La inevitabilidad del orden y la complejidad

Un poco de todo.
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letitbleed
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La inevitabilidad del orden y la complejidad

Mensajepor letitbleed » 26 May 2017, 15:04

En las discusiones sobre teoría de la evolución sí-teoría de la evolución no, subyace siempre la discusión sobre el origen del orden y la complejidad que observamos en el Universo. Muchas veces se presentan estos atributos como evidencia de la existencia de Dios (o de un Diseñador Inteligente). Ya he comentado en otras ocasiones que si, tal y como argumentan los defensores del Diseño Inteligente, la complejidad del Universo es algo que no puede aparecer espontáneamente y que implica la participación necesaria de un diseñador, este debe ser aún más complejo que el Universo que diseña, por lo que por la misma premisa que se ha aplicado al Universo, el diseñador debe ser necesariamente diseñado. Esto implica que no podemos identificar al diseñador inteligente con el ser necesario que es Dios en las teologías judeo-cristianas, pues este diseñador se demuestra contingente. De hecho, caeríamos en una regresión infinita de diseñadores de diseñadores de diseñadores... Pero ¿podemos defender que el orden y la complejidad aparezcan espontáneamente en el Universo si no existe un diseñador? Dejo a continuación un extracto del libro Elogio de la irreligosidad del matemático John Allen Paulos, donde examina la lógica de los distintos argumentos que a lo largo de la historia se han esgrimido para defender la existencia de Dios. Este extracto corresponde al capítulo El argumento de la redefinición (y la complejidad irreducible) (páginas 78-82)

John Allen Paulos escribió:Otra redefinición más enjundiosa identifica a Dios con lo incomprensiblemente complejo. Este argumento puede incluso hacer que los agnósticos y ateos admitan que creen en Dios. Después de todo, ¿quién puede creer que lo comprende todo? Todos podemos estar de acuerdo en que somos entidades finitas capaces sólo de procesar información de una complejidad bastante limitada. De hecho, una reformulación del famoso teorema de incompletitud del lógico Kurt Gödel debida a Gregory Chaitin muestra que cualquier sistema formal (como nosotros) sólo puede generar información de complejidad menor que la suya propia. Y, como ha observado Chaitin, no podemos demostrar diez libras de teoremas con cinco libras de axiomas. En consecuencia, la comprensión completa de la naturaleza y la sociedad, sistemas de complejidad mucho mayor que la nuestra, está literalmente más allá de nuestro «horizonte de complejidad».

Es más que concebible que la auténtica «teoría de todo», el santo grial de los físicos contemporáneos, esté más allá de nuestro horizonte de complejidad colectivo. Compárese esto con la frase de Arthur C. Clarke: «Cualquier tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia». En cualquier caso, el truco verbal de definir a Dios como lo incomprensiblemente complejo, una variante del Dios de los vacíos, tiene la ventaja de obtener algo —en este caso Dios— de nada.

Pero hasta de lo incomprensiblemente complejo podemos decir algo. Siempre nos ha atraído la idea de que, por muy caótico que sea el mosaico de la vida, es inevitable que haya algún orden de alguna clase a algún nivel. Ningún universo puede ser completamente aleatorio a cualquier nivel de análisis. Ninguna confusión puede ser absoluta. Es imposible que fuéramos incapaces de encontrar alguna regularidad, alguna invariancia en alguna parte, con independencia de los detalles confusos de cualquier particular estado de cosas. Uno podría al menos describir la confusión, o enunciar alguna predicción de orden superior para el efecto que no admite ninguna predicción de orden inferior. Puesto que la ausencia de orden también es una clase de orden a otro nivel, la idea de la inevitabilidad del orden, como la identificación de Dios con lo incomprensiblemente complejo, es vacua y tautológica (aunque quizá sea una tautología fructífera).

En física, la idea de la inevitabilidad del orden surge de la teoría cinética de los gases. Aquí, la presunción de desorden a un nivel formal de análisis (el movimiento aleatorio de las moléculas del gas) conduce a un orden de nivel superior: las relaciones entre variables macroscópicas como la temperatura, la presión y el volumen determinadas por las leyes de los gases. Dichas relaciones se siguen de la aleatoriedad al nivel molecular y unas cuantas premisas mínimas más. Generalizando, cualquier estado de cosas, por desordenado que sea, puede describirse simplemente como aleatorio, y entonces, ipso facto, a un nivel superior de análisis tenemos al menos una «metaley» útil: en el nivel inferior impera la aleatoriedad.
Además de las distintas leyes de los grandes números estudiadas en estadística, una noción que pone de manifiesto otro aspecto de esta idea es la máxima del estadístico Persi Diaconis: si uno observa una población lo bastante grande durante el tiempo suficiente, entonces «casi cualquier condenada cosa ocurrirá».

Una versión más profunda de esta línea de pensamiento puede remontarse hasta el matemático británico Frank Ramsey, quien demostró un teorema que establece que para un conjunto lo bastante grande de elementos (personas o números o puntos geométricos), cada par de los cuales está, digamos, o conectado o desconectado, siempre habrá un subconjunto grande del conjunto original con una propiedad especial. O todos los elementos del subconjunto estarán conectados entre sí, o todos estarán desconectados. Dicho subconjunto es una inevitable isla de orden en el conjunto desordenado que lo contiene. Es el almuerzo gratis (Dios) cuya oferta está garantizada si la cafetería (el universo) es lo bastante grande.
(Este resultado se describe a veces en términos de invitados a una cena. El problema de Ramsey para la isla de orden 3 es: ¿cuál es el menor número de invitados que deben estar presentes para que sea seguro que al menos tres de ellos se conocerán o al menos tres no se habrán visto nunca antes? Supongamos que si Martha conoce a George, entonces George conoce a Martha. La respuesta es seis, y la demostración, que omitiré, no es difícil. Para la isla de orden 4, el número de invitados mínimo es 18. Es decir, tiene que haber al menos 18 invitados para que sea seguro que al menos cuatro se conocerán entre sí o al menos cuatro no se habrán visto nunca. Para la isla de orden 5, el número está entre 43 y 55. Para números mayores, el análisis se vuelve mucho más complicado, y sólo se conocen respuestas a problemas de Ramsey para muy pocos números).

Desde la muerte de Ramsey en 1930 se ha desarrollado toda una subdisciplina matemática dedicada a demostrar teoremas de la misma forma general: ¿cuán grande debe ser un conjunto para que siempre contenga algún subconjunto de tamaño dado que posea algún patrón regular, una isla de orden de alguna clase? El ya citado Paul Erdos descubrió muchas de tales islas, algunas de una belleza etérea. Los detalles de las islas particulares son complicados, pero la respuesta general a la cuestión del tamaño mínimo del conjunto que las contiene a menudo se reduce a la máxima de Diaconis: si es lo bastante grande, «casi cualquier condenada cosa ocurrirá». Los teoremas de este estilo pueden incluso explicar en parte las secuencias de letras equidistantes que constituyen los códigos bíblicos. Cualquier secuencia de símbolos lo bastante larga, y más si está escrita con el vocabulario restringido del hebreo antiguo, contendrá secuencias que parecen tener significado.

