Günter Grass

Un poco de todo.
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letitbleed
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Re: Günter Grass

Mensajepor letitbleed » 28 Abr 2015, 18:27

Que sí, que me queda clarísimo que no ha leído nada de Grass, pero tiene la suficiente clarividencia para calificar su obra aun en ese extremo.

Por cierto, no por poner la letra más grande se tiene más razón. ¿O es que se está sulfurando? Efectivamente, cualquiera que lea el debate entero, verá que no me respondió, igual que nunca ha respondido a qué obras de Grass ha leído. Es usted el que se desquicia cuando le cogen en renuncio.
No tengo que 'tener' una respuesta. No me siento aterrorizado por no conocer cosas, por estar perdido en el misterioso universo sin tener ningún propósito, que es el modo en el que la realidad es, hasta donde puedo decir, posiblemente.

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Fernando
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Re: Günter Grass

Mensajepor Fernando » 29 Abr 2015, 09:11

letitbleed escribió:Que sí, que me queda clarísimo que no ha leído nada de Grass, pero tiene la suficiente clarividencia para calificar su obra aun en ese extremo.

Por cierto, no por poner la letra más grande se tiene más razón. ¿O es que se está sulfurando? Efectivamente, cualquiera que lea el debate entero, verá que no me respondió, igual que nunca ha respondido a qué obras de Grass ha leído. Es usted el que se desquicia cuando le cogen en renuncio.

No te enteras de nada. No he escrito con letra grande para querer tener más razón sino para que lo leas mejor, en vista de que parece que no entiendes lo que lees, como por ejemplo lo referente a si he leído, o no, a Günter Wilhelm Grass. Parece mentira que a estas alturas todavía no te hayas enterado que quien dijo no haber leído a ese escritor fue Marc. ¿Sulfurado yo? El que pierde los papeles siempre eres tú, como cualquiera puede ver.

Ahora, además de letras grandes he escrito en negrita y, destacado con colores las frases que menos entiendes. Y si ni así logro que te enteres, con toda la paciencia del mundo seguiré aplicando otros métodos, a ver si al final tengo suerte, o debo dejarte por imposible.

*
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letitbleed
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Re: Günter Grass

Mensajepor letitbleed » 29 Abr 2015, 11:06

Jojojo, le va a dar algo!!!

Yo estoy muy tranquilo, no necesito gritar para decirle lo siguiente:

El que dijo no haber leído a Grass efectivamente fue Marc, sinceridad que efectivamente le honra. Sin embargo, usted, que descalifica toda su obra, cuando se le pregunta qué ha leído, evita responder.

Conclusión: Fernando no ha leído nada de Günter Grass.

Corolario: Su opinión al respecto no vale una puta mierda y no es más que una muestra de su miserable sectarismo.
No tengo que 'tener' una respuesta. No me siento aterrorizado por no conocer cosas, por estar perdido en el misterioso universo sin tener ningún propósito, que es el modo en el que la realidad es, hasta donde puedo decir, posiblemente.



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Fernando
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Re: Günter Grass

Mensajepor Fernando » 29 Abr 2015, 13:06

letitbleed escribió:Jojojo, le va a dar algo!!!

Yo estoy muy tranquilo, no necesito gritar para decirle lo siguiente:

El que dijo no haber leído a Grass efectivamente fue Marc, sinceridad que efectivamente le honra. Sin embargo, usted, que descalifica toda su obra, cuando se le pregunta qué ha leído, evita responder.

Conclusión: Fernando no ha leído nada de Günter Grass.

Corolario: Su opinión al respecto no vale una puta mierda y no es más que una muestra de su miserable sectarismo.

Bueno, ya hemos ganado algo. Ya reconoces que fue Marc quien dijo que no había leído a Günter Wilhelm Grass. ¿Ves como es importante escribirte con letra destacada?

