el dinero.
– ¿Sería capaz de hacer danzar los millones sin que sus sentimientos se saliesen de su trayectoria?
– ¡Más vale así, porque Matilde se lo merece! Después y tras una corta pausa, con una sonrisa justificativa dice que aún no podía explicarse que la vida le sonriera así y le presentase tal oportunidad.

Al volver al hostal, y antes de cerrar la noche encontró en el comedor a Matilde ayudando a Encarnación servir las mesas y al verlo se precipitó como una niña en sus brazos. Para después expulsar fuera toda su satisfacción, convencido que se hallaba en un salón donde todos para él eran como de la familia. No obstante, dice que quedo indeciso cierto momento al no saber qué actitud adoptarían ante esta noticia ya que si bien era muy importante para él, no sabía qué efecto podía causarla a los demás. Por eso nos asegura que Matilde, no tardo en comprender su situación y sus sentimientos y salió al paso para decirle que a ella estaba muy contentan de su nueva colocación.
– Sabes Antonio que para ser feliz, le basta al hombre con tener asegurado sus necesidades y por eso esta es una buena oportunidad que tu no debes desaprovechar.
–Si Matilde yo te comprendo, porque se lo que estás pensando.
– ¿Pero dime que quién ha visto a un anarquista crear himnos a la riqueza?
– Antonio por favor, yo solo te pido que no seas un anarquista de vista corta porque te engañas a ti mismo.
–Porque tu sabes que me da rabia la hipocresía de los pregoneros de tus ideales, que maldicen el dinero en público y luego corren tras él como un cobrador de impuestos.

Después de la conversación con Matilde, cuenta que estaba contento de su decisión, pues esto le daba una santificación sana al poder ofrecerle una situación más segura y confortable a la mujer que él amaba. No obstante, dice que ella continuaba con sus reproches, aunque esta vez eran ya cada vez más elocuentes.
–No obstante, Antonio, yo no creo que un hombre con tu talento e ideas no sepa usar el dinero a la vez con fines que no sean solamente lucrativos, sino también sociales.
–Por eso debes aceptar el puesto que te ofrecen, dado que nuestro país necesita de hombres de gran capacidad intelectual. Después de estas afirmaciones por parte de Matilde, el abuelo exhaló un suspiro y levantándose recorre el salón con paso torpe para decirnos que Matilde llevaba razón porque la verdad es que la: -“La verdadera poesía social que él practico en su día. – Por eso debes aceptar el puesto que te ofrecen, dado que nuestro país necesita de hombres de gran capacidad intelectual. Después de estas afirmaciones por parte de Matilde, el abuelo exhaló un suspiro y levantándose recorre el salón con paso torpe para decirnos que Matilde llevaba razón porque la verdad es que la -“La verdadera poesía social tal como él la vivió en otros tiempos había dejado de existir”.

Al sentarse de nuevo en su silla, se acodó en la mesa y apoyando sus velludos puños puso sus ojos como ausentes en un recuerdo que no parecían tan lejanos para decirnos. Que la vida que llevo después, fue monótona al consistir su trabajo en una administración del dinero lo mejor posible y de lo que más se acordaba de esa época era de como tuvo que hacer para dar salida a su necesaria normativa matrimonial. Pues tras unos días de estar pensándolo comprendió que debía dar ese pasó.
– Sí era muy importante y tenía que decírselo de una vez y para siempre.
– ¡Matilde yo creo que nos deberíamos casar!
– No, no podemos seguir así, debemos casarnos y encontrar el hogar más adecuado a tus necesidades. Al observar de nuevo su rostro pensamos que el abuelo se encontraba en una incertidumbre y no nos equivocamos al verle sonreír como algo inesperado y gracioso pese a sus creencias.
– ¡Si muchachos yo estoy convencido que las mujeres hacen cometer al hombre las mayores locuras!

Al anunciarla a Encarnación que sería nuestra madrina dice que reía con alegría infantil, pero quedo más complacida cuando se le dijo que Ramón seria a la vez su acompañante. La noticia de su reciente boda fue acogida con gran alegría por la totalidad de los huéspedes, así como por un buen número de personas relacionadas con la literatura y la enseñanza. También fueron invitados su familia y sobre todo sus protectores y amigos de siempre Sergio y su encantadora esposa. Más tarde en vano pensó que la marquesa, pero pese a ser invitada y anunciarle que la boda se celebraría por la iglesia; contesto que no asistiría y su réplica fue de una dureza infamante. – ¿hija no te da vergüenza, una aristócrata heredera casada con un plebeyo y anarquista? Por lo que días después recibieron de nuevo una carta amenazándola que si se casaba con él - sería desheredada. La verdad es que según nos cuenta ante tal amenaza ninguno de los dos le dio a dicha noticia la mayor importancia.
–«No se preocupe Sr. Antonio, si me lo permite Matilde su hermana y yo nos ocuparemos de los preparativos». Dijo Encarnación con una sonrisa propia de una madre satisfecha de su hija y abrazando a Matilde reconoció que se daban todas las condiciones para que su matrimonio fuera feliz.

El primer día del mes de noviembre y a las diez de la mañana ya se hallaba todo preparado en la parroquia de San Martín, situada en la calle Desengaño. Donde anteriormente Encarnación y por mediación de la viuda del coronel Perales convencieron al cura para celebrar una boda sencilla y sin misa.
– ¡Qué guapa esta Matilde! – ¡Miradla! – Parece una reina. A lo que Teresa escuchaba complacida riendo maliciosamente de las palabras de su hermano.
– ¡No, no hermano no te hace falta abuela!
Encarnación después de observar a Matilde y escuchar los halagos de su futuro esposo, con una risita de conejo le dijo: – « ¡No te la mereces Antonio!» Y todo sin dejar de dar sus últimos retoques al traje que ella mismo había confeccionado.

El día era hermoso, un verdadero domingo de finales de otoño y recuerda que se hallaba con la sangre enardecida pese a sus reproches continuos al no poder soportar los intensos olores de cera e incienso. Pero quedo más satisfecho cuando al pasar por las filas de invitados que se hallaban en la iglesia, oyó que Ramón decía: – !Miradlo! – ¡Parece como si toda su vida no hubiese hecho otra cosa!

Los convidados fueron entrando en el comedor del hostal, confundiéndose unos con otros y a pesar del decorado sencillo la fiesta fue alegre y ruidosa. Pues al estar todo preparado ya antes de salir del hostal por Encarna, al llegar rápido se formo un círculo alrededor de varias bandejas de pasteles elaborados por ella y las demás mujeres del hostal. Después a media tarde, se formó un grupo espontaneo de guitarras, acordeones y castañuelas animando la velada con alborotados bailes.
– « ¡Muy hermoso!». –Exclamo Isabel que asistía a la boda no acompañada de su marido, el cual pese a ser invitado no vino por encontrarse, según Isabel… en cualquier hotel entre “Biarritz y San Sebastián”.

–« ¡Muy hermoso!». Volvió a exclamar Isabel. A lo cual, doña Encarnación con las mejillas coloreadas por la satisfacción, de tantos elogios a sus amigos y a su casa, respondió: – «Pues figúrese usted señora.
– ¡Aquí se halla la mejor biblioteca de España!
– No, no lo dude usted señora marquesa! Y más tarde, Encarnación con cierta obstinación, no cesó de repetir la misma frase; pero esta vez acentuando que allí se hallaba reunida toda la intelectualidad madrileña.

No obstante, no nos fue difícil comprender que la verdad es que el amor había transformado sus sentimientos y al parecer del abuelo también hasta el modo de vestir los nuevos trajes. Pues según él desde que conoció a Matilde, parecía haber caído en una verdadera apatía filosófica y le asustaba creer que sus sentimientos se estaban modificando. También, achacaba este fenómeno a su actual situación, ya que sin la menor duda esta le obligaba adquirir nuevas formas de comportarse. No obstante, pese a que el abuelo intentaba justificarse con un gesto misericordioso y trata de sonreír como si se sintiera lavado de todo intento de reproche la verdad es que todos comprendimos que no era así.

Y todo si mismo, ahora y dado su nuevo empleo intentaba justificarse al decirnos. Que se equivocaban los españoles al imaginarse al hombre de negocios como simples especuladores del dinero. Pues las bancas según él intentaban romper los negocios raquíticos de esta sociedad feudal, incapaz de acabar con los privilegios de unas riquezas tradicionales y monopolistas. España seguía en manos de unos cuantos centenares de hombres, que no hacían otra cosa que transmitir sus privilegios de generación en generación. Por eso era necesario romper con esas diferencias sociales que hacen imposible acabar con estos moldes trasnochados.

Si el capital no debe de ser algo misterioso e invisible que solo se deja conocer por unos cuantos, pues el dinero debe correr como el agua y a la vista de todos. Una democracia al servicio de la comunidad y que esta reconozca que todo servicio tiene un pago ya que los hombres solo debe ser valorados por su capacidad y no por su descendencia familiar. Con cierta modestia al hablarnos de su nuevo cargo; da prueba de nuevo de su lucida memoria al darnos con exactitud los nombres de las personas que en aquella época jugaron como él un papel relevante en el desarrollo del que sería uno de los más potentes bancos de España.