Más directamente relevante para la evolución y el origen de la complejidad es la obra de Stuart Kauffman. En At Home in the Universe: The Search for Laws of Self-Organization and Complexity, Kauffman discute el «orden gratuito», o al menos la complejidad a un precio barato. Motivado por la idea de cientos de genes que activan y desactivan otros genes, y el orden y las pautas existentes, Kauffman nos insta a considerar una colección de diez mil bombillas, cada una de las cuales está conectada a otras dos bombillas del conjunto.

Con esta única ligadura, se conectan las bombillas al azar. Supongamos también que, a intervalos de un segundo, cada bombilla se enciende o apaga conforme a alguna regla arbitraria. Para algunas bombillas la regla podría ser apagarse a menos que las otras dos a las que está conectada estén previamente encendidas. Para otras bombillas podría ser encenderse a menos que las otras dos estén apagadas. Dadas las conexiones al azar y la asignación aleatoria de las reglas, sería natural esperar que la colección de bombillas parpadeara caóticamente sin ninguna pauta aparente.

Lo que ocurre, sin embargo, es que muy pronto se observa orden gratuito, ciclos más o menos estables de configuraciones de luces, diferentes para distintas condiciones iniciales. Hasta donde yo sé, el resultado es sólo empírico, pero sospecho que puede ser una consecuencia de un teorema de la familia de Ramsey demasiado difícil de demostrar. Kauffman propone que algún fenómeno de esta clase suplementa o acentúa los efectos de la selección natural. Aunque ciertamente no hay necesidad de otro argumento más contra la aparentemente inerradicable estupidez de la «ciencia de la creación», estos experimentos y el orden inesperado que se obtiene de manera tan natural parecen ofrecer uno.

En cualquier caso, el orden gratuito y la complejidad a partir de la simplicidad son esperables y no sirven de base para creer en Dios, tal como se le define tradicionalmente. Si redefinimos a Dios como una inevitable isla de orden o, como cree Kauffman, una suerte de entidad emergente, entonces las consideraciones anteriores nos dicen que sólo existe en este sentido inusual y restringido.



En otro punto del libro, contra la complejidad biológica cuyo origen natural y espontáneo se pone en duda, contrapone el ejemplo del origen de la complejidad de los mercados:

John Allen Paulos escribió:Michael Behe, un señalado defensor del diseño inteligente, ha ofrecido un argumento creacionista relacionado con el anterior. Behe compara la «complejidad irreducible» de fenómenos como la coagulación de la sangre con la complejidad irreducible de una trampa para ratones. Basta con que falte una pieza (sea el muelle, el soporte de metal o la tabla) para que la trampa no funcione. La implicación es que todas las partes de la trampa tendrían que haber aparecido simultáneamente, lo que es imposible a menos que haya un diseñador inteligente. Los proponentes del diseño inteligente argumentan que lo que vale para una humilde ratonera vale aún más para los fenómenos biológicos inmensamente complejos. Así, por ejemplo, si una cualquiera de la veintena de proteínas implicadas en la coagulación de la sangre estuviera ausente, el proceso no tendría lugar, por lo que dichas proteínas deben haber aparecido simultáneamente por obra de un diseñador.

Pero la teoría de la evolución explica perfectamente la aparición de organismos y fenómenos biológicos complejos, y el argumento de Paley ha quedado más que refutado. Tómese nota: la selección natural es un proceso altamente no aleatorio que actúa sobre la variación genérica producto de la mutación aleatoria y la deriva genética, y se traduce en organismos con rasgos que les confieren una aptitud diferencial para la supervivencia y la reproducción. No estamos hablando de monos que componen obras de Shakespeare aporreando al azar una máquina de escribir especial que, marginalmente, retiene las letras correctas y borra las incorrectas más a menudo que al contrario. (Es muy curioso que el hecho de que nosotros y todas las formas de vida hayamos evolucionado a partir de formas más simples por selección natural soliviante a los fundamentalistas, que en cambio no tienen inconveniente en aceptar la afirmación bíblica de que venimos del barro).

Mi objetivo no es profundizar más en la defensa de Darwin o la refutación de Paley. A fin de cuentas, los que rechazan la evolución suelen ser inmunes a tales argumentos. Mi intención última es desarrollar algunas analogías reveladoras entre estos temas biológicos y algunos temas económicos relacionados y, secundariamente, mostrar que dichas analogías apuntan a un sorprendente cruzamiento de líneas políticas.
¿Cómo han llegado las economías de libre mercado modernas a ser tan complejas como son, con sus asombrosamente elaborados sistemas de producción, distribución y comunicación? En casi cualquier drugstore podremos encontrar nuestra chuchería favorita. Cualquier supermercado tiene nuestra marca de salsa para espaguetis, y si no, estará en la tienda de abajo. En cada vecindario podemos encontrar nuestra talla y estilo de pantalones.

Y lo que vale a escala personal también vale a escala industrial. De algún modo, las fábricas de todo el país disponen de cojinetes y microprocesadores en los sitios precisos. La infraestructura física y las redes de comunicación también son prodigios de complejidad integrada. Los proveedores de petróleo y gas están allí donde se necesitan. El correo electrónico nos llega estemos en Miami o en Milwaukee, por no hablar de Barcelona o Bangkok.

La pregunta natural que, en primer lugar abordó Adam Smith y luego Friedrich Hayek y Karl Popper entre otros, es: ¿quién concibió esta prodigiosa complejidad? ¿Qué comisario decretó el número de paquetes de hilo dental para cada minorista? La respuesta, por supuesto, no está en ningún dios económico. El sistema surgió, creció y evolucionó por sí mismo, lo que constituye un ejemplo ostensiblemente obvio de orden espontáneo. Nadie pretende que todos los componentes del sistema de distribución de chucherías deban haberse emplazado simultáneamente, o no habría chocolatinas en la tienda de la esquina.

Hasta aquí muy bien. Lo que resulta más que curioso, sin embargo, es que algunos de los más fervorosos oponentes a la evolución darwiniana (como muchos fundamentalistas cristianos) también están entre los más fervorosos defensores del libre mercado. Esta gente acepta la complejidad natural del mercado sin reparos, pero insisten en que la complejidad natural de los fenómenos biológicos requiere un diseñador.

Los creacionistas rechazarían la idea de que hay, o debería haber, una planificación central de la economía. Replicarían correctamente que los intercambios económicos simples beneficiosos para todas las partes se afianzan y gradualmente se modifican y mejoran al convertirse en parte de sistemas de intercambio más amplios, mientras que los que dejan de ser beneficiosos desaparecen. Aceptan la afirmación de que el orden espontáneo de la economía moderna viene de la mano invisible de Adam Smith. Estos mismos creacionistas, en cambio, se niegan a creer que un proceso «ciego» como la selección natural pueda conducir a un orden biológico igualmente espontáneo. Y sus exabruptos, si las respuestas a mis escritos de tinte irreligioso son una muestra representativa, van de lo vituperioso a lo ponzoñoso (más de lo segundo que de lo primero).

El orden espontáneo no requiere una gran inteligencia. Los programas que se remontan al juego de la vida del matemático John Horton Conway hacen uso de reglas de interacción sumamente simples entre «agentes» virtuales, a pesar de lo cual generan complejidades comparables a las de la economía real. Lo mismo ocurre con los algoritmos genéticos y los autómatas celulares de Stephen Wolfram y muchos otros, a los que volveré más adelante.
Estas ideas no son nuevas. Como he mencionado, Smith, Hayek, Popper y otros las han hecho más o menos explícitas. En los últimos tiempos se han oído más ecos matemáticos de estas analogías que invocan las redes, la complejidad y la teoría de sistemas, entre los que cabe mencionar un ensayo de Kelley L. Ross, junto con comentarios más breves de Mark Kleiman y Jim Lindgren.