No; a mí no me va a dar algo. Si tuvieras algo de cultura (que no la tienes), sabrías que en Internet, se denomina gritar a escribir con mayúsculas. Yo escribo con letra destacada (no mayúsculas), para que te enteres mejor de las cosas; y parece que va dando resultado.

Continúas mintiendo; yo no he descalificado toda la obra de Günter Wilhelm Grass, entre otras cosas porque desde que tengo uso de razón sé que ninguna persona está equivocada totalmente, cosa que seguramente tú desconoces. Además, la mayor parte de mi exposición fue hecha en genérico sin ir dirigida a alguien en concreto, por lo que pudiera ser que me refiriera a ti. Tampoco esto te lo aclararé, por mucho que te jorobe, al igual que si he leído, o no, a Günter Wilhelm Grass, que no te lo diré.

Por otra parte, decir que quien no ha leído a Günter Wilhelm Grass, su opinión sobre el personaje "no vale una puta mierda", demuestra lo ignorante y mal educado que eres; y también lo sectario, ya que entonces deberías haberte metido con Marc y no conmigo. Aunque no se haya leído a Günter Wilhelm Grass, se puede opinar sobre él, si se conocen informaciones y críticas de fuentes fidedignas sobre el personaje. Si no fuera así, toda crítica sobre alguien que no ha escrito un libro (y que por lo tanto no se pueden leer), que son la mayoría, "no valdría una puta mierda". ¿Te das cuenta, pues, de los disparates tan desnortados que sueltas?

*
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Re: Günter Grass

Mensajepor letitbleed » 30 Abr 2015, 11:31

Fernando escribió:
letitbleed escribió:Jojojo, le va a dar algo!!!

Yo estoy muy tranquilo, no necesito gritar para decirle lo siguiente:

El que dijo no haber leído a Grass efectivamente fue Marc, sinceridad que efectivamente le honra. Sin embargo, usted, que descalifica toda su obra, cuando se le pregunta qué ha leído, evita responder.

Conclusión: Fernando no ha leído nada de Günter Grass.

Corolario: Su opinión al respecto no vale una puta mierda y no es más que una muestra de su miserable sectarismo.

Bueno, ya hemos ganado algo. Ya reconoces que fue Marc quien dijo que no había leído a Günter Wilhelm Grass. ¿Ves como es importante escribirte con letra destacada?

No; a mí no me va a dar algo. Si tuvieras algo de cultura (que no la tienes), sabrías que en Internet, se denomina gritar a escribir con mayúsculas. Yo escribo con letra destacada (no mayúsculas), para que te enteres mejor de las cosas; y parece que va dando resultado.

Continúas mintiendo; yo no he descalificado toda la obra de Günter Wilhelm Grass, entre otras cosas porque desde que tengo uso de razón sé que ninguna persona está equivocada totalmente, cosa que seguramente tú desconoces. Además, la mayor parte de mi exposición fue hecha en genérico sin ir dirigida a alguien en concreto, por lo que pudiera ser que me refiriera a ti. Tampoco esto te lo aclararé, por mucho que te jorobe, al igual que si he leído, o no, a Günter Wilhelm Grass, que no te lo diré.

Por otra parte, decir que quien no ha leído a Günter Wilhelm Grass, su opinión sobre el personaje "no vale una puta mierda", demuestra lo ignorante y mal educado que eres; y también lo sectario, ya que entonces deberías haberte metido con Marc y no conmigo. Aunque no se haya leído a Günter Wilhelm Grass, se puede opinar sobre él, si se conocen informaciones y críticas de fuentes fidedignas sobre el personaje. Si no fuera así, toda crítica sobre alguien que no ha escrito un libro (y que por lo tanto no se pueden leer), que son la mayoría, "no valdría una puta mierda". ¿Te das cuenta, pues, de los disparates tan desnortados que sueltas?

*


Varios comentarios:

1.- Vaya, parece que no sólo no ha leído a Günter Grass, sino que tampoco me ha leído a mí, porque en la primera respuesta que le dí a Marc, ya le agradecía su sinceridad por reconocer que no había leído nada. Y usted se entera ahora, tres páginas después. Ya vemos que leer no es lo suyo.