Entre ellos la familia Botín, originaria de Puente de San Miguel en Cantabria y que desde varias generaciones cumplían cautelosamente sus servicios al banco y por eso nos cuenta que con Emilio Botín joven emprendedor y dinámico él trabajó desde un principio con él y en el año 34 fue nombrado director de la sucursal de la calle de Alcalá. Sin pausa sigue contando, que los años siguientes fueron monótonos, en lo que se refiere a su trabajo. Pero que a la vez, que su situación económica fue mejorando y a los pocos meses le permitió dejar el inolvidable hostal de Encarnación para trasladarse a vivir a la calle Del Desengaño. Donde alquilaron un piso que reunía las condiciones que Matilde merecía. También acentúa que apenas un año después nació su primera hija Teresa y que un año y medio después nació su segunda hija llamada Matilde la madre de este buen mozo que veis aquí.



CAPÌTULO XVI


El abuelo pasó su mirada por el sombrío salón, para después atusándose la barba comenzar hablar de nuevo. Pero esta vez con una triste sonrisa en sus delgados labios, nos dijo:
–«No quisiera recordar nada de esta época tan brutal de nuestra historia».
– ¿Bastaría con volver la espalda y no recordar para no sufrir lo que quedo detrás de mí?
– ¡No comprendo qué falta a mis años puede hacerme, si no fuera por vosotros!
– ¡Pero no es justo ignorar la historia de ayer por ser la consecuencia del presente!
– Vosotros acariciáis todavía las nebulosas ilusiones de la juventud, pero pese a todos los esfuerzos estoy convencido que mismo después de mi muerte seréis adultos y el fascismo y su dictadura seguirá pesando como una losa sobre vuestras vidas.
– ¡Tened cuidado! – El paraíso con que soñáis deberéis conquistarlo, pese a que el momento preciso de cambios os amenace con una nueva revolución.

Con la aprobación de los demás y después de una larga pausa su nieto Antonio, a media voz y con una sonrisa tierna de admiración pidió al abuelo que continuase mismo si para él suponía al recordar la época de su mayor tristeza. A lo que el abuelo no tardó al responder sin titubeos: – « ¡Si, si no es tan fácil como pensáis! –Pero si la memoria no le falta continuaré». La verdad es que en España las cosas nunca fueron de rosa, pues la oligarquía reinante no toleró jamás ningún cambio en sus privilegios; ni modernización de las inoperantes estructuras arcaicas. Por todo esto, la situación política se deterioró día a día y además, con esa absurda guerra en África de donde llegaban noticias cada vez más desastrosas.

Por todo esto el 13 de septiembre de 1923, Primo de Rivera dio un golpe de Estado militar para el que contó con el beneplácito apoyo del ejército y el del propio Alfonso XIII. También hay que sintetizar que en el periodo en que Primo de Rivera ejerció el poder en España. Se suspendió la vigente Constitución de 1876 y su dictadura quedo dividida por los historiadores en dos etapas muy bien definidas: –la del directorio militar de 1923-1925 y la dirección civil de 1925-1930. Diferentes ambas por los dos gobiernos designados por él. Pero hay que señalar que la dirección civil de esta última se la conoció con el nombre de “dicta-blanda”.

Primo de Rivera estableció un régimen, que partió de una gran improvisación doctrinal. En el manifiesto hecho público el 13 de septiembre se mostraba depositario del clamoroso requerimiento del “Pueblo Sano”. Contra lo que ellos denominaban elementos subversivos a las órdenes de potencias extranjeras. Dicha actitud se impuso con el objeto de llevar a cabo la “liberación de la patria”. Y mismo a los sucesos de la retirada de Lauen. El año 1924 que acabara con el triunfo de los rebeldes a las órdenes de Abd el-Krim en la península, la guerra del Rif ya no interesa a nadie. Al contrario irrita la opinión pública y el dictador muy influenciado por el fascismo italiano. Que creó un partido único: -“La Unión Patriótica”. A la vez, disuelve el congreso de los diputados y el senado y reemplaza los consejos municipales por comisiones administrativas. La verdad es que en tiempos de la dictadura la paz, no existió y no solo en Marruecos sino también en las fronteras y en las calles.

El 24 de junio Primo de Rivera tuvo que afrontar un complot el día de San Juan, conocido como “La Sanjuanada”; donde un grupo de oficiales se subleva contra la dictadura, y entre ellos “Weyler” un viejo capitán general cargado de medallas, y héroe de la legendaria guerra de Cuba. Como también el general Batet y Riquelme y el capitán Galán. Un mes más tarde serán los anarquistas emigrados en Francia que intentaran pasar la frontera, siendo cercados y reducidos por la Guardia-Civil.

En junio de 1927 se puso fin a la guerra de Marruecos y tres meses más tarde se produjo la convocatoria de la Asamblea Nacional Consultiva. Encargada de redactar una nueva constitución, así como aprobar otras series de leyes fundamentales. No obstante, fue en el campo de la Hacienda y de Obras Publicas donde el régimen dictatorial consiguió ganar sus mejores bazas. La verdad es que Calvo Sotelo logro aliviar la deuda pública y monopolizo un sector productivo clave como era el petróleo. En obras públicas, al calor de la situación económica se ampliaron y mejoraron carreteras, puertos y regadíos.

No obstante, la oposición a la dictadura se acrecentó especialmente a partir de 1928, con las numerosas reuniones de intelectuales. Donde no faltaron Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle-Inclàn, Fernando de los Ríos y José Ortega y Gasset por no citar a los que a lo largo de la charla no dejaron por sus ideas de hostigar la dictadura. También hay que destacar los movimientos estudiantiles, políticos de casi todas las tendencias, sindicalistas y militares. Que se enfrentaron al régimen “primorriverista” y en algunas ocasiones con movimientos revolucionarios en cabeza-dos enero de 1929 - por el político conservador José Sánchez Guerra. Ante la creciente presión de la mayoría de los sectores de la población y la falta de apoyo de sus propios compañeros de armas. Primo de Rivera presento su renuncia al rey Alfonso XIII el 28 de enero de 1930, dejando tras de sí todo un cumulo de problemas irresueltos; incluida la misma viabilidad del sistema monárquico. Poco más tarde se exilió a Francia y, el 16 de marzo de ese mismo año, falleció en París.

El reinado de Alfonso XIII había quedado inevitablemente unido a la dictadura de Primo de Rivera y el final de esta supuso el anuncio del ocaso de aquél. Por tanto, todo el mundo quería a Don Primo de Rivera. Él era simpático, y como decían los españoles este hombre gordo, amigo de las comilonas y siempre tenía un especial apetito no solo por los manjares sino también por lo sexual. Se dice que amaba beber, charlar y fumar y cuando más bebía más le gustaba hablar. Como buen aristócrata y español, su debilidad eran las mujeres, gastando fortuna detrás de las elegantes cortesanas de París y también de las prostitutas que él frecuentaba en los bórdeles nocturnos de Madrid.

El abuelo con la boca pegajosa, pide a su nieto que le sirva un vaso de agua para después seguir hablándonos que entre la dimisión de Primo de Rivera y la del rey, España quedo en un completo vacío político y fueron estos los catorce meses los más difíciles de la última monarquía española. Mientras tanto, el general Dámaso Berenguer es llamado a formar gobierno y este intenta una política de reconciliación a golpes de amnistías que fueron vanas. Al acordar la unión de las izquierdas, en una reunión celebrada el 17 de agosto de 1930 en San Sebastián, donde se intentó crear las bases del futuro régimen.

En ella estaban presentes, el republicano Lerroux, el neo-republicano Azaña, los socialistas – Indalecio Prieto y los monárquicos arrepentidos – Alcalá Zamora y Miguel Maura y los sindicalistas y separatistas. En fin, “El pacto de San Sebastián”, fue futuro gobierno provisional de la República y este mantiene sin fuerza a la monarquía. Hasta que los acontecimientos de Jaca y de Cuatro-Vientos traerán después, el germen de la inevitable Guerra Civil.














CAPÌTULO XVII


En 1931 las clases trabajadoras recibieron la República con los brazos abiertos, porque valoraba la libertad y la importancia que se había dado a la cultura. La República, desde su principio, hizo un gran esfuerzo por erradicar el analfabetismo; al mantener a los maestros al día, mediante las misiones pedagógicas. El día que se proclamó la República dice que bajaba la Gran-Via en dirección a la calle de Alcalá y recuerda bien que la gente. – “gritaba” ¡Viva la República! – ¡Ha entrado la República! Y quedó impresionado cuando vio que la gente estaba con los guardias, se ponían sus gorros y gritaban todos a la vez: – “¡Viva la República!” Todo el mundo reía y todos estaban contentos.