Por supuesto, entre los sistemas biológicos y los económicos hay diferencias bien significativas (una es que la biología es una ciencia mucho más sustantiva que la economía), pero esto no debería impedirnos apreciar sus similitudes ni enmascarar las analogías obvias.

Estas analogías plantean dos preguntas finales. ¿Qué pensaríamos de alguien que estudiara las entidades económicas y sus interacciones en una economía de libre mercado y que, a pesar de disponer de una explicación de su desarrollo evolutivo perfectamente razonable y sustentada por la evidencia empírica, insistiera en que son la consecuencia de algún legislador económico todopoderoso y obsesivamente detallista? Seguramente le tacharíamos de teórico de la conspiración.

¿Y qué pensaríamos de alguien que estudiara los procesos y organismos biológicos y que, a pesar de disponer de una explicación darwiniana de su evolución perfectamente razonable y sustentada por la evidencia empírica, insistiera en que son la consecuencia de algún legislador biológico todopoderoso y obsesivamente detallista?
No tengo que 'tener' una respuesta. No me siento aterrorizado por no conocer cosas, por estar perdido en el misterioso universo sin tener ningún propósito, que es el modo en el que la realidad es, hasta donde puedo decir, posiblemente.

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Fernando
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Re: La inevitabilidad del orden y la complejidad

Mensajepor Fernando » 26 May 2017, 18:28



Sea cierta/falsa la teoría de la evolución, no invalida/afirma la existencia de Dios; son cosas que nada tienen que ver entre sí, ni como contradicción ni como complemento. Considero, pues, inadecuado, mezclar ambos conceptos.

Por otra parte, y, ya puestos a filosofar sobre teorías, quizá convendría hablar, no sólo de "evolución" sino también de "degeneración". Ejemplo: no sería descabellado creer que, más lógico que el hombre descienda del simio (por "evolución"), sea que el simio descienda del hombre (por "degeneración"). ¿Por qué? Por la existencia de mutaciones de especies debidas a multitud de causas degenerativas: alteraciones perniciosas de la naturaleza, productos químicos, radiaciones, comportamientos antinaturales, etc. Un caso triste se vive en la actualidad con el creciente número de nacidos con el síndrome de Down, en cuyos factores de riesgo está la antinatural tendencia de tener hijos con una edad cada vez más avanzada.

*
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letitbleed
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Re: La inevitabilidad del orden y la complejidad

Mensajepor letitbleed » 29 May 2017, 12:27

Fernando escribió:

Sea cierta/falsa la teoría de la evolución, no invalida/afirma la existencia de Dios; son cosas que nada tienen que ver entre sí, ni como contradicción ni como complemento. Considero, pues, inadecuado, mezclar ambos conceptos.


Me parece muy bien que le parezca inadecuado pero ¿quién ha afirmado que la teoría de la evolución demuestre algo sobre Dios? Más bien es al revés, son los creacionistas los que lo hacen. La teoría de la evolución lo único que explica es un mecanismo que hace innecesaria la participación de un Dios (o un diseñador) para explicar la diversidad biológica que observamos en la Tierra. Pero eso no significa que Dios exista o deje de existir, aunque, evidentemente, los creacionistas lo consideren un ataque directo a sus creencias religiosas.

Fernando escribió:Por otra parte, y, ya puestos a filosofar sobre teorías, quizá convendría hablar, no sólo de "evolución" sino también de "degeneración". Ejemplo: no sería descabellado creer que, más lógico que el hombre descienda del simio (por "evolución"), sea que el simio descienda del hombre (por "degeneración"). ¿Por qué? Por la existencia de mutaciones de especies debidas a multitud de causas degenerativas: alteraciones perniciosas de la naturaleza, productos químicos, radiaciones, comportamientos antinaturales, etc. Un caso triste se vive en la actualidad con el creciente número de nacidos con el síndrome de Down, en cuyos factores de riesgo está la antinatural tendencia de tener hijos con una edad cada vez más avanzada.

*


El proceso evolutivo no tiene una meta definida, por lo que no sabemos hacia dónde puede evolucionar el ser humano. Sin embargo, esa afirmación de que el simio descienda del hombre es absurda. Para empezar el hombre es un simio, y, en cualquier caso, no se ha constatado que el ser humano sea el antepasado de ningún miembro de su orden (no hay rastro en el registro fósil ni en el registro genético). Sin embargo, sí se ha constatado la existencia de antepasados comunes entre distintas especies de la orden (por ejemplo, el Ardipithecus ramidus, que vivió hace más de 4 millones de años, es antepasado común del hombre y el chimpancé), lo que contradice su afirmación.

No obstante, ninguno de estos asuntos es tema de este hilo, que va sobre la inevitabilidad del orden y la complejidad, por lo que le ruego que se ciña al asunto del mismo.
No tengo que 'tener' una respuesta. No me siento aterrorizado por no conocer cosas, por estar perdido en el misterioso universo sin tener ningún propósito, que es el modo en el que la realidad es, hasta donde puedo decir, posiblemente.



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Re: La inevitabilidad del orden y la complejidad

Mensajepor Fernando » 29 May 2017, 17:08

letitbleed escribió:
Fernando escribió:

Sea cierta/falsa la teoría de la evolución, no invalida/afirma la existencia de Dios; son cosas que nada tienen que ver entre sí, ni como contradicción ni como complemento. Considero, pues, inadecuado, mezclar ambos conceptos.


Me parece muy bien que le parezca inadecuado pero ¿quién ha afirmado que la teoría de la evolución demuestre algo sobre Dios? Más bien es al revés, son los creacionistas los que lo hacen. La teoría de la evolución lo único que explica es un mecanismo que hace innecesaria la participación de un Dios (o un diseñador) para explicar la diversidad biológica que observamos en la Tierra. Pero eso no significa que Dios exista o deje de existir, aunque, evidentemente, los creacionistas lo consideren un ataque directo a sus creencias religiosas.



No eches balones fuera. Tú eres el que ha relacionado la teoría de la evolución con Dios. Y he sido yo el que he dicho que nada tiene que ver una cosa con otra.

Por otra parte, es falso que los creacionistas consideren la teoría de la evolución como un ataque a sus creencias. La iglesia ya ha mostrado su aceptación como posible.

http://www.lanacion.com.ar/169555-la-ig ... -evolucion

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Re: La inevitabilidad del orden y la complejidad

Mensajepor Fernando » 29 May 2017, 17:19

letitbleed escribió:
Fernando escribió:

Por otra parte, y, ya puestos a filosofar sobre teorías, quizá convendría hablar, no sólo de "evolución" sino también de "degeneración". Ejemplo: no sería descabellado creer que, más lógico que el hombre descienda del simio (por "evolución"), sea que el simio descienda del hombre (por "degeneración"). ¿Por qué? Por la existencia de mutaciones de especies debidas a multitud de causas degenerativas: alteraciones perniciosas de la naturaleza, productos químicos, radiaciones, comportamientos antinaturales, etc. Un caso triste se vive en la actualidad con el creciente número de nacidos con el síndrome de Down, en cuyos factores de riesgo está la antinatural tendencia de tener hijos con una edad cada vez más avanzada.