2.-Haga el favor no ser tan pedante utilizando el nombre completo de Günter Grass (nadie le llama así). Y todavía suena más pedante si tenemos en cuenta que no ha leído nada de él.

3.- No pretenderá que me trague que, si en respuesta a un texto de Grass, usted responde hablando en genérico de autores poco inteligentes, necios y amargados cuyas obras son zafias, tendenciosas y mentirosas, yo piense que se está refiriendo a Corín Tellado y que, además, su obra es cojonuda. ¿Tiene alguna deficiencia mental o algo parecido? Además, es poco valiente por su parte hablar en genérico cuando es evidente que se refiere a un caso concreto.

4.- Por cierto, no hace falta que aclare si ha leído a Günter Grass o no, es más que evidente que no lo ha hecho.

5.- Usted puede opinar lo que quiera sobre Günter Grass personaje, pero no sobre su obra puesto que no la ha leído. Y cuanto usted dice que sus escritos están podridos y son zafios, mentirosos y tendenciosos, está hablando de la obra y no del personaje, por lo que demuestra que es usted un mentiroso y un sectario. Y dado que, insisto, usted no ha leído su obra, puedo perfectamente decir que su opinión no vale una puta mierda. De hecho, se lo vuelvo a decir: Fernando, su opinión sobre la obra de Grass no vale una puta mierda. Decir que Günter Grass era un necio amargado cuando su cadáver está todavía caliente, entiendo que por no compartir sus opiniones políticas, demuestra que es un auténtico miserable.

6.- Lo que es desnortado es meterse, como hace usted, en un hilo abierto in memoriam, donde se comparten unos textos de una persona recientemente fallecida, para echar mierda sobre su memoria y pontificar sobre su obra sin haberla leído.

7.- Dicho esto, dado que no tiene absolutamente nada que decir en este hilo, si sabe lo que es la dignidad y tiene algo de ella, lo más honesto por su parte sería dejar de decir gilipolleces e irse por donde ha venido.



El bodegón de las Cebollas

Visto desde la calle, el Bodegón de las Cebollas parecíase a muchos otros de esos pequeños restaurantes modernos que se distinguen de los más antiguos en que son más caros. La razón de los precios más altos podría buscarse en la extravagante decoración interior de los locales modernos, llamados locales de artistas, así como en los nombres que suelen ostentar, desde el discreto «Ravioli», pasando por el misterioso o existencialista «Tabú», hasta el fuerte y fogoso «Paprika» —o el Bodegón de las Cebollas, por ejemplo.

Con mano deliberadamente inhábil habían pintado el nombre de Bodegón de las Cebollas y la imagen expresivamente ingenua de una cebolla en un escudo de esmalte que, a la manera alemana antigua, colgaba frente a la fachada de una horca de hierro colado con muchos recovecos. Vidrios abombados de un verde color botella de cerveza vestían la única ventana. Ante la verja pintada al minio, que en los malos años pudo haber servido de puerta de un refugio antiaéreo, montaba guardia, revestido de una zamarra rústica, el portero. No todo el mundo podía entrar en el Bodegón de las Cebollas. Sobre todo los viernes, en que los sueldos semanales se convertían en cerveza, era cosa de negar la admisión a los cofrades del barrio viejo, para los que, por lo demás, el Bodegón de las Cebollas habría resultado demasiado caro. Pero el que podía entrar hallaba detrás de la verja de minio cinco gradas de cemento, bajábalas, hallábase en un descansillo de un metro por un metro —al que el cartel de una exposición de Picasso confería mayor categoría y originalidad—, bajaba otras gradas, cuatro esta vez, y se encontraba ante el guardarropa. «¡Se ruega pagar después!», rezaba un letrero de cartón, y el joven de detrás del guardarropa —por lo regular un discípulo barbudo de la Academia de Bellas Artes— nunca aceptaba el dinero por adelantado, porque el Bodegón de las Cebollas era caro, sin duda, pero serio, eso sí.