Las elecciones a cortes constituyentes, fueron por fin convocadas por el gobierno provisional y se celebraron el 28 de junio de 1931. Dando el triunfo a los socialistas (Partido Socialista Obrero Español, PSOE) y varios pequeños partidos republicanos, qué fueron los encargados de formar un nuevo gabinete presidido por Aniceto Alcalá Zamora. En junio del 33, este gobierno se vio obligado a llevar a cabo una pequeña relocalización gubernamental, aunque llego a dejar algunos ministros en sus puestos y entre ellos. Cambió en Industria a José Franchy Roca, Agricultura a Marcelino domingo, Trabajo a Francisco Caballero, Hacienda a Agustín Viñuales, Gobernación a Santiago Casares Quirogas y Obras Públicas a Indalecio Prieto.

En aquellos días que precedieron a la instauración de la República, nos cuenta que tuvo que defender su causa en continuas reuniones, y esto suponía salir de casa muy temprano, para después desayunar y comer en un café restaurante situado en la calle de La Montera a pocos metros de la Puerta del Sol y regresaba tarde a casa. Mientras Matilde quedaba sola en casa y en esas espaciosas habitaciones que a él le parecían inhospitalarias aunque los únicos objetos que había en ella que le parecían hermosos eran los juegos y risas de sus adoradas hijas. Días después, sigue contando que fue a verle su viejo amigo Sergio acompañado de un hombre que no debía tener más de treinta años, pálido, con larga barba, cargado de espaldas y que le fue presentado como Agustín Viñuales secretario del Ministerio de Obras Públicas.

– « ¡Perdón a mi pregunta indiscreta, pero me parece usted muy joven!
– ¿Es verdad eso que acabo de oír?». Agustín Viñuales sonrió al oír estas palabras a la vez que en su consumido rostro de joven instruido, aparecía como distraído. Luego con voz completamente distinta y como si representara una obra de teatro dijo: – «Vengo a ofrecerle así como a su amigo el señor Antonio Sergio.
– Que trabajen conmigo en el nuevo Ministerio de Obras Públicas y a las órdenes de Indalecio Prieto.
– Y también les diré a la vez que él me encargo personalmente de comunicarles que el viernes les espera en su despacho».
– « ¡Eso yo no lo esperaba, pero si Sergio está de acuerdo cuente conmigo!».

Como bien habían acordado les esperaba en su despacho del Ministerio, el socialista Indalecio Prieto; hombre extrovertido y de aparente buena salud. Indalecio Prieto, se caracterizaba por unas gruesas mejillas y una papada que denunciaba su voraz apetito así como el capricho de una buena mesa. Sentado en un holgado sillón, Indalecio fumaba y se sentía tan seguro en su nuevo despacho como cuando en sus tiempos de agitador exacerbaba en Bilbao las masas proletarias. Y sigue contando que al verlos y sin dejar su grueso cigarro se levantó para decirles: –«La dificultad de nuestra tarea reside en el peligro de las fuerzas conservadoras que amenazan la integridad de nuestra joven República.


La reunión terminó en un ambiente apacible y sincero, acordándose llevar a cabo las reformas profundas y urgentes que el ministerio tenía encomendadas. Después, Indalecio Prieto puesto en pie y mirándoles con sus ojos claros, alegres y saltones que le caracterizaban. Le dijo: –«No dudo señor Hernández de su sincera cooperación y de su capacidad intelectual.
– ¡Ah!, y sobre todo Muchas gracias por aceptar esta difícil responsabilidad». El abuelo recordaba todo aquello con la misma emoción que lo había vivido y dice que el camino fue muy difícil al encontrar obstáculos infranqueables por parte de una España ultra nacionalista y conservadora. Ya que estos vieron en la República, no solo un cambio en la forma de estado; si no en la amenaza que esto suponía para los intereses económicos y el poder de privilegiados que gozaban.

Por eso no tardaron en alentar e impulsar la gran conspiración que aglutinó como siempre los capitalistas, industriales, latifundistas, militares y rentistas muy vinculados a la mayoría de la iglesia. Esa Iglesia que también veía peligrar su dominio cultural ante el creciente laicismo de la sociedad, fruto de las medidas republicana legislada y emprendida.

No se trata de hacer una defensa de la IIª República, ni defenderla como algo perfecto, ni tampoco pensar que todos los republicanos tenían una misma proyección de futuro; basada en una radical transformación social. Era más sencillo que todo eso y más complicado al mismo tiempo. En resumen, de lo que se trataba era de instaurar, desarrollar y fortalecer en España el principio de justicia social; de la libertad para todos, en lo que se refiere a las garantías judiciales y de la confrontación pacifica de ideas.

Pero en esos momentos históricos reconoce el abuelo, que parecía imposible la fusión entre política, cultura y pueblo para dar un salto en el desarrollo de nuestra sociedad. Pero mismo reconocía que si se fracasa entonces, no significaría que no fuera necesario, sino que los enemigos fueron demasiado fuertes y las fuerzas del cambió demasiado débiles. Pues la derecha se enfrentó a la IIª República, y antes a la Iª República, no solo por la forma de estado republicano, que no le preocupaba si llegaban ellos a controlarlos, sino por el contenido social y cultural de ella.

Este proceso político que condujo al más sanguinario fracaso, se debió porque la república Española eligió sus cambios políticos y sociales en una Europa capitalista asustada de los cambios efectuados en la Rusia Bolchevique y por todo esto las fuerzas reaccionarias desarrollaban con gran rapidez gobiernos fuertes. En Alemania, Hitler es nombrado canciller del Reich e impone la ley nazi. En Italia Mussolini es nombrado el Duce y establece su dictadura fascista. En el resto de Europa las fuerzas fascistas forman organizaciones para militares y el nombre de “fascismo” en Europa viene a la moda y su furioso viento no perdona a España.

Por todo esto en 1921 la primera asociación de estudiantes socialista, junto a los Anarco-sindicalistas se deshace de toda formula Marxista y vienen esencialmente católicos. Algo típicamente español y que será su “formula substancial del genio popular español individualista y autoritario que predominara. Así, que estas concepciones, sin la menor duda contribuyeron a la formación de las juntas de defensa nacional sindicalista.

Sí, os aseguro que quizás en ningún otro país resulta más aparente que en España este introvertido análisis de la realidad nacional. Si no basta oír en todo instante de nuestra vida, los innumerables títulos biográficos de nuestra guerra y las más significativas son: –Raíz y decoro de España; –España, un enigma histórico. – La realidad histórica de España; – Origen, ser y existir de los Españoles; –España como problema; – reflexiones sobre la vida espiritual de España; – La España invertebrada que nos conduce inevitablemente. – Hacia otra España; – Vida de Don Quijote y Sancho; – Que será hasta ahora la España de siempre.

Como se ve a lo largo de su analizada historia está confirmada la realidad que España, fue y es siempre un examen de conciencia y nunca un acto de contradicción. Ya que como bien decía Azorín. «España se repite, repite lo de ayer hoy, lo de hoy a mañana. –Vivir la situación de hoy es volver a hacer lo mismo». Por eso el abuelo dice que era echar raya, sumar y no seguir, porque la dolencia moral, por él denunciada resulta crónica y sobre todo incurable. La historia, tantas veces adelantada a su curso y frecuente en la oculta vereda española. Hace de España caldo de cultivo, al manifestarse con inusitada violencia las contradicciones entre fines y medios.

Con cierta tristeza en su rostro acentúa que España es tierra de grandes pasiones y quizá mayores apatías. Somos a la vez anárquicos y serviles y las pasiones crearon y sostuvieron los fines que hicieron y deshicieron nuestra historia. Y por no citar otras pruebas, les diré que un ejemplo vivo seria entre otros él de Pío Baroja que no obedece a su hondura y originalidad novelescas. Dudosas, como bien lo advirtiera su amigo Ramón Gómez de la Serna y como él otros lo sospecharon sin osar escribirlo. Recuerda bien que su amigo decía que Baroja como tantos otros escritores, caracterizaban los impulsos incontrolados de pasión del clásico español. En su destino de escritor es tan español que no tardaremos en dar por dicho la palabra ajena. Cuando la aceptamos solemos ahorrarle toda auténtica crítica, lo cual claro está, consiste en otro modo de ignorarla. Baroja, a juzgar por las apariencias, creía justas ambas justicias, no por espíritu de resignación, que nunca tuvo y el volumen de su labor basta para probarla, sino por su absoluta ignorancia.

A diferencia de los héroes de Malraux, quienes en la acción aventurera buscan una moral y una metafísica de la existencia que caracterizaba la defensa de las libertades individuales del ser humano. Los de Baroja parecen huir de una previa concepción nihilista del mundo, que nunca consiguieron olvidar por completo. Para el abuelo, la mayoría de los intelectuales españoles fueron los judíos pasivos de nuestra historia.
– «Todo lo que vive tiene un proceso para apoderarse primero del espacio, ocupar un lugar, luego, para crecer y multiplicarse; este proceso de la energía de un ser vivo contra los obstáculos de un medio, es lo que llamamos lucha». Respeto de la justicia…
– Dice que él cree que lo que sucede es que en el fondo lo justo es lo que no nos conviene.