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El proceso evolutivo no tiene una meta definida, por lo que no sabemos hacia dónde puede evolucionar el ser humano. Sin embargo, esa afirmación de que el simio descienda del hombre es absurda. Para empezar el hombre es un simio, y, en cualquier caso, no se ha constatado que el ser humano sea el antepasado de ningún miembro de su orden (no hay rastro en el registro fósil ni en el registro genético). Sin embargo, sí se ha constatado la existencia de antepasados comunes entre distintas especies de la orden (por ejemplo, el Ardipithecus ramidus, que vivió hace más de 4 millones de años, es antepasado común del hombre y el chimpancé), lo que contradice su afirmación.

No obstante, ninguno de estos asuntos es tema de este hilo, que va sobre la inevitabilidad del orden y la complejidad, por lo que le ruego que se ciña al asunto del mismo.



Falso; yo no afirmo que el simio desciende del hombre. Lo que he hecho es abrir la puerta a hablar...no sólo de evolución sino también de degeneración. Y esto sí tiene que ver con la inevitabilidad del orden y la complejidad.

*


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Re: La inevitabilidad del orden y la complejidad

Mensajepor letitbleed » 29 May 2017, 17:34

Fernando escribió:
letitbleed escribió:
Fernando escribió:

Por otra parte, y, ya puestos a filosofar sobre teorías, quizá convendría hablar, no sólo de "evolución" sino también de "degeneración". Ejemplo: no sería descabellado creer que, más lógico que el hombre descienda del simio (por "evolución"), sea que el simio descienda del hombre (por "degeneración"). ¿Por qué? Por la existencia de mutaciones de especies debidas a multitud de causas degenerativas: alteraciones perniciosas de la naturaleza, productos químicos, radiaciones, comportamientos antinaturales, etc. Un caso triste se vive en la actualidad con el creciente número de nacidos con el síndrome de Down, en cuyos factores de riesgo está la antinatural tendencia de tener hijos con una edad cada vez más avanzada.

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El proceso evolutivo no tiene una meta definida, por lo que no sabemos hacia dónde puede evolucionar el ser humano. Sin embargo, esa afirmación de que el simio descienda del hombre es absurda. Para empezar el hombre es un simio, y, en cualquier caso, no se ha constatado que el ser humano sea el antepasado de ningún miembro de su orden (no hay rastro en el registro fósil ni en el registro genético). Sin embargo, sí se ha constatado la existencia de antepasados comunes entre distintas especies de la orden (por ejemplo, el Ardipithecus ramidus, que vivió hace más de 4 millones de años, es antepasado común del hombre y el chimpancé), lo que contradice su afirmación.

No obstante, ninguno de estos asuntos es tema de este hilo, que va sobre la inevitabilidad del orden y la complejidad, por lo que le ruego que se ciña al asunto del mismo.



Falso; yo no afirmo que el simio desciende del hombre. Lo que he hecho es abrir la puerta a hablar...no sólo de evolución sino también de degeneración. Y esto sí tiene que ver con la inevitabilidad del orden y la complejidad.

*




Pues ábrase un hilo y comente lo que le salga de los cojones sobre ese tema.
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Re: La inevitabilidad del orden y la complejidad

Mensajepor letitbleed » 29 May 2017, 17:35

En las discusiones sobre teoría de la evolución sí-teoría de la evolución no, subyace siempre la discusión sobre el origen del orden y la complejidad que observamos en el Universo. Muchas veces se presentan estos atributos como evidencia de la existencia de Dios (o de un Diseñador Inteligente). Ya he comentado en otras ocasiones que si, tal y como argumentan los defensores del Diseño Inteligente, la complejidad del Universo es algo que no puede aparecer espontáneamente y que implica la participación necesaria de un diseñador, este debe ser aún más complejo que el Universo que diseña, por lo que por la misma premisa que se ha aplicado al Universo, el diseñador debe ser necesariamente diseñado. Esto implica que no podemos identificar al diseñador inteligente con el ser necesario que es Dios en las teologías judeo-cristianas, pues este diseñador se demuestra contingente. De hecho, caeríamos en una regresión infinita de diseñadores de diseñadores de diseñadores... Pero ¿podemos defender que el orden y la complejidad aparezcan espontáneamente en el Universo si no existe un diseñador? Dejo a continuación un extracto del libro Elogio de la irreligosidad del matemático John Allen Paulos, donde examina la lógica de los distintos argumentos que a lo largo de la historia se han esgrimido para defender la existencia de Dios. Este extracto corresponde al capítulo El argumento de la redefinición (y la complejidad irreducible) (páginas 78-82)

John Allen Paulos escribió:Otra redefinición más enjundiosa identifica a Dios con lo incomprensiblemente complejo. Este argumento puede incluso hacer que los agnósticos y ateos admitan que creen en Dios. Después de todo, ¿quién puede creer que lo comprende todo? Todos podemos estar de acuerdo en que somos entidades finitas capaces sólo de procesar información de una complejidad bastante limitada. De hecho, una reformulación del famoso teorema de incompletitud del lógico Kurt Gödel debida a Gregory Chaitin muestra que cualquier sistema formal (como nosotros) sólo puede generar información de complejidad menor que la suya propia. Y, como ha observado Chaitin, no podemos demostrar diez libras de teoremas con cinco libras de axiomas. En consecuencia, la comprensión completa de la naturaleza y la sociedad, sistemas de complejidad mucho mayor que la nuestra, está literalmente más allá de nuestro «horizonte de complejidad».

Es más que concebible que la auténtica «teoría de todo», el santo grial de los físicos contemporáneos, esté más allá de nuestro horizonte de complejidad colectivo. Compárese esto con la frase de Arthur C. Clarke: «Cualquier tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia». En cualquier caso, el truco verbal de definir a Dios como lo incomprensiblemente complejo, una variante del Dios de los vacíos, tiene la ventaja de obtener algo —en este caso Dios— de nada.

Pero hasta de lo incomprensiblemente complejo podemos decir algo. Siempre nos ha atraído la idea de que, por muy caótico que sea el mosaico de la vida, es inevitable que haya algún orden de alguna clase a algún nivel. Ningún universo puede ser completamente aleatorio a cualquier nivel de análisis. Ninguna confusión puede ser absoluta. Es imposible que fuéramos incapaces de encontrar alguna regularidad, alguna invariancia en alguna parte, con independencia de los detalles confusos de cualquier particular estado de cosas. Uno podría al menos describir la confusión, o enunciar alguna predicción de orden superior para el efecto que no admite ninguna predicción de orden inferior. Puesto que la ausencia de orden también es una clase de orden a otro nivel, la idea de la inevitabilidad del orden, como la identificación de Dios con lo incomprensiblemente complejo, es vacua y tautológica (aunque quizá sea una tautología fructífera).

En física, la idea de la inevitabilidad del orden surge de la teoría cinética de los gases. Aquí, la presunción de desorden a un nivel formal de análisis (el movimiento aleatorio de las moléculas del gas) conduce a un orden de nivel superior: las relaciones entre variables macroscópicas como la temperatura, la presión y el volumen determinadas por las leyes de los gases. Dichas relaciones se siguen de la aleatoriedad al nivel molecular y unas cuantas premisas mínimas más. Generalizando, cualquier estado de cosas, por desordenado que sea, puede describirse simplemente como aleatorio, y entonces, ipso facto, a un nivel superior de análisis tenemos al menos una «metaley» útil: en el nivel inferior impera la aleatoriedad.
Además de las distintas leyes de los grandes números estudiadas en estadística, una noción que pone de manifiesto otro aspecto de esta idea es la máxima del estadístico Persi Diaconis: si uno observa una población lo bastante grande durante el tiempo suficiente, entonces «casi cualquier condenada cosa ocurrirá».