El dueño recibía personalmente a cada uno de sus huéspedes, lo que hacía con cejas y gestos extremadamente móviles, como si se tratara de practicar con todo nuevo huésped una ceremonia de iniciación. Como ya sabemos, el dueño se llamaba Schmuh, cazaba ocasionalmente gorriones y poseía el sentido de aquella sociedad que, después de la reforma monetaria, vino a formarse en Düsseldorf con cierta rapidez, y en otros sitios con no tanta, pero de todos modos.

El Bodegón de las Cebollas propiamente dicho era —y en eso se aprecia la seriedad del local acreditado— una bodega auténtica, inclusive algo húmeda. Comparémosla con un tubo largo de pie plano, de unos cuatro metros por dieciocho, que habían de caldear dos estufas de tubos asimismo originales. Claro que, en realidad, la bodega no era tal bodega. Le habían quitado el techo, ampliándola arriba con la planta baja. Y así, la única ventana del Bodegón de las Cebollas tampoco era una ventana de bodega, sino la antigua ventana del local de la planta baja, lo que sin embargo sólo en forma insignificante afectaba a la seriedad del local acreditado. Comoquiera, sin embargo, que de no haber estado provista de vidrios abombados se hubiera podido ver por la ventana, y comoquiera que se había construido en la parte de la bodega ampliada hacia arriba una galería, a la que se podía subir por una escalera de gallinero de lo más original, bien puede designarse al Bodegón de las Cebollas como local serio, aunque no fuera propiamente una bodega; después de todo, ¿por qué había de serlo?

Se me estaba pasando indicar que tampoco la escalera de gallinero de la galería era en realidad una escalera de gallinero propiamente dicha, sino más bien una especie de escalerilla de barco, ya que, a derecha e izquierda de la escalera peligrosamente empinada, uno podía agarrarse a sendas cuerdas de tender de lo más originales también. Este conjunto oscilaba un poco, hacía pensar en un viaje por mar y encarecía en consecuencia el Bodegón de las Cebollas.
Unas lámparas de carburo, como las que suelen usar los mineros, iluminaban el Bodegón de las Cebollas, esparcían un olor a carburo —lo que daba ocasión a un nuevo aumento de los precios— y transportaban al huésped de pago del Bodegón de las Cebollas a las galerías de una mina, digamos de potasio, a novecientos cincuenta metros bajo tierra: mineros con los torsos desnudos que pican en la roca y atacan una vena, el raspador que recoge el mineral, las perforadoras que rugen, las vagonetas que se llenan; allá a lo lejos, donde la galería dobla hacia la sala Friedrich Dos, una luz que oscila: es el jefe de turno; se acerca, dice «¡buena suerte!» y mueve una lámpara de carburo exactamente igual que aquellas lámparas de carburo que colgaban de las paredes sin revoque, someramente enjalbegadas, del Bodegón de las Cebollas, iluminando, oliendo, aumentando los precios y esparciendo una atmósfera original.

Los asientos incómodos —unas cajas vulgares— estaban tapizados con sacos de cebollas, pero las mesas de madera, en cambio, brillaban bien pulidas y sacaban al parroquiano de la mina hacia unos apacibles comedores campestres, como suelen verse en el cine.

Eso era todo. ¿Y el mostrador? No había mostrador. ¡Camarero, la carta, por favor! Ni camarero, ni carta. Sólo falta nombrarnos a nosotros, «The Rhine River Three». Klepp, Scholle y Óscar sentábanse bajo la escalera de gallinero que era en realidad una escalera de barco, llegaban a las nueve, sacaban sus instrumentos y empezaban a tocar a eso de las diez. Pero como ahora sólo son las nueve y cuarto, dejemos para después lo que a nosotros se refiere. Por lo pronto pongamos nuestra mira en Schmuh tal como Schmuh apuntaba con su escopeta a los gorriones.