La fase izquierdista de la República duró del 9 de diciembre de 1931 (día de la ratificación de la constitución republicana) hasta el 3 de diciembre del 33. Este periodo se caracterizó por una actitud legislativa muy rápida y poco reflexionada. Es verdad que el retraso social era enorme, pero para una mayoría de los españoles era fuertemente destructiva. Más que pensar en el futuro y reformar el estado, el gobierno y las cortes se dedicaron a la demolición de todo lo que había. Y por el contrario, aplicaron un punzante, estrecho y vengativo anticlericalismo que terminó por alinear a la mayoría de la población. Hasta tal punto que en las elecciones del 10 de noviembre y 3 de diciembre de 1933 el panorama político cambia 180° con una derrota total de la izquierda. Al mismo tiempo, el país se estaba polarizando cada vez más, como demostraba el uso más extendido de los símbolos: –camisas rojas y azules, puño cerrado y mano en alto.

Luego, tras un prolongado silencio, apartó su silla y se apoyó de nuevo en el gran ventanal y nosotros sentados en la mesa seguíamos con gran curiosidad los gestos de sus manos porque sus palabras eran vanas e incomprendidas. – ¿Abuelo le ocurre algo?
– ¿Por qué se ha enfadado?
– No; no me ocurre nada, es que este pasaje de la historia me causa una gran tristeza y las lágrimas son inevitables.
–Pero no os preocupéis seguiré con vosotros.
Comprender-continuo diciendo (mientras buscaba su asiento y secaba sus lágrimas con su mano). –Que el destino de los pueblos tiene que ser un acto colectivo y si es verdad que en el tiempo somos solos y nadie puede nacer ni morir por nosotros.
–Ya que en el espacio temporal histórico no estamos solos, al vivir condenados por completo a la acción colectiva de la dignidad humana y su ansiada libertad. –Y todo porque los hombres no son tristes por que mueran, son tristes porque siendo libres por naturaleza no pueden realizar su libertad.
– “«Y por eso Sartre decía que la humana tragedia cifra una advertencia y una obligación universal en cada uno de nosotros»”.

Bueno, seguiré para deciros que tampoco el llamado “Bienio-Negro, no fue mejor; pues la derecha lo hizo igualmente mal que la izquierda pero, lógicamente al revés. La izquierda por lo contrario como responsable de proclamación de la República se consideraba como propietaria de su “avenimiento”- no llegando digerir su derrota. La verdad es que la izquierda lejos de hacerse creíble no hizo más que conspirar durante el año 1934 y preparar su asalto revolucionario al poder. Pues sin tardar, en octubre la izquierda se lanzó a la calle con una huelga general, antesala del alzamiento largamente preparada. No obstante, la rebelión solamente tuvo éxito en Asturias, donde los mineros luchaban con ametralladoras y carros de asalto. Una autentica mini guerra civil donde la represión fue feroz, dirigida por el ya triste y famoso general Franco. Al mismo tiempo se desarrolló una rebelión catalanista simultáneamente en Barcelona, liderada por Companys quien proclama l°Estat Català de la República Federal Española” que termino también en fracaso.

Con la rebelión de 1934, la izquierda perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936”. La mañana del 20 de noviembre, cuenta que al salir a la calle y, al llegar a la Gran- Via las gentes se arrancaban de las manos los periódicos y La estupefacción en los rostros no se hizo esperar. – ¡La derecha había triunfado! Y además, la segunda vuelta lo confirmaba. Ya que ella obtiene 203 escaños y los radicales 79. La izquierda había perdido la mitad de sus 80 diputados y el grupo de Azaña no contaba más que 5 diputados. La C.E.D.A, encabezada por Gil Robles y apoyada por todos los grupos conservadores y reaccionarios se transforma de la noche a la mañana en la Democracia Cristiana.

La promoción política de Gil Robles y más tarde, su denominación como ministro de la Guerra, servirán a Franco para entrar en la escena política y meses después será nombrado general de división. Como también, la ascensión ininterrumpida por Azaña se manifiesta de nuevo y mientras los peones comienzan a colocarse en plaza de esta partida de ajedrez tan sangrienta y criminal. José Antonio, hijo de Primo de Rivera jura desarrollar las ideas de su padre; que no eran las de resucitar la España del “Siglo de Oro”, a la manera de Mussolini que, en ese momento intentaba en Italia volver a instaurar el Imperio Romano. José Antonio había fundado ya La Falange que últimamente vino a unirse a las Juntas ofensivas nacionalsindicalista. –La J.O.N.S. y la C.E.D.A. y estas forman sus tropas desfilando militarmente y con su saludo fascista.

También Gil Robles fuertemente impresionado por la visión de Hitler se hace llamar: “jefe”, que corresponde a “Fùhrer” o “Duche”, con el solo propósito de eliminar la coalición “antimarxista”. No obstante, el 16 de febrero Gil Robles, a pesar de su gigantesca campaña publicitaria de estrella indiscutible, es derrotado. Ya que muchos de sus electores descorazonados por sus vacilaciones prefirieron no votar y fue la izquierda que a su turno, triunfó en las elecciones legislativas de febrero del 36 con la bandera del Frente popular y que tres meses después, con las mismas características triunfó en Francia.

Al revisionismo anterior de los dirigentes frente populistas. En vez de establecer la aplicación de la reforma agraria mediante la legalización de las ocupaciones de fincas. En un intento de arbitraje entre las reivindicaciones extremas populares y la oposición derechista sólo creo ascendente crispación que sólo llevo al estúpido asesinato del dirigente de la extrema derecha, José Calvo Sotelo. Ocurrido el 3 de julio. Motivo más que suficiente, para cambiar los planes estratégicos del general Emilio Mola Vidal y de los demás conspiradores antirrepublicanos.

Si toda guerra reclama prestar atención a los “hechos de armas”. El abuelo nos asegura que para el entramado político determino la victoria o derrota de las fuerzas beligerantes. Por parte del gobierno republicano, la jefatura pasó sucesivamente de manos de Azañistas y dirigentes de la Izquierda Republicana. Entre ellos, José Giral, a Largo Caballero y de este a Juan Negrín hasta finales de la guerra.
– ¿Por aquellos días tan importantes y tristes de la historia de España, el nombre del doctor Negrín, saltó a la escena política?
– Pues simplemente porque en junio del 31, fue elegido diputado a las cortes constituyentes por el partido socialista.
–Y tras el inicio de la guerra y después de grandes disputas en el interior no obstante fueron que el partido socialista por sus simpatías Leninistas fue nombrado por Francisco Largo Caballero.
–Ministro de Hacienda y su misión fue organizar la debilitada economía republicana.

Apenas una semana después, de estos acontecimientos recibió en su despacho del ministerio de Obras Públicas, la orden de presentarse en el ministerio de Hacienda dirigido por el doctor Negrin. Personaje que él ya conocía al frecuentar años anteriores las tertulias del casino situado en la calle de Alcalá y bien recuerda sus continuas disputas con la mayoría de los intelectuales por su simpatía a la revolución bolchevique.
– Estimado amigo, nosotros no buscamos la guerra y por el momento no hacemos más que defendernos.
–Los fascistas son los enemigos irreconciliables de la república y pese a nuestras diferencias ideológicas las ansias de libertad nos unen.
–Por eso le diré amigo Hernández que lo necesito, dado que la guerra no se puede ganar sin dinero.
–Usted debe cubrir el puesto de cajero y secretario personal del Director del Tesoro.
–Para esto, y dada la situación, debemos estudiar en próximas reuniones, con el traslado a un sitio seguro de las reservas de oro del país.




CAPÌTULOXVIII

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CAPÌTULO XVIII
Última edición por pablogarcia el 03 Ene 2013, 17:34, editado 1 vez en total.
Amar y ser amado

pablogarcia
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Mensajepor pablogarcia » 30 May 2007, 16:30