Una versión más profunda de esta línea de pensamiento puede remontarse hasta el matemático británico Frank Ramsey, quien demostró un teorema que establece que para un conjunto lo bastante grande de elementos (personas o números o puntos geométricos), cada par de los cuales está, digamos, o conectado o desconectado, siempre habrá un subconjunto grande del conjunto original con una propiedad especial. O todos los elementos del subconjunto estarán conectados entre sí, o todos estarán desconectados. Dicho subconjunto es una inevitable isla de orden en el conjunto desordenado que lo contiene. Es el almuerzo gratis (Dios) cuya oferta está garantizada si la cafetería (el universo) es lo bastante grande.
(Este resultado se describe a veces en términos de invitados a una cena. El problema de Ramsey para la isla de orden 3 es: ¿cuál es el menor número de invitados que deben estar presentes para que sea seguro que al menos tres de ellos se conocerán o al menos tres no se habrán visto nunca antes? Supongamos que si Martha conoce a George, entonces George conoce a Martha. La respuesta es seis, y la demostración, que omitiré, no es difícil. Para la isla de orden 4, el número de invitados mínimo es 18. Es decir, tiene que haber al menos 18 invitados para que sea seguro que al menos cuatro se conocerán entre sí o al menos cuatro no se habrán visto nunca. Para la isla de orden 5, el número está entre 43 y 55. Para números mayores, el análisis se vuelve mucho más complicado, y sólo se conocen respuestas a problemas de Ramsey para muy pocos números).

Desde la muerte de Ramsey en 1930 se ha desarrollado toda una subdisciplina matemática dedicada a demostrar teoremas de la misma forma general: ¿cuán grande debe ser un conjunto para que siempre contenga algún subconjunto de tamaño dado que posea algún patrón regular, una isla de orden de alguna clase? El ya citado Paul Erdos descubrió muchas de tales islas, algunas de una belleza etérea. Los detalles de las islas particulares son complicados, pero la respuesta general a la cuestión del tamaño mínimo del conjunto que las contiene a menudo se reduce a la máxima de Diaconis: si es lo bastante grande, «casi cualquier condenada cosa ocurrirá». Los teoremas de este estilo pueden incluso explicar en parte las secuencias de letras equidistantes que constituyen los códigos bíblicos. Cualquier secuencia de símbolos lo bastante larga, y más si está escrita con el vocabulario restringido del hebreo antiguo, contendrá secuencias que parecen tener significado.

Más directamente relevante para la evolución y el origen de la complejidad es la obra de Stuart Kauffman. En At Home in the Universe: The Search for Laws of Self-Organization and Complexity, Kauffman discute el «orden gratuito», o al menos la complejidad a un precio barato. Motivado por la idea de cientos de genes que activan y desactivan otros genes, y el orden y las pautas existentes, Kauffman nos insta a considerar una colección de diez mil bombillas, cada una de las cuales está conectada a otras dos bombillas del conjunto.

Con esta única ligadura, se conectan las bombillas al azar. Supongamos también que, a intervalos de un segundo, cada bombilla se enciende o apaga conforme a alguna regla arbitraria. Para algunas bombillas la regla podría ser apagarse a menos que las otras dos a las que está conectada estén previamente encendidas. Para otras bombillas podría ser encenderse a menos que las otras dos estén apagadas. Dadas las conexiones al azar y la asignación aleatoria de las reglas, sería natural esperar que la colección de bombillas parpadeara caóticamente sin ninguna pauta aparente.

Lo que ocurre, sin embargo, es que muy pronto se observa orden gratuito, ciclos más o menos estables de configuraciones de luces, diferentes para distintas condiciones iniciales. Hasta donde yo sé, el resultado es sólo empírico, pero sospecho que puede ser una consecuencia de un teorema de la familia de Ramsey demasiado difícil de demostrar. Kauffman propone que algún fenómeno de esta clase suplementa o acentúa los efectos de la selección natural. Aunque ciertamente no hay necesidad de otro argumento más contra la aparentemente inerradicable estupidez de la «ciencia de la creación», estos experimentos y el orden inesperado que se obtiene de manera tan natural parecen ofrecer uno.

En cualquier caso, el orden gratuito y la complejidad a partir de la simplicidad son esperables y no sirven de base para creer en Dios, tal como se le define tradicionalmente. Si redefinimos a Dios como una inevitable isla de orden o, como cree Kauffman, una suerte de entidad emergente, entonces las consideraciones anteriores nos dicen que sólo existe en este sentido inusual y restringido.



En otro punto del libro, contra la complejidad biológica cuyo origen natural y espontáneo se pone en duda, contrapone el ejemplo del origen de la complejidad de los mercados:

John Allen Paulos escribió:Michael Behe, un señalado defensor del diseño inteligente, ha ofrecido un argumento creacionista relacionado con el anterior. Behe compara la «complejidad irreducible» de fenómenos como la coagulación de la sangre con la complejidad irreducible de una trampa para ratones. Basta con que falte una pieza (sea el muelle, el soporte de metal o la tabla) para que la trampa no funcione. La implicación es que todas las partes de la trampa tendrían que haber aparecido simultáneamente, lo que es imposible a menos que haya un diseñador inteligente. Los proponentes del diseño inteligente argumentan que lo que vale para una humilde ratonera vale aún más para los fenómenos biológicos inmensamente complejos. Así, por ejemplo, si una cualquiera de la veintena de proteínas implicadas en la coagulación de la sangre estuviera ausente, el proceso no tendría lugar, por lo que dichas proteínas deben haber aparecido simultáneamente por obra de un diseñador.

Pero la teoría de la evolución explica perfectamente la aparición de organismos y fenómenos biológicos complejos, y el argumento de Paley ha quedado más que refutado. Tómese nota: la selección natural es un proceso altamente no aleatorio que actúa sobre la variación genérica producto de la mutación aleatoria y la deriva genética, y se traduce en organismos con rasgos que les confieren una aptitud diferencial para la supervivencia y la reproducción. No estamos hablando de monos que componen obras de Shakespeare aporreando al azar una máquina de escribir especial que, marginalmente, retiene las letras correctas y borra las incorrectas más a menudo que al contrario. (Es muy curioso que el hecho de que nosotros y todas las formas de vida hayamos evolucionado a partir de formas más simples por selección natural soliviante a los fundamentalistas, que en cambio no tienen inconveniente en aceptar la afirmación bíblica de que venimos del barro).

Mi objetivo no es profundizar más en la defensa de Darwin o la refutación de Paley. A fin de cuentas, los que rechazan la evolución suelen ser inmunes a tales argumentos. Mi intención última es desarrollar algunas analogías reveladoras entre estos temas biológicos y algunos temas económicos relacionados y, secundariamente, mostrar que dichas analogías apuntan a un sorprendente cruzamiento de líneas políticas.
¿Cómo han llegado las economías de libre mercado modernas a ser tan complejas como son, con sus asombrosamente elaborados sistemas de producción, distribución y comunicación? En casi cualquier drugstore podremos encontrar nuestra chuchería favorita. Cualquier supermercado tiene nuestra marca de salsa para espaguetis, y si no, estará en la tienda de abajo. En cada vecindario podemos encontrar nuestra talla y estilo de pantalones.