Una vez que el Bodegón de las Cebollas se había llenado —medio lleno contaba como lleno—, Schmuh, el dueño, se ponía el mandil. El mandil, de seda azul cobalto, era estampado, especialmente estampado, y se menciona porque el acto de ponérselo el dueño revestía importancia. El motivo estampado puede designarse como cebollas doradas. Y sólo cuando él se lo ponía podía decirse que el Bodegón estaba abierto.

Los parroquianos: comerciantes, médicos, abogados, artistas y actores, periodistas, gente del cine, deportistas conocidos, altos funcionarios del Estado o del Municipio y, en resumen, todos cuantos hoy en día se dicen intelectuales sentábanse allí con sus esposas, sus amigas, sus secretarias, sus decoradoras, así como también con amiguitas masculinas, sobre las cajas tapizadas de arpillera y, hasta tanto que Schmuh no se ponía el mandil con las cebollas doradas, hablaban en voz baja, en tono de cansancio y como cohibidos. Esforzábanse por iniciar una conversación, pero sin conseguirlo; los mejores propósitos naufragaban sin llegar a tocar los verdaderos problemas; de buena gana habríanse soltado, diciendo de una vez por todas la verdad, descargándose el hígado, el corazón, los pulmones, dejando de lado toda reflexión, para exponer la verdad sin tapujos y mostrarse al desnudo; pero no era posible. Aquí y allá se apuntan los contornos de una carrera frustrada, de un matrimonio desgraciado. Aquel señor de la cabeza maciza e inteligente y de manos blandas y casi delicadas parece tener dificultades con su hijo, que no quiere aceptar el pasado de su padre. Las dos damas de abrigo de visón, que a la luz del carburo no tienen mal aspecto, pretenden haber perdido la fe. ¿En qué? No se sabe. Tampoco se ha llegado a saber nada del pasado de aquel señor de la cabeza maciza, ni de cuáles pueden ser las dificultades que le crea el hijo al padre a propósito de su pasado; es, en conjunto —perdónesele a Óscar la comparación—, como antes de poner el huevo: esfuerzos, más esfuerzos...

Esforzábase en vano el Bodegón de las Cebollas, hasta que el dueño Schmuh hacía una breve aparición con el mandil de marras, agradecía el «¡Ah!» con que se le acogía, desaparecía luego durante unos minutos detrás de un telón al final de la bodega, donde quedaban los excusados y un depósito, y salía de nuevo a escena.

Pero, ¿por qué acoge al patrón, al presentarse éste de nuevo ante sus huéspedes, otro «¡Ah!» más alegre todavía y casi de liberación? Veamos: el dueño de un acreditado local nocturno desaparece tras un telón, toma algo del depósito, regaña un poco en voz baja a la mujer de los lavabos que está sentada allí leyendo una revista ilustrada, sale de nuevo a escena y se le acoge como si fuera el Salvador o el tío millonario.

Schmuh avanzaba entre sus huéspedes con un pequeño cesto colgándole del brazo. Recubría el cestito un paño de cuadros azules y amarillos. Sobre el paño había unas tablitas de madera recortadas con figuras de puercos y de peces. El fondista Schmuh repartía entre sus huéspedes estas tablitas delicadamente pulidas. Hacía unas reverencias y unos cumplidos reveladores de que había pasado su juventud en Budapest y en Viena. La sonrisa de Schmuh parecíase a la copia que se hubiese sacado de una copia de la presunta Mona Lisa auténtica.

Los parroquianos tomaban las tablitas con la mayor ceremonia. Algunos las cambiaban entre sí. A uno le gustaba más la figura del puerco, otro —u otra, si se trataba de una dama— prefería al puerco doméstico ordinario la figura más misteriosa del pez. Husmeaban las tablitas, las pasaban de un lado a otro, y el patrón Schmuh esperaba, después de haber servido asimismo a los clientes de la galería, hasta que todas las tablitas quedaran en reposo.
Luego —todos los corazones se mantenían expectantes—, luego apartaba, con un gesto parecido al de un mago, el paño que cubría el cesto: aparecía, recubriendo a éste, un segundo paño sobre el que se hallaban, difíciles de identificar a primera vista, los cuchillos de cocina.