Gracias y fin


CAPÌTULO XVIII

En Madrid la situación militar se hace cada vez más difícil, el fascismo, día a día va ganando nuevas posiciones y mientras la capital vive días de angustia. Por todo esto el Gobierno Republicano, decide abandonar la capital, actitud que es considerada automáticamente por el pueblo combatiente; como una simple fuga y un imperdonable acto de cobardía.
Pese a todo Madrid se defiende y la noche del 7 la lucha fue dura, pero el pueblo y los milicianos combatieron magníficamente. Los altavoces sonaban por todo Madrid en la voz de la C.N.T. y demás organizaciones de izquierda llamando a la resistencia: –«Madrid será la tumba del fascismo»–«No pasaran».
El 12 y 13, se intensifican las ofensivas y las heroicas “Brigadas Internacional”. Mandadas por el general Kleber junto con la “columna de Durruti” consiguen hacer un muro a la columna N°4 de los franquistas en el sector Oeste y Norte de la capital tocando los edificios de la Ciudad Universitaria y el 15 de noviembre, día gris y lluvioso la columna Durruti consigue hacer retroceder las tropas franquistas. Pero los fascistas al mando del general Várela ordena un segundo ataque con una fuerza infernal de cañones y de bombas que descuartizan las casas. Y después de intensas batallas las tres columnas fascistas atraviesan el Manzanares y comienzan a ocupar de nuevo la zona universitaria siguiendo sin interrupción el combate todo el día y a lo largo de la noche y también hay que destacar que al otro día un bombardeo intensivo hace numerosas víctimas por todo Madrid. Pero, ya no es solo Madrid si no que los “junker” alemanes se entrenan ya por toda España y la capital que se haya sitiada solo pueden las fuerzas de Durruti contener el avance.
Pero además según cuenta el abuelo, con gran tristeza esta situación no duró mucho tiempo, pues el 19 de noviembre a las 14 horas y en circunstancias misteriosas. Es tiroteado en plena calle “Buenaventura Durruti” y además la herida es mortal por hallarse la bala alojada en la zona del corazón y por lo que al amanecer del día siguiente Durruti moriría a la edad de 40 años.
Con gran admiración y tristeza, sigue diciendo que él personalmente se trasladó al edificio del sud-Comité Nacional de la C.N.T. Donde se organizó la velada de armas del cuerpo de Durruti y después una caravana de coches partiría de Madrid en dirección de Valencia para terminar en Barcelona. Adonde al igual que en Madrid una inmensa multitud de más de un millón de persona despidió el féretro de Durruti; que se hallaba cubierto por la bandera roja y negra. La muchedumbre a su paso levantaba el puño en alto como ultimo saludo. A la vez que cantaban el himno anarquista, “Hijos del Pueblo”.
Aquellos días cuenta que quedaron grabados en su memoria, pues los acontecimientos de la guerra se fueron agravando día a día haciendo insoportable la capital. A las dos de la madrugada, volvieron a sonar las sirenas y apenas les dio tiempo a ganar el refugio cuando las bombas desgarradoras hacían blanco a menos de doscientos metros de distancia. En el refugio, no había sitio suficiente y un intenso griterío de niños y de mujeres asustadas impedía entenderse. Un hombretón a su lado gemía asustado e intentaba cubrirse su rostro con las manos y el abuelo nos dice que él también sintió todo el tiempo ganas de llorar al compadecerse de aquel hombre joven todavía. Enfrente y en una manta con los ojos desviados por su angustia se hallaba también una joven madre arrullando a sus dos pequeños hijos que dormían incapaces de comprender la tragedia en se hallaban. El resto de la gente intentaba con resignación adaptarse a la situación y se preguntaban unos y otros con tremenda inquietud en aquellos días finales del 38.