Y lo que vale a escala personal también vale a escala industrial. De algún modo, las fábricas de todo el país disponen de cojinetes y microprocesadores en los sitios precisos. La infraestructura física y las redes de comunicación también son prodigios de complejidad integrada. Los proveedores de petróleo y gas están allí donde se necesitan. El correo electrónico nos llega estemos en Miami o en Milwaukee, por no hablar de Barcelona o Bangkok.

La pregunta natural que, en primer lugar abordó Adam Smith y luego Friedrich Hayek y Karl Popper entre otros, es: ¿quién concibió esta prodigiosa complejidad? ¿Qué comisario decretó el número de paquetes de hilo dental para cada minorista? La respuesta, por supuesto, no está en ningún dios económico. El sistema surgió, creció y evolucionó por sí mismo, lo que constituye un ejemplo ostensiblemente obvio de orden espontáneo. Nadie pretende que todos los componentes del sistema de distribución de chucherías deban haberse emplazado simultáneamente, o no habría chocolatinas en la tienda de la esquina.

Hasta aquí muy bien. Lo que resulta más que curioso, sin embargo, es que algunos de los más fervorosos oponentes a la evolución darwiniana (como muchos fundamentalistas cristianos) también están entre los más fervorosos defensores del libre mercado. Esta gente acepta la complejidad natural del mercado sin reparos, pero insisten en que la complejidad natural de los fenómenos biológicos requiere un diseñador.

Los creacionistas rechazarían la idea de que hay, o debería haber, una planificación central de la economía. Replicarían correctamente que los intercambios económicos simples beneficiosos para todas las partes se afianzan y gradualmente se modifican y mejoran al convertirse en parte de sistemas de intercambio más amplios, mientras que los que dejan de ser beneficiosos desaparecen. Aceptan la afirmación de que el orden espontáneo de la economía moderna viene de la mano invisible de Adam Smith. Estos mismos creacionistas, en cambio, se niegan a creer que un proceso «ciego» como la selección natural pueda conducir a un orden biológico igualmente espontáneo. Y sus exabruptos, si las respuestas a mis escritos de tinte irreligioso son una muestra representativa, van de lo vituperioso a lo ponzoñoso (más de lo segundo que de lo primero).

El orden espontáneo no requiere una gran inteligencia. Los programas que se remontan al juego de la vida del matemático John Horton Conway hacen uso de reglas de interacción sumamente simples entre «agentes» virtuales, a pesar de lo cual generan complejidades comparables a las de la economía real. Lo mismo ocurre con los algoritmos genéticos y los autómatas celulares de Stephen Wolfram y muchos otros, a los que volveré más adelante.
Estas ideas no son nuevas. Como he mencionado, Smith, Hayek, Popper y otros las han hecho más o menos explícitas. En los últimos tiempos se han oído más ecos matemáticos de estas analogías que invocan las redes, la complejidad y la teoría de sistemas, entre los que cabe mencionar un ensayo de Kelley L. Ross, junto con comentarios más breves de Mark Kleiman y Jim Lindgren.

Por supuesto, entre los sistemas biológicos y los económicos hay diferencias bien significativas (una es que la biología es una ciencia mucho más sustantiva que la economía), pero esto no debería impedirnos apreciar sus similitudes ni enmascarar las analogías obvias.

Estas analogías plantean dos preguntas finales. ¿Qué pensaríamos de alguien que estudiara las entidades económicas y sus interacciones en una economía de libre mercado y que, a pesar de disponer de una explicación de su desarrollo evolutivo perfectamente razonable y sustentada por la evidencia empírica, insistiera en que son la consecuencia de algún legislador económico todopoderoso y obsesivamente detallista? Seguramente le tacharíamos de teórico de la conspiración.

¿Y qué pensaríamos de alguien que estudiara los procesos y organismos biológicos y que, a pesar de disponer de una explicación darwiniana de su evolución perfectamente razonable y sustentada por la evidencia empírica, insistiera en que son la consecuencia de algún legislador biológico todopoderoso y obsesivamente detallista?
No tengo que 'tener' una respuesta. No me siento aterrorizado por no conocer cosas, por estar perdido en el misterioso universo sin tener ningún propósito, que es el modo en el que la realidad es, hasta donde puedo decir, posiblemente.



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Re: La inevitabilidad del orden y la complejidad

Mensajepor Fernando » 29 May 2017, 17:47

letitbleed escribió:
Fernando escribió:
letitbleed escribió:
El proceso evolutivo no tiene una meta definida, por lo que no sabemos hacia dónde puede evolucionar el ser humano. Sin embargo, esa afirmación de que el simio descienda del hombre es absurda. Para empezar el hombre es un simio, y, en cualquier caso, no se ha constatado que el ser humano sea el antepasado de ningún miembro de su orden (no hay rastro en el registro fósil ni en el registro genético). Sin embargo, sí se ha constatado la existencia de antepasados comunes entre distintas especies de la orden (por ejemplo, el Ardipithecus ramidus, que vivió hace más de 4 millones de años, es antepasado común del hombre y el chimpancé), lo que contradice su afirmación.

No obstante, ninguno de estos asuntos es tema de este hilo, que va sobre la inevitabilidad del orden y la complejidad, por lo que le ruego que se ciña al asunto del mismo.



Falso; yo no afirmo que el simio desciende del hombre. Lo que he hecho es abrir la puerta a hablar...no sólo de evolución sino también de degeneración. Y esto sí tiene que ver con la inevitabilidad del orden y la complejidad.

*




Pues ábrase un hilo y comente lo que le salga de los cojones sobre ese tema.



Gracias pero no está bien abrir otro hilo sobre el mismo tema: "la inevitabilidad del orden y la complejidad"

*
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Re: La inevitabilidad del orden y la complejidad

Mensajepor letitbleed » 29 May 2017, 17:51

En las discusiones sobre teoría de la evolución sí-teoría de la evolución no, subyace siempre la discusión sobre el origen del orden y la complejidad que observamos en el Universo. Muchas veces se presentan estos atributos como evidencia de la existencia de Dios (o de un Diseñador Inteligente). Ya he comentado en otras ocasiones que si, tal y como argumentan los defensores del Diseño Inteligente, la complejidad del Universo es algo que no puede aparecer espontáneamente y que implica la participación necesaria de un diseñador, este debe ser aún más complejo que el Universo que diseña, por lo que por la misma premisa que se ha aplicado al Universo, el diseñador debe ser necesariamente diseñado. Esto implica que no podemos identificar al diseñador inteligente con el ser necesario que es Dios en las teologías judeo-cristianas, pues este diseñador se demuestra contingente. De hecho, caeríamos en una regresión infinita de diseñadores de diseñadores de diseñadores... Pero ¿podemos defender que el orden y la complejidad aparezcan espontáneamente en el Universo si no existe un diseñador? Dejo a continuación un extracto del libro Elogio de la irreligosidad del matemático John Allen Paulos, donde examina la lógica de los distintos argumentos que a lo largo de la historia se han esgrimido para defender la existencia de Dios. Este extracto corresponde al capítulo El argumento de la redefinición (y la complejidad irreducible) (páginas 78-82)

John Allen Paulos escribió:Otra redefinición más enjundiosa identifica a Dios con lo incomprensiblemente complejo. Este argumento puede incluso hacer que los agnósticos y ateos admitan que creen en Dios. Después de todo, ¿quién puede creer que lo comprende todo? Todos podemos estar de acuerdo en que somos entidades finitas capaces sólo de procesar información de una complejidad bastante limitada. De hecho, una reformulación del famoso teorema de incompletitud del lógico Kurt Gödel debida a Gregory Chaitin muestra que cualquier sistema formal (como nosotros) sólo puede generar información de complejidad menor que la suya propia. Y, como ha observado Chaitin, no podemos demostrar diez libras de teoremas con cinco libras de axiomas. En consecuencia, la comprensión completa de la naturaleza y la sociedad, sistemas de complejidad mucho mayor que la nuestra, está literalmente más allá de nuestro «horizonte de complejidad».