Lo mismo que anteriormente, Schmuh distribuía ahora los cuchillos. Pero ahora procedía a su ronda con mayor rapidez, aumentando aquella tensión que le permitía a él aumentar los precios, y ya no hacía cumplidos ni permitía que se cambiaran los cuchillos de cocina, sino que imprimía a sus movimientos una premura bien dosificada y anunciaba en voz alta: —¡Preparados! ¡Listos! ¡Ya! —y, arrancando del cesto la segunda cubierta, metía la mano en él y distribuía, repartía, esparcía entre el pueblo; era el dispensador benévolo, el proveedor de sus clientes; y les daba cebollas, unas cebollas como las que, doradas y ligeramente estilizadas, ostentaba en su mandil: cebollas comunes y corrientes, bulbos, nada de bulbos de tulipanes, sino cebollas como las que compra el ama de casa, cebollas como las que vende la verdulera, cebollas como las que plantan y cosechan el campesino o la campesina o la sirvienta, como las que, más o menos bien reproducidas, pueden verse pintadas en los bodegones de los pequeños maestros holandeses. Éstas eran las cebollas que repartía el fondista Schmuh entre sus huéspedes, hasta que todos ellos las tenían y ya no se oía más que el ronronear de las estufas de tubos y el sisear de las lámparas de carburo: tal era el silencio que se producía después de la gran distribución de las cebollas. Y Ferdinand Schmuh exclamaba: —¡Cuando gusten, damas y caballeros! —echábase uno de los extremos del mandil sobre el hombro izquierdo, tal como lo hacen los esquiadores en el momento de lanzarse, y daba con ello la señal.

Procedíase a mondar las cebollas. Dícese de éstas que tienen siete pieles. Las damas y los caballeros mondaban las cebollas con los cuchillos de cocina. Les iban quitando la primera, la tercera piel rubia, dorada, pardo rojiza o, mejor dicho, la piel color de cebolla, e iban pelando hasta que la cebolla se hacía vitrea, verde, blancuzca, húmeda, acuosa, pegajosa, y olía, olía a cebolla; y luego procedían a cortar, tal como se cortan las cebollas, y cortaban, con mayor o menor habilidad, sobre unas tablitas que tenían figura de puercos y de peces, cortaban en éste y en el otro sentido, y el jugo saltaba en chorritos y se comunicaba a la atmósfera por encima de las cebollas. Los señores de cierta edad, poco expertos en materia de cuchillos de cocina, tenían que poner cuidado en no cortarse los dedos, lo que de todos modos hacían algunos sin darse cuenta; las damas, en cambio, eran mucho más hábiles, no todas, pero sí aquellas que en la casa eran buenas amas de casa y sabían cómo deben cortarse las cebollas para las patatas salteadas, digamos, o para el hígado frito con rizos de cebolla; pese a lo cual, en el Bodegón de las Cebollas de Schmuh nada servían de comer, y el que quería comer tenía que irse a algún otro sitio, al «Pescadito» por ejemplo, y no al Bodegón de las Cebollas, porque aquí sólo se cortaban cebollas. ¿Cómo así? Porque así se llamaba justamente, y, lo que es más, porque la cebolla, la cebolla cortada, si bien se mira adentro... no, los clientes de Schmuh ya no veían nada, o algunos ya no veían nada, porque les venían las lágrimas a los ojos. No porque se les desbordara el corazón, porque no se ha dicho que cuando el corazón se desborda los ojos hayan necesariamente de llorar; los hay que no lo logran nunca, sobre todo durante los últimos decenios pasados, y por ello algún día se designará a nuestro siglo como el siglo sin lágrimas, pese a todos los sufrimientos, y por ello también precisamente, por razón de esta falta de lágrimas, la gente que disponía de los medios para ello iba al Bodegón de las Cebollas de Schmuh y se hacía servir por el dueño una tablita de picar —puerco o pescado— y un cuchillo de cocina por ochenta pfennigs y, por doce marcos, una vulgar cebolla de cocina, de jardín o de campo, y la iban cortando en pedacitos cada vez más pequeños, hasta que el jugo lo lograba. ¿Qué lograba? Lograba eso que el mundo y el dolor de este mundo no lograban producir, a saber: la lágrima esférica y humana. Aquí sí se lloraba. Aquí, por fin, volvíase a llorar. Se lloraba discretamente, o sin reserva, abiertamente. Aquí corrían las lágrimas y lo lavaban todo. Aquí llovía, aquí caía el rocío. Óscar piensa en esclusas que se abren, en diques que se rompen en caso de inundación. ¿Cómo es el nombre de ese río que se sale todos los años de su cauce sin que el gobierno haga nada por evitarlo? Y después de aquel cataclismo natural por doce marcos ochenta, la humanidad, libre ya de sus lágrimas, hablaba. Vacilantes aún y sorprendidos por la novedad de su propio lenguaje escueto, los parroquianos del Bodegón de las Cebollas abandonábanse tras el banquete, sentados en incómodas cajas tapizadas de arpillera, los unos a los otros, y se dejaban preguntar y volver del revés como se vuelve un abrigo. Óscar, sin embargo, que estaba sentado con Klepp y Scholle, sin lágrimas, bajo aquella casi escalera de gallinero, quiere ser discreto, y de todas aquellas revelaciones, autoacusaciones, confesiones y declaraciones no contará más que la historia de aquella señorita Pioch que volvía siempre a perder a su señor Vollmer, lo que le endureció el corazón y le secó los ojos y hacía que tuviera siempre que volver al costoso Bodegón de las Cebollas de Schmuh.