– ¿Qué pasa en Madrid?
– ¿Cuándo terminara este infierno?
Estos y otros interrogantes eran los que con cierta tristeza ensayaba todo el mundo de explicase y a lo que nadie según el abuelo en esos cruciales días de la guerra sabia responder. Lo que sí era verdad es que nada había cambiado y que todo ocurría para los combatientes exactamente como los primeros días de la contienda. Pues seguían sus barricadas, sus escaparates vacíos, sus tranvías abarrotados, sus calles engalanadas con banderas republicanas y carteles de los diferentes partidos y sindicatos llamando a la defensa de la República. No obstante, la gente sensata parecía convencida de que la difícil situación que atravesaban no tendría el fin esperado.
Al seguir explicando sus tristes recuerdos, quedamos como asustados al observar el aspecto rígido y tieso de sus manos temblonas intentándolas descansar sobre el mantel y fue cuando comprendimos que se hallaba recordando una de las situaciones más difíciles de su vida. Pero luego como siempre, cogió aire en sus delicados pulmones y con una sombría inspiración prosiguió su penosa charla.
– «No, no podréis jamás imaginaras ese Madrid gris, los obuses silbando por la Gran Vía. Sí, si ese Madrid hambriento y aterido; con largas colas ante los establecimientos que repartían sus pocas provisiones. - El Madrid del “metro” caliente como refugio nocturno de familias entera; con sus mujeres atormentadas, sus alegres muchachas desnutridas y sus soldados de todas las edades. - En fin el Madrid – “rompeolas de todas las Españas”.
La ofensiva de Extremadura, fue el último y desesperado intento por romper el dogal que amenazaba de estrangulamiento a los ejércitos republicanos situados en el corazón de la península y en esta fracasada ofensiva cundió por todas partes el rumor de que la ofensiva había sido descaradamente saboteada. Hubo órdenes contradictorias y como consecuencia desbarajuste y caos. Al sentir de Francisco Ayala. La España republicana fue víctima de su desprevenida inocencia y la batalla del Ebro preparada por el Estado mayor soviético lo confirma.
Pues fue en esta ofensiva, donde se demostró la incapacidad estratégica de los “consejeros soviéticos". Que desde entonces se puso su colaboración en entredicho.
– ¿Cómo podían ignorar estos señores, tan dotados, que el alto mando fascista no aprovecharía la concentración de sus efectivos, al ser bien informados por su “Quinta Columna”, para emprender una acción ofensiva sobre Cataluña y asestar así a la república el golpe de gracia?
En las batallas anteriores –Teruel, Brunete, Belchite y tantas otras habían emprendido siempre la ofensiva. Pero siempre con resultados demasiado costosos al querer mantener las posiciones y tenerse que retirar poco después para salvar fuerzas y efectivos. En el paso del Ebro, al quinto día del ataque, se sabía con certeza; que nunca se sería lo bastante fuertes para hundir el frente enemigo y al final tuvieron que replegarse poco a poco y evitar así la estéril destrucción del grueso de nuestras fuerzas. Por todo esto, Franco desencadena la ofensiva final, con un ejército de 350.0000 hombres, el 23 de diciembre de1938 y el 26 de enero del 39. Todos nuestros incondicionales del mundo recibían consternados la noticia de la caída de Barcelona.
Otro aspecto de la responsabilidad soviética en la derrota española. Es sin la mayor duda la retirada de los voluntarios de la Brigada Internacional en el momento más dramático de nuestra resistencia en el Ebro y cuando el Gobierno falto de tropas. Llamaba a filas a los mozalbetes y a los hombres de cuarenta y cinco años. La consecuencia de todo esto fue que cuando los moros y los carlistas habían tomado la capital de Cataluña. Las carreteras se llenaban de desdichados fugitivos, arrastrando sus pobres bienes y sus hijos. Los últimos combatientes del ejército de Cataluña protegían, a la medida de sus escasas fuerzas. La triste retirada de aquella muchedumbre de medio millón de desesperados hacia el paso de Perthus. Aquellos bravos, que arriesgaron cien veces la vida, lloraban de congoja.
Con escondidas lagrimas, el abuelo nos dice después, que una mañana a comienzos del mes de octubre, en que se hallaba desayunando en las dependencias del banco; al hojear el periódico EL PAÍS, vio en la lista de desaparecidos y muertos en el frente, el nombre del comandante Pierre Carré. Al salir del banco, torció hacia la avenida de la Castellana pensando cómo dar tan triste noticia a su hija Teresa, y fue al atardecer que después de ambular por las calles, se decidió entrar en su casa y contarla todo y tal
como el periódico explicaba y sin añadir más: –» hija la cosa no es muy segura pueden haberse confundido. Pero Teresa lo dio por hecho, después de las últimas cartas recibidas por ella, donde le hablaba de las terribles perdidas en dicha batalla.
– ¿Por qué tanto sufrimiento?
– ¿Hasta siempre?… – ¡Mi querido Pedro! Teresa juntó las manos con ademán suplicante, para decir de nuevo. – « ¡Padre, ayúdame! – No creo que todo se haya acabado para mí… –Padre quiero algo completamente distinto. Después, Teresa guardó silencio y desprendiéndose de sus brazos salió precipitadamente del salón para encerrarse en su habitación de la que tardó varios días en salir y después pasó el resto de su vida añorando tristemente a este joven francés y sinvolver casarse.
En los últimos tres meses de la guerra se hizo evidente que era inútil resistir, pero las cosas en el ámbito político no estaban claras pues en la capital y no lo dice con tristeza, recibió la orden de ocuparse del último envío de oro y trasladarse de nuevo al Arsenal de Cartagena. Un mes después las cosas se empeoraron hasta el extremo que el 2 7 de marzo el Consejo Nacional de Defensa abandonó Madrid, para establecerse en Valencia. Mientras Besteiro se queda en Madrid, Miaja huye en avión y el resto de la Junta del coronel Casado se aleja de España en un barco de guerra Ingles. El 25 de marzo el general Franco comienza su ofensiva en el frente extremeño; el día 26 en el frente de Andalucía, el 28 entra en Madrid, mientras que el cuerpo de Ejército Italiano avanza hacia el litoral y ocupa Alicante. El 1, de abril. “La guerra ha terminado”.
La verdad es que el final de la guerra no lo hubiera evitado ni aplazado Negrín y ni siquiera intentó hacerlo. En cuanto a lo desastroso de ese final, tampoco es cierto que fuera culpa de la Junta de Defensa y tan siquiera la lucha ocurrida en Madrid puede imputársela a ella. Pues con o sin la Junta, nadie hubiera podido frenar los odios acumulados en la mayoría de las unidades no comunistas del ejército. Por tanto, habría que condenar la huida de la Marina de Guerra Española en Cartagena, Pues esta sin lugar a dudas fue la causa de la desbandada de todas las agrupaciones populares y la del ejército de la zona Centro-sur.
Lo verdaderamente lamentable fue no haber podido hacer salir de aquella zona, a las treinta o cuarenta mil personas republicanas más significadas. Ya que muchos de las cuales, pagaron con sus vidas la lealtad a la República. Pero esto tampoco es imputable a la junta de Defensa, pues como bien digo si hubiésemos conservado la Escuadra; no cabe la menor duda que se hubieran salvado no solamente los que nos encontrábamos en la costa. Sino muchos pertenecientes a los ejércitos de Andalucía, Extremadura y centro. Dado que se replegaron hacia la costa, por no existir una “frontera”, que les estimulara hacerlo. ”La marcha de la Escuadra fue, como ya he dicho, la causa de este humano desastre”.
Otro error, quizá consecuencia del primero, fue el lema de paz, que comenzó por enarbolar Casado; cuando debía de haber hecho todo lo contrario. Levantando la moral de la zona, organizando los cuadros de mando con la llegada de militares profesionales y reforzando las unidades con parte del armamento que existía en Francia. Aunque no pudiera emplearse todo él, hubiéramos podido presentar en el Centro un ejército mucho más potente que el de Cataluña. Con ello os aseguro que la resistencia se hubiera prolongado unos meses más y lo suficiente para dar lugar a un cambio en la situación internacional.
Cualquier mediano observador, podía saber perfectamente que después de Munich la guerra mundial era inevitable. Recuerdo, nos dice el abuelo, que la primera noche que pase en Marsella le dije a un oficial francés que pronto lucharíamos juntos, a lo que este lo reconoció al tener las mismas convicciones que yo. Pero cuando no dejo lugar a dudas, fue en marzo del 1939 después de la entrega de Checoslovaquia a los Alemanes. A partir de aquel momento, incluso Chamberlain, deseaba la guerra.
Cartagena en los últimos días de la guerra era un hervidero de gentes en busca de una plaza en cualquiera de los barcos que salían precipitadamente del arsenal, para entregarse a las autoridades francesas y con gran tristeza nos dice que dos días después de su llegada a Marsella. Los periódicos locales daban la noticia del final de la guerra Española.
El abuelo ahora hablaba pausadamente y sin gran tristeza en su voz. Como si hubiera largo tiempo meditado este momento. Para decirnos que en un buque de la Armada Española de guerra llegó a últimos de marzo a Marsella y recuerda que experimentó cierta admiración al doblar el cabo Croisette y ver cómo se abría ante la proa una vasta curva marítima. En el centro de ella, una colina abrupta y desnuda avanzaba hacia el mar, sosteniendo en su cumbre la basílica y la torre cuadrada de Nuestra Señora de la Guardia.
Marsella era por aquel entonces el puerto más importante del Mediterráneo, y en su bahía de cortas olas se alzan varias islas amarillentas con franjas de espuma y sobre ellas las torres robustas del novelesco castillo de If. Donde el Conde de Montecristo consiguió evadirse para limpiar su nombre, logrando así su venganza. Después, nos dice que él, ya conocía Marsella pero siempre llegó a ella por tierra y ahora al contemplar la ciudad como algo insólito. Nos dice que ese día el mar se hallaba picado por un fuerte “Mistral” que forzaba la embarcación hacia la bahía. El puerto se hallaba repleta de mástiles y al fondo su amontonamiento de edificios grises, sobre los cuales brillaba la cúpula bizantina de la nueva catedral. En torno de Marsella se abre un semicírculo de alturas desnudas y secas, coloreadas alegremente por el sol de la Provenza y más allá de dicho semicírculo el horizonte estaba cerrado por un anfiteatro de ásperas y pardas montañas.
– ¡Marsella, señor Antonio! – Le decía el oficial que gobernaba la embarcación y que según nos cuenta, era un madrileño de carácter muy abierto. Por lo visto, el también, en varias ocasiones había hecho escala en la ciudad.