Es más que concebible que la auténtica «teoría de todo», el santo grial de los físicos contemporáneos, esté más allá de nuestro horizonte de complejidad colectivo. Compárese esto con la frase de Arthur C. Clarke: «Cualquier tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia». En cualquier caso, el truco verbal de definir a Dios como lo incomprensiblemente complejo, una variante del Dios de los vacíos, tiene la ventaja de obtener algo —en este caso Dios— de nada.

Pero hasta de lo incomprensiblemente complejo podemos decir algo. Siempre nos ha atraído la idea de que, por muy caótico que sea el mosaico de la vida, es inevitable que haya algún orden de alguna clase a algún nivel. Ningún universo puede ser completamente aleatorio a cualquier nivel de análisis. Ninguna confusión puede ser absoluta. Es imposible que fuéramos incapaces de encontrar alguna regularidad, alguna invariancia en alguna parte, con independencia de los detalles confusos de cualquier particular estado de cosas. Uno podría al menos describir la confusión, o enunciar alguna predicción de orden superior para el efecto que no admite ninguna predicción de orden inferior. Puesto que la ausencia de orden también es una clase de orden a otro nivel, la idea de la inevitabilidad del orden, como la identificación de Dios con lo incomprensiblemente complejo, es vacua y tautológica (aunque quizá sea una tautología fructífera).

En física, la idea de la inevitabilidad del orden surge de la teoría cinética de los gases. Aquí, la presunción de desorden a un nivel formal de análisis (el movimiento aleatorio de las moléculas del gas) conduce a un orden de nivel superior: las relaciones entre variables macroscópicas como la temperatura, la presión y el volumen determinadas por las leyes de los gases. Dichas relaciones se siguen de la aleatoriedad al nivel molecular y unas cuantas premisas mínimas más. Generalizando, cualquier estado de cosas, por desordenado que sea, puede describirse simplemente como aleatorio, y entonces, ipso facto, a un nivel superior de análisis tenemos al menos una «metaley» útil: en el nivel inferior impera la aleatoriedad.
Además de las distintas leyes de los grandes números estudiadas en estadística, una noción que pone de manifiesto otro aspecto de esta idea es la máxima del estadístico Persi Diaconis: si uno observa una población lo bastante grande durante el tiempo suficiente, entonces «casi cualquier condenada cosa ocurrirá».

Una versión más profunda de esta línea de pensamiento puede remontarse hasta el matemático británico Frank Ramsey, quien demostró un teorema que establece que para un conjunto lo bastante grande de elementos (personas o números o puntos geométricos), cada par de los cuales está, digamos, o conectado o desconectado, siempre habrá un subconjunto grande del conjunto original con una propiedad especial. O todos los elementos del subconjunto estarán conectados entre sí, o todos estarán desconectados. Dicho subconjunto es una inevitable isla de orden en el conjunto desordenado que lo contiene. Es el almuerzo gratis (Dios) cuya oferta está garantizada si la cafetería (el universo) es lo bastante grande.
(Este resultado se describe a veces en términos de invitados a una cena. El problema de Ramsey para la isla de orden 3 es: ¿cuál es el menor número de invitados que deben estar presentes para que sea seguro que al menos tres de ellos se conocerán o al menos tres no se habrán visto nunca antes? Supongamos que si Martha conoce a George, entonces George conoce a Martha. La respuesta es seis, y la demostración, que omitiré, no es difícil. Para la isla de orden 4, el número de invitados mínimo es 18. Es decir, tiene que haber al menos 18 invitados para que sea seguro que al menos cuatro se conocerán entre sí o al menos cuatro no se habrán visto nunca. Para la isla de orden 5, el número está entre 43 y 55. Para números mayores, el análisis se vuelve mucho más complicado, y sólo se conocen respuestas a problemas de Ramsey para muy pocos números).

Desde la muerte de Ramsey en 1930 se ha desarrollado toda una subdisciplina matemática dedicada a demostrar teoremas de la misma forma general: ¿cuán grande debe ser un conjunto para que siempre contenga algún subconjunto de tamaño dado que posea algún patrón regular, una isla de orden de alguna clase? El ya citado Paul Erdos descubrió muchas de tales islas, algunas de una belleza etérea. Los detalles de las islas particulares son complicados, pero la respuesta general a la cuestión del tamaño mínimo del conjunto que las contiene a menudo se reduce a la máxima de Diaconis: si es lo bastante grande, «casi cualquier condenada cosa ocurrirá». Los teoremas de este estilo pueden incluso explicar en parte las secuencias de letras equidistantes que constituyen los códigos bíblicos. Cualquier secuencia de símbolos lo bastante larga, y más si está escrita con el vocabulario restringido del hebreo antiguo, contendrá secuencias que parecen tener significado.

Más directamente relevante para la evolución y el origen de la complejidad es la obra de Stuart Kauffman. En At Home in the Universe: The Search for Laws of Self-Organization and Complexity, Kauffman discute el «orden gratuito», o al menos la complejidad a un precio barato. Motivado por la idea de cientos de genes que activan y desactivan otros genes, y el orden y las pautas existentes, Kauffman nos insta a considerar una colección de diez mil bombillas, cada una de las cuales está conectada a otras dos bombillas del conjunto.

Con esta única ligadura, se conectan las bombillas al azar. Supongamos también que, a intervalos de un segundo, cada bombilla se enciende o apaga conforme a alguna regla arbitraria. Para algunas bombillas la regla podría ser apagarse a menos que las otras dos a las que está conectada estén previamente encendidas. Para otras bombillas podría ser encenderse a menos que las otras dos estén apagadas. Dadas las conexiones al azar y la asignación aleatoria de las reglas, sería natural esperar que la colección de bombillas parpadeara caóticamente sin ninguna pauta aparente.

Lo que ocurre, sin embargo, es que muy pronto se observa orden gratuito, ciclos más o menos estables de configuraciones de luces, diferentes para distintas condiciones iniciales. Hasta donde yo sé, el resultado es sólo empírico, pero sospecho que puede ser una consecuencia de un teorema de la familia de Ramsey demasiado difícil de demostrar. Kauffman propone que algún fenómeno de esta clase suplementa o acentúa los efectos de la selección natural. Aunque ciertamente no hay necesidad de otro argumento más contra la aparentemente inerradicable estupidez de la «ciencia de la creación», estos experimentos y el orden inesperado que se obtiene de manera tan natural parecen ofrecer uno.