Günter Grass, El tambor de hojalata
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Re: Günter Grass

Mensajepor Fernando » 30 Abr 2015, 13:07

Seré breve:

Puesto que sigues sintiendo necesidad de responder, no a lo que yo he expuesto sino a las falsedades que tú has puesto en mi boca (como suele ser habitual en ti), queda probado que nada de mi escrito has encontrado rebatible con argumentaciones serias, viéndote necesitado de recurrir a falsedades, tergiversaciones, provocaciones, marrullerías, etc.

Pero afortunadamente, como lo escrito escrito queda, cualquiera puede juzgar a unos y, a otros.

Visto para sentencia

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Última edición por Fernando el 30 Abr 2015, 13:16, editado 1 vez en total.
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Re: Günter Grass

Mensajepor letitbleed » 30 Abr 2015, 13:12

Fernando escribió:Seré breve:

Puesto que sigues sintiendo necesidad de responder, no a lo que yo he expuesto sino a las falsedades que tú has puesto en mi boca (como suele ser habitual en ti), queda probado que nada de mí escrito has encontrado rebatible con argumentaciones serias, viéndote necesitado de recurrir a falsedades, tergiversaciones, provocaciones, marrullerías, etc.

Pero afortunadamente, como lo escrito escrito queda, cualquiera puede juzgar a unos y, a otros.

Visto para sentencia

*


El que parece que no puede evitar responder es usted, siempre tiene que poner la última palabra para reforzar su última mentira. Ya hay que ser gilipollas para venir a pontificar sin haber leído nada al respecto. Efectivamente escrito queda que usted ha venido a este hilo a tocar los cojones ensuciando la memoria de un fallecido del que no conoce nada. Ya le he dicho: dado que no tiene absolutamente nada que decir en este hilo, puesto que no conoce absolutamente nada de la obra de Grass, si sabe lo que es la dignidad y tiene algo de ella, lo más honesto por su parte sería dejar de decir gilipolleces e irse por donde ha venido.

Ahora no le pongo un texto de Grass, le pongo uno de House:

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