«Sonría hombre que cuando terminemos los trámites administrativos con las autoridades, le convido a una “buillabaisse” en el mejor restaurante de la Cornisa.
– ¡Es terrible nos dice con un gesto agrio el abuelo! – Para, luego continuar diciendo que para él, Marsella en estos momentos, no tenia mayor interés y reconoce que había perdido su vigorosa alegría de vivir.
Sobre todo porque esta ciudad le recordaba sus años jóvenes, dado en estas mismas calles repartía propaganda y en muchas ocasiones dormían en los soportales. Pero ahora lo que más le producía desesperación, era la situación de su familia; abandonada a su suerte en ese Madrid vencido.
El buque llegó a la boca del puerto viejo, dejando a su derecha y en lo alto las baterías del faro. Este puerto viejo era el recuerdo más interesante de la antigua Marsella que tantas veces inmortalizo “Marcel Pagnol” a través de sus libros. El puerto penetra como un cuchillo acuático en las entrañas de la ciudad y es original observar como los edificios se extienden por sus muelles. Es como una plaza enorme de agua a la que afluyen todas las calles. Pero su área, por resultar insignificante para tanto traficó marítimo, hizo que ocho puertos nuevos venían de abrirse cubriendo toda la ribera de la bahía y finalizando en el pequeño puerto pesquero de la Estaca. Desde aquí el puerto se prolongaba tierra dentro por el gran canal subterráneo que veía de nuevo su luz en el municipio de Marignane, para seguir su ingenio trazado hasta poner en comunicación al puerto con el Ródano.
Los tramites con las autoridades francesas. Fueron excelentes, y el “prefecto” que le recibió personalmente quedó sorprendido por su buen francés no tardando en expedirle su carta de refugiado político; a la vez de ofrecerle una ayuda económica momentánea y hasta que encontrara una ocupación remunerada. Al salir de la prefectura se dirigió a las señas que un gendarme le había aconsejado como hotel muy cerca de la famosa “Cannebiere” vía central que termina en el puerto y concentra la mayor actividad de la ciudad. Ese día cuenta, que como tantos otros días un viento violento arremolinaba en ella los cartones y papeles.
Este molesto Mistral pone en guardia a los comerciantes y cada dueño de establecimiento se preparaba para hacer frente al habituado huracán, que vuelca mesas e impide a la gente, con sus ráfagas continuas poder marchar sin sujetarse en las paredes.
Más tranquilo y con un rostro que determinaba resignación, sigue para decirnos que una de las cosas que más le gustaba por las mañanas era pasear por el viejo puerto, con el fin de apreciar la variedad de pescados. Que todavía algunos de ellos saltaban con movimientos bruscos ante la falta de su única posible existencia. - El agua.
Era verdaderamente curioso admirar estos puestos alineados a lo largo del viejo puerto a la vez que esto le permitía entablar conversación con algún grupo de españoles.
Después dice que marchaba a una de las calles paralelas a la Cannebiere donde había un local frecuentado por españoles y nos dice que además era raro el día que no se acercaba a este pedazo de España. Ya que en su interior, laminas en representaban corridas de toros, periódicos de Madrid olvidados en las mesas y una guitarra en un rincón hacían de este establecimiento algo que le hacía menos penoso su exilio.
-Sí, ese era el lugar ideal donde españoles con sus mismas inquietudes buscaba las últimas noticias de su tierra.
Los días al principio parecían monótonos, pero no tardo mucho en producirse el acontecimiento terrible del siglo. Pues como era de esperar la IIª Guerra Mundial acababa de estallar y pese que ese día encontró un grupo de españoles que le aseguraban que la guerra sería muy corta. No fue así, pues transcurrieron los meses, la guerra se prolongaba y nadie podía adivinar su término. Por el dueño del bar que era un Catalán con ideas anarquistas y afincado desde niño en Marsella, ese día nos dice que participó en una reunión que se celebraba en un local de la F.A.I (Federación Anarquista Ibérica)no muy lejos de allí y más preciso, en la rué Pavillo. Allí nos dice, que pronto conoció a sinnúmero de refugiados como él y que por sus conocimientos del francés fue elegido al comité de resistencia “antifascista” y a la vez, responsable de relaciones con las autoridades. En realidad su responsabilidad era la solidaridad con los demás grupos y sobre todo la ayuda a todos los españoles necesitados.
La campaña contra Francia comenzó el 5 de junio, Italia declaró la guerra a Francia y Reino Unido el 1 de junio. La “Línea Maginot”, que dejaba a merced del enemigo la frontera con Bélgica que creían indestructible, pero no aguanto la poderosa ofensiva Alemana. Pues el comandante de las fuerzas francesas, el general Máxime Weygand, no disponía de ningún medio para proteger París por el norte y el oeste. El 17 de junio, el mariscal Henri Philippe Pétain, nombrado jefe de gobierno el día anterior, solicitó un armisticio, que fue firmado el 22 de junio, en el que se acordó que Alemania controlaría el norte y la franja Atlántica de Francia. Pétain estableció la capital de su gobierno en Vichy el 1 de junio, en la zona no ocupada del sudeste y constituyó así un régimen colaboracionista.
El 6 de diciembre del 40 François Pietri, embajador del gobierno de Vichy y allegado del Estado español. Presentó sus cartas credenciales al general Franco, y mismo se dice que Pietri y Franco se separaron fríamente. Más tarde los dos consejeros y funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores. Lebel y de la Tour du Pin. Completaron el equipo de Pietri, consiguiendo inmejorables relaciones de cooperación. A estos les siguieron los agregados militares. El capitán Delaye y los tenientes coroneles Epine y Beroetta. Que llegaron a un acuerdo vergonzante de colaboración que incluirá la represión y entrega sistemática de los refugiados españoles unos a los alemanes y los más significativos, al gobierno Español.
En estas circunstancias pronto comenzó un éxodo masivo de evadidos de Francia. En cuanto a las cifras, unos dan 35.000 alistados en las fuerzas francesas combatientes, formando los batallones de choque. Otro número importante se lanzó a la lucha guerrillera en las ciudades o en el monte, y otros fueron apresados y conducidos por fuerza a trabajar en las fábricas alemanas. Así como los que con menos suerte, al ser delatados por los servicios secretos españoles, fueron conducidos a los tristes campos de exterminio.
La situación desesperante dio luz al crearse la “Francia Libre”. Denominación que recibió el grupo de voluntarios franceses que, durante la IIª Guerra Mundial, se reunieron en torno del general Charles De Gaulle. Después de su llamamiento, hecho desde Londres el 28 de junio de 1940, para proseguir la lucha contra la ocupación alemana. Oponiéndose al armisticio francés del 22 de junio. Pronto contó con el apoyo de las denominadas Fuerzas Francesas Libres (F.F.L), dependientes de la logística británica. En junio del 43, se creó un comité Francés de Liberación Nacional en Argel, comprendido inicialmente por el propio De Gaulle y el general Henri Honoré Giraud. Tras la dimisión de éste en noviembre, el comité se trasladó en mayo del año siguiente a Londres.
«Perdone abuelo pero quisiera preguntarle, si usted mantenía correspondencia con la familia». El abuelo sonríe, para luego sentándose a su lado cariñosamente le cogió la mano y le dijo: – No creas Antoñito que me olvide de la familia y además os contaré que por mis responsabilidades en la resistencia francesa conseguí mantener comunicación continua con la familia.
Durante algún tiempo, las responsabilidades en el comité se limitaban a ayudar económicamente a través de la Cruz Roja Francesa a los compatriotas necesitados. La situación empeoraba por una guerra que se prometía larga y sus responsabilidades fueron cambiando hacia actitudes cada vez más peligrosas. Y es en noviembre del 42 que comenzó el éxodo en masa de evadidos franceses. Ante tal situación y por sus conocimientos, fue nombrado por los dirigentes de la resistencia de la que hacia parte activa. Responsable de organizar la salida masiva de oficiales franceses dispuestos a ganar Londres o Argel con el fin de incorporarse a la Francia Libre.
Como veréis todo sucedió al azar, pues al mantener un contacto permanente con la Cruz-Roja y recibir consignas del comité de Argel por el intermediario de un comisario de Asuntos Extranjeros del que se manifestó voluntario a colaborar con la Cruz-Roja, nos dio por zonas geográficas los centros hoteleros dispuestos ayudarnos en España. Y así fue pues una mañana a comienzos de diciembre, le presentaron tres oficiales franceses, que por casualidad uno de ellos fue Louis Jacquinot y que después de la guerra fue ministro de De Gaulle.
Fue Luis Jacquinot quien le facilitaría el contacto con Ms. André-Mas, responsable del paso de fronteras, a la vez Ms. André-Mas les proporcionaría unos voluntarios anónimos que les ayudaban a pasar la frontera por unos puntos clave, de este a oeste de los Pirineos. Siendo los más destacados; Dancharinea, Elizando, Valcarlos, Isaba, Nuria y un etcétera que una vez cruzado la frontera tenían que ganar Madrid.
Es verdad que parecía una misión difícil, pero al parecer el enlace que les acompaño. Conocía a un compatriota suyo, llamado Joaquín Sánchez Robles, director del hotel Mora de Madrid. Situado cerca del museo del Prado y que durante la guerra hospedaba a gran número de franceses evadidos y con el beneplácito de ciertos policías locales bien remunerados. A este francés procedente de Argel y de origen español el abuelo de él dice, que le quedó muy agradecido por sus servicios a él personalmente y en particular a la Cruz-Roja.
Al parecer la cosa fue más fácil de lo que creyó al principio y la carta con sus señas llegó por la mano del dueño del hotel Mora a su mujer y que luego periódicamente él se encargó durante años de que no le faltara correspondencia. Y es por ello que supo que su hija Matilde se había casado con un juez de primera instancia y que un año después nació este mocoso que es mi nieto. También os diré que en estos años tan difíciles y peligroso tuve mucha suerte al estar siempre muy resguardado por gentes de diferentes ideologías y que nunca podrá agradecerles lo que hicieron por él.
Mientras tanto las tropas estadounidenses y francesas. Habían llegado a la costa meridional de Francia(al sur de Marsella) el 19 de agosto y establecieron el contacto con las fuerzas de Bradjey en las proximidades de Dijon la segunda semana de septiembre.


