Salivazos de ‘condottiere’

Política española y de la UE
Belcebu
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Salivazos de ‘condottiere’

Mensajepor Belcebu » 26 Nov 2018, 10:15

Salivazos de ‘condottiere’

Antoni Puigverd

Son muchos los grandes futbolistas que, cuando pierden, escupen al rival para sacarlo de quicio. Podría parecer, pues, que el esputo real o ficticio del otro día en el Congreso de los Diputados es un ejemplo palmario de la futbolitzación de la política. Pero el escupitajo ha sido siempre un recurso político. Incluso procedente de bocas delicadas. En 1905, por ejemplo, la joven Christabel, hija de Emmeline Pank­hurst, célebre sufragista inglesa, escupió en el rostro de un policía. El escándalo suscitado contribuyó a popularizar la causa. Más tradición tiene el salivazo en el ámbito cultural. Uno de los manifiestos dadá propugna “escupir como una cascada luminosa el pensamiento despectivo”. Y el poeta vanguardista Salvat-Papasseit proponía “escupir en la cáscara pelona de los cretinos”.

Debemos a Maquiavelo las historias más pedagógicas sobre el poder del esputo. Corresponden a la Vita del condottiere Castruccio Castracani da Lucca. Un día, cansado de un adulador que revoloteaba a su vera, le tiró un escupitajo. El adulador replicó: “Los pescadores para pillar un pequeño pez son capaces de hundirse en el agua. Yo me bañaría en un escupitajo si pudiera obtener una ballena”. Aceptó la humillación con tanta gracia, que el condottiere lo premió.

Eran otros tiempos. Después de la sesión del Congreso, el gargajo se ha convertido en el símbolo perfecto de la tensión política que nos toca sufrir (o disfrutar, pues no son pocos los que aplauden la crispación). Catalunya, España, Europa y el Occidente entero viven en tensión creciente. Hay un malestar difuso, una irritación genérica, una agresividad cada vez más vistosa y audaz, un hervor de sangres. La polarización domina el escenario. En las calles desembocan ya las disputas políticas. Desde los micrófonos más altos se disparan improperios y ultrajes. La fama de los comunicadores depende, no del talento, sino de la insolencia. Las redes sociales han encumbrado la irritación y el acoso. Sin rabia, cabreo y furia no es posible destacar en Twitter, no se obtiene atención televisiva, no se sale en los periódicos. Sin infundios, invenciones y verdades adulteradas no se excita la curiosidad del personal. El diálogo pacificador o empático aburre; la grosería, el grito y la intemperancia captan la atención.

Triunfan los periodistas matones, los tertulianos soberbios, los políticos altivos. La cultura ya no soporta el matiz: necesita ajo y pimienta a carretadas.
La obscenidad, los tacos y el tremendismo son reclamo insuperable. Basura y heces son los perfumes más solicitados. El descaro y la impertinencia se imponen. No se puede hacer política sin agredir, difamar o injuriar. La campaña andaluza escarba en el pleito catalán. Circulan por Madrid los buses de la impiedad que se oponen al hipotético indulto de los independentistas. De manera análoga, el independentismo se ha fortalecido atribuyendo a la España democrática un corazón franquista. ¿Puede extrañar que, en el Congreso, los vituperios, la algarabía y el insulto hayan sustituido a los argumentos, los proyectos de país y la oratoria? ¿Puede extrañar que donde la ofensa queda corta lleguen los escupitajos reales o metafóricos?

El esputo del Congreso, por otro lado, es el ejemplo preciso de las ideologías actuales, que deshumanizan al adversario. Más que un enemigo, es una bestia a la que necesariamente hay que abatir. En este contexto, los hechos no existen: pueden ser falsificados a gusto del consumidor. Las verdades dependen del prejuicio. La realidad se adapta siempre a la creencia previa. No hay posibilidad de aceptar ni siquiera la sentencia de las imágenes. Ha pasado con el gargajo: los nacionalistas catalanes sostienen que es una falsedad de Borrell, lo que confirma el prejuicio de su maldad y la de todos los jacobinos (descritos, por supuesto, como fascistas). En la acera opuesta, con la ayuda inestimable de Rufián, los enemigos del nacionalismo catalán sostienen que el escupitajo sí tuvo lugar: dan por hecho que el talante independentista es bestial por ­definición. Que las imágenes de los fotógrafos no puedan aclararlo favorece la doble interpretación. Si una cámara hubiera captado claramente el gargajo, la foto serviría para confirmar el prejuicio. Pero siendo las imágenes ambiguas y brumosas, todo el mundo puede apelar a los ángulos ciegos, que dejan el campo libre a la mentira.

El salivazo real o ficticio ha enterrado el breve periodo de desinflamación presidido por Sánchez. La dialéctica de los extremos se impone de nuevo. El antiinflamatorio que inicialmente ­funcionó ya no sirve. La tensión retorna sin bridas.

Incluso en tiempos de Maquiavelo, cuando era tan fácil morir de una puñalada o ser quemado en la hoguera, la tensión era más refinada. Visitando la casa de Taddeo Bernardi, espléndida de mármoles, alfombras y cortinajes, el condottiere Castruccio Castracani, notando una flema en su garganta, la escupió en la cara de su anfitrión, que quedó lógicamente turbado. Castruccio se explicó: “No sabía dónde escupir para ofenderte menos”.

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Pues nada habra que ponerse a la labor.
Y a mí que me importa que en Alemania gobierne Hitler, si yo soy y vivo en Polonia.

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