En cualquier caso, el orden gratuito y la complejidad a partir de la simplicidad son esperables y no sirven de base para creer en Dios, tal como se le define tradicionalmente. Si redefinimos a Dios como una inevitable isla de orden o, como cree Kauffman, una suerte de entidad emergente, entonces las consideraciones anteriores nos dicen que sólo existe en este sentido inusual y restringido.



En otro punto del libro, contra la complejidad biológica cuyo origen natural y espontáneo se pone en duda, contrapone el ejemplo del origen de la complejidad de los mercados:

John Allen Paulos escribió:Michael Behe, un señalado defensor del diseño inteligente, ha ofrecido un argumento creacionista relacionado con el anterior. Behe compara la «complejidad irreducible» de fenómenos como la coagulación de la sangre con la complejidad irreducible de una trampa para ratones. Basta con que falte una pieza (sea el muelle, el soporte de metal o la tabla) para que la trampa no funcione. La implicación es que todas las partes de la trampa tendrían que haber aparecido simultáneamente, lo que es imposible a menos que haya un diseñador inteligente. Los proponentes del diseño inteligente argumentan que lo que vale para una humilde ratonera vale aún más para los fenómenos biológicos inmensamente complejos. Así, por ejemplo, si una cualquiera de la veintena de proteínas implicadas en la coagulación de la sangre estuviera ausente, el proceso no tendría lugar, por lo que dichas proteínas deben haber aparecido simultáneamente por obra de un diseñador.

Pero la teoría de la evolución explica perfectamente la aparición de organismos y fenómenos biológicos complejos, y el argumento de Paley ha quedado más que refutado. Tómese nota: la selección natural es un proceso altamente no aleatorio que actúa sobre la variación genérica producto de la mutación aleatoria y la deriva genética, y se traduce en organismos con rasgos que les confieren una aptitud diferencial para la supervivencia y la reproducción. No estamos hablando de monos que componen obras de Shakespeare aporreando al azar una máquina de escribir especial que, marginalmente, retiene las letras correctas y borra las incorrectas más a menudo que al contrario. (Es muy curioso que el hecho de que nosotros y todas las formas de vida hayamos evolucionado a partir de formas más simples por selección natural soliviante a los fundamentalistas, que en cambio no tienen inconveniente en aceptar la afirmación bíblica de que venimos del barro).

Mi objetivo no es profundizar más en la defensa de Darwin o la refutación de Paley. A fin de cuentas, los que rechazan la evolución suelen ser inmunes a tales argumentos. Mi intención última es desarrollar algunas analogías reveladoras entre estos temas biológicos y algunos temas económicos relacionados y, secundariamente, mostrar que dichas analogías apuntan a un sorprendente cruzamiento de líneas políticas.
¿Cómo han llegado las economías de libre mercado modernas a ser tan complejas como son, con sus asombrosamente elaborados sistemas de producción, distribución y comunicación? En casi cualquier drugstore podremos encontrar nuestra chuchería favorita. Cualquier supermercado tiene nuestra marca de salsa para espaguetis, y si no, estará en la tienda de abajo. En cada vecindario podemos encontrar nuestra talla y estilo de pantalones.

Y lo que vale a escala personal también vale a escala industrial. De algún modo, las fábricas de todo el país disponen de cojinetes y microprocesadores en los sitios precisos. La infraestructura física y las redes de comunicación también son prodigios de complejidad integrada. Los proveedores de petróleo y gas están allí donde se necesitan. El correo electrónico nos llega estemos en Miami o en Milwaukee, por no hablar de Barcelona o Bangkok.

La pregunta natural que, en primer lugar abordó Adam Smith y luego Friedrich Hayek y Karl Popper entre otros, es: ¿quién concibió esta prodigiosa complejidad? ¿Qué comisario decretó el número de paquetes de hilo dental para cada minorista? La respuesta, por supuesto, no está en ningún dios económico. El sistema surgió, creció y evolucionó por sí mismo, lo que constituye un ejemplo ostensiblemente obvio de orden espontáneo. Nadie pretende que todos los componentes del sistema de distribución de chucherías deban haberse emplazado simultáneamente, o no habría chocolatinas en la tienda de la esquina.

Hasta aquí muy bien. Lo que resulta más que curioso, sin embargo, es que algunos de los más fervorosos oponentes a la evolución darwiniana (como muchos fundamentalistas cristianos) también están entre los más fervorosos defensores del libre mercado. Esta gente acepta la complejidad natural del mercado sin reparos, pero insisten en que la complejidad natural de los fenómenos biológicos requiere un diseñador.

Los creacionistas rechazarían la idea de que hay, o debería haber, una planificación central de la economía. Replicarían correctamente que los intercambios económicos simples beneficiosos para todas las partes se afianzan y gradualmente se modifican y mejoran al convertirse en parte de sistemas de intercambio más amplios, mientras que los que dejan de ser beneficiosos desaparecen. Aceptan la afirmación de que el orden espontáneo de la economía moderna viene de la mano invisible de Adam Smith. Estos mismos creacionistas, en cambio, se niegan a creer que un proceso «ciego» como la selección natural pueda conducir a un orden biológico igualmente espontáneo. Y sus exabruptos, si las respuestas a mis escritos de tinte irreligioso son una muestra representativa, van de lo vituperioso a lo ponzoñoso (más de lo segundo que de lo primero).

El orden espontáneo no requiere una gran inteligencia. Los programas que se remontan al juego de la vida del matemático John Horton Conway hacen uso de reglas de interacción sumamente simples entre «agentes» virtuales, a pesar de lo cual generan complejidades comparables a las de la economía real. Lo mismo ocurre con los algoritmos genéticos y los autómatas celulares de Stephen Wolfram y muchos otros, a los que volveré más adelante.
Estas ideas no son nuevas. Como he mencionado, Smith, Hayek, Popper y otros las han hecho más o menos explícitas. En los últimos tiempos se han oído más ecos matemáticos de estas analogías que invocan las redes, la complejidad y la teoría de sistemas, entre los que cabe mencionar un ensayo de Kelley L. Ross, junto con comentarios más breves de Mark Kleiman y Jim Lindgren.

Por supuesto, entre los sistemas biológicos y los económicos hay diferencias bien significativas (una es que la biología es una ciencia mucho más sustantiva que la economía), pero esto no debería impedirnos apreciar sus similitudes ni enmascarar las analogías obvias.

Estas analogías plantean dos preguntas finales. ¿Qué pensaríamos de alguien que estudiara las entidades económicas y sus interacciones en una economía de libre mercado y que, a pesar de disponer de una explicación de su desarrollo evolutivo perfectamente razonable y sustentada por la evidencia empírica, insistiera en que son la consecuencia de algún legislador económico todopoderoso y obsesivamente detallista? Seguramente le tacharíamos de teórico de la conspiración.

¿Y qué pensaríamos de alguien que estudiara los procesos y organismos biológicos y que, a pesar de disponer de una explicación darwiniana de su evolución perfectamente razonable y sustentada por la evidencia empírica, insistiera en que son la consecuencia de algún legislador biológico todopoderoso y obsesivamente detallista?
No tengo que 'tener' una respuesta. No me siento aterrorizado por no conocer cosas, por estar perdido en el misterioso universo sin tener ningún propósito, que es el modo en el que la realidad es, hasta donde puedo decir, posiblemente.



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