CAPÌTULO XIX



Al terminar la guerra en Francia. Las cartas de Matilde fueron más continuas y alentadoras donde le decía que por mediación de su madre y de su yerno que él no conocía. Habían intervenido en la persona de un responsable político de alta categoría de la falange (Rafael Sánchez Mazas). Que no era otro que aquel joven espigado que en su día conoció en los salones del Casino de San Sebastián y que pretendió ser el futuro marido de Matilde. Al poco tiempo le comunicaron el día que debía pasar por el consulado de Marsella a recoger el visado que le permitiera regresar sin ningún peligro, de nuevo a Madrid.
– ¿Creéis que no me da pena? – dijo–. «Siempre odié con todas mis fuerzas el fascismo, y ahora se me permite volver con el rabo entre las piernas a condición de perder mis actividades y presentarme periódicamente en la comisaria centro. – ¡Qué pena siento!… ¡Qué pena!»… Al ver en la situación que se hallaba nos precipitamos todos hacia él, para pasarle las manos por los hombros y al unísono le dijimos: –«abuelo no sufra la vida es así».
–Muchachos… ¿Qué decís? – Sí, soy viejo pero no le deseo a nadie esta vida. – ¡Qué asco! ¡Qué asco! – En fin, -¿para qué recordar todo esto?
– Abuelo no sufra y sepa que nosotros le comprendemos y sepa su lucha no fue en vano y con su sacrificio un día mismo si usted no lo ve. Conseguiremos que los hombres sean libres y los “Derechos Humanos” sean una razón de Estado.
Al abuelo por fin, le hicimos sonreír y la pesadumbre que sintiese poco antes parecía desvanecerse. Pero también es verdad que nosotros aunque conseguimos tranquilizarle sus últimas palabras crearon una angustia indescriptible.
Después se sentó de nuevo cerca de su nieto, para decirle: – ¿Comprendes? No tuve más remedio que seguir viviendo así y te pido que no-té de pena de mí, pues yo hice lo que creí que era mi obligación mora, pero la vida es así.
– « ¿Comprendes?, Antoñito, no puede ser de otra manera. – Es verdad que al principio se me hacía muy cuesta arriba, pero ahora he llegado a comprender que no puedo seguir amargando las vidas de mis seres queridos».
Bueno muchachos yo creo que no obstante debo continuar explicados como fue mí llagada a la capital. Que os diré que pasé toda una noche sin dormir y que por fin, a las cinco de la tarde llegó el tren sin mayor complicación a la estación del norte. Y os aseguro que el Madrid del año 45 me dio mucha pena y misma si se había establecido la tranquilidad de los años de guerra. Os asegura con cierta resignación que las gentes marchaban tristes y con un abatimiento general.
De nuevo sintió otra vez odio contra esta dictadura fascista inhumana y retrógrada y, al llegar a la altura de la Plaza del Callao permaneció inmóvil con la mirada perdida en este gentío y dice que percibió en sus rostros una notable indiferencia a los acontecimientos. Algo así como si su única ilusión fuera pasar desapercibidos en su precaria subsistencia.
Después levanto los hombros y sonriendo con desprecio a esta pasividad de las gentes, se dijo con cierta resignación que con el tiempo la dictadura se fortalecería por su privilegiada situación geográfica en Europa. Contaría siempre con el apoyo incondicional de las potencias capitalistas de Europa y especialmente con el apoyo incondicional de los Estados Unidos de América en su desesperada lucha contra el Comunismo.
Como si le animase de pronto una nueva fuerza, se puso a caminar por la calle abajo en dirección a la Corredera Bajo de San Pablo y no volvió a levantar los hombros al sentirse acobardado ante su nueva situación tan desagradable. Pero ahora hacia su persona; por haber aceptado volver… Pero nos dice que según se acercaba a su casa se fue calmando poco a poco al recordar que su familia le necesitaba y que no eran responsables de sus derrotadas ideas.
Más tarde, al recordar de nuevo su situación actual y observar que no dejaba de su mano el salvoconducto que le entregaron en Marsella le hizo reflexionar sobre su situación y comprendió que si su vida estaba amenazada y controlada; no debían por su familia crearla de nuevo más problemas.
– Y, además. – ¿Quién sabe si le habrán seguido hasta aquí?
– Él tenía la certeza que por mediación de la policía francesa conocían sus actividades en Marsella y que en todo instante seria vigilado.
¡Maldita política!… Y está desesperada afirmación de su situación, le hizo sonreír burlonamente al recordar doloroso pasado y reconocía que su recuerdo pesaría el resto de su vida como una losa. Pues él reconocía que su filosofía era una utopía y sus ideas eran buenas las religiones seguían envenenado todo lo relacionado con el humanismo. Ante la insistencia de sus recuerdos y la tenacidad con que se repetían. Terminó por cerrar sus puños y avanzar con paso rápido por la calle, hasta encontrarse ante el oscuro y silencioso portal de su casa.
Como si le animase de pronto una nueva fuerza, dice que sonó la puerta como si fuera un ser extraño y, al abrir la puerta una mujer surgió del profundo pasillo que salto hacia él con los brazos extendidos y fue tan violento el impulso que le hizo chocar contra el cerco de la puerta. Era Matilde que con su abrazo femenino cerro a la vez sobre él su boca con esos de labios ávidos, suspirantes, a la vez unos ojos lagrimosos por la emoción; era acompañado de una sonrisa, mezcla de amor y de nerviosidad dolorosa.
– ¡Tú!… ¡Tú! – Volvió a repetir Matilde con voz llorona, a la vez que le temblaban las piernas y nos dice que como una ola de frío le estremeció la espalda de felicidad. – ¡Antonio! – Suspiró Matilde, intentando abrazarle de nuevo y después recuerda que era tal su felicidad que poco a poco se fue habituando a la luz difusa del pasillo. La cual le permitió ver detrás de ella a su hija Teresa esperando su abrazo, que fue a la vez prolongado, cariñoso y sufrido. Luego al contemplar de nuevo a las dos mujeres con ojos amorosos nos dice, que aún guardaba cierta timidez llego a decir a Matilde: – ¡Estás muy bonita! – ¡No has cambiado nada! A lo que Teresa al ver en la situación en que se hallaban sus padres terminó por decirles.
– ¿Qué hacen ahí contemplándose con ojos exaltados? – ¡Cierren la puerta y pasen al comedor que padre estará cansado!
–Os lo afirmo con la mayor convicción que fue después de este hermoso momento, que comprendí que al fin y al cabo la vida era hermosa; pese a la situación en que se encontraba. Era la teoría del eterno comenzar de las cosas, mismo si no aceptaba su falsedad. Para él los hombres y los sucesos, se continuarían repitiendo como ocurre en la tierra, los días y en las estaciones. Y aunque todo a los ojos de los demás pareciese igual, las cosas no serian nunca iguales realmente para él. La verdad es que mismo si la situación en las calles para muchos parecía de una tranquilidad correcta. Él estaba convencido que era una paz de cementerios y mismos si su situación era difícil sus sentimientos no cambiarían.
– Es verdad, pero cruel que la vida se desarrolle así siempre ocultando su situación mentirosa e inmovilista durante centenares de siglos. – ¿No era un simple engaño de sus ojos?– ¿Era su mente la que vivía en un error? Debía de reconocer de una vez para siempre, que era inútil, pensar que sus ideas al quedar hoy vencidas, un día se desarrollen como él había pensado.
– ¡Frustración, esa será su realidad!
– «Ya que de una vez para siempre debería dejar de soñar y asumir en la nada sus sentimientos».
Después, ante nuestro silencio profundo se levanto cautelosamente y extendiendo su mirada cansada por cada uno de nosotros. Pidió perdón y con un acentuado gesto de fatiga se dirigió hacia la puerta del pasillo donde la abuela Matilde le esperaba con la sonrisa de soñar y asumir en la nada sus sentimientos.
EPÍLOGO


Ante nuestro silencio profundo, y después de extender su mirada cansada por cada uno de nosotros. Se levantó cautelosamente y con gesto de fatiga pidió perdón y se dirigió hacia la puerta del pasillo donde la abuela Matilde le esperaba con la sonrisa de siempre. Para después perderse con su caminar fatigado y torpe por el pasillo.
Mientras tanto España. Se cierra en una larga historia cada vez más complicada haciendo Franco oídos sordos a los continuos fusilamientos de los llamados rojos y donde más de 300.000 serán fusilados. Para un buen español su deber era denunciar a un “Rojo” y los abusos fueron tantos que se tuvo al final un poco al obligar por adelantado tener que hacerlo por escrito y firmar. No obstante, los tribunales militares instituidos por Franco, son de consejo de guerra y sin apelativos… Siendo inútiles todas las protestas internacionales. « España entra en una atmósfera trágica y oscura».
Para hacerse una idea del poder de la dictadura habría que partir del decreto del 4 agosto de 1937, en el que define a Franco como instigador. - «De una época histórica durante la cual España cumplía su destino si realizaba los objetivos del “Movimiento”». “El Caudillo” ejerce la autoridad la más absoluta y en el más amplio termino. « El Caudillo es responsable delante de Dios y de la Historia».
Las leyes de los años siguientes le acordaran « todo el poder del Estado, todas las funciones gubernamentales» y «el poder supremo de establecer las normas jurídicas de carácter general». En una palabra, él es el Caudillo de España por la gracia de Dios, ó sea: « ¡El estado es mío!».
Fue la última vez que el abuelo volvió a sentarse con nosotros de la misma manera y fueron los años de dura frustración que acabaron con él. Pero para mí, el abuelo no llegó a comprender que le tocó vivir la época más brutal de la historia humana. Al ser la codicia probablemente la problemática más dura que ha de afrontar el ser humano… No creo que el carácter fundamental de la humanidad vaya a cambiar y todo porque somos animales carnívoros y esto nos fundamenta.
También estoy seguro de que su vida fue como la de tantos otros en el sufrido periodo que le tocó vivir y sus recuerdos son corrientes. Sus sentimientos le vienen de que cuando fue joven había cuatro o cinco pensadores que marcaron la pauta del siglo… Einstein, por ejemplo, era uno de ellos, otros eran: Bakunin, Marx, Alber Schweitzer, Ghandi y alguno más a los que él admiró. Pero ahora no hay nadie parecido, desde que mataron al “Che Guevara”– Ya no queda nadie…
– Y pese a que siempre tuve miedo a la huida del tiempo, al desgaste del recuerdo y las esperas frustradas. Siempre recuerdo palabra por palabra todo lo que “el abuelo” nos contó y por eso que decidí escribir algo parecido a sus memorias que él no llegó nunca a escribir. – No obstante, la verdadera historia de Antonio Hernández fue sin ninguna duda su gran personalidad y sobre todo sus humanos sentimientos. Por eso estoy seguro que su sacrificio como el de tantos otros no fue en vano, pues ellos contribuyeron con su ejemplo y sacrificio a que otros jóvenes más tarde hiciéramos realidad sus sueños. «La de una España que si no es Republicana, por el momento ya es democrática»






Marignane a 2002-08-06

Pablo-García-Cabrero
Última edición por pablogarcia el 03 Ene 2013, 17:37, editado 2 veces en total.
Amar y ser amado

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Mensajepor pablogarcia » 16 Jul 2007, 12:23

Gracias a todos y saludos fraternales.
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mozart
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Mensajepor mozart » 25 Sep 2007, 12:26

Sólo he podido llegar hasta la primera mentira.

El 12 de Abril de 1931 no vencieron los repúblicanos.

De hecho, la primera fase de las elecciones municipales celebrada el 5 de abril se cerró con los resultados esperados, es decir, salieron elegidos 14.018 concejales monárquicos y tan sólo 1.832 republicanos. Con ese resultado electoral, en el que las candidaturas monárquicas fueron votadas siete veces más que las republicanas, no puede extrañar que tan sólo pasaran a control republicano un pueblo de Granada y otro de Valencia. Como era lógico esperar, en aquel momento, nadie hizo referencia a un plebiscito popular y menos que nadie los republicanos, que habían sido literalmente aplastados por el veredicto de las urnas.

El 12 de abril de 1931 se celebró la segunda fase de las elecciones. De nuevo, los resultados fueron muy desfavorables para las candidaturas republicanas. De hecho, frente a 5.775 concejales republicanos, los monárquicos obtuvieron 22.150, es decir, el voto monárquico prácticamente fue el cuádruplo del republicano.


Saludos.
Disfruten esta web.
¡¡¡Bienvenidos a bordo.!!!
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Mensajepor pablogarcia » 14 Nov 2007, 17:08

Cada uno es cada uno y seis media docena
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